Madrid, octubre de 1807
La familia Montoya todavía no se había recuperado de la muerte de Miguel, y no lo haría jamás. Si Miguel hubiera sufrido un accidente montando a caballo, o incluso si hubiera fallecido víctima de unas fiebres, tal vez lo habrían conseguido. Pero jamás superarían que el benjamín de la familia hubiera muerto asesinado en manos de los franceses. Y todo porque Miguel había decidido demostrarles a todos que se equivocaban con él.
Miguel siempre había sido la alegría de la fiesta, el bufón que los entretenía con sus canciones y sus fantásticas historias acerca de sus miles de conquistas. Y muchas eran ciertas, pensó Eugenia con una sonrisa mientras paseaba de nuevo por los jardines: a sus veinticuatro años, Miguel había sido todo un seductor.
Desde el fallecimiento de sus padres, los hermanos Montoya sólo se habían tenido los unos a los otros y todos tenían muy claro cuál era su papel; Rodrigo, el mayor, el heredero, que era como solía llamarlo Miguel cuando quería reírse de él, era el serio y responsable. Un hombre muy estricto que había sacrificado su juventud para cuidar de sus hermanos y que ahora sólo quería venganza. Tristán, el estudioso, con la cabeza siempre metida en esos libros de medicina, pero que desde la muerte de Miguel se veía incapaz de volver a abrir. Alba, la princesa, también según Miguel, que se negaba a asistir a ninguna otra fiesta. Y Eugenia, o la brújula, otro apodo que también se había inventado Miguel y que a veces cambiaba por «la bruja» para hacerla enfadar. Y por último, Miguel, la alegría, el payaso, que había decidido ganarse el respeto de todos ayudando a unos condenados espías ingleses. Eugenia pisó una flor, el muy idiota debería de haber sabido que todos lo querían tal como era… pero tras aquella horrible discusión su hermano pequeño creyó que el único modo de demostrarle a Rodrigo que estaba listo para asumir más responsabilidades era haciéndose el héroe.
Eugenia se secó una lágrima, al final Miguel había muerto. No sólo eso, lo habían torturado y habían dejado su cuerpo mutilado con una tarjeta de visita clavada en el pecho. Esos franceses habían utilizado el cuerpo de su hermano para mandar un mensaje a los ingleses; no iban a rendirse, y ahora ella no sólo había perdido a un ser querido sino que estaba a punto de perder a otro… Rodrigo estaba convencido de que toda aquella desgracia era culpa suya, y había decidido vengarse, como si aquél fuera el único modo de redimirse. Él creía que ella no lo sabía, pero Eugenia lo había escuchado hablar con el inglés que había ido a visitarlo unos meses atrás y sabía perfectamente que Rodrigo no pararía hasta convertirse en miembro de aquella dichosa Hermandad del Halcón, fuera lo que fuese. Pisó otra flor. Gracias a aquella conversación, que escuchó pegada a la puerta del salón sin sentirse para nada culpable, sabía que Rodrigo iba a reunirse con el inglés en un hostal de Madrid esa misma semana, el jueves para ser exactos. Lo que la dejaba con cuatro días para encontrar el modo de impedírselo, o de echar al inglés de tierras españolas para siempre.
-Sea lo que sea lo que te han hecho esas flores seguro que se arrepienten –dijo una voz a su espalda.
Eugenia se giró sobresaltada y su corazón tardó unos segundos en recuperar la calma. Hernán Torres, capitán del ejército, estaba allí de pie, mirándola con una sonrisa en los labios. Burlándose de ella, para variar.
-Hernán, buenos días. Me has asustado –respondió ella, y dio un paso hacia atrás con disimulo.
No quería que él viera que se sentía culpable por haber pisado aquellas pobres flores.
-Lo siento, creía que me habías oído –explicó él, pero a juzgar por el brillo de sus ojos era obvio que no lo sentía en absoluto-. ¿Está Rodrigo, Nia?
-No me llames así. Odio que me llames así, ya lo sabes. –Era mentira, en realidad a Eugenia le encantaba que la llamara de ese modo. O le había gustado hasta que un día le escuchó decir que para él ella era como una hermana pequeña.
