libros ilustrados
Al verlo en la pantalla lo reconocí al instante. Era el mismo disfraz que usó durante años mi padre en todas las fiestas de cumpleaños de la familia. Siete u ocho veces al año se embutía en el mismo disfraz: ya fuera el cumpleaños de uno de mis primos, en los de mis hermanos o en el mío. Nos sorprendió la primera vez que lo vimos: fue en el cumpleaños de Alfredo. El resto de las veces resultó apenas entrañable. Todos pensábamos que repetía el gesto una y otra vez porque creía que nos sorprendía siempre. Pero eso es imposible, lo pienso ahora y sé que es imposible. Nadie repite disfraz una y otra vez y cree que es sorprendente. Era muy tierno, eso sí. Si me pongo a buscar en los álbumes de fotos de la familia aparece disfrazado de Winnie The Pooh cumpleaños tras cumpleaños. Mis hermanos y yo no teníamos padre, bromeaban nuestros primos, teníamos a Winnie. Debieron ser cinco años repitiendo el disfraz, hasta que cumplí los diez. Por eso lo reconocí al instante en aquel vídeo de Internet. No lo había vuelto a ver desde entonces: amarillo y con su camisa roja. Ocupando toda la pantalla. Hasta que se bajaba los pantalones y se le veía allí, sin ropa interior, untándose todo con miel de cara a la cámara. Entonces aparecía en el plano Minnie, la novia de Mickey. Se acercaba a él y comenzaba a masturbarlo. Luego se arrodillaba y se metía todo en la boca de peluche. Era absurdo. Unas fiestas de cumpleaños desmadradas. Pensé en llamar a mis primos o mandarles un correo electrónico con un enlace al vídeo. Estaba seguro de que les haría tanta gracia como a mí ver de nuevo al oso de cada cumpleaños corriéndose en la boca de Minnie. Me reí mucho. Y lo olvidé. No llegué a comentarlo con nadie. Desde luego con nadie de la familia, como mucho en el trabajo, una broma a la hora del café y lo olvidé.
No me acordé de aquéllo hasta que llegó el cumpleaños de mi hijo. Le regalaron mil cosas. Todas inútiles. Entre la montaña de regalos que se había amontonado en un sillón había varios libros. Todos ilustrados. Y entre ellos uno de Winnie The Pooh. No tenía los dibujos de Disney, los que todos tenemos en la memoria: el oso amarillo con la camiseta roja. Estos eran los dibujos originales de un tal E.H. Shepard. Preciosos. Mi mujer me explicó que era un regalo de mi padre; bueno, para ser exactos su esposa. Mi madre había muerto hacía diez años y mi padre se había vuelto a casar con una compañera de la oficina hacía tres o cuatro. Es muy maja. A todos nos pareció bien: se les ve felices. Les pregunté cómo se les había ocurrido ese regalo. Según mi padre la elección había sido de ella, le había contado lo del disfraz y ella decidió que mi hijo tenía también derecho a su Winnie en los cumpleaños. Nos reímos mucho de la ocurrencia. Le pregunté por el disfraz, qué había sido de él, si lo conservaba. Me dijo que no, mi madre lo tiró en su día porque apestaba. Nadie lo limpiaba de un cumpleaños a otro. Los refrescos y restos de comida en el exterior y el sudor del interior lo habían transformado en algo asqueroso, así que lo tiraron. Qué pena, dije. Sí, me respondió mi padre. Devolví el libro al montón de regalos y prometí traerle una cerveza. No recuerdo qué pasó, posiblemente algún niño en el suelo, una herida o una pelea, y me olvidé completamente de la bebida y del disfraz.
Hasta que lo encontré en el trastero de la casa de mi padre. Amarillo y con la camiseta roja. Como en mi infancia, como en el vídeo que encontré en Internet. Estaba mal doblado en una de las estanterías llenas de cosas viejas. Lo extendí sobre unas cajas y comprobé que era el disfraz. ¿Por qué me había mentido mi padre? Quizá mi madre le dijo que iba a tirarlo y nunca lo hizo. Me olvidé por completo de los juguetes que buscaba allí. Lo de menos era rescatar esos juguetes de mi infancia que tan bien le vendrían a mi hijo. Era algo mucho mejor: allí tenía mi infancia, la de mis hermanos y la de mis primos. Recordé lo que me contó mi padre sobre la peste del disfraz, pero no se veían muchas manchas. Olfateé un poco el interior de la cabeza, pero no olía especialmente mal. Quizás el tiempo hace que la suciedad desaparezca, me dije. Decidí dejarme llevar por la curiosidad y me puse el disfraz. El calor era asfixiante, pero no se estaba mal. Me quité la parte de abajo del disfraz porque me estaba cociendo con los vaqueros. Se me apareció de nuevo el vídeo olvidado. Era gracioso imaginarse haciéndolo con el disfraz. Quizás a mi mujer le haría gracia la idea. Podía llevármelo con la excusa de usarlo en el próximo cumpleaños y tal vez pudiéramos improvisar algo los dos solos. Pero no, hacía demasiado calor. Era más divertido que excitante todo aquello. Así que volví a dejarlo todo como lo había encontrado.
Al verme entrar en el salón de la casa de mi padre mi mujer me regañó porque estaba sudando a mares. Es verdad, dijo mi padre, podías haberme pedido ayuda, date una ducha, anda. No me apetecía nada. Andar duchándome en casa ajena, aunque fuera la misma en la que me había criado. Da igual, además, de qué sirve lavarse si te vas a poner de nuevo una camisa sudada. Te presto yo una, hijo. Cedí y me acerqué con mi padre a su dormitorio para elegir una camisa antes de ducharme. Y la descubrí allí. En un altillo del armario, sobre las camisas, la cabeza de Minnie Mouse. Me quedé mirándola, tras la cabeza de mi padre, que me ofrecía una camisa. ¿La roja? Sí, le dije que la roja estaba bien. ¿Qué iba a decirle?