PAIS RELATO

Libros de ángel pantoja

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ángel pantoja

carbón

El ruido de la cafetería no logra opacar el telediario que retumba en las paredes. Normalmente sería un partido de fútbol lo que distraería a los clientes; la cafetería con frecuencia reúne forofos en los encuentros más importantes.
Esa tarde, sin embargo, los focos recaen sobre otro punto. Refugiada de la llovizna que salpica las calles, la cafetería que arropa a sus clientes con el calor de las cafeteras y el pan recién hecho parece ajena al tiempo. Centra toda su atención en la noticia del momento, retransmitida en directo en la pequeña televisión del local.
Según la periodista que no deja de parpadear mientras parlotea inquieta, la policía ha encontrado el cuerpo de la chica que había desaparecido hacía unas semanas. Todos la conocían. Como si fueran sus padres o sus hermanos, los espectadores habían seguido la noticia en prensa, redes sociales y televisión, rezando porque la adolescente apareciera sana y salva.
Cuando las máquinas cesan y las cafeteras dejan de retumbar, se instaura el silencio.
Ahora, entre los ojos curiosos de la cafetería, clavados a la pantalla, solo dos rehúyen de seguir la noticia. Lejos de la curiosidad, los ojos de Sara reflejan un miedo profundo, absoluto, por lo que la periodista cuenta.
Sara no quiere escucharlo, pero los dueños del local suben el volumen para que no pierda detalle.
Los restos de la víctima, carbonizados. Sin huellas, sin marcas.
Los estudios psicológicos que analizan la personalidad del asesino, el perfil criminal, su modus operandi y sus medios. Los restos de gasolina, los instrumentos con los que golpea a las víctimas antes de dejarlas arder.
Por eso le bautizan como “El Carbonizador”, como si fuera una broma, uno de esos villanos de cómics, y no un pervertido que se ha cobrado ya siete víctimas. Ese hijo de puta frívolo que ya ha quemado siete cuerpos adolescentes sin dejar nada más que una nota encriptada, sin una sola huella o señal rastreable.
“Se trata de un caso clásico de criminal de alto ego”, explica un tipo a la periodista. Abajo, un rótulo indica que se trata de un reputado forense y criminólogo de una universidad de nombre largo. Sara no quiere, pero sigue escuchando.
“Intenta jugar con la policía y con la prensa”, sigue diciendo. Está tan tranquilo que parece hablar de un partido de fútbol, no de una persona a la que han quemado viva.
“Todos esos mensajes en clave, muy crípticos, no son códigos César o juegos torpes de palabras; son desafíos directos, amenazas subyacentes. Quiere que le demos publicidad.”
“Es lo único que quiere. Como Zodiac. Como Fish. Publicidad, fama, atención.”
“Solo quiere ser famoso.”
La periodista retrocede para regresar a la cámara, con el micro bien pegado a la boca; está cubierto de plástico, una torpe medida contra el COVID, cuando el criminólogo lleva la mascarilla por debajo de la nariz.
Sara intenta fijarse en eso, solo en eso y nada más. Lo que sea para no pensar en ese psicópata.
Marcos se da cuenta. Huele el miedo, y ella ve que él también lo tiene.
¿Cómo pueden escuchar toda esa información con semejante indiferencia?
Marcos se muerde el labio. Se coloca las gafas con un dedo fino y tembloroso y grita algo. Tiene que levantar la voz para que le oiga uno de los dueños, que siguen hipnotizados por el telediario.
—¡Eh! ¿Podéis bajar el volumen? Ya está bien.
Los dueños no replican. Nadie lo hace. La curiosidad es sorprendentemente fuerte, pero aún más el sentimiento de culpabilidad por haber dejado que el morbo llegue tan lejos. Por eso nadie protesta. El volumen se baja y Sandra respira más tranquila.
Marcos se ofrece a invitarla y discuten sobre cómo se dividen la cuenta.
Es ridículo, pero llevan casi un mes juntos y parece que cada día es la primera cita. Para subrayarlo, se deciden por terminar la jornada en la discoteca en la que se conocieron. Un pequeño garito con shishas baratas, copas poco inventivas y un olor a marihuana impregnado en las paredes. Sí, allí se habían visto la primera vez, y desde los primeros estados de alarma aquella discoteca se había adaptado a los clientes más introvertidos como en sus mejores sueños. Ahora era espaciosa, abierta. Un escudo contra los borrachos y los potenciales violadores.
Al menos, en palabras de Sandra.
Desde que el asesino había empezado a copar las portadas de los periódicos, los virales de redes sociales y las últimas horas informativas. Sandra había empezado a desarrollar una obsesión enfermiza por “El Carbonizador".
Un mes de relación había permitido a Marcos conocerla bien. Había estado varias veces en su casa. La primera de ellas, solo se había fijado en los recortes de periódico sobre la mesa. Sandra los había escondido pronto, con vergüenza. Después le diría que no quería que pensara que estaba loca.
