País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

la madre envidiosa

Érase una vez un matrimonio que tenía siete hijos varones y ninguna hija. Por fin la madre dio a luz una niña y tanto ella como el padre y los hermanos se pusieron muy contentos. Pero el padre estaba tan pendiente de la niña, que a los hermanos los trataba cada vez peor. Éstos, viendo que en casa ya no tenían nada que hacer, decidieron marcharse. Antes se despidieron de su hermanita y le regalaron un anillo.
Pasó el tiempo y la niña se iba poniendo más guapa conforme se hacía mayor, y su padre más la quería. De manera que la madre empezó a sentir envidia de su propia hija. Tenía un espejito mágico al que le decía:
—Espejo mío, ¿hay en el mundo una mujer más guapa que yo?
Y siempre el espejito le había respondido que no, que ella era la más guapa, hasta que un día le dijo:
—Sí, tu hija es más guapa que tú.
A la madre le entró mucha rabia y empezó a maltratar a su propia hija. A cada momento la mandaba a la fuente a traer agua y si rompía algún cacharro la reñía y la pegaba. Una vez la encerró en una habitación, con el propósito de no dejarla salir nunca más y de nuevo le preguntó al espejito:
—Espejo mío, ¿hay en el mundo una mujer más guapa que yo?
Y el espejo le contestó:
—Sí. La que está encerrada en la habitación es más hermosa que tú.
Como encerrarla no había servido para nada, la madre mandó a los criados que llevaran a su hija al monte y la mataran. Pero los criados sintieron lástima de la niña y la abandonaron en medio del campo. En su lugar mataron una perra, le arrancaron los ojos y la lengua y se los llevaron a la madre, que creyó que eran los ojos y la lengua de su hija.
La niña se puso a andar por el monte hasta que divisó una casa. Se acercó y, como no se sentía a nadie, entró. La chimenea estaba encendida y sobre la mesa había siete platos vacíos. Entonces se puso a hacer la comida y, cuando ya estaba hecha, arregló la casa. Después se salió y se subió a un árbol que había por allí cerca, a esperar a ver quién llegaba.
Por la tarde llegaron siete ladrones, que eran los que vivían en la casa. Cuando entraron, se quedaron muy sorprendidos al ver lo limpia que estaba y que la comida estaba hecha.
—¿Quién habrá venido a arreglar y a limpiar la casa? —preguntó uno.
—¿Y quién nos habrá hecho la comida? —dijo otro.
Como muy cerca de allí vivían el dragón y su mujer, tenían miedo de que hubieran venido y les hubieran hecho una comida envenenada. Entonces uno dijo:
—Vamos a darle primero a la perrita y, si no le hace daño, a nosotros tampoco nos lo hará.
Lo mismo ocurrió otros cuantos días, y siempre los siete ladrones le daban a probar la comida a la perrita y luego comían ellos.
Como no les pasaba nada, decidieron sorprender a la persona que les hacía la comida y les arreglaba la casa. Por la mañana, en vez de salir los siete, salieron seis nada más y el capitán se quedó escondido dentro de la casa. Pero la niña, que todos los días contaba a los siete cuando salían, contó esta vez nada más que seis y no se movió del árbol en todo el día.
Viendo que aquello no daba resultado, los ladrones decidieron regresar a mediodía, en lugar de por la tarde, y así fue cómo sorprendieron a la niña en medio de las faenas. La niña sintió mucho miedo, cuando vio que los ladrones se abalanzaban sobre ella, pero el capitán se fijó en el anillo que llevaba puesto y dijo:
—¡Quietos todos, que ésta es nuestra hermana!
Así se reconocieron y todos se pusieron muy contentos. La niña les contó lo que había pasado y ellos dijeron:
—Pues nada. Te quedas a vivir con nosotros, haciendo la comida y arreglando la casa.
También le dejaron la perrita para que la acompañara. Uno de los hermanos le dijo:
—Tendrás mucho cuidado en darle a la perra de todo lo que comas, porque ya se ha acostumbrado. Si no lo haces, se meará en el fuego y no podrás hacernos la comida.
Y otro le dijo:
—Además, no debes salir de la casa, porque aquí cerca vive el dragón con su mujer.
La niña tuvo mucho cuidado de hacer todo como le habían dicho, pero un día se puso a comer unas avellanas que sus hermanos le habían traído y no se acordó de darle a la perrita. Entonces la perrita se acercó al fuego, se meó y lo apagó.
La niña se quedó muy afligida, pensando que sus hermanos se enfadarían mucho con ella por no tenerles la comida preparada. Así que, como la única casa que había por allí cerca era la del dragón, se armó de valor y fue a ver si le daban unas brasas.
Cuando llegó, estaba la mujer del dragón, que le dijo que sólo le podía dar la mitad de cada brasa, pues, si su marido notaba que faltaba fuego, la mataría. Le dio entonces la mitad de cada brasa y la niña se marchó muy contenta. Cuando el dragón llegó a su casa, dijo:
—¡A carne humana me huele! ¡Si no me la das, te mato!
—Pero, hombre —dijo la mujer—, si es que ha estado aquí la hermanita de los ladrones, que vino por un poco de lumbre.
