Juan el tonto era un cabrero que vivía en el monte, sin ocuparse más que de sus chivos y de sus cabras. No había bajado al pueblo ni una sola vez. Cuando ya se hizo mozo, su madre le buscó novia y lo mandó al pueblo, diciéndole:
—Mira, hijo, vas a ir a casa del tío Juan a conocer a tu novia, y te voy a hacer unos calcetines nuevos de unas medias mías que ya están viejas. Pero esto que nadie lo sepa. Tú llegas y dices desde la puerta: «Ave María Purísima», y ellos te contestarán: «Sin pecado concebida». Y tú dices: «¿Se puede?», y ellos: «Adelante». Luego entras y dices: «Buenas noches tengan ustedes», y te dirán: «Buenas te las dé Dios. Siéntate». Entonces te sientas y contestas: «Me sentaré», pero te sientas en alto, no en el suelo.
Después de todas estas explicaciones, se fue Juan el tonto a casa de su novia. En cuanto llegó, y desde la misma puerta, soltó la retahila entera:
—Ave María Purísima, sin pecado concebida. ¿Se puede pasar? Adelante. Buenas noches tengan ustedes, buenas te las dé Dios. Siéntate. Me sentaré.
Y diciendo esto ya estaba dentro, y como su madre le había dicho que se sentara en lo alto y no en el suelo, pues pegó un salto y fue a sentarse en lo alto de la leñera. Entonces se le vieron los calcetines, y dijo:
—Dice mi madre que no se enteré nadie de que estos calcetines me los ha hecho de unas medias viejas.
Los otros no decían nada, de lo asombrados que estaban, y como la madre no le había enseñado al tonto cómo despedirse, pues cuando le pareció se bajó de la leñera y, como si dejara allí las cabras, hace:
—¡¡¡Rrrrix, chivíiiinasü!!!
Bueno, pues ya estaba Juan el tonto presentado a su novia. La madre, porque supiera algo de iglesia para cuando se fuera a casar, le dice otro día:
—Mira, Juan. Ve al pueblo y te entras donde veas mucha gente. Allí hay como un caldero con agua. Metes la mano y te santiguas.
Mi tonto, como no sabía dónde estaba la iglesia, se entró en una carnicería en la que había mucha gente. Vio un caldero con sangre y allí que metió la mano y empezó a santiguarse con mucho brío, salpicando a todos los que estaban allí. Lo echaron a la calle y se volvió a su casa. Cuando la madre lo vio, todo lleno de sangre, dice:
—¡Pero, hijo, cómo vienes así! Anda, que yo te voy a enseñar dónde está la iglesia. Pero allí no hagas nada más que lo que tú veas hacer.
Lo llevó y lo puso de rodillas detrás de una mujer. En aquel momento estaban alzando y todo el mundo estaba de rodillas. Cuando Juan el tonto vio al monaguillo levantando la casulla del señor cura, no se le ocurrió más que hacer lo mismo y se puso a levantarle las faldas a la mujer que tenía delante. La otra se revolvió y le pegó un par de bofetás, que todo el mundo se fijó y empezaron a reírse.
Por fin llegó el día de la boda. La madre le dijo:
—Esta noche no se te ocurra dormir en el suelo. Tienes que dormir en alto.
Y así lo hizo el pobre Juan, pero bien alto, porque fue en una viga del dormitorio. Allí se subió y allí pasó toda la noche, y la mujer abajo esperando. Al día siguiente se fueron a vivir a la majada, que era donde Juan el tonto se encontraba a sus anchas.
Un día la mujer lo mandó a comprar un guarro, y le entregó diez duros. Le dice:
—Mira, Juan. Los guarros están a ocho duros, pero tú llevas diez. Así que ten cuidao.
Juan se montó en su burra muy contento y llegó a una cerca, donde había un hombre que vendía guarros.
—¿A cuánto vende usted los guarros? —le preguntó.
—A ocho duros.
—¡Coñi! ¡Pues yo tengo diez! Si quieres por diez duros, vale. Si no, me voy a otro sitio.
—Está bien, hombre —dijo el otro, aprovechándose—: te lo dejo en diez.
Y para divertirse un poco del tonto, le dice:
—Mira, Juan, este guarro que te vas a llevar sabe ir sólo a tu majada. Así que lo echas por delante de la burra, que ya verás cómo llega.
Y Juan el tonto así lo hizo. Le dice al guarro:
—Anda pa casa, que ya verás la María lo contenta que se pone cuando te vea entrar.
El guarro, como es lógico, echó a correr y no se le ha vuelto a ver el pelo, mientras Juan iba en su burra tan tranquilo. Cuando llega a su casa, le dice a su mujer:
—¡María! ¿Te ha gustado el guarro?
—¿Qué guarro?
—Pues el que te he mandado desde la cerca.
—¡Ay, que este hombre me va a matar! ¿Pero cómo se te ocurre hacer eso? Tenías que haberlo amarrado a la burra, ¡so tonto, que eres tonto!
