País Relato - Autores

anne mccaffrey

la nave que cantaba

Al nacer era un objeto, y como tal sería condenada si no salía bien el electroencefalograma que se les practicaba a todos los recién nacidos. Siempre quedaba la posibilidad de que, aunque los miembros estuvieran torcidos, la mente no lo estuviera, y aunque los oídos apenas oyeran y los ojos sólo vieran vagamente, la mente que había detrás fuera receptiva y alerta.
El electroencefalograma fue totalmente favorable, cosa que no se esperaba, y comunicaron la noticia a los afligidos padres. Quedaba la dura decisión final: practicar la eutanasia, o permitir que la niña se convirtiese en un «cerebro» encapsulado, un mecanismo de guía en una de las profesiones de una serie muy curiosa. De ese modo su retoño no sufriría, llevaría una existencia cómoda en una cápsula de metal durante varios siglos, realizando un servicio poco común para Mundos Centrales.
La niña vivió y le pusieron un hombre: Helva. Durante sus tres primeros meses vegetales agitaba sus garras de cangrejo, pateaba débilmente con sus pies chuecos y disfrutaba de la rutina habitual del bebé. No estaba sola, porque había tres niños más como ella en la nursery especial de la gran ciudad. Pronto los trasladaron a todos a la Central Laboratory School, donde iniciaron su delicada transformación.
Uno de los niños murió en la transferencia inicial, pero de la «clase» de Helva, diecisiete se adaptaron bien a las cápsulas de metal. En lugar de hacer dar pataditas a sus pies, las respuestas neurológicas de Helva accionaban ruedas; en lugar de tomar objetos con las manos, manipulaba extensiones mecánicas. A medida que maduraba, era necesario adaptar cada vez más sinapsis neuronales para accionar otros mecanismos que participaban en el mantenimiento y el funcionamiento de una nave espacial. Porque Helva estaba destinada a ser la mitad «cerebral» de una nave pionera, junto con un hombre o una mujer, lo que ella eligiera, que sería la parte móvil. Pertenecería a la elite de su clase. Sus primeros tests de inteligencia daban resultados por encima de lo normal y su índice de adaptación era excepcionalmente alto. Siempre que su desarrollo dentro de su cápsula respondiera a las expectativas, y no hubiera efectos laterales por las modificaciones pituitarias, Helva viviría una vida gratificante, rica y poco común, a años luz de la que hubiera enfrentado como un ser humano común, «normal».
Pero ningún diagrama de las modalidades de su cerebro, ninguno de los tests de cociente intelectual que le tomaron al principio, registró ciertos hechos esenciales en Helva, de los que más tarde se enteraría Centrales. Tendrían que esperar el momento oportuno y ver, confiando en que las dosis masivas de psicología-de-la-cápsula fueran suficientes, también, como apoyo necesario contra el exceso de confinamiento y las presiones de su profesión. Una nave conducida por un cerebro humano no podía desquiciarse o volverse loca con el poder y los recursos que debía crear Centrales en sus naves scout. Hacía mucho, por supuesto, que las naves con cerebro habían dejado atrás la etapa experimental. La mayoría de los bebés sobrevivían a las técnicas perfeccionadas de manipulación de la pituitaria que mantenía sus cuerpos pequeños, eliminando la necesidad de traspasarlos de cápsulas más chicas a otras más grandes. Y muy muy pocos se perdían cuando se realizaba la conexión final a los paneles de control o al monopolio industrial. La «gente de cápsula» se parecía a los enanos maduros en tamaño, cualesquiera fuesen sus deformaciones congénitas, pero el cerebro bien orientado superaba al cuerpo mejor formado del universo.
De modo que durante años felices Helva rodó en su cápsula con sus compañeros de clase, jugando, estudiando sus lecciones de trayectoria, técnicas de propulsión, computación, lógica, higiene mental, derecho, tránsito, códigos, psicología básica del extraterrestre, filología, historia espacial: todos los «etcéteras» que eventualmente se combinaban en un ciudadano racional, lógico y bien informado. Aunque para ella no era tan obvio, pero sí de mayor importancia para sus profesores, Helva ingería los preceptos de su funcionamiento con tanta facilidad como absorbía su líquido nutriente. Algún día se sentiría agradecida por el paciente zumbido de la instrucción a nivel subconsciente.
En la civilización de Helva no faltaban activas asociaciones de bien público que exploraban posibles conductas inhumanas contra ciudadanos terrestres y extraterrestres. Una de esas sociedades —Sociedad para la Preservación de los Derechos de las Minorías Inteligentes— se enfureció ante la práctica de los «niños encapsulados» cuando Helva acababa de cumplir los catorce años. Cuando se vio obligado, Mundos Centrales se encogió de hombros, organizó una visita a la Escuela-Laboratorio y la inició mostrando historias de los niños, completas, con fotos. Muy pocas comisiones miraron más que las primeras fotos. La mayoría de sus objeciones originales a las cápsulas se diluyeron debido a su alivio al ver que esos cuerpos horribles estaban piadosamente ocultos.
En la clase de Helva se estudiaban bellas artes, una materia selectiva en el abultado programa. Helva había activado una de sus microscópicas herramientas que más tarde usaría para reparaciones diminutas de diversas partes de su panel de controles. Su tema era grande —una copia de La última cena— y su tela pequeña, como la cabeza de un tornillo diminuto. Había ajustado su visión en el grado necesario. Mientras trabajaba canturreaba distraídamente, reproduciendo un sonido curioso. La gente de cápsula usaba sus propias cuerdas vocales y diafragmas, pero el Sonido salía de los micrófonos más bien que de las bocas; el canto apagado de Helva tenía, por lo tanto, una curiosa vibración, una cualidad cálida y dulce a pesar de su improvisado paseo cromático.
