País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

la hija del limosnero

Éste era un padre que quedó viudo con una hija; y era muy pobre, tan pobre que algunos días tenía que salir a pedir limosna para llevar pan a su casa. Un día, cansado ya de pedir y de que nadie le diera, se fue a casa de un vecino rico y llamó a la puerta. Salió el rico y le preguntó qué quería. El pobre le pidió que le diera por Dios una limosna.
—Anda, vete a pedir a otra puerta —le contestó el rico.
El pobre, muy indignado, sacó un puñal y se lo asestó al rico en el pecho y lo mató.
Vino la justicia y cogieron al limosnero y lo llevaron a la cárcel. Y le dijeron que le iban a dar garrote. Entonces pidió permiso para hablar con su hija. Vino su hija a verle y le dijo el padre que se fuera a casa de unos señores muy ricos que eran vecinos y que les dijera que, como a su padre le iban a dar garrote, que la recibieran ellos en su casa y la criaran hasta que fuera moza. Y aquéllos la recibieron muy contentos. Ellos no tenían familia y la criaron como hija, y ella les decía «padres».
Bueno, conque la niña fue creciendo y, cuando era moza resultó muy guapa. En una ocasión tuvieron sus padres que irse a la ciudad y la dejaron sola en la casa. Al partir, le dijeron que no le abriera la puerta a nadie, fuera quien fuera. Pero al poco de irse ellos va un malvado que vivía cerca y coge y se viste de viejecita limosnera y se va a visitar a la niña. Llega a la puerta y llama.
—¡Que no abro! —le contesta la mocita—. Me han dicho mis padres que no abra la puerta a nadie.
Pero el malvado aquel, hablando como una viejecita, le dice:
—Anda, buena niña, que soy una pobre viejecita y vengo a pedir un poco de pan.
Entonces la niña cree que es una viejecita necesitada y baja; le abre la puerta y le dice que suba. Conque sube aquél y le da la niña pan. Entonces dice él:
—Buena niña, ya que me has dado pan, ¿me quieres dar unas sopitas?
Y se pone ella a hacerle unas sopitas. Le hace las sopitas y se las da, y le dice entonces el hombre:
—Buena niña, ya que me has dado las sopitas, ¿me darás una cama para dormir esta noche?
Y va y le pone una cama en la sala. La niña dice que se va a acostar. Entonces el hombre saca un puñal y un hacha y dice:
—Ésta es la ocasión de matarla y robar el dinero a los señores.
La niña se asoma por el agujero de la cerradura y lo ve. Y empieza a dar gritos. Y aquél le dice que de nada le sirve gritar, que abra la puerta de su cuarto, que la va a matar. Y va y empieza a darle empujones a la puerta, pero no la puede abrir. Y venga empujones, pero nada, no la pudo abrir.
Bueno, pues viendo que no puede tirar la puerta, coge el hacha y empieza a darle hachazos. Y la niña más y más gritos. Pero la puerta estaba tan fuerte, que el otro no la pudo tirar abajo. Entonces sale corriendo a tocar un pito para llamar a sus compañeros. Y en ese entremedio la mocita le sigue y, cuando ya él está fuera, cierra la puerta de golpe y lo deja fuera. Y entonces es cuando él le empieza a decir a la niña:
—Mira que ya no quiero entrar ni nada. Lo único que quiero es que me dejes entrar por mi hacha y mi cuchillo.
—Pues mete la mano por debajo de la puerta, que yo te los daré —le dice ella.
Y él mete la mano por debajo de la puerta, ella coge el hacha y, ¡tras!, le corta los cinco dedos de la mano. El malvado se retira entonces con mucho dolor y se va a su choza con sus compañeros.
Bueno, pues volvieron los padres de la niña y les contó todo lo que le había pasado. Los padres dijeron que había hecho muy bien. Con el tiempo se le olvidó a la niña todo y llegó a conocer a un novio y se casó con él. Pero este novio era el mismo al que le había cortado ella la mano, y que se había disfrazado de príncipe, pero ella no le conocía.
Se casaron y se fueron a vivir a otra casa. Ella se fijó que su marido nunca se sacaba una mano del bolsillo, y cuando lo hacía era porque llevaba guantes puestos. Un día que él no llevaba los guantes salieron a dar un paseo por el campo, y al pasar por delante de un pozo ella sintió ganas de beber.
—¡Ay, qué sed tengo! ¿Por qué no me sacas un poquito de agua?
Entonces él se fue para el pozo y se dijo: «Ésta es mi ocasión»; pero no se dio cuenta de que sacaba la mano del bolsillo para tirar de la soga, y, como no llevaba guantes, ella vio en seguida que le faltaban los dedos y en la cara le notó las intenciones. Dice él:
—Mira, asómate y verás qué pozo tan hondo.
—¡Asómate tú y dímelo cuando llegues al fondo!
Le dio un empujón y lo tiró dentro. Y allí estará todavía, porque lo que es ella se fue corriendo a casa de sus padres y nunca más se acordó de él. Y colorín colorao, este cuento se ha acabao.