País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

el papagayo

Érase una vez un Grande de España que estaba casado con una mujer muy hermosa a quien quería mucho, y vivían en un palacio muy hermoso ellos solos con una criada joven.
Pues, señor, que el rey de aquella nación tuvo que hacer una guerra, y mandó llamar a todos los guerreros y entre ellos al Grande de España de mi cuento.
El caballero lo sintió mucho, porque estaba recién casado y no quería dejar sola a la señora; pero como no tenía más remedio que obedecer al rey, se puso a hacer los preparativos y, aunque con mucho sentimiento, se marchó al instante a la guerra. La señora se quedó también tan triste, que no salía a ninguna parte y siempre estaba sola con su criada y un papagayo muy bonito, pero que no hablaba.
Una de las pocas veces que se asomó al balcón la vio un caballero, que estaba parando en una posada que había enfrente de su casa, y se enamoró de ella de tal modo, que trató de hablarle por todos los medios posibles, pero no lo conseguía. Andaba el caballero siempre triste, calle arriba, calle abajo, cuando un día a una vieja que pasaba le llamó la atención aquel caballero, se acercó a él y le dijo:
—¿Qué tiene usted, caballero, que le veo tan triste?
—¡Ay, señora! Mi pena no puede usted aliviarla.
—Dígamela usted, quizá pueda yo aliviarla.
El caballero no quería decírsela, pero tanto instó la vieja, que al fin le contó que estaba perdidamente enamorado de aquella señora, y estaba a punto de desesperarse si no conseguía hablarle.
—No hay que desesperarse, señorito, que yo haré porque usted la vea y le hable.
Quedaron en ello, y la vieja fue a ver a la señora y le dijo:
—Sabe usted, señorita, que voy a casar a una nietecita y quisiera que usted fuese la madrina.
—¡Ay! Sabe usted que no puedo serlo, porque desde que se fue mi esposo a la guerra no voy a parte alguna, y qué dirían si me viesen ahora asistir a la fiesta.
—No tenga usted cuidado, señorita, que yo la meteré a usted en la alcoba para que pueda ver sin ser vista.
La criada, que estaba deseando ir al baile, empezó a rogar a la señora, y tanto rogaron ella y la vieja, que por fin la señora dijo que iría sólo porque la criada se divirtiese un poco.
Vino la vieja, se arreglaron la señora y la criada, empezaron a cerrar las puertas y ya iban a bajar la escalera, cuando oyeron decir:
—Señorita, señorita.
—¡Ay!, mi papagayo que habla. ¿Cómo será eso? Voy a verlo.
—Señorita —decía el papagayo—, venga usted, que le voy a contar un cuento.
—No le haga usted caso —decía la vieja—, cuando vuelva usted del baile se lo contará.
—¡Qué disparate —decía la señora—, no faltaba más! Váyase usted, que no quiero baile; mejor quiero oír a mi papagayo.
Salió la vieja bufando, la criada se quedó rabiando y la señora se fue a oír al papagayo.
—Papagayito, ¿conque ya hablas?
—Sí, señorita, ¿quiere usted que le cuente un cuento?
—Sí, papagayito mío, cuéntamelo.
Entonces el papagayo empezó de este modo:
1
—Érase una vez un caballero que tenía una hija a quien quería mucho; un día pasó un hombre que gritaba: «¡Quién compra cuidaos!». La hija le dijo a su padre que le comprara uno.
«Llamaron al hombre y le compraron un cuidao y además una calderita, que, cuando la ponían en el agua con el cuidao, cantaba.
»Pues, señor, un día salió al campo y puso sobre un estanque el cuidao y la calderita, entreteniéndose en oírla cantar.
»En esto se apareció un toro, cogió el cuidao y huyó con él, dejando tan triste a la niña, que no encontraba consuelo.
»¿Le ha parecido a usted bonito el cuento, señorita?
—Sí, papagayito mío, muy bonito. Muchacha, tráele al loro de merendar.
—No, ella no; usted, porque ella me pegaría, por no haberla dejado ir al baile.
La señora le trajo al pájaro de merendar y se acostó tan contenta por ver que hablaba su papagayo, y ni siquiera se acordaba del baile.
Al día siguiente volvió la vieja y le dijo;
—Señorita, sabe usted que anoche, como usted no podía ir, se suspendió el baile, que va a ser esta noche, y querría que usted fuese.
