Pues, señor, esta vez eran dos amigos que tenían el oficio de plateros y eran ricos, pero a uno de ellos le vino la suerte contraria y se quedó arruinado. Acudió al otro, pero éste era muy egoísta y le dijo que no podía favorecerle, porque tenía dos hijos y necesitaba para ellos lo poco que tenía.
De modo que el pobre, viéndose sin recursos, solicitó la guardería de una dehesa y, habiéndola conseguido, se fue a vivir a ella. Como era cazador, aprovechaba su escopeta en matar algunas piezas de comida, que era lo que su amo le permitía. Un día vio un pájaro de unos colores tan bonitos, que deseó cogerlo y, cargando la escopeta con pólvora sola, le tiró, teniendo la suerte de cogerlo casi sin hacerle daño. Lo metió en una jaula y, cuando al día siguiente fue a echarle de comer, se encontró que en el nido que le había puesto había una piedra muy brillante, que, como él era platero, conoció enseguida que era un diamante. No sabía darse cuenta de cómo había sido aquello, pero al día siguiente encontró otro igual, y después otro, hasta que comprendió que el pájaro los ponía todos los días en lugar de huevos. Los llevó al otro platero, que se los compró, dándole por cada uno seis mil reales.
Viéndose con dinero, renunció a la guardería y se vino al pueblo y, como el pájaro seguía dándole diamantes, se puso rico. El otro platero, que era muy ambicioso, quiso saber de dónde sacaba aquellos diamantes, pero, como su amigo no quiso decírselo, le dijo que los habría robado, y le amenazó con denunciarlo a la justicia como ladrón. El otro, indignado, para probarle que no eran robados, le contó lo que le había pasado.
Entonces el platero le propuso comprarle el pájaro y el amigo le dijo que no; pero, temiendo que el platero hiciera con él alguna trastada, como ya él estaba rico, dijo que se lo cambiaba si le cedía la casa y el establecimiento tal como estaba.
El platero, esperando ponerse pronto más rico que el otro con los diamantes del pájaro, dijo que bueno; cerró el trato, le cedió la casa y la platería, y él se llevó el pájaro.
Los primeros diamantes que encontró en la jaula los vendió y compró una casa, haciendo en el jardín una gran pajarera para el pájaro. Un día fue a verlo y, como el pájaro se estaba revolcando y levantó las alas, el platero vio un letrero debajo de una. Cogió el pájaro para ver lo que decía y leyó: «El que se coma mi cabeza será rey». Levantó la otra ala y tenía otro letrero que decía: «El que se trague entero mi corazón sin mascarlo tendrá todos los días, al levantarse, un bolsillo lleno de oro bajo la almohada».
El platero, que como he dicho era muy ambicioso, se volvió loco de alegría y dijo para sí:
«Esto vale más que los diamantes, de modo que lo mejor será matar el pájaro y comerme yo la cabeza y el corazón, y así seré rey y rico como ningún otro pueda serlo».
Y dicho y hecho, cogió el pájaro y lo mató, entregándolo a la cocinera para que lo friera, diciéndole:
—Ten entendido que, como lo quemes o le falte alguna cosa, te desuello viva.
Pues, señor, que la cocinera frió su pájaro y lo tenía allí apartado para cuando llegara la hora de comer. En esto tuvo que salir de la cocina, a tiempo que los hijos del platero llegaban del campo. Como llevaban ganas de comer, fueron a la cocina y, viendo el pájaro frito, el mayor empalmó la cabeza y se la comió, y el chico cogió el corazón para comérselo, pero, como la criada llegó en aquel momento, se lo tragó entero para que no le viera mascar y se lo dijera a su padre.
La cocinera no lo echó de ver y, cuando su amo le pidió el pájaro, cogió el plato y lo llevó. Lo primero que buscó el platero fue el corazón y la cabeza, pero por más vueltas que le daba no los encontró. Lleno de rabia llamó a la cocinera y le preguntó por la cabeza y el corazón, pero la pobre mujer dijo que ella no se los había comido.
—¿No te dije que, si le faltaba algo, te iba a desollar viva? Eso es que tú te los has comido, y vas ahora a echarlos o a reventar.
