País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

juan de calais

Pues, señor, éste era un padre que tenía un hijo que se llamaba Juan de Calais y era muy pobre, tanto que, cuando el chico llegó a mozo y quiso ir por el mundo a probar fortuna, su padre no pudo darle más que buenos consejos y una peseta para el bolsillo. Pero él no se apuraba, y consolaba a su padre, que no hacía sino sentir el no tener más dinero que darle. Le prometió que volvería pronto y le abrazó muchas veces. Un día salió de su casa y echó a andar por el camino adelante, sin cuidarse de los peligros que le podían sobrevenir ni de los apuros que le podían pasar.
Andando, andando, muy alegre y muy contento, llegó a un pueblo, y al salir de él sin detenerse, porque llevaba mucha prisa, vio en mitad de la carretera un muerto atravesado, que, a juzgar por las señales de descomposición que daba, llevaba muchos días de muerto, y estaba pidiendo sepultura. Como cerca del cadáver había mucha gente, Juan de Calais les preguntó cómo era que aquel hombre estaba así, insepulto, y uno de los que le oían le dijo que porque era muy pobre y no había dejado dinero para pagarse el entierro; que entre unos cuantos habían recogido limosnas para pagárselo, pero que les faltaba una peseta y, mientras no la tuvieran, no le podían enterrar. Juan de Calais, en cuanto oyó aquello, metió la mano en su bolsillo y sacó la peseta, que era el único dinero que llevaba, y sintiéndose más alegre todavía después de esta buena acción, siguió adelante su camino sin acordarse más del muerto que, gracias a su limosna, descansaría en la tierra, sin estar expuesto a la burla de los demás.
Muchos trabajos pasó en su viaje Juan de Calais, pero, como era joven y dispuesto, de todos ellos salió con bien. Un día llegó a un reino que nunca había oído nombrar, pero en el que se vivía muy bien y todos eran felices. En aquel país gobernaba un rey que tenía una hija ya casadera, y que salía todos los días a pasear. Como Juan de Calais no tenía nada que hacer, siempre que salían de paseo las reales personas se ponía él al paso, porque la princesa era muy guapa y a él le gustaba mucho. Pues, señor, ocurrió que la princesa se fijó también en aquel forastero, y empezó a mirarle con mejores ojos que a los demás señores de su corte. Y así estuvieron mucho tiempo, hasta que un día el rey lo notó, llamó a su hija y ésta le dijo que le gustaba mucho Juan de Calais y quería casarse con él. En un principio el rey se opuso al matrimonio, pero la princesa empezó a ponerse mala, mala, tanto que el médico dijo que tenía que ser pasión de ánimo, y el rey, que la quería mucho y que además era muy bueno, mandó llamar a Juan de Calais, y cuando se convenció de que éste quería también mucho a la princesa y que era tan listo como era, lo casó con su hija, que se puso buena así que supo que el matrimonio era con el forastero. Y así fue; Juan de Calais entró ya en el palacio, y a los pocos días se casó con la princesa.
Al poco tiempo, y pasados los primeros días después del casamiento, Juan de Calais dijo que quería llevar a su mujer a que la viera su padre y les diera la bendición. El rey, aunque sintiendo mucho separarse de su hija, consintió en ello, después de hacerles prometer que volverían en seguida. Se dispuso un barco muy lujoso para los príncipes, y fue con ellos, acompañándolos hasta allí, un primo de la princesa. Este primo, que era príncipe también y muy malo, había sido prometido de su prima y quería casarse con ella para luego heredar el reino de su padre; así que estaba muy furioso contra Juan de Calais, que le había quitado la novia, y no hacía más que buscar la ocasión para perderlo, aunque disimulaba su mala voluntad. Por fin creyó hallar ese medio que buscaba, y un día que estaba sobre cubierta gritó:
—Juan de Calais, ven a ver una cosa muy bonita que se ve en el mar.
Y Juan de Calais, como era tan sencillo y no sospechaba mal de nadie, fue, pero no vio nada, y así se lo dijo al primo:
—No veo nada.
—Acércate más, hombre —le dijo éste, y fue Juan de Calais y se arrimó más a la borda del buque, y entonces fue el primo y le dio un empujón, con lo que el pobre Juan de Calais se cayó al mar; el malvado esperó que pasase un poco de tiempo y, cuando creyó que ya se había ahogado su víctima, empezó a gritar:
—¡Venid, venid aquí, que mi primo se ha caído al agua!
