Pues, señor, esto era una vez un padre, una madre y una hija. La madre tenía un anillo y, al morirse, le dijo al marido:
—Toma este anillo y te casas con la que le esté bien.
La niña se fue haciendo mayor. Y un día se encontró el anillo en un cajón de la cómoda y le dijo a su padre:
—Papá, me he encontrado este anillo, y mira qué bien me está. Seguramente sería de mamá. Yo me quedo con él.
El padre se quedó mirándola y la niña le dijo:
—¿Qué te pasa, papá, por qué me miras?
El padre le contestó:
—Tú no sabes por qué, hija mía. Tu madre me dijo que me casara con quien le estuviese bien este anillo.
Entonces la niña se puso a llorar y estuvo mucho tiempo llorando. Un día se asomó la niña a la puerta, cuando iba pasando una viejecita, que le preguntó:
—¿Por qué lloras, preciosa?
Y la niña le contó lo que había pasado. La viejecita le dijo:
—Pues no llores. Vas a hacer lo que yo te diga. Le dirás a tu padre que te tiene que comprar tres vestidos: uno del color del cielo, lleno de estrellas y luceros; otro con todas las clases de animales, y otro del color de la sombra del pozo. Después te vas de tu casa vestida de chavalillo, con los tres trajes en un saquito, y te pones a buscar trabajo.
La niña lo hizo todo tal como se lo dijo la viejecita. Le pidió a su padre los tres vestidos y se marchó de su casa sin que la viera nadie. Agarró después y se dirigió a palacio. Le preguntó a uno de los criados que si no necesitaban a un zagalillo para hacer algún trabajo. El criado le dijo que si quería quedarse a guardar pavos, y ella —bueno, él— le dijo que sí.
Se lo llevaron a un campo que estaba cerca del palacio y al día siguiente la niña se puso a llamar a los pavos diciendo:
—¡Paví, paví, paví, acudid todos a mí!
Y uno de los pavos le contestó:
—¡Si el hijo del rey lo supiera, se enamoraba de ti, de ti!
Y ella respondió:
—¡Anda y ojalá te mueras!
Y de repente el pavo se murió.
El hijo del rey, que lo había visto todo desde el mirador del palacio, se quedó admirado, y al día siguiente, cuando el pavero fue a llevar el pavo muerto, le dijo uno de los criados:
—¡Ay, Juanillo —porque así se hacía llamar—, el primer día y un pavo muerto! Me parece que tú poco vas a durar aquí.
—¡Y yo qué le hago —contestó Juanillo—, si se me ha muerto un pavo!
—Bueno, pues entra a hablar con el príncipe.
Entró Juanillo a hablar con el príncipe y éste le dijo:
—A mí me dejas de historias y dime por qué dijo el pavo lo que dijo.
—Yo no sé nada, majestad —contestó el pavero.
Al otro día estaba otra vez cuidando los pavos diciendo:
—¡Paví, paví, paví, acudid todos a mí!
Y le contestó otro pavo:
—¡Si el hijo del rey lo supiera, se enamoraba de ti, de ti!
Y contestó el pavero:
—¡Anda y ojalá que te mueras!
Y al momento se murió el pavo.
El hijo del rey lo había visto todo otra vez y, cuando al día siguiente el pavero se presentó para rendir cuentas del pavo muerto, le preguntó otra vez lo mismo y otra vez dijo Juanillo que él no sabía nada. Y al día siguiente hizo la misma faena y el príncipe se enfadó y lo puso a trabajar en las cochineras.
Entonces el rey anunció unos torneos y unos bailes, a ver si su hijo encontraba novia. Los demás criados le decían a Juanillo:
—Anda, hombre, arréglate tú también y te vienes a ver el baile.
—¿Yo? —contestó el pavero—. Tengo que limpiar la cochinera, y además a mí no me gustan esas cosas. Vayan ustedes.
Cuando todos se fueron, se metió en su cuarto y se puso el vestido color del cielo que le había regalado su padre y se fue al baile. Desde que el hijo del rey la vio se fue con ella y le decía:
—¿Usted quién es?