Hernán era el mejor amigo de Rodrigo; se habían conocido en la escuela y habían sido inseparables desde entonces. Eugenia solía creer que dicha amistad se basaba en que los dos eran igual de tercos y orgullosos, y estrictos, y fuertes, le dijo una voz en su mente que ella trató de acallar al instante. De pequeña, Hernán le acortó el nombre, diciendo que Eugenia era demasiado «pomposo»
para una niña con los ojos llenos de estrellas. Ella nunca había conseguido olvidar el piropo, ni el beso que le dio en la nariz ese mismo día, ni la discusión que escuchó años más tarde en el salón de su casa en la que, a gritos, Hernán le dijo a Rodrigo que no se burlara de él, que para él Eugenia era como una hermana pequeña y que nunca había sentido el más mínimo interés por ella. Ni Rodrigo ni Hernán le contaron jamás qué sucedió exactamente, pero a partir de esa noche, Hernán dejó de ser afectuoso con ella, y dejó de llamarla Nia. Por eso le dolía qué ahora, años más tarde, hubiera vuelto a hacerlo.
-¿Está Rodrigo? –repitió Hernán, y Eugenia se dio cuenta de que se había quedado absorta con sus pensamientos.
-No, no está, y creo que no regresará hasta tarde. –Últimamente Rodrigo se ausentaba mucho y sin dar ninguna explicación-. ¿Pasa algo?
Hernán tardó unos segundos en contestar.
-No, nada. –Miró a ambos lados del jardín-. ¿Estás sola? Sabes de sobra que Madrid no es seguro, cualquiera podría saltar el muro. Dios, si no te has dado cuenta de que estaba aquí hasta que ya estaba detrás de ti.
-Tranquilo, Hernán, Tristán está en casa y, conociendo a Rodrigo como conoces, ya deberías saber que hay un par de guardas en cada esquina. –Señaló con el dedo a uno de los hombres.
-Lo sé, pero… -con un gesto dejó claro que no terminaba de fiarse-. En fin, regresaré mañana.
-¿Quieres que le dé algún recado a mi hermano? –De repente Hernán parecía ansioso por irse, y Eugenia se preguntó si quizá estaba al tanto de los planes de Rodrigo.
-No, pero gracias por el ofrecimiento. Qué tengas un buen día, Eugenia. –Juntó los talones al mismo tiempo que inclinaba la cabeza y se fue de allí.
Hernán llevaba meses preocupado por su mejor amigo; Rodrigo siempre había sido muy reservado pero últimamente era el hermetismo en persona. Y no podía quitarse de la cabeza que si a Rodrigo le pasaba algo, Nia dejaría de sonreír para siempre, y eso sí que no podría soportarlo. Ya no recordaba una época en la que no hubiera estado enamorado de ella, y no se imaginaba que fuera a cambiar en el futuro, pero sabía que Eugenia se merecía a alguien mucho mejor que un soldado que sólo había ascendido a capitán gracias a haber hecho todas las guardias imaginables, y a contar con el apoyo de Rodrigo Montoya, uno de los hombres más influyentes y ricos de la capital. Un hombre que era, a pesar de que le sorprendiera a todo el mundo, Hernán incluido, su amigo del alma. Se abrochó la chaqueta para resguardarse del viento que se había levantado de repente y regresó hacia su casa; unos pequeños apartamentos que había alquilado en el centro. Había ido a ver a Rodrigo para contarle que había visto a uno de esos ingleses cerca de capitanía. Hernán conoció a Henry Tinley cuando éste fue a Madrid para reunirse con Rodrigo, y el tipo tuvo la desfachatez de pedirle a Montoya que le entregara las pertenencias de Miguel. Todavía recordaba lo furioso que se había puesto su amigo, pero varios días después de la reunión, Rodrigo le contó que había decidido acceder a la petición, pues sólo así lograría encontrar al asesino de su hermano. Hernán trató inútilmente de disuadirlo, y cuando vio que Rodrigo seguiría adelante con su ridículo plan, decidió que lo único que podía hacer era ir con él. Y asegurarse de que no le pasaba nada.