—Pero, qué hermosa voz tienes —dijo una visitante.
Helva «levantó la mirada» y captó un fascinante panorama de cráteres sucios que aparecían en una superficie rosada, escamosa. Su canto se convirtió en una exclamación de sorpresa. Instintivamente reguló su «vista» hasta que los cráteres desaparecieron de la piel y los poros asumieron proporciones normales.
—Sí, tenemos varios años de entrenamiento de la voz, señora —comentó tranquilamente Helva—. Las peculiaridades vocales a menudo se vuelven muy irritantes durante las distancias interestelares prolongadas, y hay que eliminarlas. Me gustaron las lecciones.
Aunque era la primera vez que Helva veía gente no encapsulada, tomó la experiencia con calma. Cualquier otra reacción habría sido inmediatamente comunicada.
—Quise decir que tienes muy linda voz para cantar… querida —dijo la señora.
—Gracias. ¿Quiere ver mi trabajo? —preguntó Helva cortésmente. Se apartaba instintivamente de las conversaciones sobre su persona, pero registró el comentario para pensarlo después.
—¿Trabajo? —preguntó la señora.
—En este momento estoy reproduciendo La última cena en la cabeza de un tornillo.
—Oh, caramba —respondió la señora.
Helva ajustó su mirada para la ampliación y contempló críticamente su copia.
—Por supuesto algunos de mis valores en color no coinciden con los del viejo maestro y la perspectiva es defectuosa, pero creo que es una buena copia.
Los ojos de la señora, que no se convertían en lupas, se desorbitaron.
—Ah, me olvidaba. —La voz de Helva expresaba una real preocupación. Si hubiera podido sonrojarse, lo habría hecho—. Olvidaba que ustedes no tienen visión ajustable.
El monitor de ese discurso sonrió con orgullo, divertido, mientras el tono de Helva indicaba pena por los desdichados.
—Mire, con esto verá mejor —dijo Helva, haciendo surgir una lupa de una de sus extensiones y sosteniéndola sobre el cuadro.
Con una especie de shock, las damas y caballeros de la comisión se inclinaron para observar La última cena increíblemente copiada y brillantemente ejecutada en la cabeza de un tornillo.
—Bien —comentó un caballero a quien su esposa había obligado a acompañarla—, el buen Dios puede comer donde los ángeles no se atreven a pisar.
—¿Se refiere usted, señor —preguntó cortésmente Helva—, a las discusiones del Oscurantismo sobre el número de ángeles que podían pararse en la cabeza de un alfiler?
—En eso pensaba.
—Si reemplaza «ángel» por «átomo», el problema no es insoluble, considerando el contenido metálico del alfiler en cuestión.
—¿Qué, tú estás programada para computar?
—Por supuesto.
—¿Recordaron también programarte sentido del humor, jovencita?
—Nos orientan a desarrollar un sentido de la proporción, señor, que hace el mismo efecto.
El buen señor hizo un ruidito de aprobación y decidió que valía la pena haber venido.
La comisión de investigación necesitó meses para digerir la cuidadosa comida servida para ellos en la Escuela-Laboratorio, pero a Helva también le quedó su ración.
Lo de «cantar» aplicable a ella requería investigación. Por supuesto le habían dado —y lo disfrutó mucho— un curso de apreciación musical que incluía las obras clásicas más conocidas, tales como Tristán e Isolda, Cándida, Oklahoma y Nozze di Figaro, junto con los cantantes de la era atómica, Birgit Nilsson, Bob Dylan y Geraldine Todd, y también las más curiosas progresiones rítmicas de los Venusinos, la cromática visual Capellan, los conciertos sónicos de los cantantes Altairian y Reticulan. Pero «cantar», para cualquier persona encapsulada, presentaba considerables dificultades técnicas. A las personas de cápsula se las preparaba para que examinaran cada aspecto de un problema o situación antes de hacer un pronóstico. Adecuadamente equilibradas entre el optimismo y el sentido práctico, la actitud de no dejarse vencer de las personas de cápsula los llevaba a mantenerse apartados, ellos mismos, sus naves y su personal, de las situaciones extrañas. Por lo tanto a Helva no le molestaba el problema de no poder abrir la boca para cantar, entre otras restricciones. Elaboraría un método, sorteando sus limitaciones, por el cual poder cantar.
Enfocó el problema investigando los métodos de reproducción del sonido a través de los siglos, humano e instrumental. Su propio equipo de producción sonora era esencialmente más instrumental que vocal. El control de la respiración y la enunciación correcta de los sonidos vocales dentro de la cavidad oral era lo que aparentemente requería más desarrollo y práctica. Las personas de cápsula, en sentido estricto, no respiraban. El oxígeno y otros gases que necesitaban no se tomaban de la atmósfera circundante a través del medio pulmonar, sino que se mantenía artificialmente por solución dentro de las cápsulas. Después de alguna experimentación, Helva descubrió que podía manipular su unidad diafragmática para sostener el tono. Relajando los músculos de la garganta y expandiendo la cavidad oral hasta los senos frontales, podía dirigir los sonidos vocales a la posición más adecuada para una buena reproducción a través del micrófono que tenía en la garganta. Comparó los resultados con grabaciones en cinta de cantantes modernos y no quedó descontenta, aunque sus propias cintas tenían una cualidad particular, que no es que no fuera armoniosa, sino que era única. Adquirir un repertorio de la biblioteca del laboratorio no era problema para alguien entrenado en memorizar a la perfección. Descubrió que podía cantar cualquier papel y cualquier canción que se le ocurriera. No habría pensado que era curioso que una mujer cantara la voz de bajo, de barítono, de tenor, de mezzosoprano, y coloratura si se le ocurría. Para Helva sólo se trataba de la correcta reproducción y el control diafragmático requerido por la música que interpretaba.
