País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

el ojáncano

Un día perdió una anjana un alfiletero que tenía cuatro alfileres con un brillante cada uno y tres agujas de plata con el ojo de oro.
El alfiletero se lo encontró una pobre que andaba pidiendo limosna de pueblo en pueblo, y no se atrevía a venderlo, por miedo a que creyeran que lo había robado. Esta pobre mujer vivía con un hijo suyo, y no tenía necesidad de pedir limosna, porque su hijo la mantenía, pero un día fue su hijo al monte y no volvió, porque lo había cogido un ojáncano.
Con su alfiletero en el bolsillo siguió pidiendo limosna y vio a una vieja que estaba cosiendo. Al pasar la pobre, se le rompió la aguja y dijo la vieja a la pobre.
—¿No llevará usted una aguja, por casualidad?
La pobre se quedó dudando un momento y le dijo:
—Pues mire usted, me acabo de encontrar un alfiletero que tienes tres, tome usted una.
Siguió la pobre su camino y pasó junto a una moza muy guapa que estaba cosiendo. Al pasar se le rompió la aguja y preguntó a la pobre si llevaba alguna aguja. La pobre le contó que se había encontrado un alfiletero y le dio una aguja.
Poco después pasó la pobre junto a una niña que estaba cosiendo y ocurrió lo mismo; a la niña se le partió la aguja, preguntó a la pobre si tenía alguna y la pobre le dio la tercera aguja.
A los pocos pasos, vio una muchacha sentada en el suelo mirándose una espina que se le había clavado en un pie y preguntó la muchacha a la pobre;
—¿Tendría usted por casualidad un alfiler, para sacarme una espina?
Y la pobre le dio uno de los alfileres.
Un poco más adelante encontró una chiquilla que estaba llorando con gran desconsuelo, porque se le había roto el delantal. La pobre le dijo que no llorara, y con los tres alfileres que le quedaban le sujetó el desgarrón que se había hecho. Y siguió andando con el alfiletero vacío.
Iba por un camino y se encontró con un río, pero que no había puente para atravesarlo. La pobre pensó en seguir la orilla del río, hasta ver si encontraba un puente, cuando oyó que el alfiletero hablaba como una persona y decía;
—Estrújame como si fuera un limón, a la orilla del río. Y siempre que quieras algo o que necesites ayuda, estrújame fuerte.
Conque la pobre estrujó el alfiletero y empezó a salir un madero gordo y ancho que alcanzaba la otra orilla del río.
Pasó la pobre el río y siguió caminando.
Llevaba cuatro o cinco horas de camino, sin llegar a ningún pueblo, ni encontrar casa viviente, y pensó: «Si el alfiletero me diera algo de comer… Voy a probar».
Estrujó el alfiletero y salió un pan tierno y caliente como recién salido del horno. Se lo comió sin parar de andar y a media tarde llegó a un pueblo.
En la primera casa que encontró, llamó para pedir limosna y salió una mujer llorando. En lugar de pedirle limosna, le preguntó por qué lloraba y la mujer dijo que el ojáncano que andaba por el monte le había robado su única hija.
—Pues no se apure usted, señora, que voy a ver si la encuentro.
Y la pobre sacó el alfiletero, lo estrujó y salió una corza muy bonita, con una mancha blanca en la frente. Echó a andar la corza y la pobre detrás, y así anduvieron hasta llegar a una peña, donde se paró la corza.
La pobre, que no sabía qué hacer, estrujó el alfiletero y salió un martillo. Dio un martillazo en la peña y apareció la cueva del ojáncano. Era una cueva dentro de las peñas, de modo que el suelo, las paredes y el techo eran todos de piedra. La cueva estaba muy oscura, pero la mancha blanca de la frente de la corza alumbraba como un farol. La corza y la pobre detrás llegaron hasta un rincón de la cueva y la pobre de pronto dio un grito de sorpresa y alegría, porque en aquel rincón había un muchacho dormido que era el hijo que el ojáncano le había robado hacía un año.
Despertó a su hijo, se abrazaron y besaron, lloraron de alegría, y salieron de la cueva, guiados por la corza, que los llevó a la casa donde habían visto a la mujer llorando.
La mujer, que ya no lloraba, era una anjana, que le dijo a la pobre:
—Quédate a vivir en esta casa, que yo te regalo. No consientas que tu hijo vuelva al monte. Vete al corral y estruja por última vez el alfiletero.
Se fueron la pobre y su hijo al corral. Estrujó el alfiletero y salieron cincuenta ovejas, cincuenta cabras y seis vacas.
Volvieron a la casa, y la corza y la anjana habían desaparecido.
Y este cuento se ha acabao, y como me lo contaron te lo he contao.