Cogió un palo y empezó a pegar a la pobre mujer, que ponía el grito en el cielo, jurando y perjurando que no los había comido.
A los gritos de la criada acudieron los hijos, que, al ver a su padre, se pusieron en medio preguntándole qué era lo que había pasado para pegarle de aquel modo.
—Es que la voy a matar por golosa —decía el padre, que veía que se le escapaba el reino y el dinero—, le di el pájaro para freírlo y le encargué que no le faltara nada, y se ha comido la cabeza y el corazón.
Al oír esto los hijos, no queriendo que la pobre mujer pagase las culpas de ellos, le dijeron:
—Pues, si es por eso, no tiene usted razón para pegarle, porque no ha sido ella, sino nosotros, que a un descuido suyo entramos en la cocina y nos comimos la cabeza y el corazón.
—Del mal el menos —dijo el padre, que se quedó más tranquilo, viendo que la cosa no tenía remedio y que ya que él no fuera rey lo sería uno de sus hijos, y al otro ya tendría él cuidado de no decirle nada y de coger todas las mañanas el bolsillo de oro de debajo de la almohada. Se informó cuál era el que se había tragado el corazón, y supo que era el más chico.
Así fue; no les dijo nada a los hijos, y a la mañana siguiente fue a la cama del menor y encontró debajo de la almohada un bolsillo lleno de oro. Desde entonces todos los días hacía la misma operación sin que el hijo se enterara de ello.
Pues, señor, que a los hijos, que ya eran hombres y les gustaba mucho la caza, los convidó un amigo suyo para ir a cazar a una hacienda que tenía donde había muchos conejos.
El padre no quería, pero el amigo insistió tanto, que no tuvo más remedio que dejarlos ir, pero encargándoles que no tardaran mucho.
Se fueron a la hacienda, y por la mañana temprano salieron de caza, y, cuando volvieron por la tarde, la criada se acercó al más chico de los hermanos y le dio un bolsillo diciéndole:
—Tome usted este bolsillo que se dejó esta mañana debajo de la almohada.
—Ese bolsillo no es mío —dijo el joven.
—Sí, señor —insistió la criada—, yo al hacer la cama lo he encontrado, y es de usted.
El joven creyó que era una broma que querían darle, y dijo:
—Bueno, pues si es mío quédate con él, que yo te lo regalo.
La criada se puso más contenta que unas Pascuas, y si le hubieran preguntado quién era Dios, dice que aquel señorito.
El joven se acostó; después de acostado se puso a hacer un cigarro, y por no levantarse puso la petaca debajo de la almohada. Al levantarse por la mañana y coger la petaca, vio el bolsillo con el dinero; creyó que seguía la broma y lo recogió hasta ver si lo reclamaban, pero nadie le dijo nada, y como al día siguiente encontró otro exactamente igual, se figuró que era el mismo y fue a ver si se lo habían quitado, pero vio que lo tenía, y esto ya le puso en cuidado. Como el bolsillo se renovaba todos los días, ya esto llamó su atención, porque no podía ser broma de nadie.
«¡Hola! —dijo para sí—. Esto ya es otra cosa. Sin duda por esto es por lo que mi padre entraba todos los días en mi cuarto a arreglar mis almohadas antes de levantarme y no quería que me viniera a la hacienda. Debo averiguar qué es lo que hay de esto».
Así que llegaron, el hijo menor reunió a su padre y a su hermano y le dijo al primero:
—Padre, he notado que todas las mañanas al levantarme hay debajo de la almohada de mi cama un bolsillo lleno de oro; usted debe saber esto y deseo que diga la causa.
Entonces el padre no tuvo más remedio que contarle todo lo que había pasado con el pájaro, y que por haberse él tragado el corazón era por lo que todos los días tenía aquel bolsillo, así como su hermano estaba destinado a ser rey por haberse comido la cabeza.
Los dos hermanos se pusieron tan alegres con el descubrimiento, y el chico le dijo al padre, entregándole todo el dinero que tenía:
—Con esto y lo que usted tiene ya no le hace falta nada para vivir toda su vida; yo quiero irme a recorrer mundo y ver todos los países que pueda.