Si las autoridades comentaron la extraña actividad extracurricular de Helva lo hicieron entre ellas. A las personas de cápsula se las estimulaba para que tuvieran un pasatiempo siempre que conservaran el buen rendimiento en su trabajo técnico.
Al cumplir dieciséis años Helva recibió su título sin el menor inconveniente y fue instalada en su nave, la XH-834. Su cápsula permanente de titanio se colocó detrás de una barrera aún más indestructible en el eje central de la nave scout. Se hicieron y se sellaron las conexiones neurológicas, auditivas, visuales y sensoriales. Sus extensibles se desviaron, se conectaron o se aumentaron, y las últimas, delicadísimas conexiones cerebrales se completaron mientras Helva, con anestesia total, ignoraba el procedimiento. Cuando despertó, ella era la nave. Su cerebro y su inteligencia controlaban todas las funciones, desde la navegación hasta la carga de una nave scout de su clase. Podía cuidarse sola y cuidar a su mitad ambulatoria, en cualquier situación ya registrada en los anales de Mundos Centrales y en cualquier situación que sus mentes más fértiles podían imaginar.
Su primer vuelo real, porque ella y los de su clase habían hecho simulacros de vuelo en paneles de utilería desde que tenían ocho años, reveló que dominaba a la perfección las técnicas de su profesión. Estaba preparada para las grandes aventuras y la llegada de su compañero móvil.
Había nueve scouts calificados reunidos, cobrando sus haberes en la base, el día en que Helva se presentó para el trabajo activo. Había varias misiones que exigían atención al instante, pero Helva había interesado a varios jefes de departamento en Centrales desde hacía tiempo, y cada jefe de sección estaba decidido a obtenerla para su sección. Nadie había recordado presentar a Helva a los posibles compañeros. La nave siempre elegía a su propio compañero. Si en ese momento hubiera habido otra nave «con cerebro» en la base, habrían indicado a Helva que fuera la primera en actuar. Pero mientras en Centrales se peleaban entre ellos, Robert Tanner salió sigilosamente del pabellón de los pilotos, se encaminó hacia la pista y llegó al casco de metal de Helva.
—¡Buenas! ¿Hay alguien en la casa? —dijo Tanner.
—Claro —replicó Helva, activando sus detectores externos—. ¿Eres mi socio? —preguntó esperanzada, al reconocer el uniforme del servicio de scouts.
—No tienes más que preguntar —respondió él con tono ansioso.
—No ha venido nadie. Pensé que tal vez no habría compañeros disponibles y no he recibido indicaciones de Centrales.
Hasta Helva misma se dio cuenta de que su tono era el de alguien que se tiene lástima, pero la verdad era que se sentía sola, posada en la pista oscurecida. Siempre había estado en compañía de otras cápsulas y, más recientemente, de numerosos técnicos.
La repentina soledad había perdido su momentáneo encanto y se había vuelto opresiva.
—Que no haya directivos de Centrales no es motivo para lamentarse, pero sucede que hay otros ocho que darían cualquier cosa por recibir una invitación de abordarte, hermosa.
Tanner estaba en la cabina central cuando dijo eso, pasando un dedo admirativamente por el panel, la silla de gravedad del scout, asomando la cabeza en la de la cabina, la cocina, la parte del frente, los compartimientos de almacenamiento a presión.
—Bien, si quieres embromar a los de Centrales y hacernos un favor a nosotros al mismo tiempo, llama al cuartel y hagamos una fiesta para alegrar el ambiente en la nave y elegir compañero. ¿Qué te parece?
Helva se rió para sus adentros. El era tan totalmente diferente de los ocasionales visitantes o los diversos técnicos del laboratorio que había conocido. Era tan alegre, tan aplomado, y le encantaba su sugerencia de hacer una fiesta para elegir compañero. Por supuesto no había nada en contra, tal como ella entendía el reglamento.
—Cencom, habla XH-834. Comuníquenme con el cuartel de pilotos.
—¿Visual?
—Por favor.
Apareció en la pantalla la imagen de varios hombres inactivos en diversas actitudes de aburrimiento.
—Habla el XH-834. ¿Los scouts sin destino serían tan amables de venir a bordo?
Ocho figuras se pusieron en acción, recogiendo prendas del equipo que se pondrían, desconectando mecanismos de cinta, arrojando a un lado sábanas y toallas.
Helva cortó la conexión mientras Tanner soltaba una risita de alegría y se preparaba a esperar la llegada de los hombres.
Helva estaba sumergida en un aleteo de anticipación poco propio de una cápsula. Ninguna actriz en la noche del estreno se habría sentido más asustada y ansiosa. A diferencia de la actriz, no podía hacer una escena de histeria, romper platos o arrojar al aire objetos artísticos o tarros de pintura para aliviar su tensión. Por supuesto podía buscar comestibles y bebidas en sus despensas, cosa que hizo, ofreciendo a Tanner un trago de la selección intacta de su comedor. A los scouts se los llamaba «músculos» en oposición a los «cerebros» de la nave. Tenían que someterse a un programa de entrenamiento, lo mismo que los cerebros y sólo el uno por ciento de los mejores graduados de las escuelas de todo el mundo ingresaba en el Programa de Entrenamiento para Scouts de Mundos Centrales. Por lo tanto los ocho jóvenes que pasaron la barrera al hospitalario reducto de Helva eran notablemente apuestos, inteligentes, bien coordinados y adaptados, y se alegraban de tener una velada con copas, si Helva lo permitía, y todos estaban dispuestos a hacerles una zancadilla a los demás para obtener la posesión de la nave.
Semejante invasión humana dejó sin aliento a Helva, un lujo que disfrutó profundamente durante el breve tiempo que se lo permitió.