—Bueno, si mi papagayo no nos siente, bueno; pero, si nos siente, no voy.
Pues, señor, cuando se iba acercando la hora del baile, iba la criada cerrando todas las puertas para que el papagayo no las sintiese salir; se arreglaron y ya iban a salir, cuando el papagayo dijo:
—Señorita, señorita, venga usted que falta lo mejor del cuento.
—¡Ay! Mi papagayo me llama; váyase usted, que yo no voy al baile, que quiero mejor oír a mi papagayo.
Señora —decía la vieja, echando espuma por la boca—, deje usted el papagayo, y véngase al baile.
—Nada, nada, qué disparate, voy a oír a mi papagayo.
La vieja salió que bufaba, dando a todos los diablos al papagayo, y la criada, de coraje, se desnudó y se acostó.
La señora, entre tanto, llegó donde estaba el papagayo, que dijo:
—Pues, señor, ya le conté a usted cómo la niña se quedó sin su cuidao, tan desconsolada, que determinó salir a buscarlo y para ello se vistió de peregrina.
»Fue andando, andando con su calderita, hasta que llegó a una ciudad, donde le dijeron que la hija del rey estaba loca sin que pudieran curarla todos los médicos del mundo.
»—Yo la curaré —dijo la niña, y se fue a palacio. Allí pidió permiso para ver al rey, y, ya que lo vio, le dijo que ella iba a curar a su hija.
»Los médicos dijeron al rey que era una locura, que cómo iba a curar aquella niña a la princesa, cuando ellos con su ciencia no habían podido hacerlo.
»Entonces el rey, que deseaba apurar todos los medios, le dijo a la niña que qué pedía para curarla; ella dijo que le dieran un jarro de agua y la dejasen pasar la noche en la alcoba de la princesa.
»—Bien —le dijo el rey—, pero ya sabes que, si no la curas, te cuesta la vida.
»—Bueno —contestó ella.
»Le llevaron su jarro de agua y una luz, vertió el agua en una palangana y puso en ella su calderita; pero la calderita no cantaba; ya era media noche, cuando se le apagó la luz y, como no tenía con qué encenderla, empezó a buscar por todas partes, mas, como todos estaban acostados, no la encontraba; por fin, vio una luz allá muy lejos, muy lejos, y andar, andar, hasta que vio una puerta entornada, detrás de la cual estaba la luz; empujó la puerta y, al entrar, vio un negro que con un cucharón estaba meneando una caldera de aceite hirviendo y que decía:
«—Hierve, hierve,
mientras más hierve,
la hija del rey
más enloquece.
«Cuando el negro vio a la niña, sin parar de menear le dijo:
»—Ay, niña, ¿dónde vas?
»—Venía, porque se me ha apagado esta luz y quería que usted me hiciese el favor de que la encendiera.
»—Sí, niña, enciéndela.
»Entonces fue la niña a encender la luz y, al pasar por detrás del negro, va y qué hace: le da un empujón y lo tira a la caldera que, como estaba hirviendo, lo achicharró en seguida; después vertió la caldera, encendió su luz y se fue corriendo al palacio; entró en la alcoba de la princesa, a quien encontró sentada en la cama, ya completamente buena de su locura y tan contenta.
»Por la mañana, cuando el rey entró y vio a su hija buena, empezó a abrazar a la niña y le dijo que ya no se iría nunca, que se quedaría a vivir en palacio con ellos. Pero la niña dijo que no, que iba buscando un objeto que había perdido y, hasta que no lo encontrara, que no paraba de andar.
»El rey y la princesa le rogaron mucho, pero ella dijo que no podía quedarse, y entonces el rey le dio mucho dinero y alhajas y cuanto necesitaba, y la niña, después de recoger su calderita, se fue en busca de su cuidao.
»¿Qué tal, señorita, le ha gustado a usted el cuento?
—Sí, papagayito mío, muy bonito que estaba: muchacha, tráele de merendar al papagayo.
—No, ella no, usted, que ella sería capaz de envenenarme, porque no la he dejado ir al baile.
Le trajo de merendar, y después se acostó tan contenta porque su papagayo hablaba.
Al día siguiente la vieja, a quien el caballero había ofrecido dinero si la señora iba a su casa, volvió a ver a la señora, que le dijo:
—¿Qué tal, hermana fulana, se bailó mucho?
