Erase que se era una hormiguita que iba andando por esos caminos. Y anda que te anda se encontró un ochavito, y dijo:
—¡Qué suerte tengo! ¿En qué me lo gastaré? ¿En caramelos? No, no, que es golosina. ¿En cintas para el pelo? Sí, sí, que me pondré muy guapa.
Siguió anda que te anda y se encontró otro ochavito. Y dijo:
—¡Qué suerte tengo! ¿En qué me lo gastaré? ¿En chocolate? No, no, que también es golosina. ¿En un nuevo traje? Sí, sí, que me pondré muy guapa.
Y siguió anda que te anda y se encontró otro ochavito. Y dijo:
—¡Qué suerte tengo! ¿En qué me lo gastaré? ¿En pipas de girasol? No, no, que también es golosina. ¿En arrebol? Sí, sí, que me pondré muy guapa.
Se fue a una tienda, con sus tres ochavitos y se compró todo lo que había dicho. Se lavó, se peinó, se puso su traje nuevo, sus cintas en el pelo, y se dio el arrebol. Después se sentó a la puerta de su casita.
Pasó por allí el señor toro, que le dice:
—Hormiguita, hormiguita, ¡qué guapa estás!
—Hago bien porque tú no me lo das. Y si tú me lo dieras, más guapa estuviera.
Entonces dice el toro:
—Hormiguita, ¿te quieres casar conmigo?
Y la hormiguita le contesta:
—¿Y cómo arrullarás al niño?
Dice el toro:
—¡Muúu, muúu! ¡Muúu, muúu!
—¡Huy, no que lo despertarás!
Se fue el toro y poco después pasó el señor cerdo. Le dice:
—Hormiguita, hormiguita, ¡qué guapa estás!
—Hago bien porque tú no me lo das. Y si tú me lo dieras, más guapa estuviera.
Entonces dice el cerdo:
—Hormiguita, ¿te quieres casar conmigo?
—¿Y cómo arrullarás al niño?
—¡Juinc, juinc! ¡Juinc, juinc!
—¡Huy, no, que te lo comerás!
Se fue el cerdo y al poco rato pasó por allí el señor perro. Le dice:
—Hormiguita, hormiguita, ¡qué guapa estás!
—Hago bien porque tú no me lo das. Y si tú me lo dieras, más guapa estuviera.
Entonces dice el perro:
—Hormiguita, ¿te quieres casar conmigo?
—¿Y cómo arrullarás al niño?
—¡Guau, guau! ¡Guau, guau!
—¡Huy, no, que lo despertarás!
Se fue el perro y al ratito pasó el señor gato. Dice:
—Hormiguita, hormiguita, ¡qué guapa estás!
—Hago bien porque tú no me lo das. Y si tú me lo dieras, más guapa estuviera.
Entonces dice el gato:
—Hormiguita, ¿te quieres casar conmigo?
—¿Y cómo arrullarás al niño?
—¡Miau, miau! ¡Miau, miau!
—¡Huy, no, que te lo comerás!
Pues se fue el gato y detrás vino el ratompérez. Dice:
—Hormiguita, hormiguita, ¡qué guapísima estás!
—Hago bien porque tú no me lo das. Y si tú me lo dieras, mucho más guapa estuviera.
Entonces ratompérez le dijo:
—Hormiguita, hormiguita, ¿te quieres casar conmigo?
—¿Y cómo arrullarás al niño?
—¡Ea, ea! ¡Ea, ea! ¡Ea, ea!
—Sí, sí, me caso contigo, ¡que contigo se dormirá!
Bueno, pues se casaron y se quedaron a vivir en casa de la hormiguita. El primer día se levantó ella muy temprano y puso su olla del puchero. Luego fue a lavar sus ropitas al río, pero le encargó a ratompérez que le diera una vuelta a la olla de vez en cuando. Cuando se levantó ratompérez, se fue derechito a la cocina, porque tenía mucha hambre. Se asomó a la olla, pero, en vez de coger la cuchara chica, cogió la grande, y como pesaba mucho, en una vuelta se cayó dentro y se ahogó.
Volvió la hormiguita del río y llamó a la puerta:
—¡Ratompérez, abre, que soy yo!
Pero pasó un rato y nadie le abría. Y la hormiguita más fuerte:
—¡Ratompérez, abre, que soy yo, tu hormiguita!