Quizá debería contárselo a Eugenia, pensó, ella y Rodrigo estaban muy unidos; los dos se habían encargado siempre de cuidar del resto de sus hermanos; él se ocupaba de los lucrativos negocios de la familia y de gestionar sus bienes, y ella de que todos fueran felices. Miguel la había bautizado como la brújula, y eso era exactamente lo que era Eugenia, la brújula que guiaba a los hermanos Montoya. Y a Hernán. Sí, si mañana no conseguía dar con Rodrigo, le contaría a Nia lo que sucedía y le pediría que lo ayudara a hacerlo entrar en razón.
Eran casi las doce de la noche y Rodrigo todavía no había regresado, así que Eugenia aprovechó para colarse en el despacho de su hermano mayor y revisar su agenda. No esa negra en la que apuntaba las reuniones que mantenía con sus socios o los abogados de la familia, sino la de piel oscura que guardaba oculta en el cajón secreto del escritorio. Sacó el raído cuaderno y vio que la cita del jueves iba a producirse en una casa de dudosa reputación, pero mucha fama, de Madrid. El inglés, un tal Tinley, se hospedaba en un hostal cercano al burdel, un hostal nada recomendable. Qué raro, Rodrigo había garabateado un halcón junto al nombre del hombre. ¿Qué demonios les pasaba a los ingleses con aquel pájaro? Mañana mismo iría en busca del llamado Tinley y le exigiría que los dejara en paz. Ya había perdido a Miguel, y ni loca iba a permitir que Rodrigo se mezclara con todo aquello. Con el plan perfectamente trazado en su mente, Eugenia regresó a su dormitorio y se acostó.
-¿Señorita Eugenia, le apetece otra taza de café? –le preguntó el mayordomo en el desayuno.
-Sí, gracias, Tomás. ¿Ha visto a mis hermanos?
-El señor Montoya –a pesar de que Rodrigo se lo había pedido infinitas veces, Tomás insistía en llamarlo por su apellido-salió muy temprano. El señor Tristán está en la biblioteca y la señorita Alba todavía no se ha despertado.
-Gracias, Tomás. –Eugenia iba a tener que esperar hasta más tarde para poder ir al hostal de Tinley. Se pasó la mañana paseando de un lado al otro de la casa, y a las cinco de la tarde se puso en marcha.
Hernán no pudo volver a la mansión de los Montoya hasta las seis. Había tenido un día muy complicado y, a juzgar por la tensión que se respiraba en capitanía, los próximos meses iban a ser peores. Llamó a la puerta y cuando Tomás le informó de que ni Rodrigo ni Eugenia estaban, su día pasó de ser complicado a pésimo. Tras despedirse del fiel mayordomo, el capitán decidió que no podía esperar más y tomó cartas en el asunto. Esa misma mañana había averiguado que el inglés, Henry Tinley, era una especie de espía de la corona y que se hospedaba en el hostal “La Burlona”, así que fue en su busca. Quería averiguar qué pretendía conseguir de Rodrigo y, dependiendo de lo que fuera, lo arrestaría y lo mandaría de vuelta a Inglaterra de una patada en el trasero.
Llegó al hostal y se dirigió decidido a la barra, pero de repente se detuvo en seco. Reconocería aquella melena color atardecer donde fuera, y, para qué negarlo, también sería capaz de distinguir las curvas de Nia de entre todas las mujeres del mundo… y cuando escuchó su voz sintió el habitual cosquilleo que le recorría el cuerpo cada vez que estaba cerca de ella. Tardó unos segundos en reaccionar, pero cuando lo hizo se puso furioso.
-¿Qué diablos estás haciendo aquí? –le preguntó, cogiéndola del brazo y haciéndola girar para poder verla. Y el efecto fue devastador. Si la parte posterior del vestido era provocadora, la delantera era un escándalo. Y llevaba dos botones de más desabrochados. Y Hernán no pudo evitar pasarse la lengua por los labios.
Eugenia se quedó helada. Cuando notó que alguien la aferraba del brazo sintió pánico, pero cuando vio que era Hernán, y que a él le ardían los ojos, una sensación muy distinta se apoderó de todo su ser. Vestida de ese modo, en medio de aquel hostal, no tenía que ser la Eugenia educada y resignada de siempre, ahora podía ser Nia, una seductora, una mujer que estaba harta de desear a un hombre que la consideraba sólo una niña.
