País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

el príncipe cuervo

Era un rey que tenía una hija muy altanera y muy caprichosa. El pobre rey se veía ya viejo y quería que su hija se casara para tener sucesión. Pero la hija no estaba dispuesta a casarse. Se reía de todos los señoritos de la corte y siempre estaba de juerga. Y el padre, siempre enfadado con ella. Por fin la llamó un día y le dijo:
—Hija mía, voy a dar unos torneos. En esos torneos tienes que elegir matrimonio. Sea como sea, tú te tienes que casar, porque yo quiero conocer un nieto antes de morirme.
Entonces ella le dijo:
—Pues mira, padre, yo buscaré en esos torneos. Estoy dispuesta a tomar matrimonio, pero con una condición: que los señores que vayan a solicitar mi mano se coman una granada a caballo, corriendo a galope, y sin que caiga un solo grano. Al que se le caiga un grano al suelo ése ya no entra en turno para pedir mi mano. En cambio, el que no se le caiga ningún grano ése será mi marido.
Y el rey le dijo:
—Concedido. Pero ya estoy harto de ti. Conste que, como no cumplas tu palabra, te casas con quien sea, pero le casas.
Total, así fue. Se celebraron los torneos y acudieron todos los caballeros de la corte, con sus caballos y sus lanzas preciosas. La reina estaba sentada en su trono, y la princesa a su lado. Pero cada vez que entraba uno la princesa le ponía un mote y de todos se reía.
Había un caballero muy apuesto que estaba muy enamorado de ella, pero la princesa también se reía de él, porque tenía la barbilla un poco respingona y la nariz aguileña. Sus damas le decían:
—¡Princesa, ése tan guapo!
—¡Huy, si parece un cuervo! Ése es el Príncipe Cuervo.
Y todas se echaban a reír.
Pues aquel príncipe montaba a caballo como nadie, y era riquísimo. Más rico que el mismo rey. Empieza el torneo y todos los caballeros a comerse la granada corriendo al galope, y a todos se les caían los granos al suelo, y la princesa se guaseaba y se reía. Únicamente el Príncipe Cuervo, cuando le tocó, se comió la granada enterita. Tan sólo el último grano se le cayó, pero se le quedó enredado en la barba negra rizada que tenía. Cuando se puso delante de la princesa, a solicitar su mano, la princesa se empezó a reír y le dijo que tenía un grano en la barba. Entonces el padre dijo:
—Pero no ha caído verdaderamente al suelo, que fue la condición que tú misma pusiste.
Y dice la princesa:
—¿Yo? ¿Pero cómo me voy a casar con este Príncipe Cuervo? —y toda la gente empezó a reírse.
Entonces el rey le dijo:
—¡Maldita! Que eres una soberbia. Prometo delante de toda mi corte que te casarás con el primer mendigo que llegue a mi puerta.
La princesa también aquello se lo tomó a broma, pero al poco tiempo llegó un criado y dijo:
—Majestad, ahí hay un mendigo que solicita que cumpla usted su palabra.
Y apareció el mendigo todo haraposo, sucio y con un morral lleno de mendrugos de pan. El rey mandó que pasara, y a su hija le dijo:
—Quítate ese vestido. Quítate esos zapatos. Traed un vestido y unos zapatos de una pordiosera, y ponédselos a mi hija.
La reina empezó a llorar y le dice la princesa:
—Madre, ¿qué vais a hacer conmigo?
—Hija mía, cumple la voluntad de tu padre. Tu padre no tiene más que una palabra.
Conque la vistieron de aquella manera y llamaron a un cura, que inmediatamente casó a la princesa con aquel mendigo. Cuando acabó la ceremonia, dijo el rey:
—Toma. Coge este morral. Porque tu marido no va llevar todo el peso. Y vete con él.
La princesa se echó a llorar:
—Padre mío, perdóname.
—¡No, vete de aquí, maldita!
La princesa salió del palacio con su marido, y andando, andando, pasaron unas praderas donde había ovejas, vacas, cabras… Toda clase de ganadería preciosa, ¡unas yeguadas formidables! Y le decía al marido:
—¡Qué barbaridad! ¡Qué ganao más bonito! ¿De quién son estas vacas?
—¿Esto? Del Príncipe Cuervo.
Llegaban a otro sitio:
—¿De quién son estos rebaños?
—¿Éstos? Del Príncipe Cuervo.
Unas casas-cortijo preciosas. Y, sobre todo, había un palacio que era una maravilla.
—¿Y este palacio?
—¿Éste? Del Príncipe Cuervo.
—Entonces, el Príncipe Cuervo es muy rico.
—Más rico que el mismo rey. Fíjate: todo lo que ves a tu alrededor. Pueblos enteros. Todo es del Príncipe Cuervo.
Entonces ya la pobre iba pensando: «Por mi soberbia no me he casado con él». Bueno, pues llegaron a una choza, y dice el marido:
—Ahora mismo te vas a poner a hacer candela. Sabrás hacer candela, ¿no?
—¿Y qué es candela?
—¡Atiza! Pues candela es una cosa que se hace en el suelo, con palos y un cerillo. Toma, toma un cerillo. Y me haces una sopa de estos mosucos. Yo voy a echar de comer a un guarro, que es lo que tendremos todo el año para comer. De modo que coges un poco de tocino, lo picas y haces una ; sopa.
Ella, la pobre, dice:
—Bueno, lo intentaré.
Va a partir los palos y se lastima.
—¡Ay, que me he herido una mano! ¡Ay, mi mano!
