País Relato - Autores

ángel luis miranda

crónicas de malhaam

Con motivo del primer centenario del restablecimiento de la puerta Fusinika del sistema Combrai, el monasterio Kalabá de Golaam ha emprendido un estudio documental del período previo a la restauración de la puerta, cuyo proceso empezó con la entronización de la Corona Ber, hace poco más de quinientos años. El retroceso tecnológico, ocurrido tras el accidente, y la característica cultura malhaamita, en general reacia a la utilización de artilugios, han dificultado la conservación de la documentación de la época, mucha parte de ella en papel, y que, en algunos casos, no ha podido resistir el paso del tiempo. El trabajo que presentamos es la traducción de un legajo de documentos relacionados con el Señor Canciller Raeú, la mayoría manuscritos, que contiene dietarios, actas, discursos y relatos, que puede ser de interés para los estudiosos de aquel período y también una pequeña contribución a la enciclopedia panhumana universal. Para hacer más ágil la lectura se ha añadido un pequeño diccionario de términos característicos, aun así hemos incluido algunos comentarios intercalados para facilitar la comprensión del texto. Presentamos en primer lugar el que ha sido archivado como documento Raeú-1. El legajo procede de una colección privada, propiedad de un descendiente de la familia del Canciller que ha autorizado su estudio y traducción.
Justificación
Pocas veces ha ocurrido en la historia de Malhaam que la Corona asuma responsabilidades directas en la gobernación del reino, pero en aquellos aciagos años en los que el desorden y el caos se adueñaron de nuestros territorios, la más alta institución asumió las riendas del estado y lo hizo, no de su propia mano sino a través de un miembro de su familia más directa: me pidió que ejerciera el cargo de canciller, y lo vengo haciendo, aún hoy, a pesar de las cargas que impone la edad, con satisfacción no exenta de preocupaciones, no en vano tenemos que afrontar la gobernación de un planeta en el que los problemas menudean aquí y allá exigiendo soluciones, a veces imposibles, y equilibrios para que nuestros vastos territorios se sientan gobernados con equidad [el canciller Raeú no explica, por conocido, el deber constante de dar cuenta de todos sus actos a la Bulé, que aprueba y sanciona sus decisiones en nombre del pueblo, incluso en aquella etapa en la que se recortaron, de forma legal, sus funciones, transfiriéndolas a la Corona].
Mirando hacia el pasado no dejo de rememorar aquellos años en los que la imagen de Malhaam era tan distinta de la que ofrece ahora, años en los que ocurrieron graves acontecimientos con una influencia decisiva en el futuro del reino. He decidido escribir una crónica, lo más fiel y realista posible, de aquellos sucesos basándome en mis recuerdos personales, en lo que me han contado sus protagonistas y en algunas entrevistas realizadas a testigos directos de los hechos. El matrimonio real asistirá mañana al primer acto del futuro incierto que marcará nuestro destino: el despegue de una lanzadera espacial para colocar en órbita los primeros elementos de una estación orbital, un paso de gigante hacia la puerta Fusinika; es la voluntad de la Corona, rara vez manifestada, pero en esta ocasión mantenida con firmeza, no ahorrar esfuerzos para restablecer nuestro ancestral sistema de comunicaciones con el BOC [el Brazo de Orión Colonizado]. Todo el mundo sabe que hay voces discrepantes que prefieren a Malhaam tal como es ahora, aislado, pacífico y alejado de la vorágine panhumana, pero el criterio último de la Corona está muy claro, si no lo hacemos hoy, que todavía tenemos conocimientos atesorados en ciertos enclaves, aquéllos se perderán con el paso del tiempo y nuestra civilización, probablemente, volverá a forjarlos por su cuenta, pero será dentro de muchos y muchos años. ¿Qué encontraríamos, al cabo de ellos, al otro lado de la puerta Fusinika? Pero tenemos otro motivo de preocupación. En muchos aspectos nuestra vida personal y colectiva depende de la tecnología residual panhumana, ¿qué ocurriría si las faxio dejaran de funcionar? [Las casas de nacimiento, de incineración y de acondicionamiento, estas últimas también utilizadas para curar heridas o traumatismos, porque las enfermedades infecciosas y las degenerativas estaban erradicadas; el Canciller se refiere al hecho de que las mujeres, como en todo el BOC, carecen de la capacidad reproductora, y duda que, llegado el caso, la ciencia médica autóctona fuese capaz de restablecerla].
Un buen día la puerta Fusinika dejó de ser operativa, lo que provocó una ruptura, de efecto devastador, en la vida social, política y económica de nuestro mundo. El colapso de la puerta no sólo afectó al transporte; nuestra peculiar cultura nos hacía muy dependientes de la panhumanidad porque éramos reacios a utilizar, y a fabricar, muchos de los artilugios típicos de la cultura estándar del BOC, algunos de los cuales, a nuestro pesar, eran imprescindibles, como los generadores de energía y algunos electrodomésticos. Al cabo de pocos años, nuestra civilización entró en decadencia y el efecto disgregador de los desórdenes acabó desintegrando el estado en un conglomerado de territorios más o menos independientes.
Bastaron dos o tres generaciones para que Malhaam perdiese su civilización técnica cotidiana y la mayor parte de su maquinaria, excepto aquella que estaba dotada del poder RIS [capacidad de reparación, inteligencia y de suministro energético indefinido]; la gente las llamó aobín. Entre las más características estaban las faxio. Eran inexpugnables e indestructibles y todos los intentos para controlarlas fracasaron, y bien es cierto que muchos lo intentaron puesto que una de las funciones de la faxioté [la casa de acondicionamiento], por acuerdo tácito de los ciudadanos, era evitar que se utilizaran armas más complicadas que una ballesta neumática. Ahora estamos acostumbrados a su uso cotidiano, pero en aquellos años estaban rodeadas de un halo fantasmal debido al retroceso que experimentó nuestra sociedad. Cuando la civilización técnica degeneró, la faxioté se limitó a cumplir las normas y acuerdos que estaban vigentes antes del colapso. Si algún infeliz construía una, inevitablemente se sentía confuso y no podía llegar al final. Si alguien pretendía utilizarlas, las había en los museos, podía perder la mano en el intento, mano que jamás iba a ser reconstruida. Sin embargo, nada ocurría con espadas, ballestas, cuchillos o floretes; ni impedimento alguno para ejercer la violencia deseada, salvo el castigo de la ley, cuando la ley existía.
He sido, y soy, muy feliz junto a Claralá, Janelá y Berú, la Corona, ya ancianos, pero aún llenos de vigor. Es mi propósito contar esta historia para que nuestros hijos y nietos sepan que su presente se forjó en circunstancias muy precarias, en un pasado que aún veo próximo.
RAEÚ, SEÑORCANCILLER DE LA CORONA
El bufón
Peyote tuvo su origen en un carguero estelar, que le vio nacer por causas fortuitas, y en el que hubiera muerto si una serie de circunstancias no le hubiera conducido a Malhaam. Acaso fue una de las últimas naves que llegaron a Combrai [es la estrella solar del sistema planetario en el que Malhaam ocupa el cuarto lugar]. Una vez estacionada, la tripulación humana pudo escoger entre quedarse o emigrar al único planeta habitado. Muchos se quedaron porque era el mundo que conocían y, si bien es cierto que aquella nave podía resistir durante siglos el fatal aumento de entropía, muchas cosas empezaron a crujir. El joven Peyote tuvo su origen en una serie de embriones descartados que el servicio médico guardaba como material de estudio; accidentalmente, uno de ellos llegó a prosperar. Cuando la máquina placentaria vomitó la criatura el propio sistema robotizado lo depositó en la guardería de la nave. No le proporcionaron estanton, el asociado no biológico más sencillo que se asignaba por defecto a un recién nacido panhumano, porque prevaleció el primer diagnóstico: «Malformación física y mental, clase no compatible con el protocolo de asignación».
Habían pasado ya más de ciento cincuenta años desde el accidente de la puerta; la nave seguía impertérrita en su órbita. La ceta [el cerebro inteligente de la nave] decidió llevarlo a un enclave protegido de Malhaam situado muy al norte, en plena zona boreal. Tenía catorce años, estaba desconcertado y alarmado por aquel cielo y aquel frío que jamás pensó que podían existir. Allí estuvo un tiempo pero, incapaz de resistir cualquier tipo de disciplina constructiva, se escapó, y mendigando, incluso robando lo que podía, vivió a salto de mata durante unos años. Nació un tanto envejecido, con la mente retorcida, y con una anomalía física en la espalda; sin embargo, tenía un talento especial: era muy listo y podía ser simpático porque era capaz de atemperar su innata causticidad transformándola en ironía. En Malhaam encontró un mundo a la medida de sus ambiciones aun agazapadas esperando el momento oportuno.
Se preguntó quién ostentaba el poder. Malhá, la capital, está muy al sur, en los confines del único continente habitado. Ohm Ambar, la corte de los orgullosos príncipes estaba más cerca y hacia allí se dirigió. Llegó a la ciudad y deambuló por plazas y mercados hasta que acabó en las manos de un funcionario de palacio, Felú [la terminación -ú indica sexo masculino y -lá femenino, en malhaamita; la indicación es puramente funcional, como en Golaam, y puede suprimirse en la conversación informal], que le dio un remedo de educación y un trabajo: distraer a los príncipes, porque el cargo de bufón había quedado vacante y su joroba era real. Pero aquel funcionario tenía una cuenta pendiente con los Ambar.
Su mente despierta asimiló como una esponja las características de aquel mundo abierto, el suyo había sido la nave, cerrado, complejo y laberíntico; con el idioma tuvo más dificultades, nuestra lengua es del tipo aglutinante, muy distinta del incachín panhumano, pero una vez que entendió su estructura interna la aprendió sin dificultad. Era muy consciente de sus limitaciones físicas, por lo que sus ambiciones tenían que quedar muy disminuidas, pero pronto comprendió que el accidente de la puerta, sucedido muchos años atrás, estaba convirtiendo aquel mundo en una isla, y que aquella isla sería su paraíso.
A Felú le habían encargado que contratase a unos cuantos actores para que amenizaran las veladas de palacio con sus canciones y representaciones ligeras. Vio al jorobado pidiendo caridad en el mercado después de contar alguna historia que escuchó con interés porque estaba bien hilvanada y recitada con gracejo. Habló con él y enseguida se dio cuenta de que aquel joven era muy prometedor. Tenía una gran inteligencia y una feroz ambición que asomaba entre los pliegues de una exquisita cortesía teñida de adulación, no en vano aquel hombre iba vestido con la dignidad que requería su cargo, por lo que el joven lisiado vio cómo se abrían las puertas del cielo cuando le dirigió la palabra por primera vez. Enseguida se pusieron de acuerdo. Peyote trabajaría para él informando de todo lo que sus ojos y oídos pudiesen captar del entorno principesco. Felú estaba dolido con los Ambar, que le habían retirado la administración de un feudo en el que se descubrieron irregularidades, aunque no fueron atribuidas a él directamente. No le costó mucho ganarse la confianza del príncipe, un hombre bondadoso, que vivía un tanto exhorto en sus propias meditaciones, y preocupado por el creciente caos y desorden que se estaba produciendo en todas partes.
La fiesta de aniversario
Los Ambar, feudatarios de la Corona, gobernaban aquella ciudad sin límites, helada, eterna, intemporal, situada en la zona boreal habitada más extrema de Malhö [el único continente habitado de Malhaam]. Se trata de un principado ciertamente anacrónico, pero que mantiene sus prerrogativas autonómicas desde tiempo inmemorial. Los ambaritas utilizan muy poco los artilugios tan característicos de la cultura panhumana, tradición que se ha mantenido viva en todo Malhaam, pero de forma más acusada en Ambar [las crónicas sitúan el primer emplazamiento de la colonia golaamita que homaformó el planeta, hace unos tres mil años, precisamente en Ambar. Parece ser que tuvieron problemas de índole biológica en las zonas más calientes y decidieron establecerse en el norte helado, aunque más tarde, resuelto el problema, se expandieron hacia el sur].
Aquella noche celebraban el aniversario del príncipe, que reunió en torno a él a toda la familia, los padres, abuelos y los cuatro hijos. Y aquella noche fue la elegida por Peyote para consumar su traición. Un grupo de sicarios entró violentamente en la sala en la que cenaba la familia al completo. Las órdenes habían sido tajantes: no podía haber heridos, eran doce personas y quería doce cabezas. Se habían tomado las medidas para asegurar que la guardia personal del príncipe, apenas unos pocos soldados, quedase fuera de combate, así como los escasos artilugios que pudieran dar fe o intervenir en lo que ocurriría a continuación. Sin embargo, Peyote preparó las cosas de forma que pareciera que él nada tenía que ver con el magnicidio; los sicarios, una vez consumado el crimen, debían reunirse en una sala aneja al comedor para recibir instrucciones. Allí fueron eliminados por un segundo grupo más selecto. Él aparecería como el vengador del crimen de estado, aunque, por si acaso, suprimió la Bulé y todo atisbo de representatividad democrática que más tarde pudiera pedirle explicaciones. Mientras tanto el comedor había quedado sin vigilancia alguna apenas unos minutos, el tiempo necesario para eliminar al primer grupo de asesinos. Pero fue suficiente para que pudiera actuar el viejo y querido Valú, el tutor de los jóvenes príncipes, que sospecharía alguna malignidad de Peyote y aguardaba en una cámara secreta contigua al comedor. Claralá, la hija menor, fue la última en ser decapitada; el tutor no lo dudó, era la que tendría más probabilidades de revivir.
Aun recordaba, estremecida, la visión de su propio cuerpo decapitado un instante antes de perder la conciencia, pero su destino no había terminado con aquel tajo demoledor, aún quedaban muchas páginas por escribir, muchas historias que contar. Valú colocó la cabeza en un saco de seda que escondía en el fondo una bandeja provital [típico artilugio panhumano, que, aunque poco utilizado en Malhaam, no era extraño que algunos poseyeran; permitía mantener vivo un órgano, incluso sólo la cabeza] y consiguió llevarla a una faxioté fuera de Ambar. Cuando despertó tenía un cuerpo nuevo, más juvenil, algo más esbelto; los recuerdos tardaron un tiempo en poseerla de nuevo, pero la faxioté hizo un buen trabajo. Nunca supo cómo pudo su tutor, un hombre mayor, sortear la férrea vigilancia que controlaba las entradas y salidas de palacio.
Cuando salió era casi una inválida, su cuerpo respondía a duras penas, se notaba débil y apenas podía caminar, aunque poco a poco estos problemas se fueron resolviendo; intentó buscar infructuosamente al hombre que había salvado su vida, aunque es cierto que primó los aspectos de seguridad porque era muy consciente de la amenaza que pesaba sobre ella. Cambió de identidad y de aspecto, y al cabo de muy poco tiempo, al ver que el poder político de Ambar había cambiado de manos, no le fue difícil comprender lo que había pasado. Peyote era el responsable de la muerte de su familia, muerte que justificó como un deplorable accidente; más tarde se proclamó Regente y permitió la existencia de una Bulé títere.
El mundo que encontró fuera del palacio familiar era muy diferente del que ella conocía o suponía que conocía. El retroceso cultural que había experimentado Malhaam la golpeó con fuerza. Se tuvo que enfrentar a un mundo más violento, sin orden, que muchos aprovecharon para instaurar dictaduras o protectorados sin representación democrática alguna. Algunas ciudades sobrevivieron, otras se derrumbaron provocando un éxodo de gente hacia el campo en el que se instauró una economía de subsistencia, basada en la agricultura, las granjas y las piscifactorías. Nuestro mundo, al igual que cualquier otro panhumano, había dejado de tener problemas de suministro energético a partir del convertidor gravimétrico Gonard-Flytein, pero apareció un problema nuevo, no había suministros, no había recambios.
La faxioté que la reconstruyó estaba en Serimbar, un reino limítrofe con Ambar, en un lugar próximo a la frontera, por lo que no se sintió segura y decidió alejarse todavía más; durante un tiempo viajó hacia el sur, viviendo a salto de mata, fortaleciendo sus músculos y ejercitándose con la katana, de la que había recibido rudimentarios conocimientos; Ambar era un principado que conservaba ciertas costumbres relacionadas con una forma heroica de ver el mundo, de forma algo más acusada que sus vecinos. La espada, que podía mantener la hoja parcialmente retenida, la encontró entre las escasas propiedades que depositó su tutor al dejarla en la faxioté, junto con una pequeña cantidad de dinero que le permitió vivir durante los primeros años.
Consiguió sobrevivir, tenía treinta y cuatro años biológicos y hacía muchos que deambulaba de aquí para allá, a veces trabajando, otras haciendo de guardaespaldas de algún rico comerciante y en ocasiones alquilada en algún prostíbulo porque había que comer y no siempre había un trabajo decente a mano. Las facciones afiladas, el pelo rubio ceniza teñido de negro, todo lo que recordara a los Ambar estaba proscrito, los ojos verdes, delgada, fibrosa, con una apariencia que le permitía hacerse pasar por hombre para disimular su condición femenina.
Claralá conoce a Berú
Tendida en su camastro, en aquel cuartucho de mala muerte, pensaba en la comida del mediodía; había tomado una ración de scramb [típica sémola de maíz], hacía sólo un par de horas y ya volvía a tener hambre. Se burló de sí misma, un método muy eficaz para evitar la autocompasión, y decidió salir a la plaza para engañar al hambre. Estaba en Ohm Suer, una ciudad de Serimbar, relativamente tranquila y a un paso de la tierra de los espíritus…
Antes de atravesar el umbral de la puerta notó ya el tumulto sin poder precisar su origen ni motivo, pero volvió por sus pasos y recogió la espada. La bolsa que llevaba colgada en la espalda ayudaba a disimular la empuñadura que sobresalía ligeramente por su hombro izquierdo, la hoja estaba parcialmente retenida. Unos soldados parecían perseguir a alguien, probablemente un ladrón de fruta o enseres de una de las paradas del mercado. No prestó más atención al incidente pensando que la perseguida podría haber sido ella, si hubiese cometido el robo. Se detuvo en dos o tres tenderetes sin poder evitar prestar atención a los perseguidores que ahora se alejaban hacia el dédalo de enrevesadas callejuelas que tejían la parte antigua de la población.
No había nada que le llamase la atención salvo la fruta fresca que exhibían algunas paradas; frambuesas, grosellas, moras, higos, cerezas, pacharanes, tamarindos y muchas variedades de manzana, la mayoría frutos del bosque procedentes de más al sur, ofrecían un colorido que ella tildaba de impúdico porque le hacía segregar saliva para anticipar una digestión que sólo era imaginaria. Decidió volver a su cuarto, todo el mundo estaba vigilante por lo sucedido hacía escasos minutos, por lo que era impensable que pudiese hurtar alguna cosa. Aun así consiguió disimular una manzana que guardó en un bolsillo del amplio pantalón. Al volver a su casa, inexplicablemente, cambió de dirección y se encaminó hacia la parte vieja de la ciudad donde proliferaban los tugurios, prostíbulos, adivinatorios y toda clase de tiendas en las que se podía vender o comprar cualquier cosa. Sin quererlo reconocer quería averiguar qué había ocurrido con el ladronzuelo. Le había parecido entrever una forma juvenil que corría, como alma que lleva el diablo, huyendo de sus perseguidores. Finalmente lo encontró; los tres soldados que perseguían al ladrón habían alcanzado su presa; se trataba de un muchacho, no podía precisar la edad, pero andaría cerca de los dieciocho, tenía sangre en la boca y una pesada bota le oprimía el pecho. Uno de los soldados había abierto su pantalón y sujetaba sus testículos, mientras otro parecía dispuesto a cortárselos con un afilado cuchillo que blandía en la mano izquierda, no le pasó desapercibido que era en la izquierda. Todo sucedió muy rápido. Pero su cerebro ágil no dejó de archivar un objeto entrevisto de apariencia rectangular, brillante, de unos sesenta centímetros de largo que emitía una luz difusa, justo al lado del cinturón del muchacho; hubiese jurado que su color era inicialmente marrón, pero se fijó en él porque de improviso adquirió aquella luminosidad mate. Dejó de prestarle atención, porque la situación requería su ayuda inmediata. No se lo pensó dos veces, con la mano izquierda sacó la espada de la funda, la volteó sobre su cabeza y la dejó caer con fuerza sobre el hombro izquierdo del soldado que blandía el cuchillo. La espada se abrió camino, al menos diez centímetros, cortando la clavícula. No la sacó del tajo sino que se limitó a dar un paso atrás. Con la espada liberada se abalanzó en tromba sobre el segundo soldado, apuntando directamente al vientre, sin encontrar resistencia alguna. El tercero soltó la espada que blandía y pidió clemencia. Pero Claralá no era clemente, además sabía que dejar atrás testigos que pudieran dar su descripción, sería muy peligroso. Con un tajo suave, le cortó la yugular, apartándose del chorro de sangre que salió como un surtidor.