-¿Y tú, qué estás haciendo aquí? –se enfrentó a su pregunta con otra y lo recorrió descarada con la mirada.
Hernán sintió como si los ojos de Nia lo quemaran, y dio un involuntario paso hacia atrás.
-Nada. ¿Sabe tu hermano que estás aquí? Pero qué tontería estoy diciendo, por supuesto que no lo sabe. Ahora mismo tú y yo nos vamos a casa, y da gracias a Dios que no pienso contarle nada a Rodrigo. –Tiró de ella pero Eugenia no se movió-. No seas terca, Nia, te juro que no tendré ningún inconveniente en llevarte a rastras.
En ese preciso instante, se abrió la puerta del local y entró Tinley. Las miradas del inglés y el capitán español se encontraron y Eugenia ató cabos.
-¿Ese es Tinley? –le preguntó Nia a Hernán.
Él la estudió durante unos segundos, comprendiendo por fin lo que sucedía.
-Has venido a ver a Tinley. –No era una pregunta-. ¿Por qué? –Deslizó la mano con la que la sujetaba del antebrazo a la muñeca, pero siguió reteniéndola con firmeza.
-No quiero que a Rodrigo le pase lo mismo que a Miguel. No pienso permitirlo.
-Yo tampoco. –Respiró hondo-. Está bien. De acuerdo-. Era como si se lo estuviera diciendo a sí mismo-. Iremos juntos a hablar con él. –Vio que Eugenia sonreía y casi se le doblan las rodillas-. Pero con una condición; harás todo lo que yo te diga.
-De acuerdo, Hernán.
Tinley se sentó en una mesa y pidió una jarra de vino mientras esperaba a que el capitán del ejército español se acercara a su lado. No había quedado con él, pero sabía que Hernán Torres iría a su encuentro. En los últimos meses había averiguado muchas cosas acerca del valiente soldado y sabía que estaba dispuesto a todo para ayudar a su amigo Rodrigo Montoya. Pero el porqué no lo había averiguado hasta meros segundos atrás; Torres estaba enamorado de la hermana de Rodrigo y Miguel. Sí, Tinley era bueno en su trabajo, y a pesar del horrendo disfraz había reconocido a Eugenia Montoya. Bueno, pensó, seguramente en temas del corazón los españoles eran igual de torpes que los ingleses.
-Ya creía que no ibais a venir –los saludó en perfecto español-. Sentaos.
Hernán miró a Tinley a los ojos antes de aceptar la ruda invitación.
-¿A qué has venido?
-Creo que lo sabe perfectamente, capitán Torres. –Henry enarcó una ceja y Hernán fingió que no le impresionaba que supiera quién era. El día que lo conoció meses atrás omitió su cargo de militar.
-No se acerque a mi hermano –dijo Eugenia amenazante.
-Aunque su lealtad es admirable, me parece que lo ha entendido al revés, señorita Montoya, no soy yo quién anda detrás de su hermano mayor, todo lo contrario.
-No le creo.
De repente, Eugenia notó que Hernán le colocaba una mano encima de la suya y que Tinley se ponía alerta.
-A tu izquierda. Detrás de ti –le dijo Tinley a Hernán, antes de fingir que bebía algo más de vino.
-Dos más junto a las escaleras. Uno se está haciendo el dormido, y diría que el otro va armado –puntualizó Hernán.
-Y yo –le aseguró Tinley-. ¿Se mueven?
-Vienen hacia aquí.
-Esto es lo que haremos. –Miró a Hernán y a Eugenia-. Nos levantaremos y nos separaremos; yo entraré en el burdel. Relájese, señorita Montoya –añadió al ver que ella lo fulminaba con la mirada-, pronto verá que las cosas no son lo que aparentan. Si tenemos suerte, los cuatro me seguirán a mí.
-¿Y si no? –preguntó Hernán. Él no temía por su vida pero no estaba dispuesto a correr ningún riesgo en lo que a Eugenia se refería.
