País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

la fuente del arenal

Esto era un rey y una reina que tenían un hijo, llamado Tomasito, que tenía catorce años; todas las tardes iban a pasear a un sitio llamado la Fuente del Arenal. En el paseo había tres capullos blancos, y una de las tardes, en que no quiso ir la reina, estaban los capullos abiertos, y el rey cogió una rosa para llevársela a la reina. Ésta la guardó en una caja de guantes que había sobre un velador, en un cuarto antes del dormitorio.
A eso de la media noche oyó el rey, por tres o cuatro veces, que decían:
—Rey, ábreme.
—¿Me llamas, Isabel? —preguntó a la reina.
—Yo no.
—Pues si me están llamando.
—Yo no; déjame dormir.
Tanto le llamó la atención al rey, que preguntó a la reina dónde había guardado la rosa y se lo dijo. Se levantó él, cuando ella se quedó dormida, abrió la caja y salió una princesa que le llamaban la Reina Rosa y le dijo que ella quería ser su esposa, pues bastante tiempo lo había sido la otra, y que la matara. Pero el rey no quería.
—Pues lo harás sin remedio o, si no, morirás tú.
—¿Y cómo la vamos a matar?
—Yo la agarraré por los pies y tú por la cabeza.
Dándole lástima al rey, lo que hizo fue sacarle los ojos a su esposa, guardárselos en el bolsillo y echarla a ella en un sótano. Se metieron el rey y la Reina Rosa en la cama y, al llegar Tomasito por la mañana, fue a dar los buenos días a su madre; pero se quedó parado y pensativo.
—Ésta no es mi madre —dijo.
—Yo soy tu madre y tienes que respetarme lo mismo que a la otra; pues, si no, te mato.
Cuando ella salió del cuarto, dijo a todos los criados que era la Reina Rosa y tenían que respetarla, pues, si no, morirían. Tomasito, mientras tanto, no hacía más que llorar por su madre. Uno de los días en que estaba muy triste en un salón oía muchos lamentos debajo de tierra. Se acercó y vio por la reja del sótano que su madre lo llamaba y decía:
—¡Hijo mío! ¿Dónde estás que no te veo? Tráeme un poquito de pan, aunque sea duro, para no desmayarme. Manda que me lo echen por aquí.
Cuando la Reina Rosa supo que le daban de comer a la otra, se puso echa un demonio y castigó a la doncella que lo hacía. Todos le tenían mucho miedo a la Reina Rosa, incluso el rey. Un día, llena de coraje, le dijo a Tomasito:
—Mira, niño, me estoy muriendo y tienes que traerme agua de la Fuente del Arenal.
Cogió el niño un caballo y un jarro y salió andando. En el camino salió un anciano y le dijo:
—Tomasito, ¿dónde vas?
—Por agua de la Fuente del Arenal.
—Pues mira, la coges a la carrera del caballo, sin pararte ni volver la cara atrás, aunque te llamen o te cojan o te echen la soga al cuello.
Así que llegó corriendo. Salieron unas mujeres y dijeron:
—Tomasito, mira esto, toma —y le querían echar la soga al cuello.
Pero él puso un pie en la pila, cogió el agua a la carrera y, sin hacer caso de lo que le decían, llegó sin pararse al palacio.
La Reina Rosa, que ya no lo esperaba, se puso como un demonio, y llena de coraje le dijo:
—Tienes que traerme tres limones de la Fuente del Arenal, Tomasito fue a por ellos y le sucedió lo mismo que la primera vez. La reina volvió a ponerse como una fiera, porque ella lo mandaba para que se quedase allí encantado, y no sucedía así. Lo mandó por tercera vez por tres naranjas, y Tomasito, por si no volvía más, fue a ver a su madre antes de irse.
Salió del palacio, volvió a encontrar al anciano y le sucedió lo mismo que las dos veces anteriores. Entonces la Reina Rosa le echó del palacio y Tomasito, llorando, dejó encargado a una doncella que cuidase de su madre.
Andando, andando, se encontró al anciano, que le dijo:
—Tomasito, ya sé todo lo que te pasa. Mira.
Le pasó la mano por la cara y lo disfrazó, vistiéndolo de ángel. Y después le encargó:
—Ahora vamos a pasar por un castillo y habrá dos mujeres que me dirán: «Deje usted ese niño para enseñarle el castillo». Ésas son las dos hermanas de la Reina Rosa. Tú dirás: «Ande usted, papá, déjeme». Y yo te dejaré como unas dos horas. Te lo enseñarán todo, menos una habitación que está cerrada. Porfía tú por verla y, cuando estés dentro, haz lo que quieras.
Sucedió todo tal como le había dicho el viejecito y, así que las mujeres le estaban enseñando el jardín, le dijeron:
—Aquí estamos esperando a un niño que se llama Tomasito, para matarlo y colgarlo por un palo. ¿Tú lo quieres ver? —Yo sí.
Por fin, llegaron a la habitación cerrada y tanto porfió, que le dejaron entrar. Estaba toda llena de paños negros con t res velas encendidas. Y preguntó Tomasito a las mujeres que estaban en la puerta qué era aquello. Y una respondió:
—Esas velas son nuestras vidas; ésta es la mía, ésta la de mi hermana y aquella última la de la Reina Rosa. Cuando las velas se apaguen, concluyen nuestras vidas.
Entonces el niño cogió las dos velas que tenía más cerca y dijo:
—Pues yo soy Tomasito —y dándoles un soplo las apagó, muriéndose las dos mujeres.
Luego cogió la tercera vela, que estaba encendida, y salió fuera, encontrándose al anciano.
—Vamos ahora al palacio de tu padre, hijo mío. Yo he hecho todo esto para ver lo que hacías tú.
Llegaron al palacio y Tomasito mandó llamar a su padre a la portería y le dijo:
—¿Qué vida quiere usted, la de mi madre o la de esa mujer?
—Quiero la de tu madre.
—Pues dele usted un soplo a esta vela.
Al hacerlo, la Reina Rosa pegó un estallido y desapareció. Entonces el anciano fue con ellos al sótano, pidió al rey los ojos, pasó la mano por la reina ciega y ésta quedó buena. El rey pidió perdón de rodillas a la reina y dijo que él no había tenido la culpa de lo que había pasado. Subieron al palacio, gratificaron muy bien a la doncella que la había cuidado, el viejecito se despidió de todos y todos quedaron felices y contentos.