País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

el príncipe durmiente

Pues, señor, éste era una vez un rey que tenía una hija muy bonita a quien quería mucho y en todo le daba gusto; y como a la princesa le gustaba mucho el campo, había hecho una casa de recreo, donde pasaban la mitad del tiempo. Un día que había caído una gran nevada, todo el campo estaba tan blanco, que daba gusto verlo. Se asomó la princesa a un balcón al tiempo que un pastor estaba degollando un borreguito, y la sangre caía en el suelo manchando la nieve. Un zagal que estaba mirando la faena se quedó mirando el contraste que hacía el color de la sangre con la blancura de la nieve, y dijo:
—Lo blanco con lo encarnado
qué bien está.
Como el rey que dormirá
y no despertará
hasta la mañanita
del Señor San Juan.
Llamó la atención de la princesa lo que había dicho el muchacho y lo mandó llamar. Así que vino, le dijo:
—A ver, repite lo que dijiste antes sobre lo blanco y encarnado.
El muchacho repitió:
—Lo blanco con lo encarnado
qué bien está.
Como el rey que dormirá
y no despertará
hasta la mañanita
del Señor San Juan.
—Y eso ¿qué quiere decir? —dijo la princesa.
—Es una cosa que nos ha contado mi madre.
—A ver, cuéntamelo a mí.
—Dice mi madre que en un castillo que hay muy lejísimos está un rey encantado. Dice que es muy guapo y que se pasa todo el año durmiendo y sólo despierta en la madrugada del día de San Juan; si, al despertar, no encuentra a nadie, vuelve a dormirse hasta el año siguiente; y así estará hasta que una princesa vaya al castillo, se siente en la cabecera de la cama y allí se esté hasta que llegue el día de San Juan, para que, cuando despierte, la encuentre. Dice mi madre que, cuando esto suceda, se acaba el encanto y el rey se casará con la princesa.
—¿Y dónde dice tu madre que está ese castillo?
—Yo no sé decirle a su alteza, pero debe ser muy lejos, porque dice mi madre que hay que romper unos zapatos de hierro para llegar allí.
La princesa se calló, pero se propuso buscar el castillo, si bien, como sabía que su padre no había de consentirlo, nada le dijo, sino que mandó hacer unos zapatos de hierro y, así que se los hicieron, una noche desapareció del palacio. El rey la mandó buscar por todas partes, pero no pudieron encontrarla, por lo que creyó que se había muerto o la habían robado.
Entre tanto la princesa iba caminando por sitios extraviados para que no la encontrasen, pero siempre hacia adelante. Cuando veía alguna comitiva de las que fueron en su busca, se escondía hasta que pasaba y así salió de su reino sin que pudieran encontrarla.
Pues, señor, que siguió andando, y andar, andar, se metió por una selva y allá a lo lejos encontró una casa aislada. Llamó a la puerta y salió una vieja que le preguntó lo que quería.
—¡Ay, señora! Yo venía a ver si usted quiere recogerme, porque se acerca la noche y no hay por aquí viviendas.
—¡Pobre niña! ¿Dónde vas por aquí? ¿Vas muy lejos?
—Voy buscando el palacio del «Rey que dormirá y no despertará hasta la mañanita del Señor San Juan».
—Yo, hija mía, no sé dónde está ese palacio; tal vez lo sepa mi hijo el Sol, pero temo que al verte aquí te haga daño.
Entró la princesa y la vieja la escondió en un cuarto. Al poco tiempo llegó el Sol, que dijo:
—Madre, a carne humana me huele; si no me la das, te mato.
—¡Ay, hijo mío!, no te enfades; es que he recogido a una pobrecita niña que viene buscando el palacio del «Rey que dormirá y no despertará hasta la mañanita del Señor San Juan», y yo le dije que tú tal vez lo sabrías.
—Yo no he visto nunca ese palacio, pero quizás mis hermanas las Estrellas, que son muchas, lo hayan visto.
Así que vino el día, la princesa se puso otra vez en camino, y andar, andar, hasta que encontró otra casa. Pidió que la recogieran, y otra vieja que estaba allí la recogió y le preguntó lo que buscaba.
—Voy buscando el palacio del «Rey que dormirá y no despertará hasta la mañanita del Señor San Juan».
—Yo no he oído hablar de ese palacio, pero quizás lo sepan mis hijas las Estrellas.
Durmió allí aquella noche, y por la mañana, conforme iban llegando las Estrellas, la vieja les iba preguntando si sabían dónde estaba el palacio; pero todas dijeron que no sabían, que quien lo conocería, de seguro, era su hermano el Aire, porque ése entraba por todas partes.