Observó a los jóvenes uno por uno. El oportunismo de Tanner la divertía pero no la atraía específicamente; el rubio Nordsen parecía demasiado simple; Al-atpay, con sus cabellos oscuros tenía una especie de obstinación que a Helva no le gustaba: la amargura de Mir-Ahnin insinuaba una oscuridad interior que ella no quería iluminar, aunque él se esforzó enormemente por llamar la atención de Helva. Cortejar a Helva era algo curioso… éste sólo seria para ella el primero de muchos matrimonios, porque los «músculos» se retiraban después de setenta y cinco años de servicio, o antes si tenían problemas. Los cerebros, con sus cuerpos a salvo del deterioro, eran indestructibles. En teoría, una vez que una persona de cápsula había pagado la gran deuda de los primeros cuidados, la adaptación quirúrgica y los gastos de mantenimiento, era libre de buscar trabajo en otra parte. En la práctica, las personas de cápsula permanecían en servicio hasta que elegían autodestruirse o morían durante el cumplimiento de sus deberes. Helva había hablado con una persona de cápsula de trescientos veintidós años de edad. Le impresionó tanto el contacto, que no se atrevió a hacer las preguntas personales que deseaba hacer.
Su elección de un «músculo» no se resolvió hasta que Tanner se puso a cantar una canción de scouts, que relataba las desventuras del audaz, tonto y dolorosamente inepto Billy Músculo. Alguien intentó cantar la segunda voz, pero resultó cacofónico, y Tanner agitó los brazos locamente pidiendo silencio.
—Lo que necesitamos es un tenor muy bueno para dirigir. Jennan, ¿de qué cuerda eres?
—Sostenido —replicó Jennan con rápido humor.
—Si es absolutamente necesario un tenor, lo intentaré —se ofreció Helva.
—Pero, mujer… —protestó Tanner.
—A ver ése la —rió Jennan.
En el asombrado silencio que siguió al rico, claro y agudo la, Jennan comentó en voz baja:
Caruso habría dado el resto de sus notas por cantar ése la.
No les llevó mucho tiempo descubrir la extensión completa de Helva.
—Tanner sólo pidió un excelente tenor capo da voce —dijo Jennan en broma—, y nuestra dulce patrona nos proporciona todo un acompañamiento de repertorio. El muchacho que consiga esta nave llegará lejos, muy lejos.
—¿Hasta la Nebulosa Cabeza de Caballo? —preguntó Nordsen, citando un viejo dicho de Centrales.
—Hasta la Nebulosa Cabeza de Caballo y en el viaje de regreso haremos muy bella música —rió Helva.
—Juntos —agregó Jennan. Sólo que será mejor que la música la hagas tú, y que yo, con mi voz, escuche.
—Yo pensaba que sería yo quien escucharía —sugirió Helva.
Jennan hizo una pomposa reverencia con un intrincado floreo de su elegante gorra. Dirigió la reverencia al pilar de control central donde estaba Helva. La propia preferencia personal de Helva se cristalizó en ese preciso instante y por esa razón particular: Jennan fue el único de los hombres que dirigió sus comentarios a su presencia física, independientemente del hecho de que sabía que ella podía captar su imagen en cualquier lugar de la nave donde estuviese, y que el cuerpo de Helva estaba detrás de gruesas paredes de metal. Durante todo el tiempo de la sociedad, Jennan jamás dejó de volver la cabeza en dirección a Helva, estuviera donde estuviese en relación con ella. En respuesta a esa personalización, en ese momento y de allí en adelante Helva sólo hablaba a Jennan por su micrófono central, aunque éste no siempre era el método más eficiente.
Helva no sabía que esa noche se había enamorado de Jennan. Como nunca había estado expuesta al amor o al afecto sólo a sus parientes más fríos, el respeto y la admiración difícilmente podía haber reconocido su propia reacción ante la calidez de la personalidad de Jennan y su consideración con ella. Como persona de cápsula, se consideraba muy alejada de las emociones vinculadas en gran parte con deseos físicos.
—Bien, Helva, fue muy lindo conocerte —dijo de pronto Tanner, mientras ella y Jennan discutían si Come All Ye Sons Of Art era música barroca—. Alguna vez nos veremos en el espacio, Jennan, tipo con suerte. Gracias por la fiesta, Helva.
—¿Ya te vas? —preguntó Helva, dándose cuenta un poco tarde que ella y Jennan habían excluido a los otros de la discusión.
—Ha ganado el mejor —respondió Tanner con ironía. Creo que debo conseguirme una cinta con canciones de amor. Podría necesitarla para la otra nave, si llega a haber otra nave como tú en el país.
Helva y Jennan los miraron irse, sintiéndose un poco confundidos.
—¿Tanner no se apresurará en sus juicios? —preguntó Jennan.
Helva lo contempló, apoyado en la consola, mirando directamente la cápsula. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y el vaso que conservaba en la mano estaba vacío desde hacía tiempo. Era apuesto, como todos los demás; pero sus ojos atentos eran confiados, la boca sonreía con facilidad, la voz (que atraía especialmente a Helva) era resonante, profunda, y sin matices o acentos desagradables.
—De todas maneras piénsalo durante la noche, Helva. Si ésta es tu elección llámame mañana por la mañana.
Ella lo llamó a la hora del desayuno, después de comunicar su decisión a Centrales. Jennan trasladó sus cosas a bordo, recibió la designación conjunta, archivó su ficha de personalidad y experiencia en el lugar indicado, dio a Helva las coordenadas de su primera misión. El XH-834 se convirtió oficialmente en el JH-834.
Su primera misión fue una absoluta prioridad, aburrida pero necesaria: llevar velozmente una vacuna a un sistema distante que sufría la plaga de una virulenta enfermedad por esporas. Sólo tenían que llegar a Spica lo más rápido posible.