-Dos calles más abajo hay una pequeña licorería. Entrad y decid que venís de parte de Henry. – Le tendió la mano-. Espero verte el jueves, capitán. Seguro que Rodrigo agradecerá que estés a su lado.
Y nosotros también.
Hernán le estrechó la mano y observó como Tinley, Henry, salía del hostal como un borracho más. Él cogió a Nia de la cintura e hizo lo mismo, pero por desgracia el par de tipos de antes los siguieron. Hernán sabía por experiencia que mientras estuvieran rodeados de gente estarían a salvo, pero no podían quedarse rondando esa callejuela durante más tiempo. Su mejor opción era llegar a la licorería que les había dicho Henry, así que siguieron andando.
Consiguieron avanzar veinte metros antes de que los matones los alcanzaran en una calle oscura. Estaban solos.
Hernán recibió el primer puñetazo antes de poder desenvainar la daga que llevaba oculta bajo la chaqueta, y quizá habría tardado unos segundos en reaccionar, pero le bastó con ver que uno de esos tipos lanzaba a Nia al suelo para sentir una rabia como no había sentido jamás. Con la daga en una mano, se pasó la otra por el labio para secarse la sangre, y acto seguido, sin ni un ápice de duda, se abalanzó sobre el que lo había golpeado y lo degolló. Escuchó el grito de Nia y se le heló la sangre. El otro hombre estaba tratando de arrancarle la camisa y le había dado otra bofetada. El muy desgraciado estaba sentado a horcajadas encima de ella, que seguía tumbada en el suelo, así que Hernán se acercó a él, le sujetó la cabeza hacia atrás y le cortó el cuello. La sangre salpicó a Nia, y eso pareció sacar a Hernán de aquella especie de ceguera inducida por el instinto de proteger a la mujer que amaba, y se agachó a su lado.
-¿Estás bien? –le preguntó, recorriéndole el cuerpo con las manos en busca de heridas-. Te ha pegado –susurró, sujetándole la barbilla con dedos temblorosos. Ella lo miraba con los ojos desenfocados y Hernán supuso que estaba horrorizada por haberlo visto actuar como un animal-. Yo… lo siento. Te prometo que después de esta noche no tendrás que volver a verme jamás.
-Pero, ¿qué estás diciendo? –preguntó Nia.
-Iremos a la licorería de Tinley para asearnos un poco y luego te acompañaré a tu casa. No tendrás que volver a verme. Te lo prometo.
-Hernán, ¿de qué estás hablando? –Él la ayudó a levantarse, pero ya no volvió a mirarla-. ¿De qué estás hablando? Mírame, por favor.
Él obedeció, pero apenas le aguantó la mirada unos segundos.
-Hernán –susurró ella, y levantó unos dedos ensangrentados para acariciarle la mejilla-. ¿Por qué no quieres mirarme? ¿Es porque por mi culpa has tenido que… matar a estos…?–Se le rompió la voz.
-¡No! Nada de esto ha sido culpa tuya –le dijo furioso y emocionado al mismo tiempo-. Nada.
¿Lo entiendes? Nia… -Se acercó de nuevo a ella y le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja-.
Siempre he sabido que te merecías a alguien mucho mejor que yo –le dijo-, pero si me quedaba alguna duda esta noche se ha desvanecido. Es imposible que quieras estar con alguien que es capaz de matar con sus meras manos. Quizá habría podido dejarlos inconscientes, pero no lo he hecho. Les he matado porque tú estabas en peligro. Y volvería a hacerlo. Y eso hace que no sea mejor que ellos. –Terminó la frase y Eugenia notó que iba a apartarse, así que lo sujetó por las muñecas. Hernán la miró a los ojos-.
Te amo, Nia. –Sonrió para no llorar-. Y te prometo que no volveré a decírtelo y que me mantendré alejado de ti, pero… -respiró hondo-… quería que lo supieras. Vamos, tenemos que llegar a la licorería.
Tiró de ella y consiguió alejarla de los dos cadáveres. Por suerte nadie los había visto, y Hernán ya se encargaría mañana de que alguien fuera a ocuparse de esos desgraciados. Nia seguía en silencio, y dedujo que todavía estaba impresionada por lo sucedido. Mejor, se dijo a sí mismo, porque no me veo capaz de decirle nada más. Cruzaron otra calle y se detuvieron frente al portal de la misteriosa licorería de Tinley.