Y si solo hubiera sido eso…
Las consecutivas visitas abrieron la caja del desastre. Sandra mostró toda la recopilación de informaciones del asesino. Todas por cuenta propia. Paranoide.
“No estoy loca, sé que no lo estoy.”
Marcos le había dicho que no, que nunca lo pensaría. Sus ojos se desviaban de los de Sandra y se fijaban en la pila de papeles. En el disco duro con fragmentos de telediarios, entrevistas y documentales sobre “El Carbonizador”.
“Solo quiero saber cómo es. Por qué hace lo que hace.”
Una vieja lámina de corcho guardaba raíles de nailon, conectados por chinchetas, que clavaban al lienzo las fotografías de los sospechosos que había encontrado Sandra en medios de comunicación alternativos. Conspirativos.
“Lo estudio. Para que no me lo haga a mí.”
Y aquel detalle que no dejaba de rondar la cabeza de Marcos. Que le ponía los pelos de punta. Una caja de productos inflamables. Colección de gasolinas. Mechas. Encendedores. Productos de pirotecnia.
“Para que no se lo haga a nadie más.”
La discoteca les recibe con una calidez templada. Una atmósfera de respiradero humano. Un invernadero alcoholizado. Por el maldito virus, la gente cada vez tarda menos en emborracharse. ¿Y es eso mejor o peor?
Cuando dan las once de la noche y se acerca el toque de queda, Sandra gesticula. El alcohol que ha entrado en su cuerpo ha secuestrado su motricidad, su capacidad analítica. No hay hueco para “El Carbonizador”, y Marcos sonríe porque, aunque Sandra parece indispuesta, al menos ha logrado desconectar. Ya no piensa en ese asesino. La obsesión es un interruptor ahora y ha conseguido apagarlo.
—Quiero una más —dice de pronto Sandra
—No. No deberías —replica Marcos —. Ya es suficiente. Puede hacerte daño si…
—¿Si qué? —inquiere Sandra. Sus ojos se mueven desacompasados por el efecto del alcohol —. ¿Si me sube más? No. El daño me lo puede hacer ese hijo de puta. Ese cabrón asesino, psicópata de mierda que…
Una mano, suave y caliente, envuelve la suya. Sandra nota el calor que el cuerpo de Marcos le devuelve. Se estremece. Solo alcanza a sonreír, y le pide a Marcos una última bebida, la última por favor y nos vamos, por favor, solo eso y nos vamos. El chico se mueve entre la masa de gente, preocupado, y pide la última bebida. Va cargada con poco alcohol, y no tarda en llevarla hasta la mesa en la que se han sentado. En la que Sandra se hunde.
—¿Estás bien? —pregunta Marcos, inquieto.
Sandra no responde. Solo mantiene la vista sobre la bebida. Sus párpados se caen, y el sueño y el alcohol se apoderan de ella. Marcos no duda en segundo; la recoge antes de caer al suelo y la carga sobre un hombro hasta su coche. La coloca con cuidado en el asiento de copiloto y le pone el cinturón de seguridad, dándole un pequeño beso en la mejilla. Está helada.
Sonríe antes de arrancar el coche.
Al llegar a casa, Sandra ya está inconsciente. Después de sacarla del coche y llevarla hasta su casa, la casa que Sandra no había conocido, Marcos deja el cuerpo de Sandra en el suelo. Sinceramente, le trae sin cuidado. Hasta hacía poco era un instrumento de alguna utilidad, tal vez meramente sexual, o puede que de la altura de un animal de compañía. Empuja con el pie su cuerpo; la cabeza baja de golpe al suelo y rebota contra las tablillas astilladas del suelo. Pronto se forma un pequeño charco de sangre.
Chasquea la lengua. No quiere que acabe así. No tan rápido.
Eso destrozaría todo el juego.
Así que mientras prepara las cosas, el bendito ritual, reza porque Sandra siga con vida. Con un poco de suerte, el golpe no llega más que a un sutil traumatismo, lo suficiente como para dejarla consciente. ¿Qué gracia tendría todo esto si no lo estuviera, si no supiera todo lo que le está ocurriendo? Ya le había pasado la primera vez. Golpeó demasiado y tuvo que trabajar con un saco de huesos inerte. Casi el trabajo de un fallero.
Se ríe de su propio chiste, contento, de haber terminado con eficacia (como siempre) un trabajo tan sencillo. Aunque no quiere pensar en eso último. ¿Sencillo? Sí, se estaba volviendo muy fácil robar vidas. Ya no sentía aquel estúpido apego del principio, o esos escrúpulos cuando encontraba residuos orgánicos entre las cenizas. El fuego no siempre se llevaba todo.
No, ahora era diferente. Era más fuerte —solo había que ver cómo su excelente fuerza de voluntad, su firme disciplina y su estratégico autocontrol le habían llevado a conseguir un cuerpo que poca gente podría siquiera soñar con tenerlo—; era inteligente, muy inteligente: nunca le habían encontrado, ni sospechado de él.
Ni siquiera habían conseguido descifrar los mensajes.