Ea; pues ya tenemos a la pobre princesa que volvió a tomar el camino, y anda que te andarás, al cabo de mucho tiempo llegó a la casa del Aire. Allí salió una vieja que le dijo;
—¿Quién te trae por aquí, que tan mal te quiere?
—Vengo buscando el palacio del «Rey que dormirá y no despertará hasta la mañanita del Señor San Juan».
—Yo, hija, no sé dónde está ese palacio; mi hijo el Aire será posible que lo sepa, pero yo no me atrevo a decirte que lo esperes, porque puede sucederte una desgracia, pues mi hijo nada respeta y todo lo destroza.
La princesa rogó tanto a la vieja, que ésta consintió en ello y la escondió. De allí a poco, llegó el Aire, que venía bramando y entró diciendo:
—Madre, a carne humana me huele; si no me la das, te mato.
—No hay nadie, hijo mío; es que hace poco estuvo ahí una jovencita preguntando por el palacio de «el Rey que dormirá y no despertará hasta la mañanita del Señor San Juan».
—Aunque está lejos, por el camino que hay enfrente de la puerta se llega a él.
—Pues entonces ya lo encontrará, porque por ese camino se fue.
—¿Sí? Pues va a perder el viaje, porque no va a poder entrar.
—¿Y por qué?
—Porque a la puerta están dos leones que devoran a todo el que intenta hacerlo.
—Y entonces, ¿no es posible entrar en ese palacio?
—Sí, pero tiene que llevar un bocado de comida que yo haya tenido en la boca y, cuando llegue y los leones avancen, partir el bocado en dos y echárselo, y mientras ellos se lo comen entrar de prisa en el palacio sin mirar atrás.
En esto, el Aire se puso a comer, y una de las veces que tenía la boca llena le dijo la madre:
—Tira ese bocado, que lleva un pelo.
El Aire arrojó todo lo que tenía en la boca y la vieja lo cogió para tirarlo, pero lo que hizo fue guardarlo. Se acabó la comida, y el Aire se acostó. Entonces la vieja fue a ver a la princesa, y dándole el bocado de comida, le enseñó el camino y le dijo todo lo que tenía que hacer.
Pues, señor, la princesa echó a andar, y allá, al cabo de mucho tiempo, vio que los zapatos se habían roto. Entonces miró hacia todos lados, y divisó los torreones de un palacio.
—Ése debe ser —dijo ella, y se dirigió a él.
Cuando iba llegando, vio a la puerta dos leones que, así que la vieron, empezaron a rugir y vinieron furiosos hacia ella con las melenas encrespadas; pero ella, sacando el bocado que le había dado la vieja, lo partió en dos pedazos y se lo echó a los leones. Se pusieron a comérselo y entre tanto ella echó una carrera y, sin mirar atrás, atravesó la puerta que se había abierto al llegar y se volvió a cerrar, dejándola dentro.
El palacio era hermosísimo; la princesa empezó a recorrerlo todo, y por todas partes encontraba estatuas de hombres y mujeres que parecían de carne, pero que no se movían; jardines muy hermosos, salones magníficos con colgaduras regias y alfombras de terciopelo, y en fin, todo lo más bueno que un rey pueda tener en su palacio. Lo que más llamaba la atención era que, fuera de las estatuas, no veía a ninguna persona ni sentía ningún ruido, y sin embargo todo estaba más limpio que el oro.
Después de mirarlo todo, entró en una alcoba donde había un lecho suntuoso con grandes colgaduras de oro y plata y sobre él estaba un joven hermosísimo durmiendo.
—Éste debe ser el rey —dijo la princesa—, y se sentó a la cabecera del lecho.
Todos los días, sin que ella viera cómo, se le aparecía una mesa llena de los manjares más exquisitos y, después que comía, volvía a desaparecer del mismo modo. Ella no se movía de la cabecera de la cama, no sea que el rey se despertara y no la encontrase allí.
Pasaron unos meses y, aunque estaba contenta, sin embargo estaba aburrida de estar tan sola. Un día oyó una voz en el campo que decía:
—¿Quién compra a una esclava?
Ella se asomó a una ventana y vio que iban vendiendo a una esclava negra. Llamó al que la llevaba y se la compró y, aunque no tenía nada que mandarle porque todo estaba hecho, se puso muy contenta, porque ya tenía con quien hablar y quien la acompañara.
Pues sucedió que a la esclava, que era muy envidiosa, le llamó la atención el que su señora no quería moverse nunca del lecho, ni de día ni de noche, por más que ella le había rogado muchas veces que fuese con ella para ver el palacio.
