Éste era un pobre zapatero que vivía en un pueblo con su mujer y siete hijos. Siempre estaban muy pobres, muy pobres, pero muy contentos. Lo más que ganaba por un remiendo era un real, y había días que lo pasaban casi sin comer, pero siempre muy contentos. Todas las faenas las hacían cantando y los chiquillos iban y venían siempre con sus juegos.
Enfrente de ellos vivía un matrimonio muy rico, muy rico. Aunque no les faltaba de nada, siempre estaban descontentos. La mujer le decía al marido:
—Mira la familia de ese pobre zapatero. Siempre tan pobres, pero siempre tan contentos y felices. Y nosotros, que no nos hace falta de nada y tenemos todo lo que queremos, nunca estamos contentos.
Un día se enteraron de que la mujer del zapatero estaba otra vez embarazada, y va la mujer del rico y le dice a su marido:
—Ya que están tan pobres, vamos a socorrerlos. Cuando ella dé a luz, le sacamos de pila lo que sea. Y como vamos a ser compadres, qué menos que tengan una casa decente y algo de qué comer.
—Está bien, mujer —dijo el marido—. Les daremos la casa de allá arriba y la dehesa que renta cuarenta mil reales.
El rico mandó a un mozo a avisar al zapatero, que viniera a su casa.
—¿Para qué me querrá a mí ese señor? —dijo el zapatero, y fue a ver lo que quería, temblando de miedo, como hacen siempre los pobres.
—¿Da usted su permiso? —preguntó desde la puerta.
—Pase usted, hombre. Pase y siéntese, que vamos a ser compadres.
El zapatero se quedó muy sorprendido y escuchó lo que decía el otro:
—Mi mujer y yo hemos pensado apadrinar lo que ya está en camino de su casa y, para que puedan recibirlo ustedes bien, les vamos a regalar la casa de allá arriba y una dehesa que renta cuarenta mil reales, que además se los voy a adelantar yo este año.
—¡Pero, señor!, ¿por qué nos hace usted ese favor tan grande?
—Pues sencillamente porque mi mujer y yo no tenemos hijos, y queremos ayudarles a ustedes a sacar adelante una familia tan numerosa.
Aquel mismo día el zapatero metió en un arca las cuatro leznas que tenía y demás cachivaches y se fueron a vivir a la nueva casa, que era muy grande y bonita. Como el rico ya le había adelantado el dinero de una renta, el pobre zapatero no sabía dónde meterlo. Ahora la metía debajo de la cama, ahora dentro de los colchones, ahora hacía un agujero en el corral. Y en todas partes lo metía y lo sacaba. Cuando se hizo de noche, atrancó muy bien todas las puertas y ventanas, para que nadie entrara a robarle. Desde la cama mandaba a sus hijos a comprobar si estaba todo bien cerrado y, total, que no pudo pegar ojo, ni él ni toda su familia. Así pasaron unos cuantos días, sin atreverse a salir a la calle siquiera, sin dormir y sin otra cosa más que hacer cuentas del dinero. Un día le dijo su mujer:
—Oye, ¿has visto que ya no estamos contentos, ni cantamos ni nada, ahora que tenemos tanto dinero? Siempre andamos con que «cierra la puerta», «cierra la ventana» y nadie está contento en esta casa. ¿De qué nos sirve tener tanto dinero? Antes nos acostábamos sin cuidao y ahora ni dormimos pensando en que alguien nos va a robar. ¿Sabes lo que te digo?
—¿El qué?
—Pues que ahora mismo coges el dinero y se lo devuelves a ese hombre.
El zapatero estuvo de acuerdo y en seguida se presentó en la casa de los ricos, y les dijo:
—Muchas gracias por todo lo que nos han querido ustedes favorecer. Pero como no estamos acostumbrados a tener tanto dinero, no estamos contentos. Así que nos volvemos a nuestra casita a ser lo que éramos, y aquí tiene usted sus cuarenta mil reales.
Cuando ya se fue, dice la mujer del rico:
—¡Habráse visto!
Y el marido dijo:
—Eso prueba lo que son los pobres, y que de nada sirve socorrerlos. Es que les gusta ser pobres.
A los pocos días el zapatero y su mujer vivían otra vez tan felices, él machacando suelas y ella canta que te canta mientras hacía las faenas. La rica se paraba a oírla y decía a su marido:
—Mírala. Que pronto le va a llegar la barriga a la boca, y no para de cantar. ¡Habráse visto!