Pues bien, señor: era éste un matrimonio que no tenía hijos. El marido decía:
—Si Dios nos concediera un hijo, me iría a la puerta de la iglesia, y el primero que pasara sería su padrino.
Al poco tiempo aquel deseo se hacía realidad y su mujer paría una preciosa niña. Se fue el hombre a la puerta de la iglesia, como había dicho. Al poco tiempo vio venir a un viejo muy viejo, pero como aquélla había sido la promesa tuvo que cumplirla.
—¿Qué hace usted aquí, buen amigo? —le preguntó el viejecito.
—Pues que mi mujer ha tenido una niña y usted tiene que ser su padrino.
—Bueno, pero con una condición —dijo el viejo—: que a los quince años me la tengo que llevar.
El marido y su mujer aceptaron la condición, diciendo:
—Vamos, ese viejo ya está chocheando. Se morirá mucho antes.
Días después se celebraba el bautizo y el padrino mandaba colgar la iglesia. El nombre que le pusieron a la niña fue «Juana de Dios».
Pero pasaron quince años, y a la misma hora en que fue bautizada el viejo volvía por la niña. La despedida fue muy triste y los padres se quedaron llorando y dijeron:
—Ésta fue la condición.
El padrino sacó a la niña al campo y le dijo:
—De aquí para atrás te has llamado Juana de Dios. De aquí en adelante te llamarás Juan de Dios. Toma este puñadito de arena y lo vas echando por medio del mar; se formará una senda y llegarás a un palacio. Cuando te pregunten qué oficio tienes, dirás que jardinero.
A los pocos días de que Juan cuidaba el jardín las flores crecían por varas. Un día se le acercó la reina y le dijo que estaba enamorada de él desde que lo vio llegar. Él le dijo que eso no podía ser.
La reina, del mismo coraje, fue a decirle al rey:
—Dice Juan de Dios que es capaz de ir al monte, ararlo, sembrarlo, segarlo y traer un amasijo de pan a las doce del día.
El rey llamó a Juan de Dios.
—Oye, Juan de Dios; que dice la reina que eres capaz de ir al monte, ararlo, sembrarlo, segarlo y traer un amasijo de pan a las doce del día.
—No lo he dicho, majestad, pero si usted lo ordena lo haré.
Pues coge Juan su caballo y se va. Cuando salió al campo, dijo:
—Si se me apareciera mi padrino…
A esto se apareció, y le dijo:
—¿Qué te pasa?
—Que me ha dicho el rey que haga esto y esto y esto.
—No te apures. Toma este alfiletero, lo tiras por el monte y te sientas a mirar.
A los pocos minutos veía cómo unos pequeños duendecillos araban, sembraban y otros amasaban. Dando el punto de las doce llegaba Juan a palacio con el amasijo hecho. El rey al verlo estaba loco de contento, pero la reina ni siquiera le echó cuenta.
Juan de Dios seguía en su jardín. A los pocos días, la reina volvió y le dijo que estaba enamorada de él, pero él le dijo que eso no podía ser. Ahora ella le decía al rey su marido:
—Dice Juan de Dios que es capaz de ir al campo y traer un colchón de plumas de todos los pájaros vivientes.
El rey lo mandó llamar:
—Juan de Dios, ¿qué has dicho? ¿Que eres capaz de traer un colchón de plumas de todos los pájaros vivientes?
—No lo he dicho, pero si su majestad me lo manda lo haré.
Cogió otra vez su caballo y un colchón. Cuando salió al campo dijo:
—Si se me apareciera mi padrino…
Y se le apareció:
—¿Qué te pasa?
—Que me ha dicho el rey que tengo que llevarle un colchón lleno de plumas de todos los pájaros vivientes.
—Pues toma este pito y tocas.
Cuando Juan lo tocó, el cielo se nubló de pájaros que sacudían sus plumas y se quedaban pelones. Y dando las doce del día, llegaba Juan de Dios al palacio con el colchón lleno de plumas. El rey se puso loco de contento, pero la reina, como siempre, ni siquiera le echaba cuenta. Juan de Dios soltaba sus cosas y otra vez al jardín. A los pocos días otra vez la reina volvía y le repetía lo mismo, pero él siempre decía que no, que eso no podía ser. Y fue la reina a decirle al rey que Juan de Dios había dicho que era capaz de encontrar un anillo que se le había perdido a su tatarabuela. El rey otra vez lo llamó y otra vez pasó lo mismo, de manera que ya está Juan en el campo diciendo:
—Si se me apareciera mi padrino…
Y el padrino se le apareció y le dijo:
—Toma estas migajas de pan y te vas a la orilla del mar. Aparecerá un pescado muy grande. En una mano le pones las migas de pan y con la otra le metes un dedo en la garganta y te traes el anillo, que allí está.
Y así lo hizo. A las doce en punto llegaba Juan al palacio con el anillo, y el rey loco de contento. Pero la reina ni siquiera le echó cuenta. A los pocos días volvió al jardín con las mismas, pero Juan le contestó que eso no podía ser. Y la reina fue entonces y le dijo al rey que Juan había dicho que era capaz de traerles la princesa muda que les habían robado cuando chica.
—¿Has dicho tú eso? —preguntó el rey.
—No lo he dicho, pero si mi majestad lo manda lo haré.
Y salió al campo y cuando se le apareció su padrino le dijo:
—No te apures; toma este puñadito de arena y lo vas echando por el mar. Con esto te harás una senda. A lo lejos divisarás un castillo que lo guardan dos leones. Si tienen los ojos cerrados es que están despiertos, y si los tienen abiertos es que están dormidos. A mano derecha, en una sala, está la princesa. Fíjate bien en las tres palabras que diga, que te tienen que servir.
Así lo hizo todo Juan de Dios. Llegó al castillo y vio que los leones tenían los ojos abiertos. Pasó por su lado y recogió a la princesa, que dijo estas tres cosas:
—Adiós, horno; allá van ellas; adiós, Aragón —y ya no habló más.
Cuando Juan de Dios llegó al palacio con la princesa, el rey no sabía dónde ponerlo, de contento que estaba con su hija. Pero la reina ni siquiera le echó cuenta. Juan de Dios se fue otra vez al jardín y otra vez la reina llegó con lo mismo y él le dijo que no.
La reina se fue a su habitación, se arañó toda y se tiró de los pelos. Llegó la servidumbre y avisaron al rey.
—¿Qué te pasa, mujer? —le preguntó el rey.
—Que Juan de Dios me ha querido atropellar.
Entonces fueron por Juan de Dios y lo metieron en una celda. Estando en la celda y que al otro día iban a ahorcarlo, dice:
—¡Si se me apareciera mi padrino!
Y se le apareció y le preguntó:
—¿Qué te pasa?
—Que mañana me van a ahorcar.
—Pues di que tu última voluntad es que esté la princesa muda cuando te vayan a ahorcar.
Ya estaba todo el mundo en la plaza y, cuando van a ahorcarlo, se dirige a la princesa muda y le dice:
—¿Por qué dijiste: «Adiós, horno»?
—Porque me sacaste del encantamiento de los moros.
—¿Por qué dijiste: «Allá van ellas»?
—Porque veníamos dos doncellas.
—¿Por qué dijiste: «Adiós, Aragón»?
—Porque si conforme eres hembra fueras varón, haces al rey mil veces cabrón.
Cuando la reina oyó eso, se tiró por una ventana y se mató.
Entonces el rey llamó a un médico, que reconociera a Juan de Dios, y era una dama. Y se casó con ella y la hizo reina. Y yo fui y vine y no me dieron ni para unos botines.