Suena el despertador y, al mismo tiempo, la voz de mamá que le recuerda que se llama Rufino.
—¡Rufino! ¡Arriba! ¡Venga, al colé!
Se llama Rufino, como el abuelo Rufino, porque el abuelo Rufino era tremendo, muy mandón y acojonante.
—¡El niño se llamará Rufino, como yo!
Pero uno no se puede llamar Rufino cuando es canijo y apocado y tiene voz de pito. Ponerle Rufino a un alfeñique es amargarle la vida.
Llega mamá junto a la cama y lo zarandea.
—¡Venga, Rufino!
—¡No quiero ir al colé!
—¡Venga, no digas tonterías! Ya estamos otra vez. Venga, vístete.
A Rufino le gustaría que, al menos, le llamaran Rufo, que es igual de friki pero suena mejor, infunde más respeto. Pero si no llamaban Rufo al abuelo, que era un tiarrón gigantesco; si le llamaban Rufino a pesar de la autoridad y el vozarrón que gastaba, ¿cómo le van a llamar Rufo a él, que es un mierdecilla?
Así que tiene que resignarse. Y se apea de la cama a desgana, y va al cuarto de baño para hacer pis y para esquivar la imagen que le devuelve el espejo, imagen detestable, imagen de la desgracia.
Se lava la cara, las manos, el cuello y las orejas con jabón. Se limpia los dientes. Se cepilla el pelo. Siempre con la mirada baja, rehuyéndose a sí mismo con vergüenza.
Está asustado. El corazón le late con fuerza, badabom, badabom, badabom.
Se viste la camiseta, el jersey, los calzoncillos y los vaqueros, los calcetines y las botas con puntera de hierro. Y el casco de bici, las coderas y las rodilleras. Se cuelga la mochila a la espalda. Se calza los nudillos de bronce en la mano derecha, esa pieza metálica con agujeros para cuatro dedos, que refuerza los nudillos. Agarra el bate de béisbol con la izquierda y sale de su cuarto.
Papá y mamá ya están desayunando en la cocina y lo miran sonrientes.
—¡Venga, campeón! —le dice papá—. Aliméntate, que tienes que estar fuertote.
—¡Venga, machote! —dice mamá.
Rufino está desganado. Le parece que, si prueba un solo bocado, lo vomitará de inmediato. Le tiemblan las piernas y le iría muy bien liberar el llanto para desahogarse, pero no puede.
Se bebe el chocolate. Se toma un pedazo de bizcocho con mueca de mártir.
—¿Llevas la navaja? —se asegura su madre.
—Sí, mamá. En la mochila.
—Llévala a mano, que nunca se sabe.
—Pero si llevo los nudillos de bronce y el bate de béisbol… No puedo llevar nada más.
—Por si pierdes el bate —le cuenta mamá, cargada de paciencia—, que puedas sacar la navaja enseguida, no te vayan a pillar desarmado.
—¡Yo no quiero ir al colé! —gimotea Rufino por fin.
—¡Venga, coño, no me seas flojo! —protesta su padre, con cierta energía impaciente—. A ver si te vas a dejar asustar por esos idiotas.
Mamá lo abraza y le acaricia la mejilla. Le sonríe.
—Ya verás como no es nada. Tú vas hoy allí, te pasas de la raya y que vengan. Y les das una buena lección en defensa propia. Nadie te podrá decir nada.
—Rufino, hijo mío —dice papá, más solemne, como el general que arenga a las tropas—, tienes que ser valiente. Si dejas que te pisen, ya nunca podrás levantar la cabeza. Vamos, campeón, dales su merecido.
Y así se va Rufino a la escuela. Arrastrando los pies. Asustado.
Ayer, el director trazó una raya en el suelo del patio y dijo: «El que se pase de la raya, quedará automáticamente expulsado del colegio».
Y hoy, Rufino va dispuesto a pasarse de la raya.