Observó de reojo que aquel objeto que entrevió dejó de brillar y hubiese jurado que prácticamente desapareció entre los pliegues de la ropa del joven, que se incorporó disimulando como pudo su desnudez, porque parecía tener roto el calzón. Vestía el típico manto sefarí que nuestra gente utiliza para protegerse del viento y el frío, y que se había convertido en vestimenta de uso general. Le puso la espada sobre el cuello, le pareció volver a ver aquel brillo, y esta vez atemorizada la retiró guardándola en su funda.
—¿Que tienes escondido en la cintura?
—Nada, no tengo nada, tú misma lo puedes comprobar.
Lo comprobó; era muy experta con la espada, con la que cortó la ropa dejando otra vez al descubierto la desnudez del muchacho; realmente si había habido algo, ahora no estaba.
—Incorpórate.
Era delgaducho y poco consistente, con una envergadura no muy distinta de la suya, quizás ella era un poco más nervuda y, desde luego, más fuerte; no en vano había tenido que sobrevivir en situaciones muy adversas. Apareció un cordel con el que sujetó los harapos a la cintura; el frío le hacía tiritar. Pero no estaba tranquila; le hizo desnudar completamente y palpó sobre su pecho y vientre sin que notase nada extraño. Sabía que en Malhaam había objetos un tanto diabólicos.
—Bueno, vístete. ¿Cómo te llamas?
—Ber [en la conversación se omite el género, si éste es manifiesto].
—¿De dónde eres?
—De Malhá [es la capital del reino y sede de la Corona] —le miró algo más interesada.
—¿Qué hacías en Malhá?
—Nací en una ciudad un tanto alejada de la capital —su voz era tranquila y reposada—, mis padres eran gente acomodada y habían solicitado a la faxiometé [casa de nacimientos], tres hijos; yo era el más joven. La primera oleada de violencia y desórdenes que llegó a la ciudad fue especialmente dura y agravada por el éxodo masivo que se producía de norte a sur. Mis padres me enviaron, con unos sirvientes, a una residencia que creyeron más segura, pero que fue asaltada. Conseguí huir y sobreviví, a salto de mata, sobre todo robando y en un par de ocasiones —le confesó sin rubor— vendiendo mi cuerpo en casas de lenocinio.
«Lo dice como una lección aprendida», pensó Claralá.
—¿Por qué huiste hacia el norte?
—Tenía la impresión de que los desórdenes pronto cederían virulencia y que la situación se estabilizaría por el norte. Quería ir a Ohm Ambar, la gente decía que los príncipes no habían soltado las riendas.
—¿Qué fue de la Corona?
—Parece que los disturbios no alcanzaron la capital, ni mucho menos al [el palacio de la Corona, situado en la cima de la montaña del mismo nombre]. Me gustaría volver al sur.
A Claralá aquella historia no la convenció ni poco ni mucho, le pareció un embuste de principio a fin, pero en realidad le importaba poco, aun así le miró inquisitivamente porque parecía haberle leído el pensamiento; ella también tenía aquella secreta esperanza desde hacía años, de llegar a Malhá y comprobar si aún quedaba rastro de algún poder organizado. En su fuero interno sólo tenía una obsesión: derrotar al usurpador y recuperar Ambar, pero conseguirlo por sus propios medios era una quimera; sin embargo, en clara contradicción con su forma de ser, cínica y realista, atesoraba una esperanza, llegar hasta la Corona. No podía creer que aquella institución milenaria que gobernaba Malhaam desde su colonización hubiera sucumbido al olvido o la barbarie. Tenía que llegar a Malhá y, al menos, averiguar qué había ocurrido. Su padre contaba que, muchos años antes de nacer ella, la Corona llegó a Ohm Ambar; él era príncipe feudatario recién ascendido al poder y le rindió pleitesía en una ceremonia sencilla y sin boato. Recordaba el pequeño pero aguerrido destacamento de la cromeless que escoltaba la Corona; Ambar juró fidelidad a cambio de protección, ahora necesitaba que se cumpliese el trato.
—Vete.
—¿Y adónde voy a ir? ¿Puedo quedarme contigo?
La pregunta la cogió desprevenida. Era ave solitaria y la compañía de aquel imberbe sería más un estorbo que otra cosa.
—Tengo mis problemas. Viajo sola.
—Podría ser tu criado.
—No me he creído nada de lo que has contado. Mientes como un bellaco.
—No pretenderás que a una desconocida le cuente mi vida. ¡Estoy solo y desvalido!
Esta vez no pudo evitar una sonrisa ante su cinismo, pero era cierto que sin ella moriría pronto, con ella morirían los dos pero tardarían un poco más.
—Bien, serás mi criado y me calentarás la cama [un eufemismo Malhaamita para indicar relación sexual] cuando yo quiera, que será pocas veces porque no me atraen los alfeñiques como tú. Según dijiste las artes amatorias no te son desconocidas.
—Fue a la fuerza.
—No me lo cuentes.
Decidieron quedarse un tiempo en Suer, pero en otro sitio. Aquí pronto indagarían la muerte de los tres esbirros. Se trata de una pequeña ciudad, sin ningún complejo arquitectónico especial, pero dotada de una estructura curiosa. No hay calles ni plazas; las casas, todas viviendas unifamiliares, están dispuestas, aparentemente, al azar. Las comunicaciones se realizan mediante túneles que comunican unas con otras, en un intrincado sistema laberíntico. Las casas son como el cuerpo fructífero de un gigantesco organismo fungi y los túneles, el micelio [los colonizadores construyeron Suer sobre aquella estructura de túneles que ya existía antes del traslado a Malhaam de la semilla de Homá. Los expertos jamás pudieron descubrir el origen de aquella inquietante formación que no tenía ninguna justificación geológica].
A pesar de sus palabras anteriores Berú no calentó su cama, ni ella imponía su criterio salvo en ocasiones de imperiosa necesidad. Lo primero que se plantearon fue buscar una manera de obtener comida sin tenerla que robar para no estar siempre a expensas de arriesgadas aventuras. El joven le dijo que tenía una cierta habilidad para averiguar cosas de la gente, cosas que para algunos eran muy secretas y que para él no lo eran tanto; le dijo que no era infalible, pero que la mayoría de las veces acertaba.
—Hazme una demostración.
—Bien, tengo que escenificar una cierta consulta espiritual para disimular algo que es un don natural.
—De acuerdo.
Señaló una placa de pizarra que parecía desprendida de la techumbre de una casa en ruinas. Era la primera vez que la veía a pesar del rato que llevaban allí.
—Tienes que escribir tu nombre sobre la placa; no hará falta marcar nada, lo haces con el dedo, así nos durará más tiempo. Más tarde yo haré ver que escucho lo que me dice la placa y daré mi vaticinio.
Hizo un garabato sobre la superficie y esperó. Cogió la placa y, con mucha ceremonia, se la puso sobre la cabeza y después aplicó el oído derecho. Volvió a colocarla sobre el suelo con cuidado.
—A partir de ahora esta tabla nos acompañará a todas partes. Te llamas Clara Ambar eres la única hija superviviente del príncipe Ambar. Pretendes recuperar…
—Vale, nos dedicaremos a la adivinación. Realmente tu talento es prodigioso. Lástima que no lo prodigues en la cama.
—No me has dado la opción —el tono no era presuntuoso, parecía rezumar un atisbo de ofendida indignación.
Pusieron un tenderete en el mercado, en un lugar un tanto apartado, y colgaron objetos relacionados con los escasos motivos espiritualistas de Malhaam: diversas mandíbulas de saurio que fabricó Berú con cierta pericia artesanal [la mandíbula de saurio es el símbolo de doo y representa el caos, el desorden, como en Golaam], y algunas pieles de serpiente, reales, y también dibujos [la serpiente zigzagueante es el símbolo del universo, el destino, la evolución, el orden]. Un pequeño cartel anunciaba que el joven mago, de visita en la ciudad, ofrecía sus servicios de adivinación. La primera visita, gratis y la segunda, 20 drims; calcularon que con cinco visitas podrían pagar el alojamiento y la comida durante un día. Enseguida se percataron de que aquel invento fue un éxito. En muchas ocasiones el solicitante le pedía información sobre alguien que no estaba presente, invariablemente la respuesta era que debía traerlo allí, pero el joven le daba alguna información relativa a la persona demandante que era del todo imposible que pudiera saber sin un conocimiento previo. Y todo el mundo quedaba pasmado y satisfecho. Al cuarto día pudieron comprar ropa nueva y trasladarse a un alojamiento sencillo, pero más confortable. Hasta ahora dormían en la misma cama, sin que Berú se atreviera, siquiera, a tocarla; ahora que se lo podían permitir siguieron haciendo lo mismo porque ninguno de los dos dijo nada cuando el cantinero les preguntó si compartirían la cama. Ella iba vestida de hombre y en Malhaam el sexo, ya sabéis, carece de tabúes.
El joven parecía culto y sabía razonar; la placidez y serenidad de la que hacía gala la tenían secretamente admirada en tanto que para ella era el resultado de una dura disciplina porque era impulsiva y resolutiva, además estaba el lenguaje, dominaba un amplio vocabulario característico de una buena educación, y la dicción, aunque pretendía simularla, carecía de acento tal como marcaban las normas sociales de las clases dominantes. El malhaamita era la lengua común, pero existían numerosas variedades dialectales a lo largo y ancho del reino, alguna de las cuales había evolucionado de forma independiente. Berú explicó que tenía buena memoria y que conocía muchas palabras y giros de aquellas variantes, pero Claralá constató que su conocimiento era más profundo que el que aparentaba. A veces le miraba desolada por su aspecto, con un sentimiento contradictorio; un hombre fornido haría con ella una pareja formidable, pero atraerían muchas miradas y sería difícil pasar desapercibidos. Ahora no llamaban la atención porque parecían dos amigos que habían decidido aunar esfuerzos para sobrevivir en aquella jungla y nadie les prestaba especial atención. Con el tiempo aprendió a valorarlo, aunque jamás lo hubiera reconocido, puesto que su trato con él era masculino y protector; Berú suplía con agilidad y astucia lo que, aparentemente, le faltaba de fortaleza. Pronto aprendió que allí donde ella no llegaba con la espada él podía llegar con el cuchillo. Y su determinación y valor eran inauditos; solía decir que le daba lo mismo morir hoy que mañana. Notó un escalofrío y tuvo que reconocer que sentiría la muerte del joven. Impulsivamente le cogió la mano que el otro retiró enseguida, no porque fuese improcedente que dos amigos se la dieran sino porque el gesto le cogió por sorpresa y quizá nunca nadie le había dado muestras de afecto. Pero al cabo de un momento le permitió el gesto que duró sólo un segundo.
Un incidente en Methani er Tuyhanú
Claralá no quería frecuentar los lugares más concurridos y públicos. La presencia policial no era muy evidente, pero los metállida [la familia que detentaba el poder en Serimbar de forma aparentemente democrática, aunque en realidad manejando la Bulé fraudulentamente] mantenían un control férreo del territorio que siempre había mantenido unas estructuras de poder propias, aunque sometidas a la Corona. Ella desconocía las conexiones que Peyote podía tener con el gobierno de Serimbar y prefería pasar lo más inadvertida posible. Le encantaban las representaciones de abalorios [espectáculo de origen panhumano muy arraigado en Malhaam] a las que tan aficionados eran los Ambar y que en Suer se representaban un día sí y otro también. Un día no pudo resistir la tentación de asistir a una y adquirieron, gratuitamente porque el espectáculo se desarrollaba en una faxio [Raeú hace referencia al hecho de que, desde el accidente de la puerta Fusinika, se acabaron las auténticas representaciones], dos localidades; ella seguía disfrazada de hombre, o quizá sería mejor decir que vestía de forma que no resaltaba su condición femenina, pero en aquella ocasión bajó un poco la guardia. Dejó la katana en la pensión y acudió con el sefarí de colores vivos típico femenino. Después de la función volvieron a su alojamiento pero antes entraron a tomar una copa de aguardiente en una taberna que anunciaba el nombre con un cartel que había conocido mejores épocas: Methani er Tuyhanú, a la que no habían ido nunca.
—No me parece muy recomendable —dijo Berú, más precavido.
—He oído decir que los locales más peligrosos están más al sur.
Entraron; había mucho jolgorio y a ella no le pasó desapercibida la presencia de algunos traficantes de droga: éxtasis, opio, carpediem, de venta libre, pero de producción limitada y muy controlada por las mafias. Pero el incidente no lo produjo la droga sino la condición femenina de Claralá. Se equivocaron de sitio; parece ser que el lugar era frecuentado por hombres y mujeres que se ofrecían a cambio de dinero en los reservados que había en la trastienda.
A Claralá la requirió un fornido hombretón que ante su negativa apartó de un manotazo a Berú, la sujetó con los brazos alzándola en vilo y la condujo a uno de los reservados. Nadie movió un dedo. Él se había golpeado la cabeza con el canto de una silla y tardó unos minutos en reaccionar. Notó que una mano enorme y velluda le sujetaba por el cuello.
—Cuando terminemos con ella seguiremos contigo, muchacho —le dijo el hombre que llevaba a Claralá en volandas.
Pero la presa no era para el que la llevaba sino para otro personaje más siniestro que estaba sentado en una mesa del reservado departiendo con otros matones de similar aspecto. Era Tuyhanú, el amo del local. Tenía un cráneo pequeño, sin pelo, con el cuerpo enorme y un ojo artificial. Desnudaron a Claralá y la pusieron encima de la mesa.
—Veamoz qué noz haz traído aquí. Primero huzmearemoz los agujeritoz para enzancharloz un poco, zi ez necezario —el matón ceceaba y un hilo de saliva incontinente le salía de la boca incrementado quizá por el gusto anticipado.
Claralá estaba muy alerta en espera de una oportunidad para morir matando, pensó en aquel momento. La oportunidad se la dio otro matón que entraba, atraído por el jolgorio, lo que distrajo momentáneamente a Tuyhanú. Se revolvió como una gata y le incrustó el dedo índice de la mano derecha en la cuenca ocular de su único ojo. El hombre dio un alarido y se echó hacia atrás volcando la silla. Notó cómo la volvían a sujetar, pero en el cuello del que tenía más cerca apareció la punta enrojecida de un cuchillo, lo que no le hizo desplomarse pero sí desviar su atención; el cuchillo era de Berú, que había conseguido deshacerse de su guardián y lo había clavado en la garganta del que estaba enfrente de ella. Berú recuperó el cuchillo y se lo dio a Claralá, que lo clavó en el vientre del que todavía la sujetaba por los hombros. El hombre que quedaba indemne se marchó a toda prisa. Tuyhanú no dejaba de quejarse y de lloriquear diciendo que qué haría ahora ciego, sin el único ojo que le quedaba. La mesa se había roto, pero había quedado una de las patas de sólida caoba casi desenganchada. Claralá tiró de ella hasta que la liberó. La alzó sobre su cabeza y la descargó con toda su fuerza sobre el cráneo de Tuyhanú, que se rompió como una nuez, mezclándose la madera con los sesos, haciendo que dejara de preocuparse por su futuro. Se puso el sefarí, cogió a Berú de la mano y salieron de estampida.
—Ya te decía yo que el lugar no era recomendable.
Esta vez ella le cogió la mano y dieron un largo rodeo hasta llegar a su alojamiento. Hacía frío y había mucha sequedad en el aire, que hacía nítida la atmósfera. Se quedaron un momento mirando el cielo. La constelación del átrida, que representaba al héroe de los griegos luchando con Héctor, brillaba de forma sobrenatural. A pesar del frío se sentaron en el suelo, bien arrebujados en el sefarí de Claralá, más grueso, mirando sobrecogidos el bello espectáculo de aquel prodigioso cielo estrellado. Ninguno de los dos mencionó la matanza llevada a cabo, Claralá me ha confesado, a preguntas mías, que jamás ha tenido remordimientos, y creo que, aunque nunca se lo he preguntado directamente, Berú tampoco. De todas formas aquel incidente sirvió para que ella valorase la entrega y valor de su joven acompañante. Claralá tenía el dedo roto; no se atrevió a ir a una faxioté porque allí le harían preguntas. Berú le dijo que no se preocupase, él mismo le redujo la fractura, le entablilló el dedo y se lo vendó a conciencia. Le explicó que lo había visto hacer en muchas ocasiones, pero no dijo dónde y Claralá tampoco se lo preguntó.
Las sospechas de Peyote
La joroba de Peyote no era una coquetería; si el usurpador ingresaba en una faxioté para que le arreglaran la espalda podrían hacerle preguntas incómodas; allí regían otras leyes y ninguno de sus consejeros estaba seguro de cuáles serían las consecuencias. Las faxio no intervenían en los asuntos humanos, pero en su recinto eran soberanas y parecían mantener las estructuras legales existentes antes del retroceso. Por otra parte, la maliciosa desconfianza de Peyote no tenía límites, aun en el supuesto de que no pusiesen impedimentos estaría allí durante un tiempo, desvalido y seguramente a ratos inconsciente. No, no se fiaba de nadie.
Era difícil verle los ojos porque siempre quedaban visualmente en un plano inferior y sacaba partido de esta circunstancia. Había domesticado su cuerpo de tal forma, que cuando le interesaba conseguía enderezar un poco la espalda, lo suficiente para clavar los ojos, azules muy claros, en un interlocutor molesto que parecía recibir con la mirada una descarga eléctrica. Ahora no era el caso porque en esta ocasión departía apaciblemente con su más estrecho colaborador, el canciller Jünú, él que apreciaba porque siempre hacía lo que él quería.
—No puedo sacarme de la cabeza a la mocosa sin cabeza —rió en lo que parecía más bien un cloqueo por el juego de palabras al tiempo que hacía una pausa para que Jünú riera también aunque con una risa respetuosa y contenida.
—Sí, Señor.
—¿Afirmas, qué?
—Mi sí, es una respetuosa espera a vuestras conclusiones, Señor.
—¿Estás seguro de haber hecho todo lo posible para averiguar si un viejo, con la descripción que conocemos, merodeaba cerca de un enclave? —la pregunta la había hecho cientos de veces [en aquella época los malhaamitas llamaban enclaves a las zonas o recintos donde imperaba la antigua ley, como las faxio].
—Malhaam es muy grande, Señor; en uno de Ambar parece ser que no. Pero tampoco podemos descartar que llevara la cabeza más lejos —el tono de voz bajó perceptiblemente, haciéndose más grave—, por otro lado, si el viejo no es imbécil, lo más probable es que, cumplida su tarea, se largara hacia el sur.
—Seguro.
Jünú peinó el territorio de Ambar y también, en la medida de sus posibilidades, los estados limítrofes, pero cambió de táctica, en lugar de investigar las entradas de los enclaves buscó en hoteles, tabernas y posadas, estuviesen o no próximos a una faxioté. Mediante una investigación rutinaria trazó la ruta que hubiera podido seguir el tutor de la princesa y al fin encontró un indicio; pudo constatar que un anciano distinguido, que llevaba una cierta impedimenta, había pasado la noche en una pequeña población de Serimbar, que, además, estaba próxima a un enclave. Es todo lo que necesitaba saber Peyote para acrecentar sus temores y redoblar la vigilancia que había dedicado a la búsqueda de la joven. Ahora que tenían un indicio algo más sólido se dedicaron a preguntar a diestro y siniestro, abarcando círculos cada vez más grandes, si alguien había visto a la joven, haciendo una proyección de cómo sería su aspecto a medida que pasaba el tiempo, a sabiendas que el tiempo era un factor que jugaba en su contra. Pero pasaron los años y no lograron encontrarla. Al fin Peyote decidió usar una última carta. Contrató los servicios de Ibrahiú, un antiguo oficial de la cromeless [es el ejército de la Corona].