—Aquí hay algún misterio —decía la negra—, y o poco puedo o he de averiguarlo.
Llegó la noche de San Juan, y la princesa, que no sabía si lo era o no, estaba sentada en su silla, cuando entró la negra, y dijo:
—Señora, si quiere usted asomarse a uno de los balcones del jardín, oirá una música deliciosa; me quedaré mientras usted se va.
La princesa no quería moverse, pero como desde que estaba allí no había oído ninguna música, fue al balcón pensando en volver en seguida.
Así que llegó, oyó una armonía tan deliciosa, que parecía que tocaban los ángeles, y se quedó embobada escuchándola.
Entretanto, la negra se había sentado en una silla; dieron las doce de la noche y el rey despertó; tendió la mano hacia la silla y, tocando a la negra, dijo:
—¡Menos mal que ha terminado mi encanto! Tú has velado mi sueño y tienes que ser mi mujer.
La negra, al oír esto, no cabía en sí de gozo; el rey se sentó en el lecho y, al ver a la negra, se disgustó mucho; pero como tenía que cumplir lo del encanto, se resignó con su suerte.
En esto vino el día y cesó la música, y la princesa, saliendo de su embeleso, trató de volverse al lado del rey, pero se quedó sorprendida al ver el movimiento que se notaba en el palacio. Todas las estatuas que había visto al entrar y que parecían hombres dormidos, habían recobrado la vida y andaban de acá para allá.
La princesa estaba tan aturdida, que no encontraba el camino para ir a la alcoba. En esto ve venir al rey del brazo de la negra y lo comprendió todo, diciendo para sí: «Esa picara es la que me ha engañado. ¿Cómo voy yo a decir que soy la que estaba a la cabecera del lecho y que ella es mi esclava? No me creerían. Tendré paciencia».
Por su parte, el rey la había visto y, como era tan hermosa, le preguntó a la negra que quién era.
—Es una de mis damas —dijo la negra.
Pues, señor, que, aunque el rey no estaba muy a gusto con la negra, se dispuso el casamiento y el rey salió para la capital a comprar los regalos de la boda y a todos les fue preguntando qué era lo que querían. Cada uno pidió lo que más le agradaba y, cuando le tocó a la princesa, dijo:
—Yo sólo quiero que me traiga su real majestad una piedra dura, dura, y un ramito de amargura.
Se fue el rey y compró todo lo que le habían pedido, menos lo de la princesa, que no lo encontraba en parte alguna. Por fin lo encontró en casa de un químico, al cual le dijo:
—Dígame usted, ¿para qué sirve esto?
—Lo compran los que están cansados de la vida y quieren morir.
Se marchó el rey a su palacio y así que llegó fue dándole a cada uno el regalo que le había comprado y a la princesa le dio el suyo. La princesa se fue a su cuarto y cerró la puerta, pero el rey se quedó escuchando y mirando por la cerradura, la vio que se sentó y se puso a contemplar la piedra. Luego empezó a preguntarle y la piedra contestaba.
—Piedra dura, dura —decía la princesa—, ¿te acuerdas cuando el zagal del pastor me contó la historia del Rey que dormirá y no despertará hasta la mañanita del Señor San Juan?
—Sí —contestó la piedra.
—¿Te acuerdas que me dijo que para encontrar su palacio necesitaba romper unos zapatos de hierro?
—Sí, me acuerdo.
—¿Te acuerdas que mandé hacer los zapatos y, abandonando al rey, mi padre, que tanto me quería, me fui a buscar el palacio?
—Sí, me acuerdo.
—¿Te acuerdas que después de muchos trabajos pude encontrar el palacio y sentarme a la cabecera del lecho del rey dormido?
—Sí, me acuerdo.
—¿Te acuerdas cuando compré la esclava negra para que me diera compañía?
—Sí.
—¿Y te acuerdas que ésa picara me engañó la noche de San Juan, haciéndome ir a oír la música, sentándose ella en mi silla para que el rey al despertar la viese a ella?
—Sí que me acuerdo.
—Pues si todos mis sacrificios han sido inútiles y se casa el rey con otra, ¿qué me resta? ¡Sólo morir!
Y fue a coger el ramito de amargura para matarse, cuando el rey, que lo había oído, empujó la puerta y, entrando, dijo:
—No morirás, porque, si tú fuiste la que velaste mi sueño y sólo engañada faltaste un momento, tú eres mi verdadera esposa y no la picara negra.
Entonces mandaron matar a la esclava y se casaron, y luego fueron a ver al padre de la princesa, que se volvió loco de contento cuando la vio; y yo fui y volví y sólo me dieron unos zapatos de manteca que se me derritieron en el camino.