Cuentan que un hombre, cuando se fue a morir, llamó a su único hijo y le dio tres consejos: «No te fíes de hombre rubio; no plantes pinos en mis dehesas, y no cuentes secretos a mujer».
Murió aquel hombre y el hijo no hacía más que pensar por qué su padre le habría dado aquellos tres consejos. Fue a ver sus dehesas, que estaban mal aprovechadas, y se dijo: «Al menos que críe pinos», y, a pesar de lo que le había dicho su padre, plantó unos cuantos. Tuvo luego necesidad de un criado y no lo encontró en el pueblo. Un día se presentó un muchacho rubio, diciéndole que había oído que buscaba un criado. El otro lo miró y estuvo dudando, pero, como no encontraba otro, lo tomó a su servicio.
Poco después se casó el hombre y cuando ya llevaba un año de matrimonio quiso saber si era verdad lo que le había aconsejado su padre y se dijo: «Voy a ver si mi mujer es capaz de guardar un secreto». Llamó a un mendigo que había en el pueblo y lo contrató por veinte reales más comido, sólo por estarse en la bodega encerrado hasta que él le avisara que podía salir. Aceptó el mendigo encantado y el hombre lo metió en su bodega con todas las cosas que allí había de comer.
Fue entonces para su casa, poniendo cara de mucha preocupación. Cuando su mujer lo vio entrar, le preguntó:
—¿Qué te pasa, hombre? ¿Por qué vienes tan triste?
Y él, después de un rato, le contesta:
—Pues mira, te lo voy a decir, porque eres mi mujer. Por nada del mundo se lo cuentes a nadie.
—Descuida, hombre. ¿Cómo se lo había yo de contar a nadie?
—Está bien. Verás: estaba yo cazando cuando vi moverse algo entre la maleza; me pareció que sería un jabato y disparé. Y mira por dónde resultó que era el mendigo, ya sabes. Total, que lo he matado y lo he enterrado para que nadie se entere. Pero, por Dios, no te vayas de la lengua, que es un secreto entre tú y yo.
Al día siguiente salió el hombre de la casa y llegó la peinadora. Cuando vio a la mujer muy triste, le dice:
—Pero, mujer, ¿qué es lo que te pasa?
—¿A mí? Nada, qué me iba a pasar.
—Vamos, entonces a qué viene esa cara.
—Que no me pasa nada, mujer.
—Está bien, si no me lo quieres contar… Con lo amigas que hemos sido siempre.
Entonces la mujer ya no se pudo contener y se lo contó:
—¡Ay, te lo voy a contar porque me quema la sangre! Pero, por lo que más quieras, no se te vaya a ocurrir decírselo a nadie, que esto es un secreto muy grande.
—Tú descuida, que yo soy una tumba.
—Pues mira: resulta que mi marido, ayer mismo, que fue de cacería, sin querer ha matado al mendigo, porque lo confundió con un jabato. ¡Ay, qué pena más grande tengo!
Salió la peinadora de la casa y, antes de llegar a la suya, se encontró con una vecina. Le dice:
—¿Sabes lo que ha pasado?
—Yo no.
—Pues una desgracia muy grande, pero no se lo digas a nadie, porque es un secreto.
—No te preocupes, que no se lo digo a nadie —contestó la otra.
—Es que el vecino ha matado al mendigo. Dicen que sin querer.
—¡Ay, vaya por Dios! —dijo la otra.
Iba a la tienda, y allí mismo lo soltó, diciendo a todo el mundo que era un secreto. A los pocos minutos lo sabía todo el pueblo.
Por fin se tuvo que enterar el juez, que en seguida mandó prender al cazador y que lo metieran en la cárcel. Su mujer fue a verlo a la cárcel y le lloraba, pidiéndole perdón. Pero el marido sólo le decía que se fuera a su casa y que no se moviera de allí.
Bueno, pues fueron y juzgaron al hombre y lo condenaron a muerte. El juez mandó que lo ahorcaran en un pino de su misma dehesa, y ya estaba todo el pueblo congregado allí para ver cómo lo ahorcaban. Pero pasaba mucho tiempo y no venía el verdugo. Nadie quería hacer ese trabajito, hasta que llegó el criado rubio que había contratado el hombre y dijo que a él no le importaba. Ya le echó la soga al cuello, cuando dice el hombre:
—¡Un momento, señor juez! Que soy inocente.
Entonces lo contó todo. Dijo que sacaran la llave de su bodega, que la tenía en un bolsillo, y que fueran a comprobar si era verdad lo que había dicho. Conque fueron y sacaron al mendigo, que estaba la mar de saludable, con todos los chorizos y los jamones que se había querido comer. La gente no daba crédito a lo que estaba pasando y el hombre explicó los tres consejos que le había dado su padre. Allí mismo mandó cortar todos los pinos, despidió al criado y, delante de todo el mundo, le dijo al juez bien fuerte para que todos lo oyeran:
—Y ahora, señor juez, me voy a mi casa a darle una paliza a mi mujer. Pero en secreto, ¡no se lo vayan ustedes a contar a nadie!