País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

el ojanco

Éstos eran un padre y una madre que tenían dos hijos, un hijo y una hija. Y murieron cuando los hijos eran muy jóvenes.
Los dos hermanos, cuando quedaron huérfanos, pusieron una tienda con el poco dinero que les dejaron sus padres, y así vivían pobremente.
El hermano un día le dijo a su hermana que estaba aburrido de estar en la tienda y que se iba a correr fortuna por los mares.
Bueno, pues fue y preparó su comida, compró un barco de vela y se echó a correr fortuna por los mares.
Después de navegar muchos días se cansó de ir por mar y se tiró a tierra a un monte que se veía.
Dejó su barco y se puso a caminar por el monte, y vio que era una isla muy grande. Venga a caminar y venga a caminar, hasta que llegó a una cueva donde vivía un viejecito que salió y le dijo cuándo lo vio:
—Muy mal te quieren los que te envían aquí.
Él le dijo que era un caminante y que le hiciera el favor de darle posada por esa noche. El viejo le dijo que sí, que allí podía descansar esa noche y que al otro día le daría una carta para su hermano, que vivía en otra cueva, a un día de viaje de allí.
Durmió y descansó en la cueva del viejo esa noche y al otro día muy tempranito se levantó, desayunó, y el viejo le dio una carta para su hermano y se marchó.
Ya muy tarde, cuando oscurecía, vio una luz muy lejos y se encaminó hacia ella. Llegó y salió el viejo, que le dijo:
—Muy mal te quieren los que te envían aquí. ¿Qué quieres?
Y le dijo aquél que era un caminante y que traía una carta de su hermano para que le dieran posada allí por una noche. El viejo leyó la carta y le dijo que entrara. Le dio de cenar y una cama para que pasara la noche.
Al otro día por la mañana desayunó el joven y lo llamó el viejecito y le dijo:
—Mire usted estos dos perros. Se llaman Quebrantahierros y Buenosaires. Le ayudarán y le socorrerán a usted siempre. Cuando se encuentre en algún peligro los llama por sus nombres, les dice lo que quiere y siempre le favorecerán.
Y salieron los perros camino adelante y él se marchó con ellos.
Venga a caminar y venga a caminar, hasta que ya muy tarde llegaron a donde se veía un castillo muy grande, muy grande, en cuyo castillo vivía un ojanco, que era el amo de todas aquellas tierras y pertenencias. Llegó aquél y llamó en la puerta. Salió un mozo del ojanco y le dijo que qué se le ofrecía. Dijo el joven que pedía posada por la noche. Y fue el mozo y le dijo al ojanco que había un muchacho con dos perros que pedía posada por una noche, y el ojanco le dijo que le dijera que entrara. Entró y el ojanco lo recibió muy contento y le dijo que podía estarse allí con él no una noche sino todo el tiempo que quisiera.
Estuvo allí un mes, viviendo con el ojanco, y lo trataban muy bien y les daban muy bien de comer a él y a sus dos perros. Todos los días iba él de caza con sus dos perros y volvía al castillo con muchos conejos y perdices.
Bueno, pues después de estar allí más de un mes, le dijo un día al ojanco:
—Yo tengo una hermanita que dejé en mi pueblo sola y quiero mandar por ella para que venga aquí a vivir conmigo.
Y el ojanco le dijo:
—Muy bien me parece que mandes por ella, pero, ¿quién va a ir?
—No tenga usted cuidado —le contestó el joven—, que mandaré a mis dos perros por ella.
Y llamó a sus dos perros y les dijo:
—¡Quebrantahierros, Buenosaires, quiero que vayáis a traerme a mi hermana!
Los dos perros echaron a correr como el viento y en unos momentos ya habían pasado el mar y estaban donde vivía la hermana. Se montó ella en Quebrantahierros, y Buenosaires salió corriendo como el viento, y el otro detrás con la hermana. Y pasaron los mares en un momento y llegaron al castillo del ojanco. Y cuando el ojanco vio que en un momento habían vuelto con la muchacha, se sorprendió mucho. Pero no le dijo nada al joven, porque en seguida le llamó la atención la hermanita y pronto empezó a enamorarla.