Aquel individuo era muy caro y él, aunque inmensamente rico, muy avaro porque no le gustaba desprenderse de sus riquezas. Estuvo pensando mucho tiempo cómo podría domesticar al agente para conseguir sus servicios a un módico precio, pero se encontró con la primera gran sorpresa de su vida. Ibrahiú era tan listo como él y quizá más astuto. Sintió un escalofrío porque ni siquiera imaginaba esta posibilidad. Los acuerdos los hizo con una joven de nombre Melvalá, que tenía, más tarde lo comprobaría, unos rasgos muy parecidos a los del mercenario. Resultó una persona de trato no demasiado satisfactorio, según valoración personal del propio Peyote, porque su conversación era directa, educada, pero no aduladora. Así, por ejemplo, al usurpador le gustaba que las mujeres se ofrecieran a sus imaginarias apetencias, ofrecimiento que él rechazaba sin esfuerzo alguno porque carecía de impulso sexual; de hecho, algunos criados que estaban a su servicio personal me confesaron, muchos años más tarde, que tenía los órganos masculinos muy degenerados. La verdad es que tampoco era especialmente sádico, utilizaba la violencia sólo en el caso de ser necesaria para sus fines, pero no para su deleite personal; por lo visto también era de costumbres morigeradas en lo tocante a la comida y las diversiones.
—Sólo haré tratos si Ibrahi viene personalmente a Ambar.
—La naturaleza de su trabajo, Señor, requiere mucha cautela y disfraz; no desea ser reconocido por nadie más que por su cliente, Señor.
—Yo no soy un cliente, soy el Señor de Ambar.
—Mi jefe sólo aceptará un trato si la entrevista se lleva cabo en un lugar neutral.
—Yo también debo procurar por mi seguridad, jovencita. No sé si llegaremos a un acuerdo.
—Ibrahiú fue comandante de la cromeless, Señor, es un hombre de honor. Sus cautelas sólo son para preservar su identidad.
—¿Y por qué no hacemos el acuerdo tú y yo?
—Es un hombre muy eficaz, Señor, y caro…; desea conocer personalmente a su cliente.
Aunque muy molesto por la negativa tuvo que aceptar las condiciones y concertar una entrevista en una pequeña población de Serimbar, sólo y sin escolta, pero Peyote cometió el primer error de su carrera, menospreció la astucia de Ibrahiú; le tendió una trampa muy secreta y muy bien preparada para que, llegado el momento, pudiera jugar con ventaja. En la localidad en la que se decidió el encuentro colocó, bien camuflado, un retén de varios mercenarios con instrucciones muy precisas. El día señalado Peyote llegó solo y se alojó en el principal hotel. Al mediodía bajó a comer al restaurante y enseguida vio al único comensal. Llevaba un antifaz, era un hombre enjuto, de apariencia vulgar y nada atemorizador; le calculó metro setenta de altura y unos sesenta kilos. No iba vestido con el típico sefarí sino que llevaba camisa y pantalón al antiguo estilo panhumano, se fijó en sus botas, pesadas y de gruesos tacones, para aparentar más altura, pensó complacido; le gustaban las debilidades ajenas. Suspiró aliviado; podría dominarlo a su antojo.
—Le saludo respetuosamente, Señor.
—Bien, bien. Me han hecho grandes alabanzas de tus dotes y diligencia.
—No en vano trabajé durante muchos años como oficial de la cromeless, Señor. —Por lo visto no desaprovechaba ocasión para ponerse méritos.
—Si me permites la observación, aquella organización tenía fama de ser un tanto fanática y con un sentido del honor y de la tradición muy acusados.
—Así es, Señor, así es.
—No entiendo cómo pudo desintegrarse un organismo tan poderoso… —En realidad lo que Peyote preguntaba era qué hacía él allí.
—La bolsa, Señor, la bolsa todo lo corrompe.
—¿Conociste a la Corona?
—Muy pocos han visto a una Corona de Malhaam, Señor; vive muy retirada en el Menhala. —Su voz cambió imperceptiblemente, pero Peyote no pudo precisar el matiz.
—No me extraña que perdieran el cetro; se tiene que estar por la labor, como yo, siempre vigilando las propiedades.
—Son tiempos difíciles, Señor; pero no creo que la Corona pueda perder ningún cetro.
—¿Todavía sigue en el Menhala?
Ibrahiú le miró a los ojos y esta vez no contestó. Ahora sí que Peyote descubrió un pequeño filón; había un ligerísimo matiz de desprecio en aquella mirada. Pensó divertido que aquel hombre todavía sentía devoción por la Corona.
—Tu fama te precede, Ibrahi, y realmente espero que esté a la altura de mis expectativas.
—Lo que tiene que estar a la altura es tu bolsa, Señor.
Peyote torció el gesto pensando que aquel hombre había empezado mal.
—Yo estoy acostumbrado a un trato deferente…
—Me importa una mierda a lo que tú estés acostumbrado, lo único que me interesa es que tu bolsa esté bien repleta. —Entonces sintió un escalofrío más de miedo que de indignación, quizá se había equivocado con aquella sabandija.
Casi sin darse cuenta hizo la señal convenida y la mesa quedó rodeada por el grupo de sicarios, muy entrenado y fiel, que su canciller había dispuesto para su protección. Exactamente diez hombres armados con ballestas neumáticas y armadura militar. Sonrió satisfecho y prepotente echando hacia atrás la cabeza para mirar a los ojos a su contrincante, que seguía tan impasible como siempre.
—Acabad con él, pero antes quiero sólo dos disparos, uno en cada pierna.
—¿Crees que estaría vivo en estos tiempos que corremos si no hubiera tomado mis precauciones?
Ibrahiú se levantó de un salto y, desmintiendo su escasa envergadura, alzó a Peyote sujetándole sólo por el cuello y lo dejó caer al suelo. Le puso una pesada bota sobre la joroba como si quisiera aplanarle la espalda; del grueso talón salieron dos garfios que entraron un centímetro en la carne, Peyote aulló de dolor de forma contenida porque tal como estaba apenas podía respirar. Los diez sicarios estaban inmóviles, seguramente comprados anticipadamente por el mercenario.
—¿Cuál era el trabajo que querías encomendarme?
—Que encuentres a la hija pequeña de los príncipes Ambar —la voz era apenas un farfulleo— y que la mates, definitivamente.
Los ojos de Ibrahiú relucieron un momento; la información era un bien precioso, siempre, y aquello no lo sabía.
—¿Está viva Clara Ambar?
—Sí. —De hecho no lo sabía con certeza, pero pensó que podía jugar aquella baza, aunque era consciente de que tendría dificultades para probarlo.
—¿De cuánto hablamos, Señor? —Ibrahiú le aflojó un poco la presión sobre la dolorida espalda y los garfios se retiraron.
Le dijo una cantidad grande, pero no tan grande como para que el otro pudiese pensar que lo que quería era salir del apuro. Tuvo suerte porque su oponente, al barajar las distintas posibilidades que se abrían con aquella información, descartó que fuese falsa, ya que de alguna manera aquel individuo estaba dispuesto a invertir una fuerte suma de dinero en matarla. Ibrahiú no era un asesino; al dejar la cromeless había alquilado sus servicios a diversos clientes que tenían problemas de robos, secuestros, o simplemente que querían protegerse de las mafias locales. También había organizado destacamentos de defensa civil frente a los merodeadores e incluso entrenado fuerzas de policía local, pero nunca había asesinado a nadie por dinero, aunque había matado a muchos en defensa propia o para defender a otros. Pensó que le convenía estar involucrado en aquel asunto y decidió correr el riesgo de jugar un doble juego.
—Acepto el trato, pero antes estableceremos un contrato, verbal, por supuesto. Y espero que lo cumplas porque en caso contrario, estés donde estés, te mataré. Me pagarás la mitad de la cantidad anticipadamente a la cuenta que te daré en Malhá, allí todavía funcionan los bancos, y la otra mitad cuando haya finalizado el trabajo. Antes pagarás por traicionarme, pero no pagarás con dinero. —Le giró, y con un cuchillo le abrió la boca, que tenía cerrada con los dientes muy apretados. Le sacó la lengua con unas tenazas que aparecieron en su mano izquierda y le colocó una grapa en forma de «c» que se cerró con un clic seco perforando la lengua. Le roció la herida con un líquido anticoagulante para que no sangrase.
»Eres listo y entenderás lo que voy a decirte a la primera. Tienes en la lengua un artilugio muy delicado, que si intentas sacarlo te matará. Sólo yo tengo la combinación para abrir la grapa cuando hayas cumplido el trato. Otra posibilidad es que te cortes la lengua. Por cierto, a un hospital no vayas porque allí reconocerán que el artilugio que llevas es ilegal y ya sabes que con los hospitales rige el antiguo régimen.
—Acepto —consiguió articular con la cabeza.
Ibarhiú y los sicarios desaparecieron como por ensalmo.
«¿Qué hago yo aquí, solo y desvalido, tan lejos de mi casa?», pensó desde el suelo, porque no tenía fuerzas para incorporarse.
Sin embargo, consiguió llegar a Ambar. Hizo degollar a su canciller por inepto y ordenó a su dentista que le cortara su propia lengua sin más explicaciones. Puso en una valija las instrucciones para la primera remesa de dinero y, muy bien envuelta primero en papel absorbente y luego con una funda plástica, la lengua con la grapa, sin notas, porque su sola presencia era un aviso muy elocuente.
Los metállidas
En Ohm Suer, convertida en ciudad estado, se practicaba una democracia directa; sus habitantes participaban activamente en todos los acontecimientos y toma de decisiones muy al estilo de las antiguas polis griegas de la vieja Homá. Los metállidas eran una antigua familia aristocrática que había dado muchos cancilleres al gobierno local, siempre con los votos suficientes de la Bulé. El canciller no tenía iniciativas propias, la Bulé era la que tomaba las decisiones, y aquél el encargado de ejecutarlas. Cuando se produjo el colapso general en el reino, los metállidas decidieron seguir gobernando, pero de espaldas a la Bulé. El sistema empleado era el soborno y el chantaje.
El primero en usurpar el poder de la Bulé fue el tirano Balenú, ayudado por sus hijos Lapiaú y Goreú. No fueron violentos ni especialmente corruptos porque ya eran inmensamente ricos. Los desórdenes generalizados que se adueñaron de Malhaam no hicieron mella en Suer, que conoció días de extraordinario esplendor. Como todo el mundo sabe, un oscuro acontecimiento, ocurrido años más tarde, dio al traste con el poder de los metállidas. Lapiaú asesinó por su propia mano a un joven perteneciente a una de las más distinguidas familias de Suer, dijo que era para lavar una deuda de honor, pero en realidad era una mezquina venganza porque aquel joven había entablado una relación íntima con el amante de Lapiaú. Se produjo una revuelta que acabó en poco tiempo con el poder tiránico de aquella familia, pero en fin, ésta es otra historia y debemos volver a la principal.
Tal como se temía Claralá, Peyote envió un emisario para solicitar la ayuda del canciller Balenú; éste le prometió que harían todo lo posible por ayudarle, pero con cierta cautela porque no tuvo empacho en asegurarle que, a diferencia de su amo que era un usurpador, los metállidas gobernaban Serimbar en nombre del pueblo.
Un mal encuentro
De Suer pasaron a Ohm Salysbury, una pequeña población fluvial con numerosas factorías de tratamiento y envasado de caviar. El Serigram era famoso por los salmones que remontaban el río hasta las zonas de desove y por los esturiones, enormes y de una gran calidad. Antes del colapso la pesca estaba muy reglamentada, pero ahora parecía que cada uno sólo pensaba en el presente, sin embargo, aquí y allá se empezaban a oír voces que reclamaban un poco de orden frente a los atropellos ecológicos. Una débil esperanza para Claralá, que suponía, o quería suponer, que aquel hermoso mundo no acabaría de derrumbarse. Siempre vestida de hombre y acompañada de Berú, instalaron su tenderete adivinatorio en el mercado principal, y fue tal su éxito que decidieron abrir un consultorio particular en un local situado en la parte baja de la pensión en la que se hospedaban y que la propietaria, una mujer de trato agradable, les arrendó por un precio razonable. Y allí estuvieron un par de meses, tranquilos y sin estrecheces, incluso ahorrando un poco de dinero por si venían tiempos difíciles.
Claralá era previsora y pensó que su actual sistema de ganarse la vida podía llamar la atención de alguien que otease simplemente cosas fuera de lo corriente y decidió que paulatinamente debían cambiar de profesión, utilizando aquélla sólo en casos de verdadera necesidad. En una de sus últimas intervenciones, instalados ya en el local, se les acercó un hombre acompañado de una muchacha que dijo ser su hija. Le pidió a Berú si podía informarle sobre su futuro inmediato porque estaba en disposición de apalabrar un buen negocio y quería información sobre su socio. Como siempre en estas ocasiones Berú le dijo que si no venía el socio poco podía hacer, pero ofreció sus servicios directamente al hombre o la chica que lo acompañaba. El individuo, un tanto escéptico, aceptó. Claralá, acostumbrada a todo el ceremonial, no prestó atención, pero no pudo evitar una mirada de sorpresa cuando Berú soltó la placa de pizarra, que cayó al suelo sin romperse, y se quedó mirando al hombre, paralizado, que tampoco se lo esperaba, pero su reacción fue inmediata. En su mano apareció una fina red de malla que colocó encima de la placa de pizarra y en la otra un estilete que apoyó en el cuello de Berú.
—Muy quietos los dos. —La muchacha que lo acompañaba se puso al lado de Claralá y le apretó una daga en el costado, introduciendo la punta unos milímetros en la carne. Con la otra mano le palpó los senos.
—Es una mujer, supongo.
—Asegúrate —le dijo el hombre.
Otra palpación, directamente en los genitales, y la afirmación definitiva. Toda la operación se había llevado a cabo con un sigilo sorprendente porque en la sala de espera contigua había un par de visitantes que aguardaban su turno. Fueron inmovilizados los dos y Claralá maldijo su suerte sin poder evitar un sentimiento de complacencia por cuanto que había acertado su diagnóstico, aunque con un poco de retraso. Curiosamente le dio más pena por Berú que por ella misma porque siempre había pensado, en el fondo, que su empeño era vano y más allá de sus posibilidades.
—Así que tú eres Clara, la princesa Ambar.
No valía la pena negar aquello que era evidente.
—Sí. Te ruego que no maltrates a mi criado, él nada tiene que ver con la política de Ambar.
—Soy Ibrahi. Me han dado dinero, mucho dinero para matarte. No me place especialmente hacerlo, pero así es la vida. La bolsa está por encima de los sentimientos y de las convicciones. El honor y la gloria ya no significan nada en…
Ibrahiú siempre ha sostenido que nunca entró en sus planes matar a Claralá, que lo único que hizo fue robar a Peyote, y ciertamente su trayectoria estaría en la línea de confirmar sus intenciones confesadas, sin embargo, yo siempre he tenido mis dudas, y mis palabras no significan un menoscabo a su persona. Ahora conozco bien cómo funciona el ejército de la Corona; si recibe una orden, la cumple sin importar el grado de violencia exigido. No podemos olvidar que Ibrahiú fue un oficial de alto rango de la cromeless.
—Tu forma de hablar me recuerda a los antiguos servidores de la Corona —interrumpió Berú.
Ibrahiú se giró, como si percibiese su presencia por primera vez; hasta ahora le había mirado como si fuera un objeto. El joven tenía los ojos azules muy claros y la frente despejada. Levantó la cabeza y buscó los ojos torvos y afilados de Ibrahiú.
El mercenario permaneció inmóvil, sin mover un músculo, durante unos instantes aguantando la mirada, al final la desvió, la mano que había sostenido el estilete ahora le temblaba imperceptiblemente.
—Me lo pensaré —se giró a Claralá.
—Si has de matar a la princesa Ambar acaba también conmigo, sin ella mi vida carece de sentido porque forma parte de las grandes metas…
Ibrahiú se volvió de nuevo a Berú al que miró fugazmente a los ojos, dejó la daga encima de la mesa, el temblor de la mano, aunque controlable, era más evidente; pareció tomar una decisión. Desató a Berú. Su acompañante, sorprendida, permanecía tensa y vigilante.
—Hagamos un trato, iguala la oferta y tuya será la princesa.
—No hay trato, Ibrahi; si salvas nuestra vida por dinero, o por la promesa del dinero porque ahora no tengo nada, sólo sería nuestra vida. Si lo haces porque te lo pido yo, el destino de Malhaam estaría en tus manos.
—De acuerdo, embaucador, permitiré que viváis y que torzáis los destinos de Malhaam, sin embargo, estad vigilantes. Peyote se molestó mucho conmigo y no tardará en enviar un ejército en mi busca; lo único que espera es que acabe el trabajo prometido para después eliminarme. Si no os liquido yo, lo hará él.
—Únete a nosotros, los tres seríamos invencibles.
—Especialmente si contamos con una axó. —Señaló la placa de pizarra tapada con aquella malla plateada; esto lo dijo sonriendo, pero nadie diría si la sonrisa era sincera o funesta—. Pensaré en tu ofrecimiento, embaucador, pero por ahora es mejor que cada cuál siga su camino. La vida de la princesa es tuya.
—¿Y tú qué ganas a cambio? —preguntó Claralá.
—Es una apuesta de futuro; además —añadió con una sonrisa más limpia—, nunca he pensado matar a nadie por dinero. —Y se marchó, no sin recoger antes la malla que había puesto sobre la placa de pizarra.
—Tendrás que explicarme muchas cosas —dijo, volviéndose a Berú.
—Ya ves, además de adivinador soy embaucador. Me debes un favor y me pregunto cómo podría cobrarlo.
—No preguntes tanto y vamos a cambiarnos, el muy cabrón ha conseguido que me meara encima. Además, ¿qué es aquella malla que puso sobre la pizarra?
—Es una funda otomeya. Dejemos algunas preguntas sin respuesta; será más emocionante.
Berú cogió la placa y se la puso en el cinto; le pareció entrever que aquel objeto perdía su apariencia pizarrosa y adoptaba una coloración amarillenta, alargándose hasta un tamaño parecido a las reglas de medir que utilizaban los carpinteros. Decidió no preguntar más porque tenía el íntimo convencimiento de que esta ignorancia en nada perjudicaría a sus metas particulares, pero también sentía curiosidad por averiguar cuáles eran las grandes metas generales, y para ello debía ser paciente.
Ofrecieron sus servicios como marineros en un barco de pesca fluvial y tuvieron suerte, el patrón aceptó sus servicios. El barco se llamaba Guermantier y hacía un recorrido de treinta kilómetros río abajo hasta el pequeño mar de Thironne, en el que realmente se pescaban con palangre los más hermosos esturiones. Allí estuvieron tranquilos un par de años, pero un día la mesonera, que les alquilaba una habitación cuando recalaban en tierra, les dijo que unos desconocidos, con una orden del municipio, habían entrado en su cuarto y lo habían puesto todo patas arriba. Siempre le habían dicho a la buena mujer que trabajaban de feriantes recorriendo plazas y mercados, y esto fue lo que les dijo a los mercenarios. Decidieron marcharse a toda prisa trasladándose más al sur. El verano había quedado atrás y el tiempo era todavía más frío y lluvioso. Estaban próximas las grandes nevadas que dejaban la mitad septentrional de Malhahö cubierta de un grueso manto de nieve.
El nuevo canciller de Ohm Ambar
Tras la ejecución de Jünú, Peyote nombró a Felú nuevo canciller y éste se rodeó de gente de su confianza para mejor servir a su Señor, dijo; Peyote le dejó hacer, además ahora hablaba menos, o casi nada, porque no tenía lengua, pero parecía no importarle, incluso estaba secretamente complacido porque su infelicidad actual era el síntoma seguro de futuras satisfacciones. Felú nombró a su amante Roteú, jefe del servicio de seguridad. Entonces sí intervino Peyote. Escribió una orden fulminante en la pizarra que siempre llevaba consigo.
—Le daremos a Rote un buen instrumento de acción, mucho mejor que esto que utiliza para complacerte. Un equipo de entrenados mercenarios para perseguir sobre el terreno a Clara Ambar. Que no vuelva hasta encontrarla. Si mientras tanto Ibrahi la encuentra y cumple su parte, tanto mejor.