El dragón se puso muy enfadado. Fue corriendo a la casa de la niña y le exigió que le devolviera las brasas inmediatamente. La niña se echó a llorar, diciendo que entonces cómo podría hacer la comida para sus hermanos.
—Está bien —dijo el dragón—. Te dejaré la lumbre, pero todos los días tendrás que sacar un dedo por la cerradura para que yo te lo chupe.
La niña no tuvo más remedio que decir que sí, y todos los días venía el dragón y chupaba el dedo que ella sacaba por la cerradura. De manera que la niña se fue quedando cada vez más delgada y el dedo que le chupaba el dragón también se fue quedando más delgado que los demás. Sus hermanos le decían:
—¿Pero qué es lo que te pasa? ¿Comes y bebes y estás cada vez más delgada?
Por fin ella les contó todo lo que había pasado, y entonces los hermanos decidieron que había que matar al dragón. Uno le dijo a la niña:
—Mañana no saques el dedo y le dices al dragón que suba por la escalera a llevarse la lumbre.
Debajo de la escalera cavaron un pozo muy hondo y aflojaron unos cuantos peldaños. Así que, al día siguiente, cuando el dragón iba por la mitad de la escalera, se cayó en el pozo y se mató. Los ladrones empezaron a echarle tierra y allí mismo lo dejaron sepultado. Al poco tiempo en la tumba del dragón creció una mata de perejil y los hermanos le dijeron a la niña:
—Por nada del mundo nos pongas ese perejil en la comida, pues, si lo haces, nos convertiremos en bueyes negros.
Al principio la niña puso cuidado en no coger de aquella mata, pero con el tiempo se le fue olvidando y un día cortó unas ramitas y las echó en la comida. Por la tarde llegaron sus hermanos y se pusieron a comer, como todos los días. Y de pronto se convirtieron en siete bueyecitos negros.
Desde entonces, la niña tuvo que llevar a los siete bueyecitos todos los días al prado a pastar. Un día, estando con ellos, pasó por allí el hijo del rey. Al ver a la niña se enamoró de ella y le dijo que si quería casarse con él. Contestó ella que sí, pero que no podía, porque tenía que cuidar de aquellos bueyes, que eran sus hermanos.
—No te preocupes —contestó el príncipe—. Nos los llevaremos al palacio y allí harán la misma vida que nosotros, comiendo en la misma mesa y todo.
Y así lo hicieron. Se celebraron las bodas y los siete bueyecitos eran tratados como personas por todos los criados y la niña estaba muy contenta. Pero un día el príncipe tuvo que marcharse a una guerra y dejó a su mujer y a los bueyes al cuidado de los criados.
Un día iba una criada negra por agua a la fuente, cuando se paró a mirar en el agua y vio la cara de la reina, que estaba asomada a su ventana. Se creyó la negra que aquélla era su cara y se puso muy contenta de verse tan guapa, diciendo:
—¿Cómo yo, tan blanca y tan guapa, vengo por agua a la fuente? Ahora mismo romperé el cántaro y me iré a mi casa.
La reina, que la estaba escuchando, se echó a reír, y entonces la negra se dio cuenta de lo que había pasado. Miró por la ventana y le dij o a la reina que por qué no bajaba a que la peinara. La reina bajó y la negra se puso a peinarla. De pronto, le clavó un alfiler en la cabeza y la convirtió en paloma. Luego la echó a volar. Y se puso sus vestidos. Entró en el palacio haciéndose pasar por la reina y lo primero que hizo fue expulsar a los bueyes, diciendo:
—¡Qué trabajen! ¡Qué trabajen, que bien gordos están! ¡Fuera de aquí, bichos asquerosos!
Y engancharon a los bueyes a unos carros para traer piedras para un corral que estaban haciendo.
Volvió el rey de la guerra y, cuando se encontró con la reina, le dijo:
—¿Cómo es que estás tan negra?
—Es de tanto tomar el sol esperándote en el jardín —contestó la negra.
El príncipe no quedó conforme y estaba muy triste. Todos los días venía la paloma al palacio, volaba por el jardín, se posaba en la ventana y decía:
—El rey y la mora sentaditos a la sombra,
los mis hermanitos acarreando piedra y barro,
y yo como perdida en estos árboles ando.
Y a los criados les preguntaba:
—¿Qué tal el rey con la reina mora?
Y ellos les respondían:
—A veces canta y a veces llora.
Y luego preguntaba:
—¿Y los bueyecitos?
Y le respondían:
—Acarreando cal y cantos.
Y la palomita lloraba y decía:
—¡Ay de mí, qué quebranto!
Un día la paloma entró en la habitación del rey y, como al rey le gustó lo mansa que era, le permitía que anduviera por el palacio a su gusto. Cuando el rey y la negra se sentaban a comer, la paloma se paseaba por la mesa. Picoteaba en el plato del rey y se cagaba en el de la negra. Éste decía:
—¡Qué bonita es la palomita! ¡Y qué suave!
De pronto le notó el alfiler que tenía clavado en la cabeza. Se lo quitó y al momento la paloma se volvió la reina hermosa que era. El rey la reconoció en seguida y volvió a vivir con ella muy contento. A la negra la mataron y a los bueyecitos les clavaron en el cogote el mismo alfiler y entonces volvieron a cobrar su forma humana. Y todos fueron muy felices en el palacio del rey.