Ahí están sus objetivos. El Jeta, el Piernas y el Rambo, al otro lado de la raya que trazó el director del instituto con tiza en el suelo. Tienen los puños cerrados y los rostros deformados por el odio y el desdén. En cuanto lo ven, empiezan con la canción de siempre: «Ay, Rufino, qué fino… Mirad el Rufinolis… Rufino, más tonto que un pepino, ven, que te parto los morros…». Lo insultan con palabrotas gordas que provocan escalofríos. Lo amenazan con hacerle mucho daño. «No te pases de la raya, Rufino…».
Rufino se pasa de la raya.
Se iluminan los ojos de sus enemigos, en una mezcla de alarma, furia y escándalo. Se levantan los seis puños, seis puñitos de niño, dispuestos a partirle la cara, reventarle los labios, hincharle los ojos, patearle los huevos.
No sería la primera vez.
Pero hoy se acabó. Hoy, con su puño de bronce Rufino le rompe la nariz al jeta; con el bate de béisbol, le hunde el cráneo al Piernas; clava la bota de puntera de hierro en la entrepierna del Rambo.
Y, mientras los ve caer muertos, se le llenan los ojos de lágrimas porque sabe que es el fin, que es una catástrofe, que lo van a expulsar del colegio, que lo va a detener la policía por asesino, que lo van a meter en la cárcel por el resto de su vida.
¿Y qué van a decir sus padres?
¿Qué va a decir todo el mundo?
¿Qué van a pensar de él?
Entonces, suena el despertador y, al mismo tiempo, la voz de mamá:
—¡Rufino! ¡Arriba! ¡Venga, al colé! —llega junto a la cama y lo zarandea—. ¡Venga, Rufino!
—¡No quiero ir al colé!
—¡Venga, no digas tonterías! Ya estamos otra vez. Venga, vístete.
Está asustado. El corazón le late con fuerza, badabom, badabom, badabom.
Se viste la camiseta, el jersey, los calzoncillos y los vaqueros, los calcetines y las zapatillas de deporte. Se cuelga la mochila a la espalda y sale de su cuarto.
Papá y mamá ya están desayunando en la cocina y lo miran sonrientes.
—¡Venga, campeón! —le dice papá—. Aliméntate, que tienes que estar fuertote.
—¡Venga, machote! —dice mamá.
—¡Yo no quiero ir al colé! —gimotea Rufino.
—¡Venga, cono, no me seas flojo! —protesta su padre, con cierta energía impaciente—. A ver si te vas a dejar asustar por esos idiotas.
Mamá lo abraza y le acaricia la mejilla. Le sonríe.
—Ya verás como no es nada.
—Rufino, hijo mío —dice papá—, tienes que ser valiente. Si dejas que te pisen, ya nunca podrás levantar la cabeza.
Y así se va Rufino a la escuela. Arrastrando los pies. Asustado.
Luego, se encuentra en aquel rincón del patio, solo y marginado, avergonzado, protegido del resto del mundo únicamente por aquella raya trazada con tiza y la amenaza del director: «El que se pase de la raya, quedará automáticamente expulsado del colegio».
Ni el Jeta ni el Piernas ni el Rambo se atreverán a cruzar esa raya, pero, cuando no los vean, sí se atreverán a acercarse a ella, a Rufino, con sus terroríficos puños cerrados y los rostros deformados por el odio y el desdén, y la canción de siempre: «Ay, Rufino, qué fino… Mirad el Rufinolis… Rufino, más tonto que un pepino, ven, que te parto los morros…».
Y Rufino ahí está y ahí se queda, cabizbajo, con la mueca del llanto instalada en su rostro, incapaz de pasar al otro lado de raya por miedo a que sus compañeros se pasen de la raya.
Los ojos llenos de lágrimas, siempre con la mirada baja, rehuyéndose a sí mismo con vergüenza, porque sabe que es el fin, que es una catástrofe, que no le dejan salida.
¿Dónde están sus padres?
¿Dónde está todo el mundo?
¿No hay nadie que piense en él?