País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

el alma del cura

Erase un matrimonio que, después de mucho tiempo de casados, no tenía hijos. Una y otra vez le pedían a Dios que les concediera uno. Al fin tuvieron un hijo, pero nada más nacer le leyeron el sino y era que tenía que morir ahorcado a los veintiún años. El niño fue creciendo y los padres se ponían muy tristes cada vez que se acordaban de lo que había que pasar. Un día el hijo les preguntó que por qué estaban tan tristes y la madre se lo contó todo. Entonces él les dijo a sus padres:
—Pues, siendo así, me voy por esos mundos a correr aventuras.
—No, hijo mío, no te vayas. Que te ahorcarán y ni siquiera volveremos a verte.
Pero él insistió y la madre no tuvo más remedio que dejarlo ir. Antes le hizo prometer que oiría misa en todos los pueblos a los que llegara.
Y se fue el muchacho por el mundo adelante. Al primer pueblo que llegó preguntó:
—¿A qué hora es la primera misa?
Y a la hora que le dijeron allí estaba él como un clavo, a oír misa. Llegaba a otro pueblo y lo mismo. Y así por todas partes. En cierta ocasión, cuando preguntó, le dijeron:
—Pues, hombre. Aquí la primera misa es a las doce en punto de la noche. Pero no sabemos quién la dice, ni nadie se atreve a averiguarlo. Las campanas repican solas y eso es todo lo que sabemos.
Bueno, pues cogió el mozo y, ya cerca de las doce de la noche, se fue para la iglesia. Cuando iba de camino, sonaron las campanas y, al llegar, las puertas se abrieron solas. Entró y se arrodilló. De pronto vio que se levantaba una losa del suelo y salía un cura vestido para decir misa. Éste se fue hacia el altar y desde allí se volvió y le hizo señas al muchacho de que se acercara y le ayudara a decir misa. El muchacho obedeció y hasta le acompañó a la sacristía. Le ayudó a quitarse la casulla y entonces le habló el otro:
—Yo fui cura de este pueblo, hijo mío. Y al morir me fui derechito al purgatorio, y allí estaba penando porque una vez cobré una misa por un difunto y luego no me dio la gana de decirla. Dios me condenó a volver todos los días a este mundo a media noche, hasta que alguien fuera capaz de venir a ayudarme a decir aquella misa. Hoy tú has sido el valiente que me has ayudado, y yo por eso te ayudaré en todas tus necesidades.
El muchacho siguió su camino buscando aventuras. Ya le faltaba muy poco para que se cumpliera el plazo de su destino, cuando se le volvió a aparecer el alma del cura y le dijo:
—Mira, te doy este caballo y esta bolsa de dinero, pero vuélvete para tu casa y nada temas.
El muchacho cogió su caballo y su bolsa, pero no quiso volverse. Por el camino se encontró con unos ladrones que estaban haciendo cuentas de un robo. Y oyó que decían:
—A tanto tocas tú, a tanto tú y a tanto yo.
Como el muchacho apareció de repente con su caballo y era de noche, los ladrones se asustaron y salieron corriendo. Entonces él cogió todo el dinero y siguió su camino. Pero al poco rato le salieron los ladrones, diciendo:
—Ése es el que nos ha robado.
Y se le echaron encima, lo prendieron y le pusieron la soga al cuello. Lo dejaron colgando y se marcharon.
Pero en seguida llegó otra vez el alma del cura y le dio tiempo a bajarlo antes de que muriera. Le dijo:
—Mira, que hoy es el día que cumples los veintiún años y es la última vez que te puedo ayudar. Vete derechito a tu casa y no te pares.
Y así lo hizo el muchacho. Llegó a su casa y con todo el dinero que llevaba él y sus padres vivieron felices muchos años más.