A los pocos días lo mandó otra vez al pueblo a comprar una caldera de cobre para hacer jabón. Él, como siempre, se fue montado en su burra tan contento; llegó al pueblo, compró la caldera y, para que no le pasara como con el guarro, cogió y la ató a la burra. Así, arrastrándola por todo el camino, llevó la caldera, haciendo «¡dolón, dolón, dolón, dolón!». Claro, cuando llegó a la majada no quedaba más que el asa.
—¡Tonto, más que tonto! ¿Cómo se te ocurre hacer eso? ¡En vez de traerla en la cabeza! ¡Este hombre me va a matar!
Pasó el tiempo y ya hacía mucho calor. Era en pleno mes de agosto, cuando le dice al tonto la María:
—Anda, Juan, que vas a ir al pueblo por una arroba de pez, que hace falta. Y ten cuidado con lo que haces.
Montó Juan otra vez en su burra y fue para el pueblo. Se acordó de lo que había pasado la vez anterior, y fue y se puso en la cabeza la arroba de pez. Claro, como hacía tanto calor, se fue derritiendo la brea por el camino y fue cayéndole por la cara y por todo el cuerpo al tonto, que le decía a su burra:
—Anda, que como tú no sepas el camino, porque lo que es yo no veo ni por dónde voy.
El animal, con la querencia, lo llevó a la majada. Y, en llegando, grita Juan:
—¡María, sal a despegarme de la burra! ¡Ahora no dirás que no lo he hecho bien!
La María salió y se llevó las manos a la cabeza. Tuvo que llamar a otros pastores para que despegaran a Juan de la albarda, y mientras le decía:
—¡Tonto, más que tonto! ¡En vez de remojar la pez de cuando en cuando! ¡Cómo se te ocurre hacer eso!
Bueno, pues ya pasaron otros cuantos de meses y llegó el tiempo de la matanza. Dice María:
—Anda, Juan, que tienes que ir al pueblo por un saco de sal. Pero ten cuidado con lo que haces.
Juan se fue al pueblo, compró su sal y a cada charco que veía se apeaba de la burra y mojaba la sal. Veía una fuente, y lo mismo. Así que, al llegar a la majada, no le quedaba más que el saco.
María se propuso no mandarlo más a ningún sitio. Pero llegó el verano y, después de la cosecha, pensó que no pasaría nada si lo mandaba a moler un poco de trigo. Le explicó muy bien lo que tenía que hacer:
—Mira, Juan, te llevas media fanega de trigo al molino. Pero dices que no te muelan más que un celemín. ¿Te acordarás? De media, un celemín. Anda, repítelo, y no dejes de repetirlo por todo el camino. Y no digas más que eso, ¿estamos?
—Sí, sí. De media, un celemín. De media, un celemín. De media, un celemín.
Así iba diciendo Juan por todo el camino. Entonces se encontró con un hombre que estaba sembrando una media de trigo, y que le dice:
—¡Buenos días, amigo!
Y Juan, como su mujer le había dicho que no dijera más que aquello, contesta:
—¡De media, un celemín! ¡De media, un celemín!
El hombre que se enfada y le contesta:
—¿Tú, qué dices? ¿Que de la media fanega que estoy sembrando salga sólo un celemín? Pues te vas a enterar.
Se fue para él y le pegó una paliza. Y el pobre Juan le pregunta:
—¿Y cómo quiere usted que diga?
—Pues tienes que decir: «Que salga todo, que salga todo».
Juan siguió su camino, diciendo: «Que salga todo, que salga todo, que salga todo». A esto se encontró con un hombre que llevaba un pellejo de aceite que se le iba derramando por el camino, y le dice:
—¡Que salga todo, que salga todo!
El hombre se fijó en lo que le pasaba, y dice:
—¡Ah, sí! ¡Pues toma! —y le pegó otra paliza a Juan.
—¿Y cómo tengo que decir? —le preguntó.
—Pues tienes que decir: «Que no salga ninguno, que no salga ninguno».
Un poco más adelante había tres hombres bañándose en un río, y va Juan y les dice:
—¡Que no salga ninguno, que no salga ninguno!
Y entonces van aquéllos y salen del agua. Le pegan una paliza a Juan, diciéndole:
—¡Conque querías que nos ahogáramos! ¡Pues toma y toma!
Y además de la paliza le robaron el costal con la media de trigo y lo mandaron a su casa. Cuando su mujer lo vio llegar tan magullado y sin harina, le dice:
—¡Anda, que no sirves para nada! ¡Desde mañana sólo harás una cosa en el día y exactamente lo que yo te diga, y sin decir ni pío!
Pues va al día siguiente y le dice:
—Juan, móntate en la burra y ve a cortar leña. ¡Y sin chistar!
Juan se fue para la cuadra. Y pasó el día. Llegó la noche y dice la mujer: «¡Qué raro que Juan no vuelve de cortar leña!».
Fue a echar un vistazo a la cuadra y allí se encuentra al pobre Juan montado en la burra, desde por la mañana. Por una vez había hecho exactamente lo que ella le había mandado. Pero como le había mandado dos cosas, montarse en la burra y cortar leña, sólo había hecho la primera. ¡Y sin decir ni pío!