Después del excitante salto inicial a máxima velocidad, Helva se dio cuenta de que sus músculos tendrían menos trabajo que Jennan en esa tediosa misión. Pero Helva y Jennan tenían tiempo de sobra para explorar mutuamente sus personalidades. Jennan, por supuesto, sabía de qué era capaz Helva como nave y como compañera, así como ella sabía lo que podía esperar de él. Pero ésos no eran más que hechos, y Helva esperaba ansiosamente aprender el aspecto humano de su socio, que no podía reducirse a una serie de símbolos. Tampoco la interacción entre dos personalidades podía aprenderse de un libro. Era necesario experimentarla.
—Mi padre también fue scout, ¿o eso también está programado? —comenzó Jennan en el tercer día de convivencia.
—Naturalmente.
—Mira, es injusto. Tú conoces toda la historia de mi familia y yo no sé un comino de la tuya.
—Tampoco yo la he sabido nunca —respondió Helva—. Hasta que leí tu historia no se me había ocurrido que yo también debía tener una, en algún lugar de los archivos de Centrales.
Jennan exclamó con desprecio:
—¡Psicología de la cápsula!
Helva rió.
—Sí, y hasta estoy programada para no sentir curiosidad al respecto. En realidad es mejor así.
Jennan pidió una copa, se dejó caer en el diván de gravedad frente a Helva, apoyó los pies en el amortiguador y se balanceó distraídamente en la suspensión.
—Helva… un nombre inventado…
—Suena a escandinavo.
—No eres rubia —dijo Jennan con tono seguro.
—Pero hay suecas morenas.
—Y turcos rubios y este harén se limita a una.
—Tu mujer en purdah, sí, pero puedes revolcarte en las casas de placer… —Helva se espantó de la dureza de su voz cuidadosamente entrenada.
—Sabes —la interrumpió Jennan, sumido en algún pensamiento propio—, mi padre me daba la impresión de estar mucho más casado con su nave, Silvia, que con mi madre. Sé que yo pensaba que Silvia era mi abuela. Tenía número bajo, así que debía de ser mi tatarabuela, por lo menos. Yo le hablaba horas y horas.
—¿Qué registro tenía? —preguntó Helva, celosa sin darse cuenta de todos los que habían compartido las horas de Jennan.
—422. Creo que ahora es TS. Una vez me encontré con Tom Burgess.
El padre de Jennan había muerto de una enfermedad planetaria; la nave había agotado la vacuna contra esa enfermedad curando a los ciudadanos locales.
—Tom me contó que se había puesto muy dura y punzante. Si llegas a perder la dulzura volveré convertido en fantasma, muchacha —amenazó Jennan.
Helva rió. Él la sobresaltó avanzando hasta el panel de la columna, y tocándolo con dedos suaves y tiernos.
—Me gustaría saber cómo eres —dijo él con suavidad, anhelante.
A Helva la habían aleccionado con respecto a esa curiosidad de los scouts. Ella no sabía nada sobre sí misma y ninguno de los dos podría llegar a saberlo.
—Elige cualquier modalidad, forma y tono y estaré contigo con mucho gusto —replicó, como le habían sugerido en el entrenamiento.
—Muchacha de Hierro, me gustan las rubias con trenzas largas —y Jennan hizo un ademán que sugería las trenzas de Lady Godiva—. Como estás inmolada en titanio te llamaré Brunilda, querida —e hizo una reverencia.
Con una risita, Helva se lanzó al aria apropiada mientras la Spica hacía contacto.
—¿Qué son esos chillidos? ¿Quién eres? Y si no eres el sector de medicina de Mundos Centrales, vete. Tenemos una plaga. No hay privilegios para las visitas.
—Mi nave está cantando, somos el JH-834 de Mundos y tenemos tu vacuna. ¿Cuáles son nuestras coordenadas de aterrizaje?
—¿Tu nave está cantando?
—El S. A. T. B. más grande del espacio organizado. ¿Algún pedido?
El JH-834 entregó la vacuna pero no más arias, y recibió órdenes inmediatas de proseguir hacia Leviticus IV. Cuando llegaron allí Jennan descubrió que se decían cosas sobre ellos y se vio obligado a defender el honor virginal de 834.
—No cantaré más —murmuró Helva con tono contrito mientras ordenaba compresas para el tercer ojo negro de Jennan de esa semana.
—Seguirás cantando —dijo Jennan apretando los dientes—. Así tenga que seguir hinchando ojos de aquí a Cabeza de Caballo para terminar con las burlas, seremos la nave que canta.
Después de que la «nave que canta» se encontró con un grupo narcótico pequeño pero maligno en las Magallanes Menores, el título se tornó respetuoso. Centrales se enteró de todos los episodios y perforó una clave de «interés especial» en la ficha de JH-834. Un equipo de primera que demostraba ser una buena combinación.
Jennan y Helva también se consideraron a sí mismos un equipo de primera, después de un arresto bastante prolongado.
—La drogadicción es uno de los vicios del universo que más odio —comentó Jennan mientras volvían a la Base Central—. La gente puede irse al infierno con bastante rapidez sin esa ayuda.
—¿Por eso te presentaste como voluntario para el servicio de scouts? ¿Para reorientar el tráfico?
—Apuesto a que mi respuesta oficial está en tu registro.
—Con lenguaje demasiado florido: «Continuando con las tradiciones de mi familia, que se enorgullece de haber estado en el Servicio desde hace cuatro generaciones», si me permites citar tus palabras.
Jennan emitió un quejido.
