Esto era una vez una mona muy mona, que salió de su casa a buscar fortuna. Anda que te anda, pasó por delante de una barbería y pensó: «Con este rabo tan largo no sé yo adónde voy». Así que se metió en la barbería y le dice al barbero:
—¿Quiere usted cortarme el rabo?
—Pues claro. Para eso estoy yo aquí, para lo que usted mande.
Y con las mismas le cortó el rabo.
Salió la mona tan contenta de la barbería, pero al ratito se dice:
—Yo con mi rabo podía hacer algo. No que ahora…
Se volvió a la barbería y dice:
—Deme usted mi rabo, que era mi fortuna.
Y le contesta el barbero:
—¿Usted se cree que yo estoy aquí, rabo te pongo, rabo te quito? Además, no puedo dárselo, porque ya está en la basura.
—¿Ah, sí? Pues entonces me tiene usted que dar la navaja.
—¿Yo, la navaja? Usted está loca. Si la barbería no es mía. ¿Cómo voy yo a darle los materiales?
—Nada, nada, o me da usted la navaja o no me voy de aquí en todo el día.
—Anda, anda —dijo el barbero—. Que por no verte, doy hasta dinero.
Y le dio la navaja y la mona se fue tan contenta. Y anda que te anda, pasó por un río. Había un pescador que estaba preparando el pescado con sus manos para ir a venderlo.
—¡Ay! Me da no sé qué ver a ese hombre arreglar el pescao con las manos. Y yo, ¿para qué quiero una navaja? ¡Buen hombre! ¿Quiere usted una navaja?
El hombre le dijo que bueno, y la mona se la dio.
Anda que te anda, al ratito ya se había arrepentido. Se dice: «¿Y yo? ¡Hay que ver cómo soy! Lo único que tengo, y lo doy así como así». Se vuelve al río y dice:
—Oiga, deme usted mi navaja, que era mi fortuna.
—No puedo —dice el pescador.
—¿Por qué?
—Porque se me cayó al río.
—¡Anda! Pues me tiene usted que dar la cesta de pescado.
—¿Yo, la cesta de pescado?
—Sí, usted, usted.
Por no oírla, el pescador le dio la cesta de pescado. Anda que te anda, dice la mona: «¿Y para qué quiero yo tanto pescado, si ni siquiera tengo pan?». Pasa por delante de la panadería y entra:
—Señora, le cambio una cesta de pescado por una cesta de pan.
—Pues bueno.
Le dan la cesta de pan, y al ratito pasa por delante de un colegio de niñas. Y estaban llorando todas las niñas. Entra la mona y le pregunta al maestro:
—¿Por qué lloran las niñas?
—Porque tienen hambre.
—Pues tome usted. Una cesta de pan.
Le dio la mona la cesta de pan y siguió andando. Al ratito: «¡Hay que ver cómo soy yo! ¿No le he dado la cesta de pan al maestro, y ni siquiera lo he probado?». Se vuelve al colegio y dice:
—Maestro, deme usted la cesta de pan, que era mi fortuna.
—¿Yo? Ni hablar de la peluca.
—¿Por qué no?
—Porque las niñas se lo han comido todo.
—Pues entonces me llevo una.
—Ni hablar, que no son mías.
—Que sí.
—Que no.
—Que sí.
—Que no.
Porfió tanto la mona, que dice el maestro:
—Está bien, so pesada, que no eres nadie tú. Llévate la que quieras.
Puso el maestro a las niñas en fila y la mona escogió a la que quiso.
Anda que te anda, pasó con la niña por un arroyo, y había una mujer venga a lavar, venga a lavar.
—Señora, ¿quiere usted esta niña para que le ayude a lavar?
—Pues bueno.
Y allí que le dejó a la niña. Sigue la mona andando, y al ratito: «Si es que no tengo arreglo. ¡Mira que dejarle yo esa niña a la lavandera!».
—¡Lavandera! Devuélvame usted a la niña, que era mi fortuna.
—No puedo.
—¿Que no puede?
—No.
—¿Y por qué?
—Porque la he tirado al río.
—¿Y eso?
—Si es que no sabía lavar…
—¡Conque sí, eh! Pues ahora me da usted una camisa.
—¿Yo, una camisa?
—Sí, usted, usted.
—Que no.
—Que sí.
—Que no.
—Que sí.
—¡Ay, qué mona más chocante! ¡Toma la camisa!
Y sigue la mona, anda que te anda, y se encuentra a un bizco tocando el violín.
—Bizco, ¿no quieres una camisa?
—Pues bueno.
Le da la camisa al bizco y se va. Anda que te anda: «¿Y ahora? ¿Por qué le habré dado yo la camisa al bizco?». Se vuelve.
—Oye tú, ya me estás dando la camisa.
—¡Que te crees tú eso! Si quieres, ahí tienes un tambor. Cogió entonces la mona el tambor y se puso a tocarlo. Y mientras el bizco tocaba, ella decía este cantar:
—Por mi rabo una navaja
y la cesta un pescador,
¡po-ro-rom-pom-pom!
Y por la cesta una niña
que lloraba, ¡qué dolor!,
¡po-ro-rom-pom-pom!
Por la niña una camisa,
por la camisa un tambor,
¡po-ro-rom-pom-pom!,
¡po-ro-rom-pom-pom!