¿De verdad creía que iba a dejar que le confesara su amor para luego comportarse como si no hubiera pasado nada?, se preguntó Eugenia. ¿Quién diablos se había creído que era? ¿Y qué eran todas esas tonterías de que ella se merecía a alguien mejor? Se le ocurrían cientos de maneras de responder a toda aquella rastra de sandeces; pero si algo había aprendido esa noche Nia era que a veces las palabras sobran, así que, ahora que por fin habían vuelto a detenerse, giró sobre sus talones, levantó las manos, se puso de puntillas, y lo besó como llevaba años deseando hacer.
El cuerpo de Hernán reaccionó al instante y le devolvió el beso con toda la pasión y el amor que había encerrado en su alma. Él había creído que nunca podría darle ese beso, ese beso con el que le diría que la amaba y que la amaría siempre, y ahora que por fin lo estaba viviendo no iba a perder ni un segundo pensando en nada que no fuera Nia. La acercó a él, desesperado por estar lo más cerca de ella que le fuera posible, y no dejó de besarla hasta que sintió que ya no le bastaba con besos. Lentamente fue apartándose de ella, con los ojos cerrados, tratando de detener el tiempo. El destino incluso.
-Abre los ojos, Hernán –susurró ella, acariciándole el pómulo en el que empezaba a aparecer un moratón-. Abre los ojos para que pueda decirte que yo también te amo.
Los abrió al instante y Nia no pudo evitar sonreír.
-¿Me amas? ¿Por qué?
-Te amo porque me dijiste que tenía los ojos llenos de estrellas. –Vio que él se emocionaba al ver que ella recordaba aquel precioso piropo-. Te amo porque no puedo imaginarme no hacerlo y… ¿te he contado alguna vez una historia que solía contarme mi madre de pequeña?
A Hernán le sorprendió el cambio de tema, pero estaba tan feliz de que Nia lo amara que le siguió la corriente.
-No –le respondió sincero.
-No sé si Rodrigo te habrá contado alguna vez que mi madre era muy aficionada a los relatos mitológicos y a las fábulas. –Él negó con la cabeza y ella siguió-. Pues bien, una de las fábulas preferidas de mi madre, y que me contaba con frecuencia, era que los hombres teníamos en realidad cuatro brazos, cuatro piernas y dos cabezas.
-¿Cuatro brazos? –preguntó Hernán, y sin poder evitarlo le dio otro beso en los labios. Esta vez dulce y lleno de ternura.
-Sí. Al parecer antes de nacer nos separan en dos mitades y nos pasamos toda la vida buscando la mitad que nos falta. De pequeña me parecía una tontería, pero años más tarde, cuando te conocí, vi que no lo era tanto. Te amo Hernán porque sin ti me pasaría la vida buscando a mi otra mitad, y ahora que te he encontrado –enredó los dedos en la nuca de él-no pienso dejarte escapar.
-Ni yo a ti, Nia.
Se dieron otro beso, lento, seductor, inolvidable.
-Así que más te vale que cuando el jueves acompañes a Rodrigo no te olvides de que tienes que andarte con mucho cuidado –le recordó cuando volvieron a separarse.
-¿Quieres que acompañe a tu hermano?
-No quiero que a Rodrigo le pase lo mismo que a Miguel. Y me moriría si te sucediera algo a ti.
–Le acarició el pelo-. Pero después de lo de esta noche… estoy convencida de que Miguel había descubierto algo importante, y si esos ingleses necesitan de nuestra ayuda, no se me ocurre mejor hombre que tú para cuidar de mi hermano. Pero recuerda, no te irás a Inglaterra, ni a ninguna otra parte, hasta que nos casemos, y ni se te ocurra decirme que…
Hernán la besó para que no siguiera hablando, y para que Nia no viera que se le habían llenado los ojos de lágrimas. Sí, Miguel tenía razón, Nia era una brújula, su brújula, y sin ella estaría completamente perdido.