—Era muy joven cuando escribí eso. Por cierto no había hecho el Entrenamiento Final. Y una vez que estuve en Entrenamiento Final, mi orgullo no me dejó volverme atrás… Ya te he contado que solía visitar a papá a bordo de Silvia y tengo fuertes sospechas de que ella había puesto sus ojos en mí como reemplazante de mi padre porque yo había recibido dosis masivas de propaganda orientada hacia el scoutismo. Y prendió. Cuando tenía siete años, ya había decidido ser scout. —Se encogió de hombros como despreciando una determinación juvenil que había llevado muchos esfuerzos en edades posteriores para realizarse.
—Ah, ¿sí? ¿El scout Sahir Silan de la JS-422 que penetra en la Nebulosa Cabeza de Caballo?
Jennan prefirió ignorar el sarcasmo.
—Contigo, hasta podría llegar allá. Pero ni siquiera con el apoyo de Silvia fantaseé jamás para mí esa clase de gloria, ni en mis más salvajes arrebatos de imaginación. De aquí en adelante dejaré los delirios para tu ágil cerebro. Yo pienso hacer una contribución más pequeña a la historia espacial.
—¿Tan modesto eres?
—No, soy práctico. Nosotros también servimos, etcétera. —Puso dramáticamente una mano sobre el corazón.
—¡Persigamos la gloria! —se burló Helva.
—Mira quién habla, mi amiga con destino a la Nebulosa. Al menos yo no soy voraz. Sólo habrá un héroe como mi padre en Parsaea, pero me gustaría que me recordaran por algún hecho glorioso. A todo el mundo le pasa. ¿Si no, para qué nos entregamos a la acción?
—Tu padre murió en el camino de regreso de Parsaea; te lo recuerdo para señalar algunos hechos convincentes. De manera que nunca pudo haber sabido que fue un héroe por detener la inundación con su nave. Y de esta manera se evitó que la colonia de Parsaea fuera abandonada. Y esto les dio oportunidad de descubrir las cualidades antiparalíticas de Parsaea. Que él nunca conoció.
—Lo sé —respondió Jennan con suavidad.
Helva lamentó de inmediato el tono de su respuesta. Sabía muy bien que Jennan había estado muy ligado a su padre. En su informe decía que había racionalizado la pérdida de su padre con el inesperado y positivo resultado del Asunto de Parsaea.
—Los hechos no son humanos, Helva. Mi padre lo era y yo lo soy. Y, básicamente, tú también. Recorre tu dial, 834. Entre todos los cables que te han conectado hay un corazón. Un corazón humano subdesarrollado, ¡sin duda!
—Perdona, Jennan —dijo Helva.
Jennan vaciló un momento, hizo un ademán de aceptación y luego dio a Helva unos cariñosos golpecitos en la cápsula.
—Si alguna vez nos sacan de los caminos de siempre, nos lanzaremos a la Nebulosa, ¿eh?
Como tan frecuentemente sucedía en los servicios scout, durante la hora siguiente recibieron órdenes de cambiar de curso, no hacia la Nebulosa, sino a un sistema recientemente colonizado con dos planetas habitables, uno tropical y otro glacial. El sol, llamado Ravel, se había tornado inestable; el espectro era el de una cápsula que se extingue rápidamente, con líneas de absorción que se desplazaban con celeridad hacia el violeta. El calor aumentado del primario ya había obligado a una evacuación del mundo más cercano, Daphnis. La estructura de emisiones espectrales indicaba que el sol resecaría también a Chloe. Todas las naves de la vecindad espacial inmediata debían informar a Cuarteles de Desastre sobre Chloe para efectuar la evacuación de los colonos que quedaban.
La JH-834 se presentó obedientemente y la enviaron a áreas cercanas a Chloe a recoger pobladores que no parecían comprender la urgencia de la situación. En realidad Chloe estaba disfrutando de las primeras temperaturas sobre cero desde que se desprendió de su progenitor. Como muchos de los colonos eran fanáticos religiosos que se habían establecido en la rigurosa Chloe para entregarse a una vida de reflexión piadosa, el brusco deshielo era atribuido a fuentes que no eran un sol ardiente.
Jennan tuvo que dedicar tanto tiempo a responder a discusiones ociosas que Helva y él llegaron con atraso al cuarto y último lugar poblado.
Helva saltó sobre la alta cadena de picos agudos que rodeaban y protegían el valle de las pasadas nevadas, que habían sido muy intensas, y también del calor actual. El sol violento con su corona resplandeciente comenzaba a iluminar el valle profundo cuando Helva descendió para aterrizar.
—Será mejor que tomen sus cepillos de dientes y suban a bordo —dijo Helva—. HQ dice que se apuren.
—Todas mujeres —comentó Jennan, sorprendido mientras bajaba a recibirlos—. A menos que los hombres de Chloe usen camisas forradas de piel.
—Sedúcelas, pero reduce la rutina a lo más esencial.
Jennan avanzó sonriendo, pero la explicación de su misión fue recibida con la más absoluta incredulidad y considerables dudas sobre su autenticidad. Gruñó internamente mientras la matriarca parafraseaba explicaciones anteriores sobre el sol cada vez más caliente.
—Reverenda mother, hubo una sobrecarga en ese circuito de plegarias y el sol está estallando para complacerlas. He venido a llevarlas al puerto espacial de Rosary…
—¿Esa Sodoma? —La respetable mujer enrojeció de ira y se estremeció desdeñosamente al escuchar la sugerencia—. Gracias por su advertencia, pero no deseamos dejar nuestro claustro por el grosero mundo. Debemos continuar con nuestra meditación matinal, que ha sido interrumpida…
—Quedará permanentemente interrumpida cuando el sol empiece a asarlas. Deben venir ahora —replicó Jennan con firmeza.
—Señora —dijo Helva, pensando que en ese caso una voz femenina podría resultar más eficaz que una encantadora voz de hombre.