—Pues sí que estamos bien. ¡Vaya castaña me ha largao tu padre! ¡Quítate de ahí, so idiota!
Cogió el mendigo los palos y se hizo una candela.
—Anda, a ver si sabes hacer la sopa.
Pero ella no sabía, y entonces él le quita la sartén y le dice:
—Pues estoy arreglao. Anda, siéntate, inútil; que eres una inútil.
Ella se puso a llorar, venga a llorar. Al cabo de un rato dice él:
—Ahí tienes la cama. Si quieres, te puedes acostar.
—Yo no, yo no tengo sueño.
Allí no había más que un jergón de paja y una manta por encima.
—Pues yo sí. Yo tengo que trabajar temprano. De modo que, si no te quieres acostar, ahí te quedas.
A la mañana siguiente le dice:
—Aquí tienes una cesta de huevos. Procura vender todos los huevos y traerme el dinero, que es lo que tenemos para comer.
Entonces ella sale y se va a vender los huevos. Tenía que ir andando, desde la choza al pueblo, más de un kilómetro. Llega, y había uno vendiendo verduras, otro ajos, otro patatas, y así. Pone ella su cestita de huevos en el suelo y se acerca una mujer:
—¿A cómo vende usted los huevos?
—A real.
—Deme usted dos de éstos.
Entonces ella le da los dos huevos. Coge la mujer uno, lo rompe y sale una moneda de cinco duros. Otro huevo, otra moneda de cinco duros. Y le dice:
—Tome usted las dos monedas y yo me llevo la cesta de huevos.
Vuelve ella a la choza y le cuenta al marido lo que había pasado. Dice el marido:
—¡Idiota! ¿Y por qué cuando viste que los huevos tenían monedas no te los trajiste todos, que para eso eran tuyos? ¡Es que no sirves para nada!
Y la pobre se puso a llorar otra vez, venga a llorar.
—En vista de que con los huevos no he tenido suerte, toma estos platos y estos cantaritos de barro y vete a venderlos.
La pobre se puso otra vez allí con los cacharros de barro.
Y a esto oye un tropel de caballos: ¡tras, tras, tras…! Y empieza toda la gente:
—¡El Príncipe Cuervo! ¡El Príncipe Cuervo!
Ve venir un caballo negro, negro, y montado un señorito, con una pluma y una capa colorada, y pasa a galope corriendo por encima de todos los cacharros, que los hizo añicos. Y ni siquiera la miró a ella. La pobre se puso a llorar, y dice:
—¡Hay que ver! ¡Pensar que yo he podido ser la mujer del Príncipe Cuervo!
Se fue a la choza y se lo dijo a su marido.
—Tú eres tonta. Tú no sirves para nada. Pues precisamente me he enterado de que en el palacio del Príncipe Cuervo se necesita una fregona. Y quiere decir que mañana mismo vas tú a por ese puesto.
Al día siguiente la cogió de la mano y la llevó a aquel palacio.
Y la admitieron de fregona, porque el príncipe se iba a casar.
La pobre iba todos los días a trabajar y volvía a la choza reventa. Un día le dice al marido:
—¿No sabes que se va a casar el Príncipe Cuervo con una princesa?
—Pues sí. Y creo que va a haber una comida regia. ¿Y tú qué vas a hacer?
—Yo estoy de pinche en la cocina.
—Pues acuérdate de mí, que te van a poner cosas muy ricas: pollo, jamón, dulces… Y guárdame un poco. Porque es justo que yo, que te estoy enseñando a la vida y que he cargado contigo, pruebe alguna cosa. Así que te llevas esta lata, te la pones debajo del delantal y vas echando un poquito de cada cosa, para yo comérmelo por la noche.
Coge ella y se va al trabajo con su lata, y le dice a otra criada:
—¡Cómo me gustaría ver la boda!
—Pues a mí también. Porque dicen que la novia es guapísima, y habrá un baile y todo. Mira, como en el salón hay una cortina muy grande, todas las criadas nos ponemos detrás, y desde allí lo vemos todo, que vienen el rey y la reina y viene toda la nación.
Ella se echó a llorar, porque se acordó de sus padres, y que los iba a ver. Primero fue la cena de los criados, y fue ella echando en la lata todo lo que le pareció bien. Luego subieron al salón del baile, y se escondieron detrás de la cortina. Ya viene la comitiva y el príncipe se acerca a una señorita y se pone a bailar con ella. Empiezan a dar vueltas, venga vueltas, y cuando pasan cerca de la cortina, hace el príncipe: ¡zas!, pega un tirón, se cae la cortina y se quedan todas las criadas al descubierto. Se acerca el príncipe a ella y la coge de una mano y la lleva al medio del salón. Pero le tira con tanta fuerza, que se le cae la lata al suelo y salen allí los trozos de pollo y los dulces, todo revuelto, y la gente empieza a reírse a carcajadas. Entonces ella no pudo soportarlo y se desmayó.
El príncipe la cogió en brazos y la llevó a una habitación del palacio. La puso encima de la cama. Al rato, cuando ella recuperaba el conocimiento, vio que estaba toda la corte mirándola; su padre a la derecha y su madre a la izquierda.
—¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado?
—Estás en el palacio del Príncipe Cuervo, hija mía.
—Y el príncipe, ¿dónde está?
Todos se quedaron callados. A esto que se abre una puerta y aparece el mendigo. Se va para la cama, y conforme se acerca empieza a quitarse el disfraz; y debajo apareció el Príncipe Cuervo. Y como ya estaban casados, no hubo que casarlos, sino que pasaron directamente a las perdices, y a mí me dieron con las puertas en las narices.