Ese era el problema de la policía. Era demasiado estúpida. ¿Aún no se habían dado cuenta de que el código solo se componía de una transposición numérica conjugada con la posición en solfeo de las notas musicales, aplicada sobre las líneas del alfabeto occidental? Después solo había que desfasar vagamente las letras y estudiar la posición, que se había permitido barajar con un sencillo algoritmo. Los malditos policías no habían llegado a revelar un solo mensaje. No habían dado con nada.
Oh, pero ahí estaba parte de la magia.
Marcos piensa que, si cualquier policía o investigador fuera al menos la mitad de inteligente que él —algo difícil, por no decir imposible, pues Marcos tiene el cociente intelectual de un genio—, habrían dado con parte de la clave para traducir sus mensajes. Y entonces llegaría la parte divertida.
Cuando llegaran a descifrarlos, encontrarían los mensajes. Esos mensajes cuidadosamente seleccionados: versículos de la Biblia. Eso les haría asegurar a la prensa y a toda esa masa de fieles borregos sin capacidad crítica ni resolutiva, que estaba relacionado con la religión. Tal vez con una secta o una vinculación a los círculos religiosos. Podría provocar una escisión en el mundo cristiano. Podría crear el caos.
El espejo del pasillo le devuelve su reflejo cuando se dirige hacia el baño para ir a por los químicos inflamables. Es un reflejo perfecto. El del hombre que ha encontrado su camino y lo ha explotado con eficacia, con perfección. Es un estratega, el mejor de todos. No le cabe ninguna duda.
Ha conseguido burlar las revisiones de decenas de policías, de investigadores, de expertos contratados por los agentes del orden. De psicólogos. Ha destrozado el perfil criminal que cuatro idiotas han intentado sacar. Y ninguno de ellos se acerca ni remotamente a la personalidad de Marcos.
Ese es su secreto. Su actuación. Su encomiable mimetización con el entorno.
Lo mismo que ha hecho con Laura. Con Mónica. Con María.
Julia. Verónica. Paula. Marina.
Virginia.
Y ahora Sandra.
Una vez termina de llevar el cuerpo de Sandra a la bañera, donde comenzará la combustión con los líquidos altamente inflamables, se detiene unos segundos. Unos segundos auto concedidos por el puro disfrute de la observación de la perfección.
Está en el espejo del pasillo. Se deleita con la imagen de Perfección pura y delirante que le ofrece el cristal.
Y lee en sus labios del reflejo las palabras que su boca pronuncian.
“Eres Dios. Eres Dios. Eres Dios. Eres Dios.”
Y lo es.
Lo es porque…
Un golpe fuerte le arrastra contra el espejo. El cristal se hace pedazos, y con ellos cae él también al suelo. Sorprendido e indefenso, trata de incorporarse para ver qué coño le acaba de destrozar el ritual sagrado.
Es la puta de Sandra.
Está sonriendo, con un pedazo de cristal en la mano. Un trozo de espejo que aún le devuelve su imagen.
Y su ego, como el espejo, se hace añicos.
En el reflejo encuentra a un hombre que no es perfecto.
Es estúpido, está deformado. Sangra y sangra y forcejea como un animal acorralado. Débil. Dócil. Moribundo. El reflejo ruega por su vida. Pero el cristal se hunde en su cuello, hasta seis veces, antes de que Marcos pueda hacer nada. Se está muriendo. Eso es lo más difícil. Pensar en esa palabra, pronunciarla. Comprenderla.
Su vista es borrosa, pero aún encuentra parte de ese reflejo, cada vez más derruido, más corrompido. Y nada más.
Ahora entiende por qué el alcohol ha hecho un efecto tan rápido en ella. Porque nunca lo hizo. Porque no terminó las copas. No bebió el líquido que Marcos había vertido en su copa para adormecerla. O tal vez, sí lo hizo. Tal vez sí, y Sandra ha conseguido despertar a tiempo por la falta de alcohol en su cuerpo y ha podido echarse sobre él y…
¿Es eso? ¿Eso es todo?
Tal vez sí, piensa Marcos.
No quiere admitir que Sandra le había descubierto.
Que Sandra ha sabido actuar, diez pasos por delante de él.
Que las sirenas que suenan responden a la información que Sandra guardaba en su casa. Que ni siquiera habría necesitado empujarle de aquella forma porque tiene un arma. Porque sus fichas ya habían ganado la partida decenas de movimientos antes.
Mientras se desvanece, no deja de pensarlo.
Tal vez él mismo no es más que otro espejo.
Uno deformado, demacrado. Manipulado para ser lo que no es.
Y en ese último segundo de lucidez, Marcos entiende que nunca ha sido nada. Que no es, ni fue ni será. Que no habrá sido. Solo un rastro de cenizas consumido por un fuego ardiente, efímero, levantado sobre una nada. Un fuego crecido por todo lo que quemaba a su paso.
Una llama antaño flagrante, pero ahora vacía.
Derruida, reducida a un rastro invisible de polvo.