—¿Quién habló? —preguntó la monja, sobresaltada por la voz incorpórea.
—Yo, Helva, la nave. Bajo mi protección usted y sus hermanas en la fe pueden entrar sin problemas y sin ser profanadas por asociaciones con un hombre. Yo las protegeré y las llevaré sin riesgos a un lugar preparado para ustedes.
La matriarca espió cautelosamente por la puerta abierta de la nave.
—Puesto que sólo Mundos Centrales está autorizado a usar estas naves, me doy cuenta de que no quieren engañarnos, joven. Pero aquí no hay peligro.
—En este momento la temperatura en Rosary es de treinta y siete grados centígrados —dijo Helva—. En cuanto los rayos del sol penetren directamente en el valle, será también de treinta y siete grados, y hoy subirá a más de noventa grados centígrados. Veo que aquí las casas son de madera, y que tienen adherencias de moho. Moho seco. Arderá alrededor del mediodía.
El sol comenzaba a entrar oblicuamente en el valle a través de los picos, y los fieros rayos alcanzaban al grupo inquieto reunido detrás de la matriarca. Varias se abrieron los cuellos de los abrigos forrados de piel.
—Jennan —dijo Helva en privado—, tenemos muy poco tiempo.
—No puedo dejarlas, Helva. Algunas de estas muchachas apenas han salido de la adolescencia.
—Además son bonitas. No es de extrañar que la matriarca no quiera subir.
—Helva.
—Será la voluntad de Dios —dijo secamente la matriarca, y volvió la espalda al equipo de rescate.
—¿Morir quemadas? —gritó Jennan mientras se abría camino entre las discípulas, que murmuraban.
—¿Quieren ser mártires? Es la elección de ellas, Jennan —dijo Helva desapasionadamente—. Debemos irnos y ya no es cuestión de elegir.
—¿Cómo puedo irme, Helva?
—¿Parsaea? —preguntó burlonamente Helva mientras él se adelantaba para tomar del brazo a una de las mujeres—. No puedes arrastrarlas a todas a bordo, y no tenemos tiempo de seguir discutiendo. Sube a bordo, Jennan, o te denunciaré.
—Morirán —murmuró Jennan, desanimado, mientras se volvía de mala gana para subir a bordo.
—Sólo puedes arriesgarte en cierta medida —dijo Helva comprensivamente—. Tal como están las cosas sólo tenemos tiempo para un rápido adiós. El laboratorio indica una crítica aceleración en la evolución espectral.
Jennan ya estaba en el compartimiento hermético cuando una de las mujeres más jóvenes, gritando, se abalanzó para pasar por la puerta que se cerraba. Su acción puso en movimiento a las otras. Pasaron como exhalaciones por la estrecha abertura. Aunque se apretaran unas contra otras no había lugar en la cabina para todas las mujeres. Jennan trajo trajes espaciales para las tres que tendrían que permanecer con él en el compartimiento hermético. Perdió un valioso tiempo explicando a la matriarca que tenia que ponerse el traje espacial porque el compartimiento hermético no tenía unidades de oxígeno y de refrescado independientes.
—Quedaremos atrapados —dijo Helva a Jennan con tono agrio por la conexión privada—. Hemos perdido dieciocho minutos en este apurón de último momento. Ahora tengo una sobrecarga para obtener máxima velocidad y debo orientarla para que no me alcance la ola de calor.
—¿Puedes subir? Ya nos hemos puesto los trajes.
—¿Subir? Sí —respondió Helva, mientras lo hacía—. ¿Correr? Me sacudo.
Jennan, dándose ánimo y apoyando a la mujeres, sentía la lentitud de Helva al ascender. Helva aplicó impulso sin piedad, a pesar de que la fuerza de gravedad aplastaba brutalmente a sus pasajeras y golpeó a dos en forma fatal. Era cuestión de salvar la mayor cantidad de personas posible. La única que le importaba algo era Jennan, y estaba aterrorizada por su seguridad. Sin aire y sin refrigeración, protegida sólo por una capa de metal y no por tres, la cabina a prueba de aire no sería segura para los cuatro seres atrapados allí, a pesar de sus trajes espaciales. Eran sólo modelos estándar, no confeccionados para tolerar el calor excesivo a que estaría sometida la nave.
Helva corrió lo más que pudo pero la increíble ola de calor del sol explosivo los atrapó a mitad de camino hacia la zona fría y segura.
No prestó atención a los gritos, gemidos, ruegos y plegarias en la cabina. Sólo escuchaba la respiración torturada de Jennan, el ruido que no oía y que debía provenir del sistema de purificación de su traje y la succión de la unidad de refrigeración sobrecargada. Sin poder hacer nada, oyó los gritos histéricos de las tres compañeras de Jennan que se retorcían en el espantoso calor. Vanamente Jennan trataba de calmarlas, de explicarles que pronto estarían a salvo y al fresco si se quedaban quietas y aguantaban el calor. Desatadas por el terror y el tormento, trataban de golpearlo a pesar de la estrechez del lugar. Un brazo levantado para golpear se enredó con las correas del equipo de energía de Jennan y rápidamente se produjo la catástrofe. Una conexión, debilitada por el calor y el peso muerto del brazo, se rompió.
A pesar de toda la energía de que disponía, Helva no podía hacer nada. Vio a Jennan que luchaba por respirar, volvía la cabeza como pidiéndole ayuda, y finalmente moría.
Sólo el férreo condicionamiento de su entrenamiento evitó que Helva se dejara ir a la deriva y cayera en el corazón del sol en explosión. Ciegamente siguió ayudando al grupo de refugiadas. Obedientemente trasladó a sus pasajeras quemadas, postradas por el calor al transporte asignado.
