País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

la mano negra

Pues, señor, éste era un pobrecito hombre que tenía tres hijas casaderas, y la mayor parte de los días se los pasaba sin comer, por no tener con qué comprar siquiera un pan: a veces se iba al bosque por la mañanita temprano, recogía un poco de leña que vendía en el pueblo, y con su importe llevaba algo de comida a sus hijas; pero tan poco ganaba, que casi siempre se quedaban con la misma hambre.
Sucedió un día que salió para ir al bosque, y al pasar por un campo vio en mitad de él una col tan grande y tan hermosa, que se paró a contemplarla:
—¡Dios mío! —dijo—. ¡Si yo cogiera esa col, qué comida tendríamos hoy y qué contentas se pondrían mis hijas!
Llevado por este pensamiento, se fue acercando a la col, que cada vez le parecía más hermosa, hasta que llegó a ella, y después de mirarla un rato como si le pareciera mentira su buena fortuna, se decidió por fin a arrancarla, y cogiéndola con mucho cuidado para no romperla, tiró de ella; pero en el mismo momento oyó una voz muy fuerte que salía como de debajo de tierra, y decía:
—¿Quién me tira de mis barbas?
Más que a prisa soltó el pobre hombre la col y se apartó de ella; pero como después de esto no oyó nada que le pareciera sospechoso, empezó a pensar que todo había sido figuración suya, y como la col estaba allí, incitándole a que se la llevara, otra vez se dirigió a ella, y otra vez tiró para arrancarla; pero lo mismo que antes, se oyó la voz que decía:
—¿Quién me tira de mis barbas?
Con lo cual volvió el pobre a soltar la col y, separándose de aquel sitio, se apartó un buen trozo, y volvió la vista para ver si había por allí alguna persona que se estuviera burlando de él. Nada vio que le llamase la atención, y asegurado con esto, y atormentado por el hambre y por el pensamiento de que si perdía la ocasión tal vez sus hijas no tendrían qué comer y aquel día se acostasen sin cenar, tornó otra vez sobre sus pasos decidido a arrancar la col de un tirón y a irse corriendo y sin volver la cara atrás. Volvió, pues, a la col, la abarcó entre sus brazos y empezó a quererla desarraigar, cuando otra vez gritó la voz de antes:
—¿Quién me tira de mis barbas?
Y en el mismo momento apareció, sin saber cómo ni por dónde, un gigantón de muchas varas que, lanzándose hacia él, fue a matarlo por la falta de respeto que había cometido al tirarle con tanto ahínco de las barbas. El pobre hombre, asustado, cayó de rodillas a los pies del gigante, pidiéndole que le dejase vivir, contándole sus desgracias y refiriendo le su historia punto por punto. Cuando el gigante le oyó decir que tenía tres hijas casaderas, se calmó de pronto y le dijo:
—Estaba poco dispuesto a perdonarte; pero, en fin, por tus hijas te perdono y aún haré tu felicidad, pero ha de ser con una condición.
—¿Cuál, señor? —le preguntó el pobre hombre, que no sabía lo que pasaba.
—Yo vivo aquí solo y sin que nadie cuide de mi casa, que es un palacio muy hermoso. Tráeme tu hija mayor, y será mi mujer, y vivirá muy dichosa, y yo te daré dinero bastante para que ya no carezcas de nada. ¿Estás conforme? Si no, te mato y santas pascuas.
Mucho quería el leñador a sus tres hijas, y mucho sentía separarse de ninguna de ellas, pero consideró que, si el gigante lo mataba, perdía a las tres y no volvería a verlas más; además, el gigante le parecía buena persona, y creyó que con él sería su hija feliz. Así que contestó que aceptaba el trato.
—Bueno, pues mañana a estas horas estás aquí con tu hija, tiras de la col, pero no tan fuerte como hoy, ¿eh?, y yo me presentaré en seguida. Ahora, toma y vete.
Y le alargó una bolsa llena de oro, desapareciendo en seguida lo mismo que había salido: sin saberse cómo ni por dónde.
Al día siguiente, a la misma hora, se presentó el leñador con su hija en el sitio designado. Iba llorando porque la quería mucho, pero ella estaba tan contenta por lo mismo que no sabía la suerte que le esperaba, y consolaba a su padre cuando le veía muy afligido. Cuando llegaron a la col, el padre tiró de ella con mucho respeto, y en seguida apareció el gigante, que cogió de la mano a la joven diciéndole que allí lo iba a pasar muy bien; le dio al leñador otra bolsa, más grande aún que la del día anterior, y desapareció, dejando al otro solo y muy triste que se volviera a su casa.