—¡Ay, señorita, si viera usted qué bueno estaba el baile, qué divertido! Sobre todo había un caballero que ha llamado la atención por lo bien que bailaba.
—¿Tan bien lo hacía?
—Sí, señora, hemos quedado tan gustosos de verlo, que esta noche vamos a repetir la fiesta, de modo que es menester que usted venga, que yo la colocaré detrás de unas cortinas para que usted vea sin que la vean a usted.
—Bueno; si mi papagayo no me siente, iré esta noche.
Pues, señor, la vieja tan contenta, encargó a la muchacha que procurara cerrarlo todo de modo que el papagayo no pudiera sentir cuándo se iban, y después se fue a ver al caballero, que estaba ya desesperado, y le ofreció que aquella noche podría ver a la señora.
Pues, señor, que, cuando llegó la noche, fue la vieja a por la señora y la criada, que ya estaban arregladas, salieron con cuidado, bajaron la escalera, y la vieja y la criada iban tan contentas porque el papagayo no las había sentido; pero, al llegar a la puerta, le oyeron que decía:
—Señorita, señorita, venga usted que falta lo mejor del cuento.
—¡Ay! Váyase usted, que ya no voy; que mejor quiero oír a mi papagayo.
La vieja y la criada le rogaron que fuese, pero no pudieron convencerla, de modo que la vieja se fue maldiciendo al papagayo, a la señora y al caballero, el cual no le daría dinero ninguno mientras la señora no fuese.
La criada entró rabiando, porque no iba al baile, y la señora se fue con el papagayo, que continuó:
2
—Pues, señor, ya le dije a usted ayer cómo a la niña le dieron mucho dinero y se fue en busca de su cuidao. Salió de aquella ciudad, y andar, andar, atravesó muchas tierras hasta que llegó a otro reino, donde le dijeron que la hija del rey se estaba muriendo y que el rey estaba tan triste, que no tenía consuelo porque la habían visto todos los médicos y ninguno podía curarla.
»—¿Sí? Pues allá voy yo.
»Se fue a palacio y pidió al rey audiencia.
»Se la concedieron y entonces le dijo al rey que ella se atrevía a curar a la princesa.
»Todos creían que estaba loca y le aconsejaban al rey que no lo consintiese; pero el rey, que lo que quería era ver buena a su hija, le ofreció que le daría cuanto quisiera, si la curaba, pero que, si no la ponía buena, le quitaría a ella la vida.
»Pues, señor, que la niña pidió un jarro de agua y dijo que la dejaran sola toda la noche en la habitación de la princesa.
»Así lo hicieron y, cuando se vio sola, vació el jarro de agua en una palangana y allí puso la calderita, pero la calderita no cantaba.
»A la media noche vio que se abría una ventana y entró un negro muy guapo, se llegó a la princesa, le sacó de la boca unos palitos y se pusieron a hablar. Y así se estuvieron hasta que, viendo que llegaba el día, volvió a ponerle los palitos en la boca y se fue por la misma ventana.
»Por la mañana la niña le contó al rey lo que había visto, le dio las señas del negro y el rey conoció que era un negro muy estimado de un señor de la corte; lo trajeron, le hicieron que sacara los palitos de la boca de la princesa, y como su amo tenía mucha influencia, no lo mataron, pero fue desterrado y desde entonces la princesa empezó a hablar y los padres tan contentos, que querían que la niña se quedase con ellos para siempre; pero ella dijo que no, porque tenía que buscar una cosa que se le había perdido.
»Entonces le hicieron muchos regalos y la niña se fue en busca de su cuidao, llevándose los regalos y la calderita.
»¿Señorita, ha estado bueno el cuento?
—Sí, papagayito mío, muy bonito.
Le trajo ella misma de merendar muy buenas cosas, pues ya sabía que no le gustaba que se lo trajese la moza, y se fue luego a la cama tan contenta con el cuento del papagayo.
Al día siguiente vino la vieja, y le dijo que la fiesta había estado tan divertida, que habían tenido juegos de prendas, de manos y toda clase de funciones; que era lástima que la señorita no lo hubiese visto, pero que aquella noche se repetía y que era preciso que fuese, porque era la última.
—Bueno —le dijo la señora—, ya veremos si mi papagayo no nos siente, entonces iré.