Pasaron muchos días y ya el ojanco había hechizado a la hermanita y le dijo que iban a matar al hermano para quedarse ellos solos en el castillo.
Ella, como estaba hechizada, consintió en ayudarle a matar al hermano.
Un día que salió el joven de caza con sus dos perros, le dijo el ojanco a la muchacha:
—Vamos ahora a envenenarle la comida para cuando vuelva.
Pusieron la mesa y le echaron veneno en su plato.
Volvió aquél de cazar con muchas perdices y conejos y le dijo a su hermana:
—¡Mira, hermanita, qué perdices más gordas y qué conejitos más ricos! ¿Quieres guisarlos para la cena?
Y ella le dijo:
—Los dejaremos para mañana, hermanita, que ahora está todo preparado.
Bueno, pues se sentaron a comer y el ojanco muy contento porque ya el hermano iba a morir envenenado. Apenas se habían sentado a la mesa, cuando llegan los perros y se suben a la mesa y vuelven el trasero y se ensucian en todos los platos y en toda la comida. Y el ojanco muy enfadado dijo:
—¡Ay, qué perros más sucios! ¡Echadlos fuera!
Y con eso ya no pudieron envenenar al hermano y tuvieron que guisar las perdices y los conejos para la cena.
Otro día, cuando fue el hermano de caza, habló el ojanco con la muchacha y le dijo:
—Mira lo que vamos a hacer ahora. Como tu hermano todavía no conoce todo el palacio, voy a decirle que le vamos a enseñar todas las habitaciones y patios y salas, y lo llevamos a donde tengo un patio de lanzas envenenadas y allí lo tiramos para que muera ensartado en las lanzas.
Llegó aquél de caza otra vez, cargado de perdices y conejos. Lo llamaron a cenar y después de la cena le dijo el ojanco:
—Vamos a visitar ahora todos los patios y salas del castillo, que usted por andar todos los días cazando todavía no ha visto todo lo que hay en mi castillo.
El otro dijo que bueno y que irían a verlo todo.
Pero el ojanco había atado a los perros para que no fueran a ayudarle.
Fueron y anduvieron paseándose por todas las salas y todos los patios, cuando lo llevan al patio donde estaban las lanzas envenenadas y lo tiran abajo. Y al momento que cayó se fueron y lo dejaron allí sólo para que muriera. El ojanco le decía a la muchacha:
—Ahora sí que lo hemos matado. Y como los perros están atados ahora no lo podrán salvar.
Y estaban los dos muy contentos de ver que ya lo iban a quitar de en medio.
Pero los perros todo lo sabían y, cuando cayó su amo en el patio de las lanzas envenenadas, se pusieron rabiosos y rompieron sus cadenas y se fueron a buscar al amo. Pero como el ojanco había cerrado todas las puertas del castillo, no podían entrar a socorrerlo. Y anduvieron los perros quince días por encima de la tierra y quince días por debajo de la tierra, hasta que por fin encontraron al amo y lo sacaron del patio y se lo llevaron y lo lamieron y le curaron las heridas.
Llegó en presencia del ojanco y de su hermana con sus dos perros. El ojanco, como les tenía miedo a los perros, no se atrevió a decirle nada. Y le dijo el muchacho a su hermana:
—Ya habrás logrado tu gusto.
Y ella callada, sin decir palabra.
Y otra vez le decía:
—Ya habrás logrado tu gusto y estarás muy contenta con este ojanco malvado.
Y ella callada.
Entonces llamó a sus dos perros y les dijo:
—¡Quebrantahierros, Buenosaires, que la tajada más grande de mi hermana que pese una onza!
Y la despedazaron los dos perros en un momento.
Y entonces les dijo:
—¡Quebrantahierros, Buenosaires, si la tajada más grande de mi hermana pesa una onza, que la tajada más grande del ojanco no pese ni un adarme!
El ojanco ya se había escapado y se había metido en sus habitaciones subterráneas y había cerrado siete puertas de hierro. Pero los perros echaron a correr escaleras abajo y le daban un empujón a una puerta y otro empujón a otra, hasta que las tiraron abajo todas y dieron con el ojanco y lo despedazaron también.