Y ella contestaba:
—Ya se sabrá.
—¿Y usted cómo se llama?
—Ya se sabrá.
El príncipe estuvo toda la noche bailando con ella y le regaló un anillo. Pero ella salió corriendo antes de que terminara el baile. Cuando llegaron los criados, le dijeron:
—¡Huy, Juanillo, si hubieras visto la señorita tan guapa con la que el príncipe ha estado bailando toda la noche!
Y dice Juanillo:
—A lo mejor la conozco yo.
—¡Anda, hombre, más quisieras tú!
Al día siguiente se fueron todos al baile también y ella se metió en su cuarto y se puso el vestido con todas las clases de animales. Llegó al baile y el hijo del rey estuvo todo el tiempo con ella y le regaló una pulsera y otra vez le preguntó:
—¿Y usted cómo se llama?
—Ya se sabrá —contestó la niña.
—¿Y usted quién es?
—Ya se sabrá.
—¿Y usted dónde vive?
—Ya se sabrá, ya se sabrá.
Igual que la otra noche, la niña se marchó sin decir nada, antes de que terminara la fiesta. Cuando llegaron los demás criados, le dijeron:
—¡Huy, Juanillo, lo que te estás perdiendo! ¡Si hubieras visto lo guapa que iba esa señorita que estuvo toda la noche bailando con el príncipe! ¡No estaba guapa ni ná!
—A lo mejor la conozco yo —dijo Juanillo.
—¡Anda, hombre, más quisieras tú!
Al día siguiente la niña se puso el último vestido, el de la sombra del pozo y pasó lo mismo. El hijo del rey no se separaba de ella. Le entregó una cadena de oro y le hacía las mismas preguntas que las noches anteriores, y ella contestaba lo mismo. El príncipe, al sentarse, le pilló el vestido y, sin que ella se diera cuenta, le cortó un trocito. Pero, cuando estaba más descuidado, se marchó ella.
El príncipe, ya que pasaba el tiempo y no daba con aquella señorita, se puso enfermo y tuvo que meterse en la cama. Ningún médico, por sabio que fuera, daba con la enfermedad que tenía. La reina madre y todos los de la corte estaban muy preocupados, porque el príncipe estaba enfermo de gravedad y se le habían quitado las ganas de comer. Un día Juanillo le dijo a la reina:
—¿Usted quiere que su majestad se ponga bueno? Le voy a hacer una tarta que me hacía a mí mi abuela. Verá cómo se pone bueno.
Y le contesta la reina:
—¡Ay, mi hijo, con lo escrupuloso que es! ¡Para que se encuentre un pelo o algo!
—Usted me deja a mí, verá cómo el príncipe se pone bueno, y, si quiere, le dice que se la ha hecho su tía la monja.
Tanto insistió, que la reina dijo que sí. Entonces Juanillo le hizo no una, sino tres tartas, y en cada una de ellas metió uno de los regalos que el príncipe le había hecho mientras bailaban: el anillo, la pulsera y la cadena de oro.
Nada más partir la primera tarta, vio el príncipe el anillo y se sentó en la cama dando voces y saltos. En seguida acudió la madre y le preguntó que qué le pasaba.
—¡Ahora mismo me traes aquí a la persona que haya hecho esta tarta!
La reina no se atrevía a decirle verdad ni mentira. Pero su hijo partió la segunda y la tercera tarta y se encontró los otros regalos, y cada vez estaba más contento y gritaba más fuerte que le trajeran a la persona que había hecho las tartas. Tanto gritaba, que hasta Juanillo se enteró. Se fue corriendo para su cuarto y se colocó el vestido de sombra de pozo, que, como todos los pozos, ya reflejaba las estrellas y los pájaros del cielo. Y así se presentó en la habitación del príncipe. Éste se quedó al pronto embobado, pero reconoció el vestido por el trocito que le faltaba y que lo tenía debajo de la almohada. La niña entonces le contó su historia y él le pidió que se casara con él. Y se casaron, y fueron felices y comieron perdices, y a mí no me dieron, porque no quisieron.