Se abrió la tierra para dar paso al gigante, y así llegó éste a un palacio muy grande y muy bonito que tenía; dejó a la joven en una sala magnífica y muy bien puesta, y le dijo:
—Nada te faltará aquí mientras seas buena. Todo esto es tuyo, y tú eres la única que aquí manda: cuando quieras algo, pídelo en voz alta, y tendrás todo cuanto desees. Yo te haré compañía por las noches, y todo el día estarás sola; pero hay tantas cosas que ver, que no te aburrirás. Toma esta sortija —añadió dándole un precioso anillo que él mismo puso en el dedo de la j oven— y guarda cuidadosamente esta llave, que es de un cuarto que tú no puedes ver, y debes no hacer nada por verlo, pues yo lo sabría y te sucedería una desgracia.
Después de esto desapareció. Cuando se quedó sola, la joven empezó a registrar la casa, y cada cosa que veía le gustaba más y más, como no podía ser menos, estando acostumbrada a la cabaña tan pobrecita en que hasta entonces había vivido. Cuando tuvo hambre se acordó de lo que le había dicho el gigante, y gritó:
—¡Quiero comer!
Y en el mismo instante apareció una mano negra, que no se sabía si pertenecía o no a algún cuerpo; puso una mesa muy limpia y la llenó de manjares sabrosos. Cuando la vio puesta, se sentó a comer la joven, y así que acababa un plato lo retiraba la mano negra y ponía otro en su lugar. Después que comió, pensó ella abrir el cuarto misterioso; pero como se lo había prohibido tanto el gigante, no se atrevió a hacerlo, y quedó muy disgustada. Cuando se hizo de noche pidió luz, y la misma mano negra la encendió. A poco vino el gigante y le dijo:
—¿Estás contenta?
—Sí.
—¿Has hecho lo que te he dicho?
—Sí.
—Entonces, dame la mano y seremos amigos si haces lo mismo todos los días.
Ella le dio la mano, y el gigante, sin que la joven lo notase le miró la sortija y se puso muy contento, pasando a su lado toda la noche muy cariñoso y complaciente. Al otro día, en cuanto amaneció, se levantó y se despidió de ella, haciéndole las mismas advertencias que el día anterior.
—No hagas nada por ver el cuarto que está cerrado con esta llave, porque si lo vieses yo lo sabría y te sucedería una desgracia.
Después de lo cual desapareció, sin que, como el día anterior, pudiese verse cómo ni por dónde.
Las palabras del gigante no hacían más que excitar la curiosidad de la joven, que quería saber lo que había en aquel cuarto tan misterioso. Mucho tiempo estuvo queriendo y no queriendo abrirlo; pero por fin, después de mirar toda la casa sin que encontrase a nadie, se dijo:
—Nadie se lo podrá decir; voy a ver lo que hay en ese cuarto. Estaré un momento nada más, y saldré en seguida.
Y dicho y hecho; fue al cuarto en que le habían prohibido entrar, lo abrió con la llave que tenía en la mano, y entrando, vio en medio de él una especie de pozo; se acercó, pero en seguida se hizo atrás horrorizada. En aquel pozo había tal cantidad de cuerpos humanos despedazados y llenos de sangre, que casi se tocaban con la mano. Al inclinarse sobre ellos se le cayó la sortija que el gigante le había puesto en el dedo, y aquí fueron sus apuros. ¿Qué le diría al gigante cuando viniera y le preguntara lo que había hecho de su anillo? Muy repugnante era para ella el pozo, pero, haciendo un esfuerzo, logró coger la sortija, y salió corriendo del cuarto, volviéndolo a cerrar cuidadosamente. En cuanto llegó a su cuarto miró la sortija y la vio manchada de sangre, se puso a limpiarla con ahínco, pero, por más que la restregaba, la mancha de sangre no desaparecía; por el contrario, brillaba cada vez más. Limpiándola estaba todavía cuando llegó el gigante; sacando fuerzas de flaqueza, fue ella a recibirlo; pero apenas notó su turbación, le miró la sortija y, poniéndose muy furioso, le dijo:
—¡Ah! ¿Conque has entrado en el cuarto, a pesar de habértelo yo prohibido? Bueno, pues ya verás lo que te pasa.
