Una vieja tenía un rebaño de cabras en el monte guardadas por una perrita muy lista. Una tarde se fueron más arriba del sitio donde acostumbraban a pacer y la perrita les dio grandes voces:
—Abajo, cabrita, abajo,
que está el lobo en el atajo.
Y desde lo alto de la peña decía el lobo:
—Arriba, arriba, cabrita,
no hagáis caso de la perrita.
Ahí está la vallita oscura
y aquí tenéis la hierba madura.
Las cabras no hicieron caso de la perra y se fueron a pacer al sitio donde estaba el lobo. Éste, en cuanto las tuvo a su lado, comenzó a matarlas a todas y, cuando creyó que no quedaba ninguna con vida, se echó a descansar; pero en esto vio encaramada en una peña una cabra pinta y le dijo:
—Oye, cabrita, ven acá, no tengas miedo, no me tiene cuenta matarte; ¡ven!
Se acercó la cabra al lobo y éste le puso todos los cencerros de las cabras que había matado y le mandó que echara a andar para el pueblo meneando la cabeza sin cesar para que sonaran bien los cencerros. Al oír éstos la vieja, dijo para sí: «Ahí están las cabras, voy a ordeñarlas».
Cogió una jarra y al salir se le presentó el lobo vestido de hombre y dijo a la vieja:
—Dame esa jarra, yo ordeñaré las cabras; mientras tanto, espérame aquí, que en seguida vengo con la leche.
El lobo se fue a la cabaña, pero, como allí no había más cabras que la de los cencerros, cogió un cayado y con él le dio palos a un burro hasta que le hizo mear blanco; y cuando llenó la jarra, el lobo se la entregó a la vieja. Y dijo ella.
—Muy mal sabe esta leche.
—Es que hoy las cabras comieron mala hierba —dijo el lobo.
Se acostaron todos y, cuando amaneció, la vieja fue a la cabaña y, al encontrarse sin cabras, dijo, llorando:
—Este pícaro lobo me dejó en la miseria.
El lobo dormía a pierna suelta, la vieja lo metió en un saco, lo ató y fue a llamar a los vecinos para que la ayudaran a matarlo.
Mientras tanto despertó el lobo y por un agujero del saco vio que una gata pretendía alcanzar los chorizos que estaban curando al humo colgados sobre el hogar.
—Oye, gatita —dijo el lobo—, si me sacas de aquí, te subo donde están los chorizos.
La gata obedeció muy contenta, y el lobo la subió donde ella quería subirse. El lobo metió en el saco toda la vajilla de la vieja y se fue a un cerro cercano al pueblo, a ver en qué paraba aquello.
Llegaron los vecinos a casa de la vieja, empezaron a dar palos sobre el saco y decían oír el ruido de algo que se quebraba:
—Pobre lobo y sus costillas.
Y contestó el lobo desde lo alto del cerro:
—Pobres platos y escudillas.