Iba un pastor con sus ovejas por el monte, cuando oyó una voz por entre las piedras, que le decía:
—¡Pastor, pastorcito, sácame de aquí!
—¿Quién eres? —preguntó el pastor.
—Soy una culebra, que me entré aquí cuando era pequeña, y he engordado tanto, que ahora no puedo salir si alguien no quita algunas piedras que tapan la entrada.
—No me atrevo —dijo el pastor—. Porque, si eres tan grande, igual te da por comerme cuando estés fuera.
—Te prometo que no lo haré. Por favor, sácame de aquí.
El pastor se dejó convencer y removió unas cuantas piedras. En seguida salió una culebra grandísima, que le dijo:
—Pues ahora te voy a comer.
—¡Cómo! Me habías prometido…
—Nada, nada, voy a comerte, porque tengo un hambre que me muero.
—Eso no vale —dijo el pastor—. Te propongo que consultemos a los tres primeros animales que pasen por aquí. A ver si es justo o no es justo lo que piensas hacerme. Y si ellos deciden que me comas, ni siquiera me defenderé.
—Está bien. Como estoy segura de que voy a ganar, no me importa —contestó la culebra.
El primer animal que pasó fue un burro viejo y abandonado. Le llamaron y le contaron el caso. El burro sentenció:
—Tiene razón la culebra.
—¿Por qué? —preguntó el pastor.
—Porque el hombre es un desagradecido y porque el hambre es la primera ley de todas. Yo me he pasado la vida dándole buenos servicios a mi amo, y ahora que no puedo con la carga, me echa al monte a que me coman los lobos.
Pasó poco después un galgo canijo y achacoso. Lo llamaron y le expusieron el caso. Y el galgo sentenció:
—Tiene razón la culebra.
—¿Y por qué? —preguntó el pastor.
—Yo he sido un galgo que les he llevado muchísima caza a mis amos. Y ahora que no puedo ni con mi alma, me dejan a mi suerte, a que me muera de hambre.
—Bueno, pues ya he ganado —dijo la culebra—. Como sólo falta una opinión, aunque sea contraria, gano.
En esto que apareció por allí la zorra. Y dice el hombre:
—No importa. Consultémosle a la zorra, aunque sólo sea por amor propio.
Llamó a la zorra y le expuso el caso. La zorra se quedó muy pensativa y al cabo de un rato dice:
—Es un caso verdaderamente difícil. Y no podré decidir si no me hago cargo de la situación desde el principio. A ver, vamos a reconstruir los hechos. ¿Dónde está la cueva y dónde están las piedras?
La condujeron adónde el pastor se había encontrado con la culebra, y dice:
—A ver, culebra, métete otra vez en la cueva, que yo vea cómo estaba exactamente.
Se metió la culebra en la cueva y la taparon otra vez con piedras. Entonces le dice la zorra al pastor:
—Ahora déjala que se muera de hambre, que de desagradecidos está el mundo lleno.
—¡Caramba, zorrita, de buena me has librado! —dijo el pastor muy contento—. ¿Cómo quieres que te recompense?
—¿No tendrás algún corderillo por ahí?
—No un corderillo, sino un carnero te voy a dar. Espérate aquí, que vuelvo en seguida.
Fue el pastor al redil, y cogió un saco, pero, en vez de meter un carnero, como había prometido, metió un perrazo que tenía. Luego volvió adonde estaba la zorra y le dijo:
—Ahílo tienes.
—¿No me engañarás? —preguntó la zorra.
—¿Cómo iba a hacer yo eso, después de que me has salvado la vida? —contestó el pastor.
La zorra se echó el saco a cuestas, y se marchó. Ya bien metida en el monte, y cuando estaba cerca de su cueva, que quedaba en lo más alto, dice:
—Voy a abrir el saco, a ver qué es lo que hay.
Lo abrió con mucho cuidado, y en seguida vio que era un perro enorme, por lo que le dio tiempo a echar a correr. Y mientras corría iba diciendo:
—Arriba zancas,
que en este puñetero mundo
no hay más que trampas.