Y arrastrándola tras de sí, se la llevó al cuarto donde estaba el pozo, la mató sin hacer caso de sus gritos y, despedazándola luego con un hacha, arrojó al pozo sus restos ensangrentados.
Otro día, el leñador vino al campo y, llegando a la col, tiró suavemente de sus hojas. Se presentó en seguida el gigante, que le preguntó:
—¿Qué quieres?
—Nada, señor —le contestó el buen hombre con mucho respeto—, venía a que me dijera usted si está contenta mi hija.
—Muy contenta, y muy satisfecha, y le va muy bien; pero a veces se pone triste, porque echa de menos a su hermana; si quisieras traer la segunda, estarían aquí muy bien, y serían muy felices viviendo juntas.
—Bueno, señor, pues ya que ése es su gusto, mañana se la traeré.
Despidióse el buen hombre del gigante, que le dio una bolsa de dinero llena como las anteriores, y se fue para su casa a decirle a su segunda hija el deseo de su hermana. Al otro día a la hora marcada, se presentó el gigante, y dándole otra bolsa de dinero al leñador se retiró con la segunda hija, a la cual le dijo en cuanto estuvo en el palacio:
—Mira, no preguntes por tu hermana, porque la he matado yo por desobedecerme, y lo mismo haré contigo si no haces lo que te mando. En cambio, si me obedeces, serás completamente feliz conmigo, que pasaré fuera de casa todo el día, y sólo vendré por la noche. Cuando tengas hambre o sed o quieras algo, pídelo, y en seguida tendrás cuanto desees.
Después le entregó, como había hecho con su hermana, el anillo y la llave, y le dijo que la única condición que le ponía es que no tenía que abrir el cuarto de cuya puerta era aquella llave; y con esto se retiró, dejando a la joven muy amedrentada.
Pasó el día ocupada en ver el palacio, y cada vez que quería alguna cosa la pedía, y enseguida se la daba una mano negra que aparecía, sin saber cómo ni por dónde, y lo mismo se retiraba después de servir lo que le pedían. Cuando vino el gigante, le preguntó si había cumplido sus órdenes, le miró el anillo, y estuvo muy contento y cariñoso con ella, despidiéndose al otro día en cuanto amaneció, y repitiendo sus advertencias.
Pero apenas se vio sola la joven, que ya había pasado todo el día anterior muerta de curiosidad, sintió el mismo deseo que su hermana de ver qué era aquello que estaba tan escondido y que ella no podía mirar. Ella también se dijo, ni más ni menos que su hermana mayor:
—Nadie se lo podrá decir. Voy a ver lo que guarda en ese cuarto. Estaré un momento nada más, y me saldré en seguida.
Y dicho y hecho; fue al cuarto, lo abrió, y le sucedió lo mismo, lo mismo que le había sucedido a su hermana: al inclinarse horrorizada al pozo, se le cayó la sortija, que con mucho trabajo pudo recoger, aunque manchada de sangre, sin que luego, restregándola mucho, pudiera conseguir otra cosa que dar mayor brillantez a la mancha del anillo. Cuando vino el gigante, no hizo más que verle la cara tan pálida que tenía, mirarle la sortija, y exclamar, dando muchos gritos:
—¡Ah! ¿Conque has entrado en el cuarto, a pesar de lo que yo te había dicho? Pues sufrirás la misma suerte que tu hermana.
Y llevándola a rastras al cuarto donde estaba el pozo, la mató, destrozándola luego y echando al pozo sus pedazos.
Al otro día vino el leñador a saber cómo estaban sus hijas; tiró suavemente de la col, y se le apareció el gigante, que le preguntó qué quería.
—Nada, señor, venía a ver si me decía usted cómo están mis niñas.
—Pues muy bien, hombre, muy bien; ¿cómo quieres que estén si no les falta de nada, y todo es suyo en mi palacio?
Únicamente, ahora que están juntas las dos, echan mucho de menos a su hermana, y pensando en ella están tristes muchas veces. Si tú quisieras traerla, aunque no fuera más que una temporada, no faltaría nada a su felicidad.
Mucho sintió el pobre viejo perder también a la única hija que le quedaba; pero pensó que mejor estaría en el palacio del gigante que en su casa, y se comprometió a llevársela al otro día a la misma hora, retirándose luego con otra bolsa llena de oro que le dio el gigante. Al siguiente día, a la hora marcada, se presentó el leñador con su tercera hija, y como las otras veces, llamó al gigante, que le dio otra bolsa de dinero y desapareció con la joven.
