País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

la casita de turrón

Pues, señor, esto quería ser una familia muy pobre que vivía en una casita en medio del campo. La familia tenía dos hijos: uno se llamaba Periquín y otra Periquina.
Un día fueron Periquín y Periquina por yerba para los conejos. Como el pueblo más cerca estaba por lo menos a veinte leguas, se echaron una siestecita. Pero de pronto empezó una tormenta muy grande, muy grande, muy grande, y los niños tuvieron que buscar un sitio para poder esperar a que escampase. Cuando dejó de llover ya era muy de noche y los niños se perdieron sin saber por dónde tirar. Empezaron a oírse los lobos: ¡Uuúh, uuúh, uuúh…! Periquina se puso a llorar y Periquín le decía:
—No llores, hermanita mía, que verás qué pronto vamos a encontrar nuestra casa.
Y siguieron andando, y andando, y andando, cuando vieron una casita.
—Pues menos mal que la hemos encontrado, porque a mí ya me iban a salir juanetes. Será por el hambre o qué, pero yo veo que esa casita es de turrón y tiene las ventanas de caramelo.
Como tenían más hambre que el perro’un ciego, Periquín le tiró una piedra a la pared y, ¡pum!, saltó un trozo de turrón. Los niños se lo comieron en seguida. Otra pedrada y, ¡pum!, otro trozo de turrón. Así un rato. Hasta que se les antojó probar el caramelo. Le tiraron una piedra a una ventana y rompieron un cristal. Entonces se abrió la puerta y salió una vieja muy mal encará, que dice:
—¿Quién es? ¿Quién es? ¿Quién se come el azuquita y las almendritas de mi pared?
Y cuando vio a los niños, que estaban muertecitos de miedo, les dice:
—¡Huy, qué niños tan guapos! Pasad, hijos míos, que yo os daré de comer.
Nada más entrar, la vieja le echó el tranco a la puerta y cogió a Periquín y lo metió en una jaula, diciéndole:
—¡Cuándo estés más gordito te comeré con papas fritas!
Y a Periquina le dijo:
—Tú te vas a encargar de los trabajos de la casa. Conque ya sabes lo que tienes que hacer. ¡Venga a por leña!
Y así estuvieron los niños pobrecitos viviendo mucho tiempo con aquella vieja, y mientras, los padres muertecitos de pena. Todos los días iba la vieja a tocarle a Periquín las muñequitas. Pero como era medio cegata y Periquín muy sabihondo, él le daba un hueso de pollo y la vieja decía:
—¡Bah, todavía estás muy canijo! Hay que esperar unos diítas.
Y pasó un día y otro día y la niña harta de trabajar: iba por leña, limpiaba la casa y guisoteaba y todo eso. Un día dice la vieja:
—¡Ea, de hoy no pasa! Hoy mismito me como a ese niño —y le dice a Periquina—: anda, prepara el horno, que me voy a comer a tu hermanito.
Periquina se puso a meter leña, mucha leña, y le dice a la vieja:
—Mire usted, yo este horno no lo entiendo.
—¡Ay, qué niña más torpe! Ya voy, ya voy.
Fue la vieja y, como veía muy poco, se acercó a la boca del horno a ver qué pasaba, y en ese momento la niña le metió un empujón y allí la dejó achicharrarse. Entonces fue y abrió la jaula donde estaba su hermano. Juntos se pusieron a mirar por toda la casa y en un cuarto encontraron un arca llenita de dinero. Cogieron todo lo que pudieron llevarse y se fueron de la casa. Por el camino se encontraron a un aceitunero, que los guió hasta donde ellos vivían. Cuando llegaron a su casa, los padres se pusieron muy contentos y se hicieron muy ricos. Y todos vivieron felices con pan y perdices, y a mí no me dieron porque no quisieron.