País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

la mujer que no comía con su marido

Esto era una vez un pastor de cabras y su mujer. El pobre se iba todos los lunes para el monte y no volvía hasta el sábado. Estaba canijo, canijo como una caña, y su mujer gorda, gorda como una encina vieja. Pero, a pesar de que estaba tan gorda, él nunca la veía comer. Siempre estaba malucha y no comía nada. O se quejaba del estómago, o le daba asco de todo. El caso es que no comía. Un día el marido lo comentó con otro pastor.
—Tengo una preocupación muy grande, porque mi mujer no come.
Dice el otro:
—Pues sí que es raro, con lo gorda que está…
Y dice el marido:
—Pues nada, que no come, porque siempre está mala.
Y el otro le contesta:
—Pues la vaca que no come con el buey, o come antes o come después.
—Pues delante de mí no come —dice el marido.
Y el otro pastor:
—Si eso me pasara a mí, pronto saldría de dudas.
—¿Y qué harías tú?
—¿Yo? La estaría vigilando sin que se diera cuenta.
Cuando llegó el otro lunes, el pastor se despidió de su mujer diciéndole:
—María, hasta el sábado. Y a ver si te cuidas bien, mujer. Que vas a enfermar de no comer.
Y le dice María:
—¡Ay, Juan! ¡Qué más quisiera yo! Pero si es que con todo me dan vómitos. Vamos, que me ahogo. ¡Esta gordura mía no es natural!
Bueno, pues el otro cogió la bestia y se fue para el campo. Pero a mitad de camino ya tenía previsto encontrarse con el otro pastor y le pidió que se ocupara él del ganado, que tenía que volverse al pueblo. Se metió en la casa sin que la mujer lo notara y se escondió en la leñera, desde donde lo podía ver todo. En aquel momento empezó a lloviznar, y entró María en la cocina, diciendo:
—¡Ay, vaya por Dios! Con este tiempo se me están apeteciendo unas migas.
Y cogió una libra de pan y la desmenuzó enterita, le puso unas cuantas presas de jamón y se hizo sus migas, que se las comió con un apetito estupendo. Al mediodía vio el marido que se iba para el corral y volvía con ocho o nueve huevos; se hizo una tortilla y se la zampó. Por la noche mató un pollo, le echó su agua caliente y lo desplumó. Lo guisó con salsa y se lo comió enterito, mojando otra libra de pan. Y a todo esto seguía lloviendo.
Cuando María terminó de comer, sale Juan de su escondite por la puerta de la cuadra y vuelve a entrar por la principal. Se presenta y le dice:
—¡Hola, María!
—¡Huy, qué susto! —dice la mujer—. ¿Y tú qué haces aquí?
—Pues nada, que como el tiempo estaba tan malo y el ganado no puede salir, me dije: voy a estarme un ratito con la María, que la dejé medio mala. Así que haz el favor de ayudarme a recoger las alforjas.
—¿Yo? ¿Pero tú sabes lo que estás diciendo? Si he estado a la muerte. ¡Todo el día con unos vómitos! Y con dolor de cabeza y todo.
—Está bien, mujer, no te esfuerces. Lo mejor será que te metas en la cama, que en cuanto coma algo voy a ponerte un remedio que me ha dicho el médico.
—¿Ah, sí? ¿Y tú has estado en el médico? ¿Y cómo es que estás tan seco, con lo que está cayendo? ¿Es que no ha llovido por ahí?
Y entonces Juan le contesta:
—Sí, mujer, ya lo creo. Primero cayó una llovizna muy menuda, así como las migas. Y luego unos granizos como presas de jamón, y si no me meto debajo de un chozo tan grande como para una tortilla de diez huevos me pongo pingando, como un pollo para pelarlo. Y mira, el médico me acaba de recetar una vara de fresno.
Y sin esperar que la otra llegara a la cama le dio tal paliza que entonces sí que se le quitaron las ganas de comer para una temporada.