Felú no se quejó. Roteú, al que hacía muchos años que conocía, había envejecido, aunque era mucho más joven que él, y ahora estaba secretamente enamorado de la hija de su amigo… a pesar de ser tan joven, o quizá precisamente por esto. La niña le llamaba abuelo, pero él la veía con otros ojos, visión que Roteú jamás habría tolerado. Al ver que Felú se lo tomaba tan bien Peyote intuyó que quizá se había equivocado, pero unas veces se gana y otras se pierde, pensó con filosofía; a su vez, Felú, al ver la mirada de reojo de Peyote, pensó que había metido la pata, no mostrando una ligera preocupación por el alejamiento de su amigo.
Antes de la partida, Peyote llamó aparte a Roteú. No hablaba, pero se comunicaba bien con la pizarra, además le divertían sobremanera los apuros que muchos pasaban para descifrar sus garabatos.
—Si Ibrahi cumple lo pactado, le das las gracias, pero aprésalo, córtale la lengua y déjalo marchar. Si me traes la cabeza de Clara y la lengua de Ibrahi tú serás el próximo canciller.
—¿Dejar vivo a Ibrahi, no teméis Señor…?
—Me siento más a gusto con enemigos vivos. Clara es otra cosa, representa la legitimidad. ¡Ah! Cuídate de Fel, ya no te quiere tan bien, quizás ambiciona algo que tú posees…
Roteú disponía de un informe de sus espías que, primero en Suer y luego en Salysbury, habían visto a una pareja de muchachos, cuya descripción coincidía con informes anteriores en los que constaba que Claralá, a veces, circulaba disfrazada de hombre. En Serimbar gobernaba la familia Metaller. El patriarca Metaller ahora mantenía muy buenas relaciones con ellos, por lo que no tuvieron dificultades para entrar en su país. Además, Peyote había mandado emisarios solicitando la colaboración de los metállidas para atrapar a un peligroso revolucionario, dijo, capaz de alterar la extraordinaria época de paz y progreso que atravesaba Serimbar. El grupo de Roteú se instaló en Salysbury y allí reconstruyó, lo mejor que pudo, las andanzas de la pareja. Pronto pudo constatar que parecían dirigirse a Ring er Doohaam. Decidió no perseguirlos allí, sino esperar su salida, por lo que se puso en marcha rodeando el territorio.
Cerca del territorio de los espíritus
Estaba en un lugar indefinido, desnuda porque la ropa no hacía falta, sobre un césped cuidado; un aspersor mojaba con una fina lluvia la hierba recién cortada. A su lado Berú dormitaba plácidamente, con una pierna entre las suyas. Cerca, un hibisco arbóreo esparcía un olor suave y afrodisíaco. Un rumor persistente, que pronto se transformó en rítmicos chasquidos, le alejaba de aquella realidad idílica. Se despertó de golpe. Efectivamente Berú estaba en la cama con ella acurrucado y abrazado sin otro objetivo que combatir el frío inmisericorde, y durmiendo a pierna suelta. El ruido que la despertó era un batiente de la ventana que se había abierto y que golpeaba rítmicamente contra el alféizar. Se levantó para cerrar la ventana y avivar el fuego del hogar. Ahora sí que se lavó como pudo en un barreño. Preparó el almuerzo, un poco de pan seco y carne que había sobrado del día anterior. Despertó a Berú y le dijo que saldría fuera para mirar si las trampas que había colocado la noche anterior habían atrapado algún pequeño mamífero y recuperarlo antes de que otros depredadores se llevaran la presa, y que se lavara, que apestaba a sudor seco y quién sabe a qué más. Estaban en un refugio utilizado probablemente por excursionistas de cuando la gente todavía hacía excursiones y visitas turísticas. Berú le dijo que se adelantara, que él tenía un trabajo que hacer y que la seguiría de inmediato.
Nevaba con intensidad y el viento mordía todo lo que tocaba; llevaba dos liebres y un zorro plateado. Berú iba detrás a unos treinta metros; el refugio estaba cerca pero decidió acortar distancias pasando por un sendero que bordeaba el río helado. La primavera mostraba tímidamente un indicio de su futuro esplendor, pero no aquella tarde. Cuando se dio cuenta de su error de apreciación ya fue demasiado tarde. La fina capa de hielo que cubría aquella zona del río estaba accidentalmente disimulada con hojas secas y pequeñas ramas que daban la sensación de tierra firme. Cayó de lleno y al instante maldijo su suerte; no podría resistir aquella temperatura tan endiabladamente baja, aparte de que salir del agujero era otro problema, porque la ropa mojada pesaba lo suyo. Cerró los ojos para no ver la cara de Berú y el dolor que probablemente sentiría el muchacho, que iba algo retrasado. Gritó tan fuerte como pudo deseando que no lo estuviera mucho, pero al cabo de un segundo ya lo tuvo allí. Sin decir una palabra ni malgastar un gesto notó cómo la izaba por los hombros con un esfuerzo sobrehumano. Notaba las piernas como si de golpe se hubieran solidificado. Parecía tener mil agujas clavadas en el vientre, en los brazos y la cintura. No gritó pero no pudo evitar un sollozo seco y un temblor incontrolable. La cabaña estaba cerca; Berú tiraba de ella con resolución, observó que tenía la frente perlada de sudor y la mirada decidida. El apacible muchacho maldecía como un carretero, increpando a no sabía quién.
—Aguanta, joder. ¿No eres tan dura? Pues ahora tienes ocasión de demostrarlo. Muévete, no dejes que haga yo solo todo el esfuerzo. Sí, sí, la espada también la llevamos.
Ahora la arrastraba porque ella no podía andar; la arrastraba tirando por los sobacos y él andando hacia atrás. La cabaña estaba cada vez más cerca pero el esfuerzo era sobrehumano. Al fin decidió quitarle la ropa mojada, la espada y el pequeño bulto con algo de impedimenta, todo quedó en el suelo, y sintió cómo se la cargaba como un fardo en su hombro. Consiguieron llegar a la cabaña. Berú atrancó la puerta.
Sin darse cuenta del intervalo, abrió los ojos; tenía a Berú encima, ambos estaban desnudos y envueltos en una manta. Comprendió que el joven había hecho lo único que podía hacer en aquellas circunstancias: calentarla con su propio calor. Consiguió mover las piernas y suspiró aliviada. Sonrió agradecida y complacida porque notaba su dura presencia.
—Perdona, no lo puedo evitar; si te sientes mejor salgo.
—Estoy bien, pero mejor estaría si colocaras lo que tú ya sabes en su sitio natural; creo que hay espacio suficiente. —El muchacho le hizo caso, levantó un poco la pelvis y ella separó las piernas, colocándolas, flexionadas, a cada lado.
—No sé si entrará, quizá falte engrase.
—Tú hazme caso. —Entró.
—Así está mejor, y sin prisas.
Pensó que al joven le iría bien un desahogo, aparte de que si no era de aquella forma, no veía la manera de recompensar su esfuerzo. Calculó que apenas aguantaría unos segundos. Estaba desengañada de muchas cosas y hasta le complacería acertar el pronóstico que hizo de su aguante. Enfocó la mirada en los ojos del joven y vio serenidad, placer y determinación; empezó a sentir un cosquilleo y por primera vez en mucho tiempo tuvo un orgasmo incontrolable y Berú aguantaba.
Por la mañana fue la primera en levantarse, se lavó y no dejó de mirar con aprensión el duro camastro en el que había compartido el goce, lo menos importante, pensó, pero también algo más indefinible y perturbador. Un fuego crepitaba en el hogar; había muchas brasas que indicaban que Berú, ella no fue, lo había encendido hacía horas. Se acercó a la cama y le zarandeó hasta despertarlo; un hilo de saliva en la comisura de los labios mostraba la placidez del descanso. Se despertó de golpe, incorporándose sobre los codos.
—Escucha, lo de esta noche es sólo un episodio en el camino, no significas nada para mí. Eres escoria, un ladrón de mercados que acabará sus días en la horca de una plaza pública.
Berú la miraba impertérrito, sereno, incluso un tanto complacido, en un gesto que ella interpretó correctamente.
«Si consigo alterarte así es que sirvo para algo más que para follar», pensó Berú, que alargó la mano y la puso dentro de su camisa, apretando uno de sus pechos; Claralá suspiró. El destino marcaba sus reglas.
La tierra de los espíritus
Muchos carteles anunciaban a viajeros y comerciantes que se abstuvieran de cruzar aquellas marcas, era un territorio extraño, figuraba en los mapas con el nombre de Ring er Carahaam, que la gente había rebautizado con el nombre de Ring er Doohaam [Tierra de los Espíritus]. Muchos que habían tenido el valor de aventurarse habían tenido problemas de una u otra índole; incluso, algunos, habían salido perturbados y confundidos.
Con el dinero recogido tras largas y agotadoras jornadas de trabajo en el pesquero compraron un bionte [se trata de un búfalo, modificado genéticamente, que tiene las patas delanteras convertidas en dos alas membranosas. El animal había reducido peso y tenía una inteligencia limitada que le permitía entender un malhaamita básico de trescientas palabras. Cuando estaba en tierra se desplazaba a saltos, como los canguros, pero era más bien torpe y necesitaba cuidados constantes; aunque es capaz de proveerse él mismo de alimentos, necesita una alimentación suplementaria de grasas y proteínas que debe suministrarle su propietario. Malhaam nunca quiso someterse a las costumbres panhumanas relacionadas con determinados avances técnicos. Así, por ejemplo, el sistema de transporte universal que consiste en la decodificación del viajero y sus pertenencias en el punto de partida, y su posterior reconstrucción en el punto de destino, nunca había sido utilizado en el planeta, salvo en circunstancias especiales. Para el transporte por aire se utilizaban biontes y dirigibles, que cargaban con helio. Por tierra se aprovechaba las ventajas de tener una red fluvial muy extensa que permitía llegar por río a cualquier parte. Las barcazas se movían con motores aobín importados, era una de las pocas concesiones que se permitían].
Claralá tenía el propósito de llegar a Malhá, la capital, situada a unos tres mil kilómetros hacia el sur. Si atravesaban aquellos parajes, no sólo se alejarían de sus perseguidores sino que acortarían distancias; a Berú ya le parecía bien, dejaba que Claralá tomase las decisiones. Los biontes eran excelentes medios de transporte, pero tenían sus limitaciones. Sólo podían hacer jornadas de dos o tres horas de vuelo; el resto del día pastaban y descansaban. El arnés del bionte permitía que un jinete experimentado pudiera mantener el equilibrio sin dificultad, pero resultó que ninguno de los dos lo era, además tenían que apretujarse dos en el espacio de uno, aunque sin problemas debido a su escasa corpulencia.
Tuvieron un susto la primera noche que pasaron en tierra; habían calculado que necesitaban dos o tres días para atravesar aquel territorio que antes del colapso era un parque natural protegido por la Corona. Claralá le dijo al bionte que se dirigiera a un altanazo en el que había una antigua cabaña que probablemente utilizarían los antiguos guardas forestales. La cabaña estaba construida con gruesos troncos de abeto y había resistido bien el paso del tiempo. Dentro había un hogar en el que, a poco más de entrar, hicieron un buen fuego. Era mediodía.
Claralá preparó unas trampas para conejos y le dijo a Berú que se quedara en la cabaña, que a ella le apetecía hacer sola una excursión por los alrededores. Era parcialmente cierto, también tenía necesidad de un poco de intimidad para proceder a sus necesidades con tranquilidad. Nada más alejarse un centenar de metros vio unas huellas de pie humano desgastadas que terminaban en una zona rocosa. Aquél no era un lugar muy transitado precisamente, pero tampoco le dio más importancia.
Encontró el lugar apropiado, el viaje por aire le había producido un mareo persistente e indefinido que se traslucía en desarreglos intestinales, que evacuó cerca de un pequeño torrente en el que se pudo lavar a conciencia, y prosiguió su marcha en dirección contraria a Combrai, que en esta ocasión lucía espléndido con aquella tonalidad ligeramente rojiza, tan característica que incluso había dado nombre a nuestro mundo [Malhaam quiere decir el planeta rojo, de la misma forma que Golaam significa planeta azul]. Estuvo andando dos horas hacia el este y no vio nada de particular, sólo la tundra salpicada aquí y allá de pequeñas formaciones montañosas, ribeteadas de majestuosos abetos, píceas de Alberta y pinos de Oregón. Decidió volver; desanduvo el camino y cuando tenía la cabaña a poco más de un centenar de metros notó claramente una presencia a su espalda. Instintivamente llevó la mano a la empuñadura de la espada, como siempre colgada en la espalda, aunque sin llegar a desenvainarla. Se giró muy rápido y le pareció ver un ligero aleteo en el ramaje bajo unos abetos situados a una docena de metros, quizás un animal. Prosiguió la marcha a un ritmo más ligero y pronto llegó a la cabaña; Berú no estaba. Sintió un escalofrío y se maldijo por haberlo dejado allí. Se sentó en el porche con la mirada fija en la espesura de la que venía. Notó un ruido a su espalda. Era Berú que gritaba para no asustarla. Entraron ambos en la cabaña.
—¿Cómo ha ido tu paseo higiénico?
—Bien.
—¿Sigues ligera?
—¡Ber!
—Perdona. Me preocupo. Si vas ligera me lo dices y buscaremos la solución.
—¿También eres médico?
Berú se limitó a sacar una bolsa de uno de aquellos bolsillos que parecían reñidos con la apariencia de capacidad.
—No pierdas el tiempo con infusiones. Ponte un puñado de hierbas en la boca, las masticas a conciencia y te tragas el bolo con un poco de agua.
Volvió a notar la presencia esta vez más cerca, pero la sensación se desvaneció pronto. Pasaron la tarde limpiando y arreglando la cabaña. En un armario encontraron diversos utensilios de pesca. Antes de la caída del sol Berú aparejó una de las cañas de pescar y se encaminó a la ribera del río. Cerca de la orilla cavó en una zona arcillosa para encontrar lombrices; lo consiguió en el tercer intento. Puso la lombriz en el anzuelo y dejó deslizar el engaño aparentando que era la corriente la que arrastraba la lombriz. Picaron varias truchas, devolvió al agua las más pequeñas y se quedó con dos de buen tamaño. Volvió a la cabaña. Claralá había salido antes para echar una ojeada a su actividad y murmurar no sé qué de que aquel hombre la sacaba de quicio con sus habilidades insospechadas, pero la verdad es que se le hacía la boca agua pensando en las gordas truchas.
La cena fue excelente, pero nada sofisticada; truchas asadas condimentadas con hierbas aromáticas; se fueron a dormir temprano. Por la mañana volvió a despertarla una extraña sensación. Miró de reojo a Berú, que dormía ajeno a cualquier avatar como si el mundo girase sólo para complacerlo. No le extrañaba tanta placidez; cuando se metieron en la cama necesitaba sexo vigoroso y Berú la satisfizo, precisamente se sentía incómoda porque llevaba pegotes de semen por todas partes especialmente en las nalgas, ya que con aquel frío no le apeteció ir a lavarse. Estaba incorporada sobre los codos y alerta porque ahora sí le pareció oír un ruido fuera. Berú se despertó y preguntó qué pasaba sin abrir los ojos.
—Calla, me parece que hay alguien fuera. ¡Y muestra más temor! Yo estoy muy asustada y tú pareces un estúpido contento y complacido, pero corto.
Llamaron a la puerta. Ella tuvo un sobresalto de infarto; Berú estaba tranquilo como si el ruido fuese el de la lluvia.
—¡Abre!
Berú se alzó, esta vez impulsado por un resorte, se aproximó a la puerta y abrió.
La primera ganimeda
Era una chica rubia, joven, un tanto desaliñada, que parecía tener una cierta malformación en la espalda. Claralá quedó sobrecogida porque no se imaginaba una aparición así, aunque estaba preparada por las numerosas leyendas de presencias y espíritus que jalonaron las conversaciones de taberna en las localidades próximas a Ring er Doohaam. Especialmente significativa fue la que contó un trampero que conocieron en uno de aquellos lugares. Juraba y perjuraba que en pleno día había visto una línea de luz ondulante y que, al intercalar la mano, había sentido un agradable cosquilleo al tiempo que unas mariposas, improcedentes en pleno invierno, revoloteaban siempre cerca del hilo de luz.
Los ojos, azules, de aquella aparición parecían tener dificultades para enfocar. Notó que primero la miraba a ella distraídamente, como si mirase a su través, pero luego se detuvo en Berú algo más interesada, empezando por los ojos, bajando hasta los pies, estaba descalzo, y deteniéndose en la cintura donde Berú siempre tenía enfundada la axó. Fuera del refugio había una gruesa capa de nieve, aún no había llegado el deshielo; sin embargo, de los pequeños témpanos que cubrían las ramas de los abetos, empezaban a desprenderse gotas de agua que indicaban la próxima llegada de la primavera. Pese al fuerte frío aquella joven iba casi desnuda y no daba ninguna sensación de haber pasado algún percance, su piel era sonrosada y parecía muy ágil y esbelta, sólo rompían la armonía de la figura los extraños bultos en la espalda que, a pesar de todo, no le daban un aspecto repulsivo. Llevaba una camisa ligera que le tapaba los senos, apenas insinuados, y unos pantalones holgados, cortos, transparentes. Iba descalza; más tarde Berú se daría cuenta de que no dejaba huellas en la nieve. La joven se arrodilló y se acercó a los pies de Berú, que permaneció inmóvil; empezó a recorrer los dedos de su pie derecho, de forma parecida al juego infantil que consistía en contar los dedos del uno al seis, contando uno de más. Intentó doblarle uno de ellos hasta hacerle un poco de daño, por lo que Berú retiró el pie aunque volvió a ponerlo enseguida en el mismo sitio. La joven pareció sorprendida y se levantó.
—Me llamo Isabella, soy una ganimeda —se incorporó mirando esta vez a Claralá, que notó cómo se enturbiaba su conciencia con sucesivas oleadas de claridad y confusión, como si su mente tuviese que hacer un esfuerzo para adaptarse a un campo mental diferente al suyo propio. Al fin consiguió estabilizar su raciocinio.
—¿Qué significa ganimeda? —Era la primera vez que oía esta expresión. Ella conocía, por estudio, el incachín, ahora totalmente inútil, pero aprendido como lengua clásica, igual que el latín y el griego, que formaban parte de los estudios no científicos de los monasterios; en ninguno de ellos le sonaba la palabra, aunque la raíz le pareció griega.
La ganimeda les miró a ambos, especialmente la cintura de Berú, se giró bruscamente como si hubiese percibido un repentino peligro, y salió fuera de la cabaña. Ambos se precipitaron a una ventana con los postigos de madera, que tuvieron que abrir con mucho trabajo, ninguno de los dos se planteó salir, por lo que perdieron unos segundos preciosos. Cuando al fin consiguieron abrirlos, la ganimeda había desaparecido. Lo que sí oyeron, fue un aleteo como si un gran pájaro de alas enormes hubiera emprendido el vuelo.
—¡Joder! ¿Qué crees que ha sido eso? —preguntó Berú.
—¿No estamos en la tierra de los espíritus? Un espíritu. —Le pareció que la pregunta de su compañero era un tanto protocolaria, en realidad a Berú no parecía sorprenderle demasiado todo aquello.
—No creo en los espíritus.
—Era real, he podido olería; también me he fijado en unas pequeñas erosiones que tenía en el brazo. Por cierto, sus calzones transparentaban. No tenía vello ahí abajo.
—Mucho te has fijado. ¿Y cómo era su olor?
—¿De ahí abajo? —Berú la miró extrañado por el interés. Podía ser muy inocente en ocasiones.
—No, en general.
—Distinto del tuyo. ¿A estoraque?
—No dejas de sorprenderme nunca. ¿Qué es el estoraque?
—Un pequeño arbusto de cuya corteza se extrae una resina utilizada en la prehistoria como esencia de perfumería.
—¿En la prehistoria de dónde? ¿De Homá? [En nuestra lengua común llamamos Homá al mítico y ancestral planeta que fue cuna de la humanidad].
