Éste era un leñador que todos los días tenía que ir al monte a por leña para mantener a su mujer y a una hija muy guapa que tenían. Un día le salió un hombre de detrás de una encina y le dijo:
—Si me das a tu hija, te haré el hombre más rico del mundo.
Y para demostrárselo le entregó un talego lleno de monedas de oro. El hombre regresó a su casa y le contó a su mujer lo que le había pasado. Ésta se puso muy contenta, cuando vio tanto dinero, y dijo que, aunque se tratara del mismo diablo, le entregarían a su hija.
Al día siguiente el leñador volvió a hablar con el hombre del monte, que era el diablo, y quedaron en que a la hora de la siesta éste iría a recoger a la muchacha. Y así fue. Aprovechando que la niña estaba dormida, el demonio la montó en su caballo y entregó otro talego de monedas de oro a los padres. Luego se marchó a todo correr. Cuando la niña se despertó, al ver que la llevaba un desconocido, hizo la señal de la cruz. Entonces el demonio se enfadó mucho, paró el caballo y con su cuchillo le cortó los brazos a la niña para que no pudiera hacer más la señal de la cruz. Luego la desnudó y la colgó de la rama de una encina, y allí la dejó.
Muy cerca de aquel lugar se hallaba el palacio del rey. Un día se organizó una cacería y los perros del rey encontraron a la niña sin brazos. Desde entonces todos los días le llevaban la comida que a ellos les daban en el palacio, de manera que se iban quedando cada vez más flacos. El hijo del rey decía:
—¿Por qué estarán mis perros cada vez más flacos? ¿Es que los criados no les dan de comer?
Pero los criados dijeron que sí, y entonces el príncipe dijo que había que vigilar a los animales. Él mismo fue detrás de ellos, y así descubrió a la hermosa niña colgada del árbol. En seguida mandó que la bajaran de allí y se la llevó al palacio.
Al poco tiempo el hijo del rey les dijo a sus padres que quería casarse con la niña sin brazos. Los padres dijeron que sería una deshonra casarse con una mujer que no podría criar a sus hijos. Pero el muchacho dijo que eso no importaba, teniendo criados. Y se casó con la niña sin brazos.
Al poco tiempo murió el rey. El príncipe heredó la corona y su mujer fue reina. Pero pronto se declaró una guerra y el nuevo rey tuvo que irse a luchar. Estando en la guerra, su mujer tuvo dos mellizos como dos luceros y se lo mandaron decir al rey en una carta. Pero el diablo se hizo con ella en mitad del camino y puso otra donde decía que la reina había tenido dos monstruos. El rey escribió otra carta donde decía: «Que los críen hasta que yo vuelva». Pero otra vez el demonio se hizo con la carta y escribió otra diciendo: «Coge a los mellizos y degüéllalos inmediatamente».
Cuando la reina leyó la carta, se puso a llorar y pensó que a sus hijos no los mataría por nada del mundo. Le contó a su suegra lo que pasaba y ésta la ayudó a escaparse. Le puso unas alforjas sobre los hombros y metió a los mellizos en ellas, uno a cada lado.
La muchacha se fue camino adelante, venga a andar, venga a andar, hasta que sintió hambre y sed, lo mismo que sus hijos. Se acercó a un pastor y a una pastora que estaban por allí cerca y les pidió que le pusieran a sus hijos a mamar, uno en cada pecho. Y así lo hicieron. Luego se los metieron otra vez en las alforjas. Ella les preguntó que dónde podía beber y los pastores le dijeron que muy cerca había un arroyo y más adelante una casa donde podría quedarse.
La niña llegó al arroyo y se agachó para beber. Por más cuidado que puso, se le cayeron los dos niños al agua, y, al quererlos coger para que no se ahogaran, le salieron los dos brazos y con ellos pudo salvar a sus hijos.
Se puso en camino otra vez y, cuando ya se iba haciendo de noche, divisó una lucecita y se encaminó hacia ella. Llegó a una casa donde no había nadie y allí se quedó a vivir con sus hijos.
Al cabo de unos años, ya el rey había vuelto de la guerra y estaba cazando por aquellos lugares, cuando se hizo de noche. Vio la luz de la casa y se dirigió hacia ella. En cuanto la muchacha le abrió la puerta, le pareció que la conocía de algo, pero no dijo nada. Se sentó a comer con ellos, mientras la mujer le contaba su historia, pero él no decía nada. Los dos niños no hacían más que mirarlo también y él a los dos niños, fijándose en ellos y en su madre. Por fin le dijo a ella:
—Si usted no tuviera brazos…
Y siguió comiendo. Y al rato otra vez se lo dijo:
—Si usted no tuviera brazos…
La mujer había preparado de postre un pastel, y dentro había metido el anillo de bodas, de manera que, cuando él se lo encontró, comprendió de pronto que aquélla era su mujer y aquéllos sus hijos. Los abrazó y todos contentos regresaron al palacio, donde vivieron felices muchos, muchos años.