—Retendré el cadáver de mi scout y seguiré hasta la próxima base para su entierro —informó a Centrales con tono inexpresivo.
—Se le dará escolta —le respondieron.
—No necesito escolta.
—Hay escolta, XH-834 —le replicaron secamente. El golpe que recibió al no oír la inicial de Jennan en su número acalló la protesta que iba a formular. Estupefacta, esperó junto al transporte hasta que sus pantallas mostraron la llegada de otras dos naves cerebro. El cortejo prosiguió el camino de regreso a una velocidad nada funeraria.
—¿834? ¿La nave que canta?
—No tengo más canciones.
—Tu scout era Jennan.
—No deseo comunicarme.
—Soy 422.
—¿Silvia?
—Silvia murió hace mucho tiempo. Yo soy 422. Ahora MS —respondió brevemente la nave—. AH-640 es nuestra otra amiga, pero Henry no está escuchando. Mejor… si te volvieras vagabunda no lo comprendería. Pero yo no le permitiría a él que te molestara.
—¿Vagabunda? —La palabra arrancó a Helva de su apatía.
—Claro. Tú eres joven. Tienes energía para años. Hazte humo. Otras lo han hecho. 732 se volvió vagabunda después de perder a su scout en una misión a esa enana blanco. Desde entonces no la han visto más.
—Nunca oí hablar de las vagabundas.
—Como precisamente nos condicionan contra eso, no creo que lo hayas oído en la escuela, querida —dijo 422.
—¿Romper el condicionamiento? —gritó Helva, angustiada, pensando con ansias en el sol blanco, furioso, que acababa de dejar atrás.
—Para ti no creo que sería difícil en este momento —continuó 422 en voz baja, sin el cinismo del comienzo en la voz—. Allá están las estrellas, parpadeando.
—¿Sola? —gritó Helva desde el fondo de su corazón.
—¡Sola! —confirmó sombríamente 422.
Sola con todo el espacio y el tiempo. Ni la Nebulosa Cabeza de Caballo estaría tan lejos como para darle miedo. Sola con cien años para vivir de sus recuerdos y nada… nada más.
—¿Parsaea valía la pena? —preguntó a 422 con suavidad.
—¿Parsaea? —repitió, sorprendida, 422—. ¿Con el padre de él? Sí. Estuvimos allí, en Parsaea, cuando nos necesitaron. Lo mismo que tú… y su hijo… estuvieron en Chloe. Cuando los necesitaron. El crimen es no saber dónde existe la necesidad y no estar allí.
—Pero yo lo necesito a él. ¿Quién resolverá mi necesidad? —preguntó Helva con amargura.
—834 —dijo 422 después de viajar un día en silencio—. Centrales quiere tu informe. Un reemplazo espera tu decisión en la Base Regulus. Cambia de curso como está indicado.
—¿Un reemplazo? —No era eso, por cierto, lo que necesitaba… alguien que le recordara a Jennan y que no lograra llenar su vacío. Su casco apenas comenzaba a enfriarse después del calor de Chloe. Por algo atávico, Helva necesitaba tiempo para hacer el duelo por Jennan.
—Ah, ninguno de ellos es imposible, si eres una buena nave —comentó filosóficamente 422—. Y es exactamente lo que necesitas. Cuanto antes, mejor.
—Tú les dijiste que yo no me volvería vagabunda, ¿verdad?
—Ha pasado el momento, lo mismo que pasó para mí después de Parsaea, y también antes, después de Glen Arhur, y Betelgeuse.
—Estamos condicionadas para seguir, ¿verdad? No podemos hacernos vagabundas. Tú estabas comprobándolo.
—Tenía que hacerlo. Órdenes. Ni siquiera los de Psico saben por qué se produce ese fenómeno de las vagabundas. En Centrales están muy preocupados, y también lo están, hija mía, tus naves hermanas. Yo pedí ser tu escolta. No… no quiero perderlos a los dos.
Dentro de su depresión, Helva sintió una ola de gratitud por la tosca bondad de Silvia.
—Todas hemos conocido este dolor, Helva. No es un consuelo, pero si no pudiéramos sentir con nuestros scouts, no seríamos más que máquinas que producen sonido.
Helva, miró la forma inerte de Jennan tendida frente a ella, bajo la mortaja y oyó el eco de su voz profunda en la silenciosa cabina.
—¡Silvia! No pude ayudarlo. —Fue un grito que le brotó del alma.
—Sí, querida, lo sé —murmuró suavemente 422, y luego guardó silencio.
Las tres naves avanzaron a toda velocidad, sin decir palabra, hasta la gran base de Mundos Centrales en Regulus. Helva rompió el silencio para responder a las instrucciones de aterrizaje y los pésames oficialmente cariñosos.
Las tres naves tocaron tierra simultáneamente en el límite arbolado donde los gigantescos árboles azules de Regulus se elevaban como centinelas del pequeño cementerio del Servicio. Todo el complemento de la Base se aproximó con paso medido y formaron un camino desde Helva hasta el lugar del entierro. El grupo encargado de rendir honores se apartó de los demás para subir a la cabina. Reverentemente colocaron el cuerpo del ser querido de Helva en el catafalco con ruedas y lo cubrieron honorablemente con la bandera azul, cuajada de estrellas, del Servicio. Ella los vio bajar el cuerpo de la nave y pasar entre la doble fila que se cerró tras el catafalco como última escolta.
Luego, mientras pronunciaban las simples palabras del entierro, mientras los aviones de la atmósfera descendían a manera de homenaje sobre la tumba abierta, Helva logró expresar su último adiós solitario.
Muy suave, apenas audible al principio, surgió la antigua canción de la noche y del réquiem, hasta el último y punzante compás, y el espacio negro repitió el eco de la canción que la nave cantaba.