El padre trató de disuadirlo, pero él dijo que no, que se iba y que volvería, cuando se cansara de viajar. El hermano le dijo que quería acompañarlo, y él se alegró de ello, pues así no iba solo.
El padre se arrepintió de haberles dicho lo del pájaro, pero, como no tenía ya remedio, tuvo que conformarse y dejarlos ir, dándoles su bendición y rogándoles que volviesen pronto, pues no quería morirse sin volverlos a ver.
Se pusieron en camino, y ya llevaban andado muchas leguas, cuando una mañana vieron avanzar por el camino una nube de polvo y el reflejo de muchas armas. Poco a poco se fue distinguiendo lo que era y vieron que era un regimiento de soldados, que, al llegar a ellos, hicieron alto, y acercándose unos cuantos pajes al hermano mayor le presentaron una batea con una corona y todas las insignias reales, diciéndole que lo aclamaban como rey, habiéndoles ahorrado la mitad del camino, pues iban a buscarlo a su casa.
Como su padre les había contado lo del pájaro, no les sorprendió aquello; así que el mayor aceptó la corona y se puso al frente de la tropa, llevando a su lado al hermano, continuando su camino hasta llegar a la capital de aquel reino, donde fueron recibidos con grandes fiestas.
El hermano menor estuvo allí mientras duraron los festejos; pero, en cuanto dejó a su hermano instalado en su trono, dijo que él iba a continuar sus viajes. El rey le rogó que se quedara, diciéndole que tendría el primer puesto en el reino y podría casarse con una princesa; pero el otro le dijo que no, que él tenía deseos de ver otros países, y que en cuanto a casarse, que como le sobraba dinero, no quería princesas, sino una mujer hermosa que a él le gustase.
Por fin, que se fue mi hombre, y andar, andar, recorrió todo el mundo, y la mujer más guapa que encontró era una huérfana que vivía con una tía suya, pero eran muy pobres. Pidió su mano, y aunque él no demostraba su posición, como quiera que era guapo y veían que no le faltaba que comer, lo admitieron y se casó con la joven.
Así vivieron un poco de tiempo, y como jamás le faltaba dinero, no faltó tampoco quien tratara de averiguar de dónde salía, pues no se le veía trabajar; él decía que sus bienes los tenía en otra parte y de allí le mandaban las rentas. Los extraños no insistieron; pero la tía de la mujer, que era muy codiciosa y no veía llegar nunca a nadie con dinero, andaba que bebía los vientos por saber de dónde lo sacaba y, como no lo conseguía, le encargó a su sobrina que lo averiguase.
La mujer, que por su parte también tenía deseos de saberlo, le preguntó y, aunque él trató de excusarse, tanto insistió ella, que al fin le contó lo que había pasado con el pájaro y por qué todas las mañanas encontraba bajo la almohada un bolsillo lleno de oro, con lo cual no les faltaría nunca lo que necesitasen para vivir; pero que le encargaba que no se lo contase a nadie, porque sería un perjuicio.
La mujer le ofreció hacerlo así; pero, apenas salió el marido, fue a contárselo a su tía, y ésta le dio unos polvos y le dijo que los echara en el vino que bebía su marido, y así sabrían si era verdad todo aquello.
Así fue; cuando vino a comer, echó la mujer los polvos en el vino sin que lo viese él, que se lo bebió sin desconfianza.
Al poco tiempo de haberlo bebido, le dieron fatigas y se fue a acostar; pero, antes de llegar a la cama, se puso a vomitar y echó cuanto tenía en el estómago.
Se acostó después y la vieja fue a mirar donde había estado vomitando, y, hallando el corazón del pájaro, lo lavó y se lo tragó.
Al día siguiente, cuando él se levantó, fue a buscar debajo de la almohada y, no viendo nada, le preguntó a la mujer si había recogido el bolsillo, pero ella le dijo que no y, como los demás días sucedió lo mismo, estaba ya él desconfiado. Riñó con la mujer, y la tía intervino en la cuestión y, poniéndolo como un trapo, lo puso en la calle, porque le dijo que la casa era suya y que él no tenía allí nada.