Luego que el gigante se vio sólo con ella en el palacio, le hizo las mismas recomendaciones que había hecho a sus dos hermanas, le entregó la llave y el anillo, y se retiró, despidiéndose hasta la noche.
Era la tercera hermana más curiosa todavía que las dos mayores; pero era más lista que ellas: así que decidió visitar en seguida el cuarto misterioso; pero, habiéndole chocado el empeño del gigante en que no se quitase el anillo, empezó por quitárselo y dejarlo sobre una mesa; después abrió el cuarto y vio el pozo lleno de pedazos de seres humanos, entre los cuales reconoció a sus dos hermanas. Luego que se le pasó el susto, salió corriendo del cuarto, cerró otra vez con la llave, volvió a colocarse la sortija en el dedo, y empezó a recorrer las demás habitaciones del palacio, siendo servida, en todo cuanto deseaba, por la mano negra, tan solícita con ella como con sus hermanas.
Cuando llegó la noche, vino el gigante y la miró con desconfianza, pero la vio tan tranquila, que no sospechó nada; le miró la sortija, y al verla tan limpia y reluciente como él se la había entregado, se puso muy contento y estuvo muy cariñoso con ella.
—Veo que eres buena —le dijo—, porque me has obedecido, y si sigues así, verás qué felices vamos a ser.
Así vivieron muchos días. De cuando en cuando venía el leñador a preguntar por sus hijas, y siempre salía el gigante muy alegre, le daba más dinero, y le ponía contento contándole lo felices que eran sus hijas en aquel palacio tan hermoso. Cuando salía, la joven iba muchas veces al cuarto para ver a sus hermanas, pero siempre tenía la precaución de quitarse la sortija antes de entrar, así que nada conoció el gigante.
Pero he aquí que, un día que lo hizo, vio en aquel cuarto tan horrible una puertecita entreabierta. Como no tenía miedo a nada, pasó adelante y encontró una habitación lujosamente alhajada, donde había un lecho magnífico. En él dormía un joven muy hermoso, cuyo pecho era un río, en el cual había muchas lavanderas lavando vedijas de lana, muy atareadas, y que no hicieron caso de ella. Quedóse suspensa la joven, y se estuvo allí gran rato cautivada por la belleza del joven dormido; cuando calculó que era hora de que el gigante viniera, salió de prisa, prometiendo volver al otro día, como lo hizo, y lo mismo el otro, y el otro, y así muchísimos días. El gigante estaba cada vez más contento y cariñoso, y no sospechaba nada.
Pero una mañana entró la joven y, como de costumbre, se puso a mirar al joven dormido, cuando vio que a una de las lavanderas se le escapaba de entre las manos una vedija, que el agua llevaba río abajo y sin que ella lo notase. Asustada, dio un grito, y en el mismo momento se sintió un gran temblor en el palacio, desaparecieron el río y las lavanderas, y el joven, despertado con sobresalto, se puso en pie. Yendo hacia la joven, le dijo con mucha tristeza:
—¿Qué has hecho, desgraciada? Yo soy el gigante, que estaba aquí encantado. Tu prudencia me iba a desencantar y mañana hubiéramos podido salir de aquí felices para siempre; pero el grito que has dejado escapar me obliga a matarte, o a volver a ser encantado no se sabe hasta qué día. Sin embargo, te he tomado tanto cariño, que no tengo fuerzas para matarte. Vivirás, y yo no me desencantaré.
Y como ella lloraba mucho, la consoló diciendo que le olvidase. La llevó luego junto al pozo, fue juntando cuidadosamente los pedazos de personas que en él había, y una a una fue devolviéndolas a la vida, dándoles con un ungüento. Cuando todas estuvieron resucitadas, las llevó fuera del palacio subterráneo y, echando una mirada muy triste a la joven, se volvió al seno de la tierra, mientras ella con sus compañeros y sus dos hermanas iban por el campo adelante, todos muy alegres, menos la hija menor del leñador, que en toda su vida pudo olvidarse de aquel joven tan hermoso. Ya no volvió a saberse del gigante, y la col desapareció del campo, sin que la joven la pudiese encontrar por más vueltas que dio para buscarla durante toda su vida.