—Cuando te enseñan algo, más o menos te lo crees, pero que sea cierto…
Los dos salieron mirando por todas partes. Le pareció oler, tal como había dicho Berú, un rastro indefinido de perfume. Tenía hambre; recordó las trampas que había puesto para las liebres y fue a ver si habían atrapado alguna. Las encontró revueltas y con los resortes distendidos, era evidente que habían sido desactivadas. Maldijo a la ganimeda, no podía evitar pensar que había sido ella; también le dolía matar aquellas hermosas liebres blancas de la nieve, pero tenía hambre y nada que comer. El bionte también se quejaba. ¿Qué hacían allí?
Esta vez lo veía todo muy negro; volvió a la cabaña. Berú se había desnudado y estaba dentro de una bañera de madera con agua caliente. Había añadido una buena provisión de leña, y por lo visto había calentado el agua con unas ollas de cobre. Se desnudó y también se metió dentro con dificultades porque apenas cabían los dos. Si tenían que morir allí, al menos que estuvieran limpios y contentos. Sin embargo, Berú no estaba preocupado. Ahora mismo su única obsesión era frotarle las piernas y las nalgas como si la suciedad acumulada fuera su verdadero enemigo. Se dejó hacer, después se fueron a la cama; el aire silbaba y se colaba por todas las rendijas. Ya había anochecido, en el cielo brillaba fulgurante la constelación de Renaú y arreciaba una buena tormenta de nieve [Renaú era un antiguo monarca que lucía en su escudo el dibujo de una mariposa; la constelación citada aparentaba una mariposa con las alas abiertas]. Cuando casi había conseguido conciliar el sueño a pesar de ser ya mitad de la noche, abrazada a Berú, llamaron de nuevo a la puerta. Tuvo un estremecimiento casi epiléptico.
—¡No abras, no abras!
—Antes no nos ha hecho nada, tampoco lo hará ahora. Voy a abrir.
Estaba desnudo. Se levantó y abrió la puerta. Era la ganimeda; esta vez tiritaba de frío.
—¿Puedo entrar? Tengo frío.
—Por supuesto; caliéntate cerca del fuego.
Entró y se sentó cerca del hogar; llevaba la misma ropa que antes, pero estaba seca. Iba descalza, pero sus pies no dejaron huella alguna sobre el piso de madera. Permaneció en silencio, y ellos, sin saber qué hacer porque el espacio era muy limitado, se metieron otra vez en la cama, que no era grande. Isabella se levantó también y les siguió a la cama, como si fuera un comportamiento social aceptado. Se colocaron los tres como pudieron; la ganimeda se había puesto en medio. A pesar del hogar el frío era intenso y no resultó molesta la proximidad corporal. Claralá estaba más tranquila, pero no podía dormir con aquel ser en su cama. Por lo visto Berú era diferente porque vio cómo disimulaba un bostezo, además era un curioso impenitente; vio cómo levantaba un brazo y lo pasaba sobre los hombros de Isabella, que parecía dormir plácidamente, con la clara intención de tocarle los bultos de la espalda. A ella también le picó la curiosidad y se adelantó; colocó la mano sobre uno de ellos, le pareció notar que algo se movía pero no retiró la mano, había una fisura que ahora permanecía cerrada, pero que intuyó que podía abrirse; Berú acariciaba el otro sin ningún problema por parte de Isabella, pero pronto se durmió con la cabeza tocando el cuello de la ganimeda.
Por la mañana sólo estaban los dos en la cama. Cerca de la puerta había un saco con forraje para el bionte, que estaba en el establo. Encima de la mesa tenían leche, queso y pan de centeno que devoraron, sobre todo Claralá. El joven era más comedido.
—Tenemos que largarnos de aquí a toda leche. Hoy tenemos comida, mañana hambre.
—Quizá tengas razón; aquí no sacaremos nada en claro porque muy comunicativa no es la ganimeda.
—Larguémonos ya; al menos podemos recorrer otro tramo. Un par más y estaremos fuera.
Cuando entraron en el establo encontraron al bionte muerto, con señales de violencia. Tenía desgarros en el cuello y el vientre abierto. Unas huellas en las proximidades del cobertizo evidenciaron que había sido una manada silenciosa de lobos, porque no oyeron ningún aullido. Claralá se quedó mirando a Berú; sintió una profunda pena por aquel animal con el que podía mantenerse una conversación sencilla y que les facilitaba un medio de transporte excelente. No sabía qué hacer. Tenían más de doscientos kilómetros a sus espaldas para salir de allí y muchos más hacia delante. Había un punto de desesperación en sus ojos, pero no lloraba, aunque sentía la muerte del bionte. El joven le acarició la cara.
—Entremos.
Se sentaron otra vez cerca del fuego. Claralá tiritaba, no tanto a causa del frío sino más bien de la desesperación. Le miró a los ojos, con una evidente interrogación porque estaba segura de que Berú quería decirle algo importante.
—No sabes de mí más que aspectos circunstanciales de mi vida. Quiero que sepas que no puedo decírtelo todo, no por falta de confianza, sino para tu seguridad y la mía. Sólo te pido que confíes en mí y que sepas que te quiero. Estando contigo he cumplido los dieciocho años. No estamos a salvo, ni mucho menos, pero podemos salir de aquí. Axó nos ayudará.
—¿Si la axó es tan poderosa, no puede aniquilar a nuestros perseguidores?
—Es muy complicado —sonrió—; parece estar reñida con la violencia, aunque tampoco es imposible que pueda utilizarla. Es muy difícil razonar con ella; diría que lo hace de forma diferente a nosotros.
—¿Qué es?
—Un instrumento aobín. Lo tengo y no puedo decirte más. Recuerda que Ibrahi lo vio enseguida. Aquella malla que le puso encima era otro objeto aobín, una funda otomeya que inhibe las facultades de la axó, que por cierto llamo Balmá. Sólo los personajes muy encumbrados tienen… —calló porque se había dado cuenta del error; Claralá no dijo nada respecto al desliz, pero su mirada era elocuente.
—¿Y cuando te encontré en el mercado, a punto de ser castrado por los soldados, por qué no intervino tu Balmá?
—Supongo que lo habría hecho, pero prefirió esperar tu llegada.
—¿Por qué?
—Porque tu violencia es más contundente que la suya.
—Esto quiere decir que la aprueba.
—No lo sé.
—¿Cómo nos sacará de aquí?
Berú puso aquella regla de carpintero encima de la mesa. No hicieron falta palabras. Adquirió una luminiscencia que ya había entrevisto en ocasiones anteriores. Se sobresaltó porque el objeto empezó a cambiar de forma sin deshacerse en piezas, adquiriendo la de un paraguas invertido, pero con la base plana y un pequeño reborde.
—No podemos llevarnos gran cosa y además el viaje es incómodo porque hemos de sujetarnos bien.
—Debéis sujetaros bien, la inercia puede jugar malas pasadas. —La voz era cristalina y neutra, no predominaba una tonalidad masculina ni femenina.
Claralá quedó boquiabierta, era la primera vez que oía hablar a Balmá; Berú también estaba sorprendido, o lo parecía.
—¿Cómo lo hacemos?
—Construiréis un arnés para dos personas utilizando la ropa y las mantas de la cabaña —les dijo la axó—. El arnés colgará de una pieza de madera en la que labraréis un encaje para mí. Yo proporcionaré la tracción necesaria.
—¿Por qué hablas ahora? —preguntó Claralá.
—Porque me caes bien.
—¿Qué es una ganimeda? —Ahora que la axó parecía comunicativa aprovechó la ocasión para preguntar cosas que ignoraba.
—La presencia de un ser que no es de Malhaam.
—¿Real?
—Es difícil contestar a esta pregunta.
Se apagó la luminiscencia y ambos supieron que la axó había entrado en un estado de latencia.
La segunda ganimeda
Construyeron el arnés y lo pusieron fuera de la cabaña. Se habían reservado abundante ropa de abrigo. A veces Isabella revoloteaba por allí, pero sin intervenir en sus asuntos. Apareció otra ganimeda, justo antes de la partida; tenía apariencia masculina, era moreno, juvenil y tan etéreo como la otra. Una vez que se acercó mucho a Claralá le dijo inesperadamente que se llamaba Valentín; tuvo tiempo de ver que poseía los mismos senos incipientes que Isabella y las mismas protuberancias en la espalda, sin embargo, después pensó por qué se había fijado tanto, los pantalones transparentes le permitieron distinguir unos genitales masculinos. Sin saber el motivo se rascó la entrepierna por dentro del manto sefarí, pero enseguida fue consciente de que no tenía picor alguno pese a que echaba en falta bañarse más a menudo. Estaba cerca de Valentín; tenía que haber sido inducida por la ganimeda para hacer aquel acto inocuo, pero contrario a su voluntad, aunque tampoco podía exagerar porque aquello había sido una tontería. Aquella reflexión parecía haber golpeado a la ganimeda, que se acercó arrastrando los pies, o al menos lo parecía; se puso a un metro escaso y entonces pudo contemplarlo a placer. Tenía los ojos verdes, carecía de vello facial, aunque sus rasgos eran masculinos, con otro peinado y vestimenta hubiera podido pasar por una chica. Parecía tener la misma edad que Berú.
—Lo siento, Clara; no volverá a ocurrir.
—No, no volverá a ocurrir —sonó inesperadamente la voz de Balmá, pero esta vez no era tan fina, tenía un vigor inesperado.
La ganimeda miró la axó con curiosidad, también con un punto de respeto que no llegaba a ser temor.
—Lo siento, lo siento. Olvídalo. ¿Quieres volar conmigo?
Pensó que no, pero le dijo que sí, y esta vez estaba segura de que Valentín no había manipulado su conciencia, al menos de forma directa. También es cierto que miró de reojo a Berú, que estaba a su lado, y éste asintió con un breve gesto.
—Desnúdate y cuélgate de mi cuello por delante y enrosca las piernas en mi cintura.
Estaba muy cerca de las protuberancias de la espalda. Observó cómo se abría la fisura y salía, de cada una, una estructura membranosa de naturaleza foliar, que al abrirse, desdoblándose, adoptaba la forma de una inmensa ala surcada de nervios, más parecida a la de una mariposa que a la de un mamífero volador. Al principio aquel tejido estaba húmedo, como el de un animal recién nacido. Se secó en un instante y salieron a la luz unos dibujos de naturaleza figurativa, con colores vivos entre los que predominaba el rojo, el amarillo y el azul, representando lo que parecían distintas naves espaciales, que ella jamás había visto, aunque sabía de su existencia.
Un par de aleteos y se encontró, siempre sujeta a Valentín, volando por el aire. El espectáculo era increíble por el hecho de verlo desde aquella perspectiva, aunque ciertamente desolado; apenas podía ver otra cosa que nieve alfombrando un paisaje de suaves colinas tejidas de abetos y cedros de alta montaña, con las ramas cuajadas de hielo, en el que, fugazmente, reverberaba Combrai.
—Puedes aflojar un poco la presión. Ahora te sujeto yo. —Efectivamente notó cómo los brazos de Valentín ceñían su espalda. Le llegó perfectamente claro un ligero olor de las axilas, que no encontró desagradable.
Estaba desnuda, la temperatura era muy baja y el viento cortante, pero no tenía frío sino, más bien al contrario, una grata sensación de calor. Tuvo conciencia de su desnudez y de la de Valentín. Cerró los ojos y pensó que no le importaría dejarse penetrar por la ganimeda. Movió un poco la pelvis y notó los genitales de Valentín sobre los suyos, pero no tenían la consistencia necesaria para llevar a cabo la cópula. Le miró a los ojos, tan humanos y tan cerca, que pudo ver las estrías del iris, la pupila y los pelos de las cejas. Incluso un pequeño grano en el puente de la nariz. Volvió a mover la pelvis y esta vez notó una reacción. Sujetándose sólo con un brazo liberó una mano que ayudó al pene de la ganimeda a encajarse en su interior, maniobra un tanto difícil dada su posición, pero Valentín no debía de tener experiencia alguna en aquellos menesteres porque se limitó a dejarlo en su sitio sin efectuar los típicos movimientos precursores del orgasmo masculino. Tuvo que hacerlos ella consiguiendo la satisfacción de ambos de forma simultánea. Ninguno de los dos dijo nada de lo que había sucedido a pesar de que durante todo el tiempo que duró la cópula, Valentín le iba señalando cosas curiosas de ver como si fuese el guía de un viaje turístico. Especialmente, un majestuoso barranco en el que podía contemplarse una cascada helada y en el que dijo que no le importaría precipitarse con ella al abismo, aunque lo dijo precisamente en la culminación de la cópula, precedida por alguna que otra convulsión. De vuelta, ella se desprendió del abrazo y se puso al lado de Berú, que la cubrió con un grueso sefarí.
—¿Qué tal el viaje?
—Bien, ya te contaré.
Colocaron la pieza de madera a modo de soporte del arnés que ya tenía encajada la vara y la soltaron. Quedó suspendida en el aire. Se colocaron en el doble arnés bien embutidos en ropa de abrigo y emprendieron el vuelo con una temperatura gélida y poco viento, circunstancia esta a su favor. Claralá, admirada, veía pasar el mismo territorio que en el vuelo precedente, pero no le parecía el mismo paisaje. Le daba la mano a Berú con una sensación creciente, que pronto se hizo avasalladora, de que lo amaba apasionadamente.
—Durante el vuelo… copulé con Valentín.
—Pero no lo amas.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Las ganimedas no son personas.
—¿Te molesta?
—No. —Él no era muy escueto y dejaba un buen margen a la duda.
Le miró de reojo, pero, como siempre, Berú parecía tener la cabeza en otro sitio.
—Te amo a ti.
—Eso espero.
—Estamos en Corymbar —dijo Berú que, a veces, mantenía conversaciones con Balmá en voz baja y utilizando el incachín.
Llegaron a Fleste, un pueblecito de alta montaña en el que era muy difícil que hubiera alguien esperándolos. Escondieron el doble arnés, Berú se puso la axó en la cintura. Se trataba de una pequeña comunidad rural, a la que parecía no haber alcanzado la barbarie. La entrada del pueblo estaba custodiada por un pequeño destacamento uniformado que llevaba la enseña del tirano local. Cerca de la entrada había tenderetes, un par de tabernas, incluso algunas tiendas de comida. Se enteraron de que se había hecho con el control del territorio un soldado de fortuna llamado Fleú que lo gobernaba de espaldas a la Bulé, que había abolido, pero la impresión general es que había conseguido erradicar los abusos y la violencia gratuita, y que mantenía el orden de forma bastante pacífica. La verdad es que pronto se darían cuenta de que Corymbar era un estado próspero.
—No podremos circular de espaldas a la autoridad establecida en este país, ni huir eternamente, quizás ha llegado el momento de dar la cara —dijo Berú.
—Pero si Peyote ha establecido una alianza con el tirano, estamos listos.
—Balmá opina que podemos arriesgarnos.
—Pues vamos allá.
Se acercaron al destacamento sin armas, con la axó muy bien disimulada entre la ropa de Berú. Se presentaron al capitán y le dijeron que huían de Peyote y que solicitaban la protección del caudillo Fleú. Les cachearon a fondo y al constatar que no llevaban armas, la axó era una vara inofensiva, les permitieron pasar, aunque permanecieron retenidos en una hospedería. Allí estuvieron catorce días, probablemente el tiempo de solicitar instrucciones y recibir respuesta, al cabo de los cuales, el capitán les ordenó preparar su equipaje para viajar a Ohm Corymbar, la capital. Fleú quería verlos. Con las instrucciones llegaron cuatro biontes entrenados para combate militar. Les dijeron que no eran técnicamente prisioneros, pero que no intentaran huir, porque en ese caso tenían órdenes de evitarlo a toda costa.
Claralá no lo veía claro y barajaba la posibilidad de largarse, aunque sin el concurso de Balmá lo veía francamente difícil. Aceptó el punto de vista de Berú, que de momento estarían a salvo, y que si se torcía la situación la axó no sería ajena a su desgracia.
Subieron ellos dos en un bionte, el capitán y cinco soldados más en los otros tres. Llegaron a la capital en un vuelo sin escalas, aquellos animales eran mucho más resistentes que los que se utilizaban para el transporte privado. Corymbar no estaba más al sur sino hacia levante de Serimbar, por lo que el paisaje que pudieron ver seguía siendo nieve y poco más, pero la primavera avanzaba rápido y pudieron constatar la presencia de numerosos rápidos que empezaban a descargar agua de deshielo en los grandes ríos de las llanuras del sur.
Roteú también llega a Corymbar
Nada más pisar territorio Corymbar, Roteú se dio a conocer y solicitó una entrevista con el tirano Fleú. Le presentó las cartas credenciales de Peyote y pidió su autorización para apoderarse de Claralá, pero tuvo que explicarle quién era; Fleú le contestó que ni se le ocurriera mover un solo dedo sin que él supiera por qué lo había hecho, y que dejara en paz a la princesa. El sicario de Peyote quedó un poco sorprendido, su amo no era el tirano más poderoso de los reinos de taifas de Malhaam, pero sí el más temido. Le asignó un aposento en la corte, pero le dijo que tenía que pagar su manutención y la de sus hombres, además de un plus por el servicio y la vivienda. A Roteú aquellos aposentos le parecieron más una cárcel que un hotel. Entretanto llegó la comitiva de Claralá y Berú, cabalgando sobre los biontes. Les asignaron unos aposentos. Roteú no pudo ver a Claralá en el momento de su llegada.
La primera entrevista con Fleú fue muy cordial; la joven no pudo evitar un sentimiento de admiración por su corpulenta y masculina figura, dotada, sin embargo, de una cortesía más propia de la aristocracia que de la de un soldado de fortuna. El autoproclamado caudillo de Corymbar tenía una larga y cuidada cabellera negra, cuello y torso de atleta, las caderas estrechas y las piernas muy ágiles.
«Un enemigo muy peligroso en la batalla», pensó.
La comparación con Berú era inevitable. Su joven amante tenía la cuarta parte de la envergadura de aquel gigante. Sí, es cierto que Berú le resultaba atractivo, pero añoraba aquellas esporádicas relaciones mantenidas años atrás con hombres de su elección, fornidos, musculosos. Le sonrió, porque, pensó, era mejor mantener buenas relaciones.
En la primera entrevista no sacaron nada en claro, por lo visto Fleú no tenía prisa.
Se les permitió pasear por todo el palacio e incluso salir a los jardines y campos de deporte que había enfrente de las edificaciones, pero no abandonar el recinto. En uno de los paseos se toparon con Roteú, al que ninguno de los dos conocía. Se les acercó. Él sí conocía quién era Claralá, porque sabiendo que estaba allí se la había hecho describir a sus sirvientes, pagando una fuerte suma de dinero. Roteú no era cobarde, pero no había sido educado en las técnicas del combate. Prefirió tantear el terreno, aunque no tuvo en cuenta que Claralá era una persona peligrosa, cuya fragilidad era sólo apariencia. Tuvo el descaro de presentarse como lo que era, un asesino a sueldo de Peyote. Probablemente pensó que allí, en Corymbar no corría peligro alguno.
—¿Claralá, supongo?
Le miró sorprendida, no tenía la espada, que había quedado confiscada nada más entrar en el palacio de Fleú, pero ella no temía a nadie.
—Sí.
—Soy el embajador de Peyote en Corymbar.
—Dirás mejor mi perseguidor.
—Algo hay, sí, sobre este particular.
—Pues resolvamos cuanto antes este particular —Claralá, mientras hablaba, no había perdido detalle del entorno, estaba razonablemente segura de que Roteú estaba solo.
Le pasó un brazo por el cuello mientras doblaba el de Roteú por la espalda haciéndole caer al suelo de bruces. Se sentó encima de su espalda con el propósito de sujetar la cabeza con ambas manos para darle un giro mortal que le rompería el cuello. Berú se había quedado sin habla ante la inesperada reacción. No pudo hacerlo, porque quedó paralizada al notar un objeto punzante en su espalda. Era un soldado que le había puesto una ballesta neumática a tocar de la piel. Probablemente podría deshacerse también del soldado y acabar el trabajo empezado, pero pensó que si Fleú protegía al cabrón que tenía debajo, no saldría indemne. Decidió esperar una mejor ocasión; hizo un gesto con la mano para indicar que se apartaba y así lo hizo, pero no sin antes dar un último empujón al brazo, del que se oyó perfectamente el crujido de la articulación rota. Roteú se desvaneció. Se acercaron más soldados y fueron conducidos a sus aposentos, y esta vez, un oficial les dijo que tenían prohibida la salida hasta nueva orden. Por la noche Berú cogió a Claralá por el brazo, la miró a los ojos, y, muy serio, le dijo que era muy proclive a utilizar la violencia de forma preventiva, que sólo estaría legitimada en defensa propia o de terceros. Claralá le dijo que sí, pero en su fuero interno pensaba seguir haciendo lo que siempre había hecho y que la había mantenido viva hasta ahora.
