Esto era un gato muy bien enseñado que todos los días salía al monte a mear. En una de éstas lo cogió la zorra y le dice:
—¡Caramba, señor gato! ¡Ya tenía yo ganas de echarle el guante!
—¿Y eso por qué? —dijo el gato.
—Pues porque a falta de gallinas, buenos son gatos.
—No había oído yo nunca ese refrán —dijo el gato—. Pero te diré una cosa.
—Dila pronto, porque no aguanto más.
—Pero, hombre, ¿no ves lo flaco que estoy? Pálpame, pálpame, y verás que no hay más que huesos. Yo que tú esperaría algún tiempo, pues ahora se acerca la matanza… Ya sabes que soy un maestro en robar tajadas de carne, chorizos y mantecas. De manera que me pondré gordo y lustroso. Como todos los años, que da gloria verme.
—¡Mira, gatito, que me parece que me estás tomando el pelo!
—¡Cómo puedes decir tal cosa! —dijo el gato—. ¿Te he mentido yo alguna vez? Además, ya sabes que salgo a mear todos los días. Cuando te parezca bien, te acercas por mi casa y dices: «Mingo, ¿no sales a mear?».
—De acuerdo —dijo la zorra—. Pero después de la matanza, tú mismo vienes a buscarme, que te estaré esperando.
Soltó la zorra al gato, y éste se fue corriendo para su casa que parecía que lo llevaba el viento.
Pasó la matanza y varios días más, y si te vi no me acuerdo. La zorra se puso muy enfadada, y se acordó de lo que le había dicho el gato. Se fue para la casa, se aproximó a los tejados y gritó:
—¡Mingo! ¿No sales a mear?
Y el gato le contestó:
—Hoy no me toca, pero estoy convenciendo a mi amo para que te proporcione una buena caza y que te alimentes. Ven mañana sin falta.
Al día siguiente volvió la zorra a casa del gato, y grita otra vez:
—¡Mingo! ¿No sales a mear?
Y le contesta el gato:
—No, que mi amo me ha comprado un orinal.
No terminó de decirlo, cuando el amo soltó a los perros, que los tenía bien preparados. La zorra, viéndose en gran apuro, echó a correr hacia el monte y decía:
—Valedme, zancas, que en este mundo todo son trampas.