Había una vez un viejecito que vivía en una choza en las afueras de un pueblo, más solo que la una y más pobre que las ratas. Le llamaban «el tío Aranilla». Se presentó una tarde de agua, tremenda, que lo fue encharcando todo. Y el tío Aranilla no pudo salir a pedir limosna, que era de lo que vivía. Lo único que pudo hacer fue una candela muy grande, y allí se quedó, pegado a la lumbre, a esperar. En esto, llaman a la puerta.
—¿Quién va?
—Soy la liebre, tío Aranilla. Que ya no se puede andar por el campo, de tanta agua como hay.
El tío Aranilla abrió la puerta y dijo:
—Pasa, mujer, pasa. Por lo menos te calentarás.
La liebre se pegó a la lumbre y allí se quedó muy quietecita, pero sin quitarle la vista de encima al viejo.
Al rato llaman otra vez a la puerta. Y dice el tío Aranilla:
—¿Quién va?
—Soy yo, el galgo. Que me he perdido de mi amo persiguiendo a una liebre. Como está cayendo lo que está cayendo, se han borrado todas las huellas.
Abrió el tío Aranilla la puerta y dice:
—Pasa, hombre, pasa. Que aquí comida no hay, pero al menos te calentarás. Además, hay aquí una amiga tuya.
Pasó el galgo y se sentó también al amor de la lumbre, frente por frente de la liebre, y sin quitarle ojo de encima.
Al ratito otra vez la puerta.
—¿Quién va?
—Soy yo, la zorra. Que andaba merodeando un gallinero, pero con tanta agua el amo ha metido dentro de su casa a las gallinas, y yo por poquito me ahogo.
—Pasa, mujer, pasa, que comida no hay, pero sí una buena candela.
Entró la zorra, se sacudió el agua y se sentó también a calentarse.
Al momento otra vez la puerta.
—¿Quién va?
—Soy yo, el lobo.
A los otros tres se les pusieron las orejas tiesas, pero dice el tío Aranilla:
—No os preocupéis. ¿Qué quieres, lobo?
—Cobijo, a falta de otra cosa, que se ha puesto la tarde que da miedo.
—Está bien, hombre, pasa. Pero de miedo aquí hay cantidad. Te tienes que estar quietecito. Si no, no entras.
—Estamos de acuerdo, tío Aranilla —dijo el lobo—. Yo sólo quiero secarme.
Conque pasó también el lobo y todos cuatro se quedaron adormilados mirando la candela, pero sin descuidarse ni un tanto así. Cuando ya escampó, se desperezó el galgo y dice:
—¿Y por qué no hacemos un guisito de carne?
Y pensó la liebre: «¡Ay, Dios mío, ya caí!». Pero dice:
—Pues yo conozco una huerta con un perejil…, que salen los guisos para chuparse los dedos.
Dice el galgo:
—Pues yo sé dónde deben estar ahora mismo saliendo a buscarse la vida.
Y dice la zorra:
—Pues las gallinas deben estar ya escarbando en el corral.
Y dice el lobo:
—Seguro que, si me doy una vueltecita, agarro algún cordero que se haya extraviado con la lluvia.
Entonces dice el tío Aranilla:
—Bueno, pues vamos a una cosa. Yo hago el guiso, cuando me traigáis todo lo que habéis estado diciendo. Y lo reparto también, pero en razón del que más corra. Así que, ya podéis salir, que cuanto más pronto volváis más coméis.
Salieron los cuatro animales por la puerta que no se les veía el pelo. Mientras, el tío Aranilla cogió un caldero y le buscó acomodo en la lumbre. Pero también cogió un bastón y se lo puso al lado, y un espetón y lo metió en la candela, para que se fuera poniendo al rojo.
La primera en llegar fue la liebre con su ramito de perejil.
Y el tío Aranilla, que tenía más hambre que todos los animales juntos, dice:
—Muchas gracias, amiga liebre. Pero como a ti no te gusta la carne, y a los otros sí, mejor será que te vayas antes de que aparezca el galgo.
La liebre se asustó y salió corriendo, pero se quedó a ver lo que pasaba escondida por allí cerca.
En seguida se presentó el galgo con dos o tres conejos.
—¿A que soy el primero?
—Sí, hombre, el primerito —dijo el tío Aranilla.
—Luego dicen que no avasallo bien las liebres…
—Pues mira, precisamente se acaba de ir, diciendo que a ella no la pillas, por si acaso te daban más ganas de liebre que de conejo.
—¿Ah, sí? Pues ya me ha herido el amor propio.
Diciendo esto, echó a correr en busca de la liebre, y el viejo metió los conejos debajo del catre.
Al rato se presenta la zorra con una sarta de gallinas.
—¿A que soy la primera?
—Sí, mujer, la primerita —dijo el tío Aranilla—. Anda, que estarás muy cansada, échate mientras yo voy desplumando las gallinas.
Y cuando más descuidada estaba, el tío Aranilla cogió el espetón, que ya estaba al rojo vivo, y se lo metió por el culo a la zorra. Ésta pegó un salto y echó a correr dando alaridos. El tío Aranilla escondió las gallinas debajo del catre, y al momento se presentó el lobo:
—¿A que soy el primero?
—Claro, hombre, el primero. Faltaría más.
—Y luego dicen que los galgos y las zorras corren tanto y cuanto.
—¡Ea, pues mira! ¡Para que no corras demasiado, que es malo para la salud! —dijo el tío Aranilla, pegándole un garrotazo en el lomo, que salió el lobo arrastrándose y dando aullidos.
Se encontraron los cuatro animales no muy lejos de allí a comentar la jugarreta que acababa de hacerles el tío Aranilla y a preparar su venganza. La que más dolida estaba era la zorra, pero, cuando se enteró del garrotazo que se había llevado el lobo, ya se puso más contenta. Y el lobo decía:
—Yo, desde luego, no me acerco por allí en una temporada.
—Pues algo habrá que comer —dijo el galgo. Y en seguida salta la liebre:
—Yo sé dónde hay una colmena, que tiene que estar riquísima, porque el oso va todos los días a pegarse el atracón.
—Pues no lo pensemos más —dijo la zorra, y juntos se pusieron en camino.
Estaban alrededor de la colmena, cuando se presenta el oso. —¿Qué pasa aquí?
Dice el lobo:
—Pues pasa que todos tenemos derecho a comer.
—Eso, eso —dijo la zorra—. Propongo que nos repartamos la miel en razón de la edad. Cuanto más viejo, más se come. Dice entonces la liebre:
—Pues yo tengo desde que nació la grama.
Y la zorra:
—Cuando nació la grama, ya estaba la zorra en España.
Y dice el galgo:
—Doscientos años tenía mi abuelo, cuando el roble nació.
Y contesta el lobo:
—Cuando nació el aire, un siglo tenía yo.
Entonces dice el oso, arrimándose a la miel:
—Pues yo sólo tengo once años
y no llego a la docena.
¡Pero a ver quién es el guapo
que me toca esta colmena!