Este percance animó a Fleú a intervenir; era listo y prefería tener un territorio próspero que no devastado por el hambre y el terror. Pero la prosperidad tenía un precio, aquí y allí empezaban a oírse voces disidentes que añoraban la situación anterior, democrática y participativa. Pensaba cómo podría legitimar su posición en Corymbar, y la llegada de Claralá le sirvió la ocasión en bandeja.
—El trato es muy sencillo, cásate conmigo; yo legitimo mi situación en Corymbar y tú gobiernas en Ambar.
—En Ambar está Peyote.
—Claro, primero tendrás que sacarlo de allí.
—Sabes que sin ayuda no puedo hacerlo.
—Entonces te quedas aquí; yo no te molestaré —estaba claro que no pensaba ayudarla en Ambar.
—¿Pero no sería tu esposa?
—Sólo de «jure». Mis gustos, probablemente, no coinciden con los tuyos.
—De momento, no.
—Ya te ablandarás.
Una y otra vez la misma respuesta. Claralá tenía a su lado a Berú que, silenciosamente, le daba ánimos. Fleú se dio cuenta de que buena parte de su decisión y fortaleza venían de aquel muchacho, un tanto desgarbado, que aparentaba ser su criado, pero que seguro era algo más. No era especialmente sádico, pero sí muy resolutivo, y, si hacía falta, violento. Pensó que quizá podría doblegar la voluntad de Claralá sometiéndola a tortura, o amenazando a su joven amigo, pero esto eran soluciones lentas y desagradables. Decidió cortar por lo sano. Se agachó y puso la mano sobre la empuñadura de la espada que llevaba colgada en el hombro. Se impulsó hacia arriba flexionando con fuerza las rodillas al mismo tiempo que desenfundaba la katana que tenía la hoja parcialmente retenida. Claralá, experta también en su manejo, anticipó enseguida la secuencia de movimientos. El impulso hacia arriba era para poder descargar el golpe aprovechando la fuerza posterior de la caída. Observó que al mismo tiempo que subía giraba el torso imperceptiblemente apuntando a su objetivo. Era Berú, y estaba perdido porque no había fuerza humana capaz de detener aquel golpe demoledor. Sin embargo, en esta ocasión, sí que actuó Balmá, como siempre disimulada entre los pliegues de la ropa de su amigo. En un instante se transformó en un paraguas protector que recibió el golpe sin absorber su energía. La espada se rompió porque chocó con lo que podría ser un bloque equivalente de granito o una masa metálica. Y también se rompió la muñeca de Fleú, que exhaló un contenido grito de dolor. La axó pareció tener suficiente, pero ella no, a riesgo de que interviniera la guardia pretoriana del tirano. La empuñadura había quedado en tierra, junto a los trozos metálicos de la hoja rota; aún tenía cuatro centímetros de metal afilado por los laterales. Claralá cogió la empuñadura y asestó un corte a la yugular de Fleú que provocó un violento surtidor de sangre pese a los intentos desesperados e impotentes del tirano para detener la hemorragia.
Esta vez no esperaron a nadie; Balmá se transformó de nuevo en aquel paraguas invertido, subieron a bordo y abandonaron Corymbar bien sujetos a la empuñadura.
Roteú aprovecha la confusión
Cuando acudió la guardia, alertada por el primer grito de Fleú, lo encontraron tendido en el suelo, muerto entre un enorme charco de sangre. No había ni rastro de los prisioneros. Quedaron indecisos. Fleú, como todos los tiranos, no tenía prevista la sucesión porque le importaba una mierda lo que pudiera ocurrir en Corymbar después de él. Roteú estaba cerca, entró en la sala, compró a los guardias en nombre de Peyote, se preocupó de dejar muy claro este punto, y desde allí controló todos los resortes de poder del territorio, comprando o utilizando la violencia sólo cuando resultó imprescindible. En poco menos de una semana se hizo con el control de Corymbar. Envió emisarios a Ambar para comunicar la buena noticia.
Peyote unificó la moneda y la administración, dejando intactas las estructuras económicas del reino recién adquirido. Le agradeció a Roteú los servicios prestados, pero le dijo que no había cumplido el principal objetivo de su misión, que era eliminar a la princesa. Decidió no ejecutarlo porque demasiada gente sabía que gracias a él había engrandecido considerablemente sus dominios. Lo envió a la capital para que se enterase de qué pasaba allá; desde hacía un tiempo Peyote se complacía en extrañas fantasías en las que se veía coronando un monarca títere, detentando él una especie de sogunado sobre el que recaería el verdadero poder de todo Malhaam. De momento no tenía problemas de legitimidad, gobernaba en nombre de los Ambar con el título de Regente. Lo que sí hizo fue ocuparse personalmente de dar caza a Claralá, y esta vez abrió la bolsa, una bolsa muy grande.
Claralá y Berú llegan a Ohm Tumbuctú
El trayecto en el paraguas invertido sólo duró lo necesario para alejarse del peligro; cuando Balmá lo juzgó conveniente volvieron al suelo y tuvieron que espabilarse por su cuenta. Lo pasaron bastante mal; aquel territorio era inhóspito y tuvieron que sobrevivir a base de las capturas de pequeños animales que hacía la joven con sus trampas. Se fijó que en más de alguna ocasión Berú parecía implorar, o al menos, discutir con Balmá, pero por lo visto no obtuvo ningún resultado, porque siguieron así durante semanas hasta que un cambio en la vegetación les anunció la presencia de un cauce de agua. Berú tuvo problemas intestinales; la exclusiva dieta de carne y la falta de verduras le había producido un estreñimiento severo con fuertes dolores abdominales. Berú recolectó unas hojas de una planta y esta vez sí se hizo una infusión y al cabo de unas horas se solucionaron sus problemas. Claralá se acercó a Balmá, inerte como siempre, que ahora estaba en el suelo al lado de Berú.
—¿Qué se ha tomado? —Preguntó.
—Sen —se limitó a responder, volviendo a su mutismo impenitente.
Estaban en Ring er Catha un territorio agreste perteneciente a Corymbar, pero situado ya en la parte suroriental del país. La ciudad más cercana era Tumbuctú y, cansados de vagar por la estepa, hacia allí se dirigieron extremando las precauciones. Acordaron un lugar de encuentro y primero llegó ella, que buscó alojamiento en un hotel discreto haciéndose pasar por un empleado de una agencia de seguros con sede en la capital. Más tarde llegó Berú al lugar fijado y, juntos, se encaminaron al hotel. Pasaron allí varios días cerrados a cal y canto, pero aquellas paredes se les caían encima y pronto se cansaron. No pudieron resistir la tentación de visitar la ciudad, que era ciertamente curiosa. Tumbuctú se había convertido en un lugar de ocio y diversión, y lo que no había precisamente eran museos ni exposiciones. El lugar estaba lleno de casinos, parques de atracciones, incluso había un antiguo parque Bororino ahora inactivo [el parque Bororino es de factura panhumana; en él se hacen inmersiones virtuales al pasado], y numerosos burdeles donde se servía el último grito en drogas y sexo. Vieron la propaganda por fuera: las más caprichosas fantasías sexuales podían ser satisfechas por los más expertos mercaderes del sexo. Berú se fijó en uno de los anuncios en el que varios jóvenes de ambos sexos ofrecían su cuerpo a precios que variaban según el tipo de servicio. Eran muy jóvenes y aquella actividad, desarrollada como negocio para terceros, era francamente ilegal. Algo del anuncio llamó la atención de Berú, que no dejaba de mirarlo; al fin entró y ella, renuente, le siguió. No se dieron cuenta de que su entrada quedaba registrada mediante un dispositivo aobín. Pidieron más información y resultó que los jóvenes eran autómatas. El empleado del mostrador le dijo a Claralá si quería algún servicio y ella señaló a Berú.
—Ya estoy servida —le contestó, y salieron del local.
—¿Autómatas? —No eran nada frecuentes y menos en aquellos tiempos.
—Una partida entrada de contrabando antes del colapso de la puerta —dijo Berú.
—¿Son inteligentes?
—Como tú y como yo.
—Así no sabes nunca con quién te las tienes…
—En Malhaam estaba prohibido este comercio, no sabía que…
—¿La prostitución estaba prohibida?
—No, la utilización de androides…
—Pues ya ves. —Berú no contestó, pero se quedó pensativo un buen rato.
No les atrajo nada especial de Tumbuctú y decidieron abandonar la ciudad. Se dirigieron, siempre al sur, a un lugar donde el desbordamiento frecuente de dos afluentes del Ingram había creado una amplia zona pantanosa en la que abundaba la pesca y la caza. Allí estuvieron un par de semanas para enfriar cualquier pista que pudieran haber dejado a su espalda; salieron de la zona pantanosa y se dirigieron una vez más hacia el sur, al inicio de la gran estepa central de Malhö.
Claralá cae en manos de Peyote
La dedicación de Peyote dio sus frutos; sus espías le informaron, a través de sus contactos con la policía de Corymbar, de que una pareja había entrado en un burdel que registraba rigurosamente las entradas y salidas de los clientes. Confrontaron la imagen de los jóvenes con la información que tenían y llegaron a la conclusión de que se trataba de Claralá y su acompañante. No les fue difícil seguir su pista hasta la zona pantanosa.
La atraparon casualmente un momento que estaba sola. Habían decidido pasar un tiempo vagabundeando por aquella magnífica estepa bien provista de gacelas e incluso de grandes rumiantes. Les había parecido ver, a lo lejos, las ruinas de lo que podría ser un refugio de cazadores, pero antes de trasladarse con todo el impedimento, que ahora debían cargar a la espalda, decidieron que primero se acercaría ella y luego irían los dos; pero en el último momento Claralá tuvo un pequeño percance, una mala caída, que le hinchó el tobillo; era más prudente que fuera él.
Después Peyote maldijo su mala suerte, aunque para consolarse atribuyó toda la culpa al jefe del destacamento que hizo el apresamiento. Le dio toda clase de honores, dinero y un ascenso, y después le dio una escoba y le dijo que quería ver brillar los suelos de sus aposentos. Rastrearon toda la zona pero no encontraron ni rastro de Berú. Por lo visto se dio cuenta de lo sucedido y puso los pies en polvorosa. Trasladaron a Claralá a Ambar con las máximas medidas de seguridad.
Antes de acabar con ella Peyote quería obtener la máxima información y se lo dijo. Ahora estaba desnuda y atada por la cintura, brazos y piernas a una camilla.
—Sé que eres realista además de lista, por lo tanto es muy importante que entiendas que acabarás decapitada de nuevo, como máximo durarás cuatro días. Esta vez no habrá ninguna bandeja provital que se interponga en mi camino. No pienso comprarte ni proponerte matrimonio ni nada por el estilo, me das asco tan delgada y fibrosa —Peyote lo dijo estremecido—. Antes de cuatro días estarás muerta, de ti depende que se haga con un solo tajo o que dejemos intervenir a mi dentista, que es un diablillo sádico que suspira por disponer de una presa fresca. Quiero que contestes, con sinceridad, a mis preguntas; si lo haces, ya sabes, un solo tajo.
Claralá sabía que Peyote probablemente no cumpliría su promesa, así que perdido por perdido decidió seguirle la corriente, a la espera de si aquel capullo le daba una oportunidad. Pero tuvo una intuición, su mente sagaz y bien amueblada trazó un plan, pero no era un plan de acción, sino dialéctico.
—Prefiero morir de un solo tajo, pero no sé si después de complacerte cumplirás tu palabra.
—Si te cierras en banda, el dentista; si cooperas, se plantean las dos posibilidades. Tú misma.
—Elijo cooperar, ¿qué quieres saber?
—Cuéntame tus andanzas desde que saliste de la faxioté. Despacio y con mucho detalle.
No los escatimó; sabía que Peyote jugaba con la ventaja de que conocía algo, por lo que fue especialmente verídica sobre todo cuando llegó a su relación con Berú. Explicó, con renuencia aparente, su relación con el muchacho y sobre todo aquel período en el que se ganaron la vida ejerciendo las artes adivinatorias. Aquí dejó caer en un par de ocasiones el asombro de los clientes al comprobar los éxitos del muchacho.
—¿A qué los atribuyes? Estarás conmigo en que esto de la adivinación es un fraude evidente.
—Por supuesto; quizá Ber es muy observador y por la indumentaria o incluso la expresión corporal del cliente adivina cosas.
—Cuentos. Sabríais algo de los que os venían a preguntar.
—Si lo sabía él, lo ignoro; era muy teatral, sobre todo utilizando aquella placa de pizarra. —Ahora Peyote prestó un poco más de atención.
—¿Una placa de pizarra?
—Sí, aquella placa me traía loca, porque a veces simplemente no estaba. Y en otras era como un objeto diferente, supongo, aunque yo no creo en fantasmas. —Peyote estaba cada vez más interesado.
—¿Tú sabes lo que son los objetos aobín?
—¿Quieres decir que aquella placa era aobín? —Claralá abrió unos ojos como platos, pero era muy consciente de que aún estaba lejos de conseguir su propósito. El tono de voz de Peyote indicaba que todo aquello le importaba relativamente poco. Hizo un gesto ligeramente pícaro con la comisura de los labios que no le pasó desapercibido.
—No juegues conmigo muchacha… cumple tu promesa.
—Sí, supongo que era un objeto aobín.
—¿Ahora estás segura?
—Sí, lo era.
—¿Por qué?
—Joder, sí, lo era; a veces se transformaba en un paraguas invertido y volábamos en él. —En esta afirmación puso odio, compromiso y fatalidad, como si ya todo le diera igual.
Peyote picó. El pensamiento del usurpador se dirigió a los derroteros que ella quería. Era más valioso Berú que ella, no sólo porque tenía un objeto aobín, sino porque si lo tenía era por algún motivo. Empezó a vislumbrar la idea de que Berú podía ser una presa de mayor calibre.
—¿Quién es ese Ber? ¿Por qué tiene un objeto aobín?
—Lo único que sé es que nació en Malhá. —Más interés por parte de Peyote, que se hizo traer un taburete, para sentarse.
—Mira, puedes salvar la vida, quizá. Pero tienes que hacer venir a Ber. ¿Cómo lo hacemos venir? —Más que una pregunta era una reflexión en voz alta.
Al cabo de unos segundos se le ocurrió una solución.
—Los pregoneros anunciarán tu ejecución y que sólo podrá detenerla la presencia de Ber.
Le miró muy dolida simulando una tristeza infinita, pero no contestó, bajó la cabeza y se puso a llorar, musitando «¡Ber! ¡Ber!» Peyote también la miró rastreando cualquier indicio de comedia, pero empezaba a pensar en otras cosas, grandes y fastuosas, y no prestó suficiente atención.
Berú libera a Claralá y Peyote se escapa por muy poco
El día de la ejecución se presentó Berú en el palacio de los Ambar. Aparentemente iba desarmado; sólo llevaba la axó escondida entre los pliegues de su sefarí. Pidió poder hablar con Peyote. Le registraron concienzudamente, pero Balmá era demasiado para ellos. Cuando palpaban a la izquierda estaba a la derecha, cuando comprobaban la camisa estaba en el pantalón. Unos guardias le llevaron a su presencia; estaba sentado a su mesa de despacho mirando unos papeles con mucha atención, sin prestar ninguna al recién llegado. Detrás, unos fornidos guardaespaldas no quitaban ojo de cualquier cosa que se moviera en la habitación. Otros dos tenían a Claralá, desnuda, sujeta con sendas argollas en los tobillos y cadenas hasta la pared.
—Ya sabes, tu joven amiga morirá si no me dices quién eres y dónde está el objeto aobín que posees.
—Podría pedirte que reconsideres tu actitud y que actuaras con nobleza y sentido de la justicia, pero no lo haré. —Su voz era grave y autoritaria, al punto que tanto Peyote como los guardias giraron la vista hasta él, sorprendidos y admirados que aquella voz pudiera emanar de aquella figura juvenil y desgarbada.
Berú tenía en la mano a Balmá. De ella salieron dos proyecciones alargadas y afiladas por un lado y un fantasioso penacho por el otro, que atravesaron la palma de cada mano de Peyote, quedando clavadas en la madera; el penacho impedía que pudiera desprender la mano. Una tercera atravesó sus mejillas, arrancando algún que otro diente, aterrizando también sobre la mesa, clavándose en ella y obligando a que su cabeza adoptara una actitud claudicante, apoyada sobre la fina superficie. Otras dos proyecciones habían salido simultáneamente en dirección a los guardias que estaban detrás de Peyote y se quedaron a escasos centímetros de su boca.
—Indica, con la mano, a los guardias que se vayan —su mano izquierda quedó liberada. Lo hizo con vehemencia mientras miraba, fascinado, el chorreo continuo de sangre que manaba de la herida. Liberó a su amiga que se arrojó a sus brazos.
—¡Por fin has venido!
—¿Acaso lo dudabas?
—Mi temor era por si llegabas tarde.
Claralá se acercó a Peyote, que estaba inclinado sobre la mesa.
—¡Voy a acabar con este cerdo de una vez por todas!
Cogió una de las katanas que los soldados habían abandonado precipitadamente en su huida. La alzó por encima de su cabeza preparando el golpe demoledor que decapitaría a su enemigo, pero en ese momento se abrió la puerta principal del inmenso despacho y entraron en tropel numerosos soldados.
Berú pensó que tampoco era cuestión de hacer allí una matanza; cogió a Claralá por el brazo y ambos se escabulleron en el paraguas invertido en el que se había convertido Balmá, sin pérdida de tiempo, por una gran ventana, atravesando el cristal como si fuera una lámina de mantequilla. Aún tuvo tiempo de lanzar la espada sobre Peyote, pero erró el tiro. Se clavó en una pierna del usurpador, que se desmayó de golpe. La katana no era muy efectiva como arma arrojadiza.
Claralá y Berú llegan a Malhá
El objetivo era directamente la capital. Berú siempre había sido reticente, aunque no se negase de forma explícita, a ir a Malhá. Pero ahora lo veía claro. Cuando se alejaron del peligro inmediato Balmá los depositó en el suelo; ya sabían que aquel transporte no les permitía cubrir largas distancias. Alquilaron un bionte y pusieron proa a la capital, a la que llegaron en varias jornadas y sin incidentes.
Malhá era una gran metrópoli, con algo más de cien mil habitantes; pasados los primeros tiempos en los que tuvo que soportar algunos desórdenes, el país se reagrupó en torno a la Corona que había mantenido intacto su prestigio, pero ahora con un poder nulo. El monarca reinante era Faradino [los nombres de los reyes en Malhaam son neutros como en Golaam], un anciano vigoroso pero muy abatido por los tiempos que le habían tocado vivir. El día a día del gobierno lo llevaba la cancillera Merians. El monarca vivía prácticamente retirado en el Menhala protegido por un destacamento de la cromeless, en realidad de lo que quedaba del orgulloso ejército garante de la Corona. Claralá, acompañada de Berú, hizo algún intento de acercarse al Menhala con resultados negativos. La respuesta siempre era la misma, el monarca estaba prácticamente retirado de los asuntos de gobierno, y que se dirigiera a la Señora Merians. Identificada como Claralá ben Ambar pudo entrevistarse con ella. Era una mujer afable, cargada de buenas intenciones pero impotente para afrontar la dura realidad malhaamita. No obtuvo más que difusas promesas de apoyo moral.
La decisión de Claralá
Tal como estaba la situación decidió dar un cambio de rumbo a su vida; volver al norte e iniciar una lucha de desgaste contra Peyote era una misión suicida, sobre todo después de que aquél se afianzara como usurpador no sólo de Ambar sino también de Corymbar. Estaba junto a Berú, ambos sentados en una de las muchas terrazas de la gran avenida de Sadi ben Hamara, que discurría paralela al Ingram, que atravesaba la capital. Estaban tomando un vaso de la excelente cerveza de malta, típica de Malhá. Observó de reojo a su compañero, que miraba embelesado la hermosa perspectiva del puente de la Corona, el más hermoso de la capital, colgado en el aire, inmóvil, de color rojo cereza cristalino, que en aquel momento reverberaba con el sol poniente, Combrai, también rojo, por este motivo el puente adoptaba ese color.
