País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

la mujer mandona

Esto era una mujer muy guapa, pero muy mandona. Tanto, que había matado ya a tres esposos porque no habían hecho lo que ella había querido. Tres veces se había casado y tres veces había quedado viuda por la misma razón.
Otro hombre del mismo pueblo se enamoró de ella y empezó a pretenderla. Sus amigos le decían:
—Pero, hombre, ¿tú estás loco? ¿Es que no sabes que a ésa no hay quien la aguante y que ha enterrado ya a tres maridos porque no quisieron hacer lo que ella decía? Acuérdate que el último se murió de un berrinche, porque se había empeñado en aprender a tocar la bandurria, y ella fue y le rompió una que se acababa de comprar, diciendo que no le gustaba la música.
Pero él les contestó:
—Pues a mí no me asusta. Me voy a casar con ella y ya veréis como conmigo no puede.
Bueno, pues se hicieron una apuesta a ver quién ganaba, si él o la otra, cuando ya estuvieran casados.
Y se casaron. Tenía ella puestos los ojos en una pareja de novillos preciosos, muy gordos y sanos, que eran suyos de antes de casarse. Pues fue él, y sin consultarle nada, cogió los novillos y los cambió en la feria por otros dos muy flacos y muy viejos. También se compró una bandurria. Volvió a la casa y los metió a los novillos en la cuadra y a la bandurria en el arcón. Luego le dijo a su mujer:
—Mira, como es nuestro primer día de casados, vamos a dar una vuelta por mis tierras para que las conozcas.
Así lo hicieron. Prepararon una burra y salieron los dos montados para el campo. La gente los vio pasar y decían:
—Veremos cómo vuelven éstos por la tarde.
Pues llegaron a las tierras, y el hombre ató la burra a una cepa que estaba muy verde. Va y le dice al animal:
—Mira, burra. ¡Cómo te comas la cepa, te rajo!
—¡Pero, hombre! ¡Qué bárbaro eres! —dijo la mujer—. Si atas el animal a la cepa, ¿no ha de comérsela?
—Tú calla y no repliques. Que ya está advertida.
Bueno, pues se dieron una vuelta a ver todo aquello y, cuando volvieron, claro, la cepa había quedado monda y lironda, sin una hojita siquiera.
—¡Conque ésas tenemos! —le dijo el hombre a la burra—. Ahora verás.
Se sacó una navaja muy grande que llevaba en el bolsillo y le metió tres puñalás en la barriga, que la mató.
—¡Qué bestia eres! —dijo la mujer.
—Tú calla y no repliques. Ya estás advertida. Y como no estoy acostumbrado a cargar de aquí al pueblo, coge la albarda y la jáquima de la burra y andando.
La otra no se atrevió a chistar. Cogió la albarda y su jáquima y echó a andar ligerita. Cuando ya llegaban al pueblo, dice él:
—Mira, como voy cansado, me monto encima de ti hasta que lleguemos a casa.
Y se montó encima de su mujer, que tampoco se atrevió a decir nada. La gente no podía creer lo que estaba viendo, pero decían:
—Bueno, bueno. Ya veremos qué pasa cuando ella se dé cuenta de lo que ha hecho el otro con los novillos.
Llegaron a la casa y, después de descansar un rato, dice él:
—Vamos al corral a ver los novillos que he cambiado por los que tú tenías.
Fueron al corral y, nada más ver los novillos, ella puso una cara…
—¡Qué!, ¿no te gustan? —preguntó él.
—Sí, marido mío, ¿no me han de gustar? Todo lo que tú hagas está bien.
—Ah, me creía.
Viendo el marido que la cosa iba bien, se dijo: «Pues todavía tengo que amansarla del todo». Va y le dice:
—Oye, ¿no te parece que ya está bien de que el burro entre en la cuadra derecho?
—Sí que es verdad, marido mío. ¿Cómo quieres que lo meta?
—Pues mételo al revés.
Y ya está la mujer tirando del rabo del burro para meterlo al revés. Que no se dejaba, pero ella venga a tirar, venga a tirar y a punto de reventar de coraje. Pero el marido había cogido la bandurria que tenía guardada en el arcén, y, mientras ella tiraba con todas sus fuerzas, él le cantaba:
Vengo alegre de la feria,
de comprarme una bandurria.
Acuérdate, mujercita,
lo que le pasó a la burra.