«¡Ah, tuna! —dijo él para sí—. Cuando tú me echas a la calle, no es que me cogéis el bolsillo, porque entonces no volveríais a coger otro, esto es que mi mujer, que sabe lo del corazón, se lo ha dicho a su tía y ésta ha hecho alguna trampa».
Le preguntó a la criada, y ésta no pudo decirle más sino que el día que estuvo malo había estado vomitando; la vieja no quiso que nadie lo limpiara, y lo había hecho ella misma. Él comprendió lo que había pasado y se dijo:
«¡Tate!, lo que yo creía; esta mala vieja se ha dado trazas para que yo arroje el corazón y ella se lo ha tragado, y como está segura de que el bolsillo lo tendrá ella, por eso me echan a la calle. Pues no tengáis cuidado, que no os habéis de quedar riendo».
Se fue mi hombre al campo, sin rumbo fijo, y andar, andar, se sentó a descansar junto a una fuente, donde bebió y, como le dio hambre y no llevaba comida, miró a todos lados a ver si encontraba algo que comer.
Divisó una higuera que tenía unos higos muy hermosos, y se fue derecho a la higuera, cogió un higo y se lo comió; pero, apenas comido, se vio convertido en burro. Cuando se vio así, al pobre le pesó haberse llegado a la higuera, y le dio tanta pena, que se echó en el suelo sin saber qué hacer. Pero, comoquiera que, a pesar de haber variado de forma, el hambre no se le quitaba, se levantó y se puso a comer yerba, y al poco tiempo vio con satisfacción que había recobrado la forma de hombre.
«No hay mal que por bien no venga —se dijo él—. Gracias a estos cambios que tantos sustos me han causado, estos higos van a proporcionarme la venganza».
Cogió entonces tres higos de los más hermosos que tenía la higuera y se fue para el pueblo.
Buscó allí a una persona a propósito y le encargó que fuera a su casa a ver si le compraban aquellos higos. Así que la tía vio aquellos higos tan hermosos, dio por ellos lo que le pidieron y, dándole uno a su sobrina, otro a la criada y quedándose con otro, se los comieron las tres.
Al poco tiempo entró el joven y se las encontró convertidas en burras; las encerró a las tres en la cuadra, teniendo cuidado de que no hubiera allí yerba ninguna, y convidó al boticario para ir al día siguiente de caza. El boticario aceptó, y por la mañana aparejó las burras y, poniéndoles un bozal a cada una para que al salir al campo no comieran yerba, hizo que el boticario se montase en la criada y, echándole toda la carga a la tía, salieron del pueblo.
Como la tía era vieja, y además de la carga iba él montado encima, no podía andar; pero él, que se había preparado una buena vara de acebuche, le dio una de palos, que le crujía el cuerpo; así que la pobre vieja sacó fuerzas de flaqueza y llegaron al sitio de la caza; pero cuando llegaron, iba medio muerta y, como llevaba sed, la acercó a la fuente y se dio tal atracón, que se puso a vomitar y arrojó cuanto tenía en el cuerpo, arrojándose al suelo, porque no podía tenerse en pie.
Él buscó entonces entre lo que había arrojado y vio que estaba el corazón; lo cogió y, lavándolo bien, se lo volvió a tragar, diciendo.
—Ya veremos si vuelven a quitármelo.
Luego, mientras el boticario estaba cazando, les quitó los bozales a las burras para que comiesen yerba y recobrasen su forma primitiva y, tomando el camino, las abandonó, y ésta es la hora que no han vuelto a saber rastro de él. El boticario, cuando volvió de la caza, se encontró sin el vecino y sin las burras, y tuvo que venirse a pie. Cuando llegó al pueblo, se llegó a la casa de su compañero y se encontró con que la vieja se estaba muriendo, y la criada le contó todo lo que había pasado; pero se guardó muy bien de decirle que era ella la burra sobre quien había ido de caza.
En cuanto al hijo del platero, se fue a la corte del hermano y, mandando llamar a su padre, se quedaron allí viviendo todos en amor y compaña y fueron felices toda su vida.