Cuando se cansó de esperar, fue a por un cerrajero y le mandó que le rompiera la cerradura. Cuando estuvo dentro, vio que todo estaba igual que cuando ella se había ido, y dijo:
—Ratompérez se habrá ido por la chimenea a jugar. ¡Cómo es tan saltarín! Mientras llega, voy a poner la mesa.
Puso su mesa, con flores y todo, y se sentó a esperar. Pero viendo que no llegaba, y como tenía mucha hambre, empezó a comer ella sola. Y cuanto más comía, más le gustaba.
—¡Ay, pero qué carne más rica! ¿De dónde habrá sacado ratompérez una carne tan buena para echar en la olla?
Y siguió comiendo, hasta que de pronto se encontró con la piel y la cabecita de ratompérez.
—¡Ay, si es mi ratompérez! ¡Dios mío!, ¿qué he hecho? ¡Pobrecito mío, que me lo he comido!
Salió al balcón a gemir y a llorar, y pasó por allí un pajarito. Le dice:
—Hormiguita, ¿por qué lloras?
Entonces ella le contó lo que le había pasado. Y dice el otro:
—Pues yo, como buen pajarito, me corto el pico.
Y se fue volando y se encontró con la paloma. Ésta le dice:
—Pajarito, ¿por qué te has cortado el pico?
—Porque ratompérez se ha caído en la olla y la hormiguita le gime y le llora; y yo, como buen pajarito, me he cortado el pico.
Y dice la paloma:
—Pues yo, como buena paloma, me corto la cola.
Y se fue volando la paloma y llegó al palomar. Le pregunta el palomar:
—Paloma, ¿por qué te has cortado la cola?
—Porque ratompérez se ha caído en la olla, y la hormiguita le gime y le llora; y el pajarito, como buen pajarito, se ha cortado el pico; y yo como buena paloma, me he cortado la cola.
Y dice el palomar:
—Pues yo, como buen palomar, me voy a derribar.
Entonces la fuente, que estaba debajo, le dice:
—¿Por qué te vas a derribar, palomar?
—Porque ratompérez se ha caído en la olla, y la hormiguita le gime y le llora; y el pajarito, como buen pajarito, se ha cortado el pico; y la paloma, como buena paloma, se ha cortado la cola; y yo, como buen palomar, me voy a derribar.
—Pues yo, como buena fuente, dejo mi corriente.
Entonces vinieron los niños a beber y dicen:
—Fuente, fuente, ¿por qué dejas tu corriente?
—Porque ratompérez se ha caído en la olla, y la hormiguita le gime y le llora; y el pajarito, como buen pajarito, se ha cortado el pico; y la paloma, como buena paloma, se ha cortado la cola; y el palomar, como buen palomar, se ha ido a derribar; y yo, como buena fuente, dejo mi corriente.
Y dicen los niños:
—Pues nosotros, como buenos niños, rompemos los cantarillos.
Se fueron los niños para su casa y se encontraron a la reina. Les dice la reina:
—Niños, ¿por qué habéis roto los cantáridos?
—Porque ratompérez se ha caído en la olla, y la hormiguita le gime y le llora; y el pajarito, como buen pajarito, se ha cortado el pico; y la paloma, como buena paloma, se ha cortado la cola; y el palomar, como buen palomar, se fue a derribar; y la fuente, como buena fuente, dejó su corriente; y nosotros, como buenos niños, rompemos los cantáridos.
Entonces dice la reina:
—Pues yo, como buena reina, me quito la mantilla blanca y me pongo la negra.
Llega el rey y le dice:
—Reina, ¿por qué te has quitado la mantilla blanca y te has puesto la negra?
Y contesta la reina:
—Porque ratompérez se ha caído en la oda y la hormiguita le gime y le dora; y el pajarito, como buen pajarito, se ha cortado el pico; y la paloma, como buena paloma, se ha cortado la cola; y el palomar, como buen palomar, se echó a derribar; y la fuente, como buena fuente, dejó su corriente; y los niños, como buenos niños, rompieron sus cantáridos; y yo, como buena reina, me quito la mantida blanca y me pongo la negra.
Y dijo entonces el rey:
—Pues yo, como buen rey, los pantalones me quito y me echo a correr.
Y colorín colorete, por la chimenea sale un cohete; y tú que lo viste, ¿por qué no lo cogiste?