Pero por más que echaron lanchas y le estuvieron buscando, Juan de Calais no apareció y, como ya no tenía motivo el viaje, el buque dio la vuelta y volvió la princesa viuda acompañada de su primo al reino de su padre, que sintió mucho la muerte de su yerno, porque le había llegado a tomar verdadero cariño. Desde este día el primo empezó otra vez a hacerle la corte a su prima, la cual al pronto no quería oírle, pero acabó por hacerle caso, y al cabo de dos años ya iba a casarse con él.
Entre tanto, Juan de Calais no había muerto. Cuando cayó al agua, notó como si unas manos invisibles le sostuvieran para que no perdiese el sentido y le daban ánimos para vencer el empuje de las olas. Sacando fuerzas de flaqueza empezó a nadar, a nadar, y así llegó a una isla desierta en donde se estableció muy triste, muy triste, acordándose mucho de la princesa y de su padre, que pensaría en él y le creería un hijo ingrato, porque no le había dado noticias suyas desde que se fue de su casa.
Un día que estaba de lo más triste se le apareció un duende, que le dijo:
—Has de saber, Juan de Calais, que tu mujer se va a casar esta noche con el mismo que te tiró al mar. ¿Qué me das si ahora mismo te llevo allí para que impidas que se case?
—Pues yo —le contestó Juan de Calais— no puedo darte nada, porque nada tengo, pero te lo agradecería mucho.
—¿Me das la mitad de tus gananciales?
—Pero si no son míos, ¿cómo quieres que te los dé? —volvió a decir Juan de Calais.
—¿Tú me los das?
—Bueno —dijo por fin Juan de Calais—, llévatelos, pero no ganarás mucho.
En seguida Juan de Calais sintió que se dormía, que se dormía sin poderlo remediar, y cuando despertó y abrió los ojos, se encontró a la puerta del palacio de su mujer; la princesa se iba a casar y ya estaban reunidos los convidados para la boda. Entre todos los jóvenes que había a la puerta Juan de Calais llamaba la atención, porque era el más guapo; una criada antigua le conoció, y fue a avisar al rey de que allí había un hombre que se parecía mucho a su difunto amo. El rey lo hizo subir y lo reconoció, y Juan de Calais le contó lo que había sucedido. Entonces el rey le dijo que se escondiese por un rato, y yendo al salón donde estaban los convidados les dijo:
—Yo tenía una llave, se me perdió y mandé hacer otra; ahora ha aparecido la vieja: ¿con cuál me quedo?
—Con la vieja —le respondieron todos.
—Soy de la misma opinión —dijo el rey, y yendo a buscar a Juan de Calais lo presentó a la princesa y a los convidados, que le recibieron muy bien, poniéndose la princesa tan contenta. El primo, temeroso del castigo que le esperaba, salió corriendo del salón y no se ha vuelto a saber de él.
En cuanto se calmó un poco la alegría general la princesa fue por allá dentro y volvió trayendo un niño como de año y medio, que había tenido en ausencia de Juan de Calais, pues, cuando a éste le echaron al agua, estaba ella embarazada. Juan de Calais lo abrazó mucho y lo besó, pero a poco empezó a pensar en que aquel hijo eran bienes gananciales y que, sin él saberlo, lo había prometido al duende, por lo cual apenas pegó ojo aquella noche. A la noche siguiente se le apareció el duende y le dijo:
—Juan de Calais, yo he cumplido mi promesa y vengo a que tú cumplas la tuya. ¿Estás dispuesto?
Juan de Calais, que era muy formal en sus tratos, se echó a llorar al pensar que iba a quedarse sin hijo, pero le respondió que sí.
Entonces el duende le dijo:
—Estaba seguro de ti, pero he querido convencerme. No tengas miedo, que no te pasará nada malo. Yo soy el alma de aquel pobre hombre a quien no querían enterrar y que al fin recibió sepultura, gracias a la peseta que tú diste de limosna, y a pesar de ser aquélla la única moneda que llevabas. Desde entonces estoy gozando y te sigo para servirte y ayudarte en las cosas que tengas necesidad, como pago de tu buena acción. Yo te guié a este reino, yo hice que el rey te concediera la mano de su hija, yo te saqué de las aguas cuando el primo de la princesa te tiró al mar, y yo soy quien te ha traído aquí anoche para que te reunieras con tu mujer y con tu hijo. Ahora vive bien y sé feliz.
Y el duende desapareció, dejando a Juan de Calais tan consolado y satisfecho. A los pocos días mandó por su padre, que ya le creía muerto, y le tuvo siempre a su lado hasta que el pobre viejo murió. A la muerte del rey su suegro heredó la corona y fue muy feliz con su mujer y los hijos que tuvo.
Yo estuve allí, los vi y me dieron unos zapatitos de manteca, pero se me derritieron en el camino.