Pues, señor, la vieja se fue rogándole al demonio que hiciera porque el papagayo no las sintiese salir; encontró al caballero y le dijo que aquella noche sin falta iría la señora, aunque le había costado mucho convencerla.
Llegó la noche y, cuando fue la vieja, se arreglaron y salieron con mucho tiento, pero, al llegar a la puerta, dijo el papagayo:
—Señorita, señorita, venga usted que voy a concluir mi cuento.
Entonces la señora le dijo:
—Váyase usted, váyase usted, que yo no voy al baile, porque quiero oír el cuento de mi papagayo.
La vieja trató de convencerla, pero la señora no quiso oírla: entonces la vieja, de rabia que tenía, arañó a la criada, diciéndole que ella tenía la culpa, porque no había encerrado al papagayo o lo había matado, y tan ciega iba, que al salir se dio un porrazo contra la puerta, que se le abrió la cabeza, y para mayor desgracia en el camino se encontró al caballero, que le preguntó si venía la señora; pero ella con el disgusto le contestó de mala manera, con lo que el caballero se enfadó y sin darle dinero riñó con ella y se marchó del pueblo.
Mientras tanto la señora había ido con el papagayo para que le acabase el cuento.
3
—Ya sabe usted, señorita —dijo el papagayo—, que a la niña le regalaron mucho y que ella se fue con sus regalos y su calderita.
»Pues, señor, que andar, andar, fue atravesando muchos pueblos hasta que llegó a otra ciudad donde le dijeron que el hijo del rey estaba expirando y que los médicos lo habían desahuciado.
»Llegó ella al palacio y dijo que, si querían entregárselo, ella lo pondría bueno.
»El rey, viendo en la niña una esperanza, aunque todos la creían loca, le dijo que le daría cuanto quisiese, si lo ponía bueno, pero que, si se moría, ella moriría con él.
»Ella dijo que bueno, que la dejaran sola en la habitación del príncipe y le dieran un jarro de agua.
»Lo hicieron como ella dijo, se acercó a la cama y vio al príncipe que estaba moribundo; echó el jarro de agua en una palangana, puso en ella su calderita y apagó la luz para que no incomodase al enfermo, pero así que apagó la luz empezó a cantar la calderita.
»Dice:
»—¡Ay!, ¿qué es esto, que esta noche canta mi calderita?
»Pero, como había apagado la luz y no tenía con qué encenderla, aguardó a que fuese de día.
»Cuando ya entró la luz en la habitación, vio su calderita que estaba sobre el agua canta que te canta, empezó a buscar por la habitación, cuando a la cabecera de la cama vio colgado un objeto que le llamó la atención y corriendo a cogerlo dijo:
»—¡Ay!, éste es mi cuidao.
»—Y yo el toro que estaba encantado —le contestaron.
»Miró a ver quién le había contestado aquello y vio que de la cama se había levantado un joven tan guapo, que daba envidia verlo.
»En esto llegaron los reyes, que se pusieron tan contentos al ver a su hijo bueno, y empezaron a abrazar a la niña.
»El príncipe les contó que, cuando estaba encantado, se había enamorado de aquella niña y por no saber de ella estaba enfermo, pero que, al encontrarla, había recobrado la salud y quería casarse con ella.
»Los reyes dijeron que no había inconveniente y los casaron y vivieron felices.
»¿Ha estado bien el cuento, señorita?
—Muy bien, papagayito mío.
Le trajo de merendar bizcochos y dulces y se fue a acostar tan contenta.
Al día siguiente llegó el esposo de la señora y ésta salió a recibirlo con tanta alegría, como que no lo esperaba, y después de haberse contado lo que habían sufrido con la ausencia, le dijo la señora:
—¿No sabes? Te preparo una gran sorpresa.
—¿Cuál es? —le dijo su esposo.
—Que el papagayo habla.
Fueron a ver al pájaro y el señor le dijo:
—Papagayito, ¿conque has hablado?
—Sí; que, si no, te hubieran deshonrado.
Entonces el caballero cogió la daga y fue a matar a la señora, pero, antes que lo hiciera, el papagayo dijo:
—La señora es inocente; la culpa es de la vieja que vive enfrente.
Entonces la señora le contó lo que había pasado y desterraron a la vieja, viviendo ellos felices.