Se mezclaron en su interior varios sentimientos contradictorios; notaba cómo crecía el amor y el deseo hacia la desgarbada figura de Berú, amante silencioso y eficaz, pero también había en su personalidad una secreta inspiración, un fuerte deseo de aventura, una misión hacia la que se sentía predestinada, que allí, quizá nunca vería cumplida. Entonces él se giró y aguantó la mirada, consciente de la dura batalla que libraba en su interior. Al fin se decidió, le besó y le pasó el brazo sobre los hombros desnudos, hacía calor y Berú sólo llevaba un pantalón corto, igual que ella, ambos iban con el torso desnudo. Sopesó todas sus contradicciones y concluyó que, por encima de todo, prefería el tacto de aquella piel a la corona de Ambar. Berú suspiró aliviado como si hubiera sido testigo, desde dentro, de sus vacilaciones.
Se establecieron juntos en una pequeña propiedad recientemente recuperada de los padres de Berú. Se llamaba Clodi ben Gatzara; según le explicó, Gatzara era el gentilicio de su familia. Tenía varias explotaciones ganaderas, ahora en desuso, y los restos de una antigua piscifactoría. Claralá decidió dedicarse en cuerpo y alma a la piscifactoría. Berú se ocuparía de la granja. Al cabo de un tiempo, la piscifactoría estuvo en pleno rendimiento y pudieron ahorrar una pequeña cantidad de dinero con la que adquirieron, en la casa de semillas, terneras, ovejas y cabras. En realidad tanto el cultivo de la tierra como la cría de ganado se hacían de forma automática con relativamente poco esfuerzo, sin embargo, había que pagar facturas, comprar y reparar equipos, éstos eran de manufactura local no RIS, por lo que las cuentas tenían que salir, y salieron.
Se completa el matrimonio
Yo nací en Ohm Gilgamö, una fría ciudad fluvial, ribereña del omnipresente Ingram; mis padres me dieron una cuidada educación pese al caos creciente; estudié en el monasterio de Kamerá, pero la naturaleza de los estudios impartidos ya no podía tildarse de panhumana, apenas quedaban profesores que dominaran las ciencias básicas, eran más los expertos en ramas humanísticas del saber; estudié lenguas clásicas: incachín, griego, latín e inglés. Allí conocí a Janelá; antes de terminar los estudios, cerraron el monasterio y nos dieron una lista de poblaciones en las que todavía quedaba un remedo de orden, entre ellas no estaba Gilgamö. Mis padres y los de Janelá también, aguantaban malviviendo de sus ahorros y de unas tierras en las que apacentaban renos y cabras lanudas. Decidimos ir hacia el sur, en busca de nuevas oportunidades. Al cabo de un par de años mi compañera y yo, con la que ya había intimado en el monasterio, fuimos a parar casualmente a Clodi ben Gatzara. Nos habían dicho que en aquella granja necesitaban gente. Éramos jóvenes y aún no habíamos completado el matrimonio. Congeniamos enseguida y acabamos estableciendo con ellos un contrato matrimonial [la forma típica de Malhaam, a diferencia de Golaam, donde son mucho más frecuentes las simples parejas o grupos de tres; el matrimonio comparte afecto, y sexo según los gustos]. Janelá y Claralá adoptaron un cierto papel dominante; Berú y yo, aunque discutíamos mucho, acabábamos siempre por aceptar las decisiones de las dos mujeres, pero, evidentemente, era una falacia, porque bastaba que uno de los dos, o ambos, mirásemos a los ojos de nuestras chicas para que éstas al punto pensasen que hasta ahí podían llegar. Pasaron tres años más sin ninguna novedad. La axó permanecía muda y guardada en un cajón; Berú se cansó de llevarla encima. Sólo en una ocasión, según me contó, Claralá tuvo un motivo de preocupación. Un día acudió a las oficinas municipales de Malhá para renovar unos permisos de explotación. Al rellenar el formulario correspondiente, como lugar de residencia puso el nombre de la finca en la que estaban y como propietario, a Berú Gatzara. El funcionario consultó el registro de la propiedad y le dijo que estaba equivocada, que aquella finca pertenecía a la Corona, propietaria material de muy pocas posesiones, pero entre ellas estaba Clodi ben Gatzara. Quedó un poco sorprendida y pensó que quizá los padres de Berú la explotasen en arriendo. Pero no tuvo problemas, parecía como si la propiedad tuviese los correspondientes permisos de ocupación.
—Pero ¿quiénes son los Gatzara?
—Es el gentilicio de una de las familias más importantes de Malhá, ha dado numerosos reyes a la Corona, todo el mundo lo sabe —menos ella, pensó.
—Así pues. ¿Berú Gatzara es un príncipe?
El funcionario sonrió, aquella gente del norte no sabía nada de lo que realmente importaba en el mundo.
—Aquí no existe el concepto de aristocracia; los portadores de la Corona se suceden por adopción. Se trata simplemente de una familia importante.
—¿Y dónde residen actualmente sus miembros?
—No lo sé; desde hace más de cien años, el país anda un poco revuelto [los cien años formaban una parte discreta de la vida de una persona; si no tenía un percance, el malhaamita podía vivir vigorosamente hasta los ciento cincuenta o, incluso, más años].
Claralá no dijo nada de la conversación mantenida con el funcionario municipal, aceptó que tras la personalidad afable, cordial, voluptuosa incluso de Berú, se escondía algún extraño secreto que un día u otro saldría a la luz, pero Claralá, hoy por hoy, era feliz y prefería no forzar las cosas, actuar así era una forma de preservar aquella felicidad. Dentro del matrimonio el entendimiento era perfecto, lo cual no siempre es fácil. Janelá era pelirroja y de formas más opulentas que Claralá y mi constitución es de más envergadura que la de Berú, realmente había un buen engranaje y la cama, a veces, ardía de tanto como la calentábamos, aunque en aquella época éramos jóvenes.
Cerca de la casa había un altanazo desde el que se podía ver buena parte de la propiedad por la que discurría un afluente del Ingram que proporcionaba agua fresca a la piscifactoría. Se subía por un sendero jalonado de olmos, alisos y abedules. Un día, Claralá, al atardecer, cansada de la dura jornada, subió la cuesta con el ánimo de reposar arriba y contemplar el relajante crepúsculo. Allí estaba Berú, que parecía esperarla, porque no se inmutó, únicamente le dejó un poco de sitio sobre la piedra plana que utilizaba de asiento. La axó, en una demostración de poderío nada frecuente, permanecía sobre su cabeza flotando en el aire, y no tenía la forma tantas veces adoptada de una regla de carpintero; ahora era una placa gruesa, de color negro mate, de cantos redondeados. El sendero serpenteaba por detrás y ella había sido discreta, por lo que no hubiera podido oírla; era evidente que la axó le había informado de su presencia. Combrai se ocultaba en el horizonte en el que sólo destacaba la aguja del Menhala, que parecía escalar el cielo. Roxá, la luna roja, asomaba por el norte, como una sandía sin piel y Misshá, oculta, pero enviando tenues señales de su luminosidad marfileña, estaba por salir también por el otro lado y tardaría en poderse ver. Claralá miró el paisaje embelesada, la llanura con sus campos frutales y sus tierras de cultivo parecía estallar de lozanía, pero pronto desvió la mirada hacia el rostro de Berú, que parecía transfigurado, con una mano sobre su rodilla a la que apretaba con fuerza. No había serenidad en su mirada, sino posesión, como el pastor que mira satisfecho la opulencia de su ganado.
El destino llama a la puerta de Clodi ben Gatzara
Un día, por la noche, después de cenar, llamaron a la puerta; nadie había oído nada y tuvieron un sobresalto. Eran golpes secos y perentorios. Berú preguntó quién era y contestaron que un destacamento de la cromeless; los uniformes eran luminosamente blancos. Se requería su presencia en palacio. Recogieron sus cosas y salieron los cuatro a toda prisa. Había seis biontes. El oficial al mando le dijo a Berú en voz baja, aunque lo oyó todo el mundo, que Faradino había muerto. Berú se cambió a toda prisa y se puso ropa interior blanca; se envolvió con un sefarí inmaculadamente blanco que sacó de un cajón. Claralá pretendió subir en el mismo bionte que Berú, pero el oficial, con educación no exenta de firmeza, se lo impidió. Él subiría con Berú. Observó que lo trataba con deferencia.
«Por fin se despejarán las incógnitas», pensó Claralá en aquel momento.
Cuando llegaron al Menhala, pasaron a una sala de proporciones colosales; les esperaba el chambelán y un grupo de gente, apenas un apunte en la lejanía.
Jamás pude sospechar que pudiera existir algo igual. La residencia de los Ambar era un castillo cubierto de hielo; allí la vista se perdía en un horizonte helado, en el que podían sospecharse algunos farallones rocosos que conformaban una cordillera que llegaba hasta el helado mar del Norte, con innumerables fiordos cubiertos de una banquisa de hielo que sólo se fundía con la llegada de la primavera; las ventiscas frecuentes y algunas morrenas invisibles hacían impracticable el territorio durante el duro invierno, pero a partir de abril el paisaje polar se transformaba en tundra y en junio los valles explotaban de verdor, tapizados de una gran cantidad de hierbas y arbustos con flores de increíble colorido. Sólo la ciudad rompía moldes, porque Ambar era especial, tenía un clima aobín regulado de manera autosuficiente, de forma que, incluso en el duro invierno, la temperatura de la ciudad era primaveral. No me extraña que Peyote ambicionara Ambar, porque aquel lugar era el paraíso, pero el Menhala era otro concepto. Aquellas dos torres, retorcidas en espiral con innumerables travesaños que las unían, que parecían alcanzar el cielo, y que de hecho lo alcanzaban, eran una obra de ingeniería colosal, más allá de todo límite, más allá de toda imaginación [el Menhala malhaamita se construyó a semejanza del golaamita, pero los colonos que conquistaron el nuevo mundo quisieron que la obra, emblema de nuestra cultura, fuese aún más soberbia]. Las blancas figuras que aguardaban a los recién llegados quedaban lejanas y empequeñecidas en aquella sala sin columnas, cuya inmensidad cortaba la respiración. La leyenda hablaba de un Menhala conectado directamente a la puerta Fusinika, un enlace directo a cualquier lugar del Brazo de Orión…
Aquellas figuras lejanas se fueron acercando, montadas en plataformas voladoras como la que había improvisado la axó en ocasiones.
Entre ellos estaba la Señora Merians, los miembros del Gobierno y el Presidente de la Bulé. Un tanto separados estaban la mujer de Faradino y dos ancianos de porte muy erguido. Claralá sospechó que se trataba de los otros integrantes del matrimonio real. Había gente más joven que podía ser los hijos o nietos de Faradino. Todo el mundo vestía ropas blancas [señal de duelo en Malhaam]. El chambelán era el único que no iba montado en una plataforma, se acercó andando con el paso uniforme pero cansino de un anciano. Cuando llegó a la altura de Berú golpeó el suelo con el bastón que utilizaba a modo de báculo; los golpes, amplificados, llenaron toda la sala.
—¿Aceptas la corona de Malhaam? —La voz era fuerte y autoritaria; la pregunta estaba dirigida a Berú.
Berú aceptó. El presidente de la Bulé confirmó, en nombre del pueblo malhaamita, que la sucesión se había efectuado con arreglo a la ley; la ceremonia de la entronización vendría más tarde.
Aquella noche, en los nuevos aposentos que le habían asignado, Claralá esperaba a Berú. Janelá estaba con ella, yo aún no había regresado haciendo no recuerdo qué. Salió a la terraza, un jardín colgado del cielo, en el que hay diversas clases de acacias, y numerosas matas de plantas aromáticas, entre las que no faltaba la albahaca, el tomillo, la retama, el romero y la ajedrea. Al fondo, la terraza terminaba abruptamente sin barandillas, simplemente el suelo de tierra simulaba una pequeña elevación perfectamente integrada en el conjunto. Se sentó en el borde mismo del abismo. A sus pies se extendía Malhá, multicolor, rodeada de bosques y jardines; apenas se veían casas en aquel mosaico que dibujaba no sabía bien qué porque según lo miraba le parecía una cosa y después otra. A esta imagen cambiante no era ajena la red fluvial constituida por el Ingram y una red de canales cruzados por mil puentes, puentes que se abrían en un estallido de luz cada vez que daban paso a barcazas que navegaban silenciosas por la red fluvial. Malhá encerraba una belleza rutilante, perturbadora, tanto, que casi sintió una opresión en el pecho y un susto de muerte cuando notó una mano en el hombro. Era Berú. No dejó que la besara, primero quería saber cosas.
—¿Por qué fuiste elegido sucesor?
—Esto te lo contaré en otro momento.
—¿Por qué dejaste Malhá?
—Sentí que no podría acometer mis obligaciones si no conocía el reino directamente, sin guardias, sin consejeros. Sólo me impusieron la axó.
—En Ambar no tenemos axós.
—Ya conoces lo renuentes que somos con los artilugios, no ahora por necesidad sino antes del colapso. Sin embargo, la Corona es más pragmática…
—¿Y aquella persecución en la que por poco no te cortan los testículos?
—Real. Balmá es un tanto errática; hace lo que le da la gana. Si no hubieras intervenido tú probablemente hubiera salido de su sopor.
—¿Y cuando decías que te daba lo mismo morir hoy que mañana? Mentías porque tu vida no te pertenece; pertenece a Malhaam.
—Era sincero; mi vida como Berú es mía. Hay una expresión, en lenguaje panhumano, limmun, que significa el meollo de los acontecimientos, el núcleo de las decisiones. Esta palabra también se aplica para definir un perfil de personalidad, aquella manera de ser que hace diferente a una persona de otra. Pues bien, lo que no me pertenece es el limmun de la Corona, lo atesoro y tengo la capacidad de enriquecerlo o de envilecerlo, pero también de transmitirlo.
—¿Y aquello de que vendiste tu cuerpo para sobrevivir?
—Muy cierto, la axó no cooperaba nada y tenía hambre, pero no me gustó.
—Es bueno conocer los inconvenientes del ancho mundo —era Balmá que intervino en la conversación, con una voz exageradamente femenina.
—He oído decir que la cromeless era un ejército pequeño, pero muy bien entrenado; sin embargo, no creo que con él pueda mantenerse sujeto un continente de las proporciones de Malhö.
—Cuenta la leyenda que la nave colonizadora de Malhaam tardó más de ochocientos años de Homá en llegar, no desde Homá sino desde Golaam, como sabes el planeta habitado más cercano. Durante este tiempo, aunque con largos períodos de hibernación, se cimentó una cultura en la que se superpuso a una praxis participativa y democrática, una obediencia ciega, casi militar, a la tripulación, especialmente al Capitán y a su cadena de mandos. Había decisiones que no podían ser discutidas. Aquella cultura, la ukasse, cimentó los vínculos del pueblo con la Corona. Cuando la nave colonizadora llega al planeta lo homaforma y construye la puerta Fusinika, a partir de este momento el asentamiento queda comunicado con el Brazo de Orión.
Claralá sabía que no estaba al tanto de todo y sospechaba que aquel desconocimiento podría no ser pasajero; empezaba a ser consciente de que había entrado en un dominio donde las apariencias no se correspondían necesariamente con las realidades. Aun así dejó que Berú la besara. Se fueron a la cama, y al pasar cerca de Janelá, Claralá la cogió de la mano y la arrastró con ellos; yo les esperaba dentro.
Captura y acondicionamiento de Peyote
Tuve una sorpresa, un día, al ver a Ibrahiú; por lo visto el mercenario había regresado a la corte. Por lo que supe más tarde, ofreció sus servicios a la Corona y ésta aceptó, lo cual no dejó de extrañarme y de incrementar mis temores de que había cosas cuya comprensión se nos escapaba, aunque, por lo que me habían contado, aquel hombre se había portado bien con mi familia. Berú le encomendó la reorganización de la cromeless. Hizo una buena labor. Empezó con un sistema de alistamientos por todo Malhaam acometiendo una primera campaña de instrucción. Contactó con antiguos compañeros y oficiales retirados y puso en marcha la academia de oficiales. En poco más de un año, la cromeless, el tradicional ejército de la Corona, volvió a estar operativo. Bastó un destacamento de soldados, enviado a Ambar, para capturar a Peyote, sin apenas combates; al saber que venía la cromeless la guardia pretoriana de Peyote huyó despavorida. Aquella gente no se andaba por las ramas para cumplir las órdenes recibidas. Fue conducido a Malhá en una jaula, desnudo y cubierto de excrementos.
El juicio fue sumarísimo y la sentencia, el acondicionamiento. Cuando Peyote abandonó la casa de curación, no tenía la joroba y le habían arreglado alguna cosa más de naturaleza intestinal porque desde hacía mucho tiempo arrastraba problemas gástricos. Era tan cáustico como siempre, incluso un poco prepotente, faltón y nada remilgado, pero escrupulosamente cumplidor de la ley. Era otro hombre.
La separación
Claralá tenía una cuenta pendiente en su país de origen; aunque ahora estaba solucionado el problema de Peyote, aquellas tierras reclamaban la presencia de los Ambar; al menos eso pensaba ella, sin estar segura de que volver a las antiguas instituciones fuese lo mejor; quizás aquellos tiempos nuevos requiriesen formas diferentes de regir una sociedad que siempre había mantenido un sistema representativo de gobierno real. Tampoco era ajena a la poderosa añoranza que ejercía Ambar en su corazón. La autoridad de los príncipes se basaba en la tradición y en el respeto que infundían a los ciudadanos, pero éstos habían sido siempre los dueños de su destino, la única excepción era la Corona de Malhaam, a la que, al menos en casos excepcionales, nadie discutía. Dado que se había restaurado la Bulé de Ambar decidió someter a su consideración si debía restablecerse el principado, y esto implicaba necesariamente un alejamiento de Malhá. Podía irse a Ambar sin romper el matrimonio, pero esto implicaba un compromiso de vuelta con el resto de la familia. Prefirió romperlo, porque, además, no veía claro su papel en la corte. Si uno solo de los miembros del matrimonio abandonaba la familia, aquél quedaba roto y sus miembros libres de constituir otro. Berú le rogó que se quedase, que se había acostumbrado a compartir su cama y que jamás encontraría a nadie como ella. Pero Claralá tenía una obsesión y, ahora que podía culminarla, no atendió a razones. Janelá y yo, ahora como amigos, nos ofrecimos para acompañarla, nosotros también escuchamos las súplicas de Berú, pero en aquel momento me pareció que ella necesitaba más nuestro apoyo.
Claralá volvió a Ambar y se presentó ante la Bulé de nuevo constituida. Expuso el punto de vista de que su presencia allí no era tanto para recuperar unos derechos, que por nacimiento le correspondían, sino para manifestar sus inquietudes y vacilaciones de si aquello, que no solicitaba, fuese lo mejor para Ambar. Los representantes del pueblo no lo dudaron un instante. Ambar había sido un emporio de esplendor con los príncipes y querían que aquello volviera a ser el paraíso que fue. Claralá fue proclamada princesa de Ambar. Tenía treinta y siete años y estaba en plena forma.
Se dedicó en cuerpo y alma a levantar de nuevo el principado. Contó con nuestra ayuda incondicional; por un lado le calentábamos la cama, y por otro le dábamos aquella compañía y confianza que a veces los príncipes no pueden compartir; no completamos el matrimonio, por lo que la casa de nacimientos no nos podía proporcionar hijos [si se cumplían ciertos requisitos se hacía una minúscula donación de sangre de cada uno de los miembros del matrimonio a la casa de nacimientos, la faxiometé, y al cabo de un tiempo se podía recoger un recién nacido de nueve meses]. Sin embargo, pese al sentimiento de que había culminado aquella misión en la que se había volcado no era feliz, añoraba a Berú, la Corona.
El desenlace
Al cabo de dos años, en los que, ni un solo día dejó de pensar en lo que había dejado atrás, llegó un mensajero, adelantado de la corte de Malhá, que nos dijo que se aproximaba la comitiva real para la preceptiva visita de pleitesía. Los príncipes autónomos debían someterse a la Corona, al menos una vez en vida del monarca reinante.
