Aquel día el lobo tenía más hambre que nunca. Cómo sería que se encontró a su comadre la zorra y le dice:
—Lo siento, amiga mía, pero tengo tanta hambre que me la voy a comer.
—Más despacio, compadre. ¿No se ha fijado usted que aquí no hay más que huesos y pellejos?
—Pues el año pasado bien gordita que estaba usted por estas fechas.
—Eso fue el año pasado. Pero éste, que tengo que criar cuatro zorritos, ya lo ve usted. Huesos y pellejos.
—De todas formas me la voy a comer, porque es que me caigo.
—Espere usted, señor lobo, espere. ¿Va usted a dejar sin madre a esas cuatro criaturas, habiendo tanta comida por ahí?
—¿Dónde hay tanta comida? —preguntó el lobo.
—Sin ir más lejos, en el pozo de la dehesa.
—Allí lo que hay es agua, y para eso cualquiera se acerca, ¡que el amo tiene más malas pulgas!
—Quita, hombre. El amo no quiere que se acerque nadie, porque allí es donde guarda los quesos.
—¿Qué me dice?
—Como lo oye. Si usted quiere, nos acercamos esta noche.
—Está bien. Pero que conste que si eso no es verdad…
—Vale, compadre, vale. Usted me come, y se acabó.
Bueno, pues fueron aquella noche los dos al pozo de la dehesa. Había una luna llena hermosísima, reflejándose en el agua, que parecía un queso. Dice la zorra:
—Asómese usted, compadre.
—Se asoma el lobo y dice:
—Yo no veo más que un queso.
Dice la zorra:
—Eso es porque están apilados y sólo se ve el de encima.
—Bueno, ¿y cómo se cogen? —preguntó el lobo. Y contesta la zorra:
—Muy fácil. Metiéndose dentro.
—¡Cómo! ¿Que hay que echarse al agua?
—No, hombre, no. Usted se mete en la cubeta y yo le voy dando soga despacito. Cuando llegue abajo, sin tocar el agua, coge usted los quesos que quiera, me avisa, tiro de la soga y lo saco.
—¡Ah, no! ¡Ni hablar! La que se mete en la cubeta es usted —dijo el lobo.
—Si a mí no me importa, compadre. Lo que usted diga.
Se metió la zorra en la cubeta y el lobo empezó a manejar la soga. Cuando ya estaba abajo, dice la zorra:
—¡Uf, compadre, vaya un queso grandón! ¡No puedo con él! ¡Venga usted a ayudarme!
—¿Y cómo me meto yo? —preguntó el lobo.
—¡Muy fácil! —gritó la zorra desde el fondo del pozo—. Métase usted en la otra cubeta y échese.
Así lo hizo el lobo. Pero como pesaba más que la zorra, mientras él bajaba de golpe, la zorra subía, hasta que llegó arriba y se salió. Ya estaba el lobo abajo y la zorra en el brocal. Y como la caída había sido tan brusca, el lobo fue a parar al agua, y allí se puso a chapotear y a gritar:
—¡Amiga zorra, que me ahogo! ¡Amiga zorra, que me ahogo!
Y le contesta la zorra:
—Tú sigue enturbiando el agua, que ya verás cuando venga el de las malas pulgas.