Vivía una mujer viuda con una hija que tenía. Y un día le dijo la madre:
—Mira, hija. Ve a la carnicería y traes una asadura, que no podemos comer carne, porque somos muy pobres.
La chica se marchó y se encontró a unas amigas que estaban jugando a la cuerda. Se puso a jugar con ellas y perdió el dinero que su madre le había dado. Entonces la chica estaba muy apurada, sin saber qué hacer. Y de repente se acordó de que hacía poco que se había muerto una mujer, y entonces fue al cementerio y le sacó la asadura y la llevó a su casa.
Su madre, como no sabía nada, puso la asadura para cenar. Cenaron y se fueron a la cama tan tranquilas. Pero a la media noche sintieron voces, prestaron atención, y era la mujer muerta, que decía:
—¡María, ía, ía, dame la asadura
que me quitaste de mi sepultura!
Y la chica decía:
—¡Ay, madre! ¿Quién será?
Y la madre le decía:
—¡Calla, hija, que ya se irá!
Pero la muerta entonces decía:
—¡No me voy, no,
que abriendo la puerta estoy…!
¡María, ía, ía, dame la asadura
que me quitaste de mi sepultura!
—¡Ay, madre! ¿Quién será? —decía la chica.
Y la madre le decía:
—¡Calla, hija, que ya se irá!
Pero la muerta entonces decía:
—¡No me voy, no,
que subiendo la escalera estoy…!
¡María, ía, ía, dame la asadura
que me quitaste de mi sepultura!
Y la chica decía otra vez:
—¡Ay, madre! ¿Quién será?
—¡Calla, hija, que ya se irá! —decía la madre.
—¡No me voy, no,
que entrando en la sala estoy…!
¡María, ía, ía, dame la asadura
que me quitaste de mi sepultura!
—¡Ay, madre! ¿Quién será?
—¡Calla, hija, que ya se irá!
—¡No me voy no,
que entrando en la alcoba estoy…!
¡María, ía, ía, dame la asadura
que me quitaste de mi sepultura!
—¡Ay, madre! ¿Quién será?
—¡Calla, hija, que ya se irá!
—¡No me voy, no!
que acercándome a la cama estoy…
¡María, ía, ía, dame la asadura
que me quitaste de mi sepultura!
—¡Ay, madre! ¿Quién será? —¡Calla, hija, que ya se irá!
—¡No me voy, no,
que agarrándote de los pelos estoy!