«Otra vez se precipitan los acontecimientos», pensó.
Aquella visita no tenía ni pies ni cabeza, Malhö era inmenso, ¿por qué empezar precisamente por Ambar? Por un momento se sintió molesta por verse sometida a los vaivenes de una fuerza que no podía controlar, pero también secretamente complacida de que su amado Berú acudiese a su presencia.
La ceremonia de pleitesía fue inusualmente espartana; ante el presidente de la Bulé de Ambar, que actuaba como notario mayor del principado, Claralá, con la cabeza inclinada, juró fidelidad a la Corona, que aceptó con las palabras milenarias de ritual; a continuación se sirvió un refrigerio sin boato alguno. Enseguida Berú hizo un aparte con ella.
—Quiero que asistas a la ceremonia de entronización de la Corona, que se llevará a cabo dentro de un año, aproximadamente. —Aquélla sí que tenía boato y esplendor.
—Sí, mi Señor… asistiré —el tono era ligeramente irónico, pero respetuoso en el fondo.
—Llámame Ber.
—¿Qué nombre llevarás?
—El mío propio, Ber.
—¿Alguien te ha calentado la cama en nuestra ausencia?
—No, sólo alguna que otra paja; tengo mucha práctica. —Su rostro era tan hermético que no pudo saber si hablaba en seno o en broma, pero Claralá aún no estaba segura de nada.
—Me debes una respuesta a una pregunta que no contestaste. ¿Por qué fuiste elegido sucesor?
Berú estuvo en silencio unos instantes madurando la oportunidad de responder, porque era consciente del hecho de que si no era sincero no podría recuperarla.
—Es difícil de explicar. No he sido elegido; verdaderamente soy la Corona de Malhaam. —Su voz ahora era más profunda, aunque fuese un efecto no deseado—. Soy Faradino y Betanio [el monarca anterior a Paradino] y los otros, pero también soy Ber. No se trata de secretismos, pero yo de ti elegiría saber hasta aquí. No serás más feliz conociendo hechos en los que no puedes intervenir. Sólo añadiré algo más a una historia que ya te conté. La nave colonizadora de Malhaam llevaba a bordo cincuenta mil personas, que recorrieron la distancia desde Golaam en poco más de ochocientos años; tardarían otros tantos en homaformar el planeta y construir la puerta Fusinika. Durante este tiempo permanecieron aislados de la panhumanidad; para mantener su cohesión sólo existía una autoridad inviolable: la del Capitán. No tardaron en fabricar un mito…
Sintió un ligero mareo por las implicaciones de lo que oía y pensó que tenía razón. Con aquello había suficiente.
—¿Por qué has venido?
—Quiero reconstruir el matrimonio, os añoro a todos. No puedo vivir sin ti. Algunos consejeros me decían: «pregúntate, mi Señor, si realmente estás enamorado o te dejaste amar». ¡Vaya pregunta más inútil! Como si la respuesta alterase mi aflicción.
—No pueden compaginarse las dos obligaciones, mi Señor, Malhá y Ambar están muy alejadas —volvió al tratamiento de cortesía.
—Debes renunciar a Ambar. Mejor dicho, no debes renunciar a nada, sólo te pido que cambies de escenario. Es mi propósito construir naves espaciales que nos permitan armar una estación orbital, para facilitar las comunicaciones y, más tarde, desde allí, ir a la puerta Fusinika y averiguar qué ha ocurrido, aunque el empeño dure generaciones. Quiero volver a la tierra de los espíritus. Las ganimedas no son fantasmas, sino el limmun de las cetas que han quedado varadas en nuestro sistema solar. Quiero convencerlas para que se reincorporen a sus cuerpos, si llegamos a solucionar el problema de la puerta, solución en la que inevitablemente deberán participar. No podemos estar eternamente aislados del Brazo de Orión, Malhaam languidecería.
Claralá tenía treinta y nueve años, Berú veintitrés, Janelá y yo veintinueve. Sopesó la oferta con bastante predisposición a rechazarla. El muchacho la atraía mucho, pero allí tenía una capacidad de decisión de la que carecería en Malhá. Iba a decir que no con lágrimas en los ojos, pero en aquel momento se oyó la vocecita, de nuevo frágil y femenina, de Balmá.
—Si te alejas suficientemente de Malhaam, verás al mismo tiempo las dos lunas de nuestro planeta; Roxá es ligeramente rojiza cuando recibe la luz directa de Combrai, y Misshá, más pequeña, de color marfil con un halo fantasmal a su alrededor. Son los guardianes de Ares, nuestro planeta. Es posible, incluso, que puedas ver al mismo tiempo Combrai y Malhaam sobre un fondo tachonado de estrellas, más espeso por su parte central, un camino de estrellas que antaño fue bautizado como Vía Láctea, una de las cuales es Homá. Ya sabes, el tejedor tejió allí la filigrana de tu herencia. Es un espectáculo soberbio, que para saborearlo bien se puede malgastar una vida, pero si lo veis juntos, créeme que no te arrepentirás de haber vivido.
Volvió a pensar en la oferta de Berú con otro planteamiento. Le pareció entender el argumento de la axó; se trataba de metas, metas muy altas… y compartidas. Además, le amaba con locura.
—Si acepto, quiero poder…
Berú, la Corona de Malhaam, ya no la oía; le daba igual porque le diría que sí a todo. Janelá y yo estábamos allí escuchando el sonido del tejedor del tapiz de la historia, tapiz que iba adquiriendo poco a poco un nuevo trazado. Berú se puso entre Janelá y yo, nos pasó el brazo por el hombro y esperó a que terminase la retahila de peticiones, algunas verdaderamente desmesuradas. La guardia pretoriana de la Corona había tomado estratégicamente posiciones para controlar la seguridad de los que, de nuevo, formaríamos el matrimonio real. Berú ya estaba pensando en otra cosa. ¡Había tantas que hacer!
Conclusión
Ahora, casi al terminar este relato, debo confesar que aquel primer lanzamiento del trasbordador espacial fue un fracaso, por suerte no era un vuelo tripulado. Durante el tiempo invertido en la escritura de esta crónica lo hemos intentado una vez más, también fracasada, pero el cohete consiguió remontar el vuelo y llegar hasta unos veinte kilómetros de altura. Nuestros ingenieros son optimistas, pero opinan que el proceso será lento y costoso, porque en paralelo debemos industrializar el reino para proveer la demanda de nuestra agencia espacial, ¡tan fácil que sería si contáramos con la ayuda de las ganimedas! No las hemos podido convencer, de momento, para que cooperen con nosotros. Siguen en la tierra de los espíritus y sólo en caso de que…
Aquí termina el documento; falta una parte del material que probablemente se haya perdido para siempre; las hojas en el original están numeradas y al principio está indicado el total, por lo que hemos podido establecer que falta la última página. Ordenado todo el legajo, hemos localizado lo que serían las partes segunda, tercera y cuarta de la crónica, en las que repasa aspectos menos personales y más relacionados con la política y los actos de gobierno.
Glosario
AAM. Planeta, en golaamita, la lengua madre del malhaamita; la voz se mantiene en malhaamita.
AMBAR. Ciudad de los Ambar y gentilicio de sus príncipes gobernantes.
AOBÍN. Instrumento dotado de la capacidad RIS, muy raro en Malhaam. Obín significa genuino y aobín lo contrario de genuino. Era la forma de llamar «raros» a estos objetos o máquinas.
AXÓ. Instrumento un tanto misterioso que lleva Berú.
BALENÚ. El primer Metaller en usurpar el poder de la Bulé en Suer.
BALMÁ. Nombre que le da Berú a la axó.
BEN. Partícula que significa «de los».
BIOMA. En la panhumanidad el bioma estaba constituido por el conjunto de seres biológicos, por contraposición al metaloma, que constituía el conjunto de artilugios artificiales, inteligentes o no, dotados de la capacidad de movimiento y la de repararse a sí mismos.
BIONTE. Búfalo modificado, de menor peso, con dos imponentes alas membranosas transformadas a partir de las patas delanteras del primitivo animal.
BOC. Brazo de Orión Colonizado, pequeño sector de la Vía Láctea colonizado por la pangea (metaloma más bioma). El bioma comprende millones de especies biológicas diferentes, el metaloma cuatro categorías: los estantons, los broderik-harleys, las cetas y los MIE, mecanismos inteligentes específicos, aunque sólo los tres primeros tienen carta de ciudadanía.
BRODERIK-HARLEY. Uno de los dos tipos de asociado que puede tener un panhumano. Es más versátil que el estanton. Tiene elementos manipuladores incorporados y puede ruferizarse, es decir, puede descomponerse en multitud de pequeñas piezas sin perder su identidad de conjunto y adoptar cualquier otra figura. Es ciudadano del BOC.
BULÉ. Asamblea popular constituida por todos los ciudadanos, con niveles municipal, estatal o planetario. En los niveles superiores el voto se delegaba en representantes.
CETA. Nave estelar con carta de ciudadanía. Aseguran las comunicaciones entre los planetas del BOC. Constituyen el tercer tipo de ciudadanos IA, después de los estantons y los broderik-harleys. El nombre ha derivado para designar únicamente el cerebro de la nave.
CLARALÁ BEN AMBAR. Única superviviente de la matanza de la familia Ambar, gobernante de Ohm Ambar.
CLODI BEN GATZARA. Propiedad rural de Berú ben Gatzara.
COMBRAI. La estrella solar de Malhaam, que da nombre al sistema planetario.
CONSTELACIÓN DEL ÁTRIDA. Grupo de estrellas que aparentan dibujar el combate entre Aquiles y Héctor.
CONSTELACIÓN De RENAÚ. Grupo de estrellas que parecen dibujar el perfil de una mariposa con las alas abiertas.
CORONA. La monarquía como institución. Es hereditaria por adopción, está cimentada en la ukasse, un sentimiento colectivo que tiene su origen en la noche de los tiempos previos a la colonización de Malhaam. Aun así la Corona dispone de un ejército profesional muy eficaz, la cromeless, para imponer el orden cuando falla todo lo demás. Parece ser que no sólo se transmite el poder de un monarca a su sucesor, sino que, de una forma un tanto extraña, se transmite también el limmun de la monarquía.
CORYMBAR. País limítrofe con Serimbar gobernado por el tirano Fleú.
CROMELESS. Ejército profesional al servicio de la Corona.
DOO. El mal, simbolizado por una mandíbula de saurio.
DRIM. Palabra construida con las iniciales de «pagaré al portador la cantidad de un gramo de oro». Era la unidad monetaria equivalente al oro, la verdadera moneda en Malhaam.
En realidad la palabra era de origen colonial y significaba: Debt Redemption of the International Moneylenders, que era la ancestral unidad monetaria virtual utilizada en todo el BOC.
ESTANTON. Uno de los dos tipos de asociado que puede tener un humano. Es ciudadano del BOC y miembro de la panhumanidad. El estanton podía desplegarse formando diversas figuras geométricas; el acoplamiento de algunas de ellas constituía una especie de plataforma móvil con el aspecto de un paraguas invertido que permitía el desplazamiento del asociado humano en trayectos cortos. En el caso del estanton no hay ruferización por cuanto el estanton no se puede separar en piezas independientes. En su estado normal adopta la forma de placa gruesa de formas redondeadas de color negro mate.
FARADIN. Monarca reinante en el período en el que transcurre esta historia.
FAXIOTÉ. Máquina de acondicionamiento, en realidad un complejo hospitalario totalmente automatizado. Eliminaba los malos instintos. También lo era de curación en caso de accidentes. Las enfermedades de tipo infeccioso y las degenerativas estaban erradicadas.
FAXIOMETÉ. Literalmente máquina de nacer. En las casas de nacimiento se producen embriones humanos que posteriormente se trasplantan a úteros biomecánicos.
FAXIOTEMÉ. Literalmente máquina de incineración. Se aplicaba tanto a las personas como a los animales domésticos. La ley prohibía enterrar los cuerpos. Los metales quedaban retenidos y periódicamente eran expulsados en forma de pequeños lingotes.
FELÚ. Funcionario de la corte de Ambar que recoge y educa a Peyote.
FLEÚ. El tirano de Corymbar.
FLESTE. Un pueblecito de alta montaña, de Corymbar.
GATZARA. Gentilicio de una importante familia de Malhá.
GILGAMÖ. Lugar de nacimiento del cronista.
GO. El universo, el destino, la evolución, el orden, simbolizado por una serpiente zigzagueante.
GOLAAM. Significa planeta azul. Es el planeta colonizado más próximo de Malhaam. La expedición homaformadora de Malhaam partió de Golaam, por lo que son muchas las afinidades entre ambos.
GONARD-FLYTEIN. Técnica que permite extraer energía directamente de la estrella del sistema solar.
GOREÚ. Hijo de Barenú Metaller.
GUERMANTIER. Barco de pesca en el que, durante un tiempo, trabajaron Claralá y Berú.
HOMÁ. Cuna, linaje. La elite malhaamita utilizaba este nombre para referirse al legendario planeta Tierra.
IBRAHIÚ. Sicario que recibe el encargo de Peyote de encontrar y matar a Claralá.
INCACHÍN. Lengua franca panhumana universal.
INGRAM. Río muy caudaloso que atraviesa buena parte de Malhahö; pasa por la capital.
ÍNSULA DE CREPSI. La versión biológica de un tequím. Los malhaamitas, al igual que todo el bioma del Brazo de Orión, tienen en su cerebro un nódulo llamado con este nombre que permite la recepción de impulsos electromagnéticos y su conversión al lenguaje químico. El humano biológico no puede, por sí mismo, utilizarlo, sólo la axó tiene la capacidad de transmitir estas señales.
ISABELLA. La primera ganimeda que encuentran Claralá y Berú.
JANENS. Joven integrante del matrimonio real.
JÜNÚ. Primer canciller de Peyote.
KATANA. Espada típica de los mercenarios y soldados. Envainada, la hoja podía quedar parcialmente retenida.
LAPIAÚ. Hijo de Barenú Metaller.
LIMMUN. Significa el meollo de los acontecimientos, el núcleo de las decisiones, pero también quiere decir la manera de ser, aquello que hace distinta a una persona de otra.
MALHÁ. Sede de la Corona. La ciudad tiene unos cuatrocientos mil habitantes y ocupa una gran extensión a los pies del Menhayá. La cruza el Ingram.
MALHAAM. Significa planeta rojo. Era mucha la dependencia que Malhaam tenía con sus vecinos, especialmente con el más próximo planeta colonizado, Golaam, con el que compartía una cierta raíz cultural. En Malhaam existía una civilización propia basada en un sistema representativo, materializado en la Bulé, pero con un poder central inapelable, la Corona, una monarquía de transmisión adoptiva que cimentaba su poder no tanto en un ejército profesional, sino en la ukasse, un acuerdo mutuo ancestral para reconocer un poder superior al representativo. Los historiadores especulaban que la ukasse era el código o protocolo que regía la nave primigenia colonizadora de Malhaam en la que se reconocía el poder inapelable del capitán. La costumbre panhumana de la asociación de un humano con un estanton o un broderik-harley no existía en Malhaam, donde había arraigado una cultura conservacionista y poco proclive a lo que ellos llamaban adicción a la técnica.
Las costumbres de la sociedad malhaamita eran parecidas a las de Golaam, muy libres en cuanto al sexo pero severas en otros aspectos de la vida, como el instinto de la propiedad, un espíritu litigante muy acusado y un aborrecimiento general a lo que ellos llamaban «artilugios». El matrimonio común estaba constituido por dos parejas asociadas entre las que se podía compartir sexo a gusto de cada cuál. Cuando ocurrió el colapso de la puerta Fusinika, eran muy pocos los ciudadanos artificiales que quedaron atrapados y con sus asociados humanos en otros puntos del Brazo de Orión; la mayoría se suicidaron porque no podían soportar su ausencia indefinida, unos pocos sobrevivieron a la depresión pero desaparecieron de la circulación, no por temor sino simplemente porque su presencia allí estaba fuera de lugar. La historia narrada corresponde a un período inmediatamente posterior al colapso de la puerta Fusinika. La época es turbulenta y en este momento la barbarie y el desorden reinan en muchas partes de Malhaam.
MALHÖ. Único continente de Malhaam, tiene una extensión similar a Europa y África. El resto del planeta está constituido por archipiélagos con islas de mayor o menor extensión. Cuando Malhaam estaba integrado en la panhumanidad del Brazo de Orión, los organismos centrales panhumanos presionaban a las autoridades locales para que declarasen parque natural el resto del planeta, pero la Corona siempre había vetado la propuesta.
MELVANS. La hija de Ibrahiú.
MENHALA. El palacio residencia de la Corona. Estaba en Malhá y tenía la forma de dos estructuras serpenteantes, entrelazadas en espiral y unidas por travesaños. Era de factura gigantesca.
METALOMA. Estaba constituido por tres organismos inteligentes dotados de carta de ciudadanía: las cetas, los estantons y los broderik-harleys, además de cualquier otro autómata inteligente, aunque no estuviese dotado de carta de ciudadanía.
METALLER. Familia gobernante de Serimbar.
METHANI ER TUYHANÚ. Taberna de Tuyhanú en Ohm Suer.
MISSHÁ. La luna de color marfil.
NUMERACIÓN. El sistema de numeración, idéntico al golaamita, utiliza la base cinco, los primeros números son: qu, qun, qume, qumon y ba (mano). El número dieciséis sería qumebaqu. A partir de cincuenta, se utiliza el diez como base, baba; cien, mil y múltiplos sucesivos tienen nombres diferenciados.
OHM. Ciudad.
OTOMEYA. Funda utilizada para dejar desactivada la axó.
PROVITAL. Objeto aobín. Maletín médico que permite sostener la vida humana en caso de accidente. Sólo necesita la cabeza del accidentado.
PUERTA FUSINIKA. Anillo espacial que permite la creación de singularidades y, por consiguiente, posibilita el viaje espacial superlumínico. Es el medio de comunicación en el BOC.
RAEÚ. Miembro del matrimonio real. Más tarde sería nombrado canciller de la Corona y regiría el día a día del gobierno de Malhaam.
RING. Territorio.
RING ER BATHANAHAM. Inmensa tundra, helada y rica en bisontes lanudos, mamuts, osos polares, considerada la antesala de Ohm Ambar.
RING ER DOOHAAM. La tierra de los espíritus llamada realmente Ring er Carahaam.
RING ER CATHA. Un territorio agreste perteneciente a Corymbar y situado en la parte suroriental del país.
RIS. Capacidad de reparación, inteligencia específica y suministro energético indefinido. Es el término que describe de forma genérica los artefactos panhumanos que siguen funcionando, básicamente las casas de nacimiento, incineración y acondicionamiento, aunque hay algunos otros de diferente tamaño y utilidad aquí y allá.
ROTEÚ. Amante de Felk; cuando éste accede a la cancillería, aquél se hace cargo de la fuerza expedicionaria que busca a Claralá y a Berú.
ROXÁ. La luna de tonalidad rojiza.
SALYSBURY. Una pequeña población fluvial con numerosas factorías de tratamiento y envasado de caviar.
SCRAMB. Sopa de cereales, básicamente maíz.
SEFARÍ. Típico manto de abrigo, colocado encima de la vestimenta normal, que utilizaban los malhaamitas para protegerse del frío.
SERIGRAM. Río famoso por sus salmones y esturiones; durante un tiempo Claralá y Berú trabajan en una embarcación pesquera fondeada en Salysbury.
SERIMBAR. Reino limítrofe con Ambar; en él se produce la reconstrucción de Claralá ben Ambar. Está gobernado por la familia Metaller, de forma tiránica y sin escrúpulos.
SUER. Una ciudad fronteriza, relativamente tranquila y a un paso de la tierra de los espíritus.
TEQUÍM. Traductor químico de impulsos que permite almacenar información mediante reacciones químicas.
THIRONNE. Pequeño mar interior muy rico en esturiones.
TUMBUCTÚ. Ciudad de Ring er Catha, de Corymbar.
UKASSE. Acuerdo mutuo ancestral para reconocer un poder superior al representativo.
VALÚ. El tutor de los jóvenes príncipes.
VALENTÍN. La segunda ganimeda que Claralá y Berú encuentran en Ring er Doohaam.