sabes lo que no quieres
No tienes muchas ganas de verte con nadie y pasar varias horas hablando y escuchando pero te obligas porque en tu vida ya hay bastante soledad y silencio. Así que te diriges al aseo, preparas un baño caliente y añades unas sales que le dan al agua un ligero color rosado. Te sumerges en ese líquido espumoso que, poco a poco, va relajando tus músculos y ablandando tu piel, y dejas pasar el tiempo mecida por la música de Mozart, uno de tus compositores favoritos.
No sabes cuanto tiempo ha pasado pero los dedos arrugados te recuerdan a la niñez, cuando la tarde se te hacía corta jugando en el mar.
Miras el reloj y te asustas, quedan cincuenta minutos y ese tiempo es poco para salir cómo a ti te gusta.
Te envuelves en el albornoz después de aclararte y no necesitas hidratar tu piel porque las sales la han dejado suave y aterciopelada cómo un pétalo.
Después de maquillarte, sin excesos: hidratante con color, sombra nácar en los párpados, raya negra bordeando las pestañas, rimel y colorete y carmín sonrosados, secas el pelo sin alisarlo para que quede natural y un poco alborotado.
Ya en tu habitación, abres el armario y te enfrentas a la pregunta de siempre: «¿Qué me pongo? ¿Pantalón de cuero con blusón de dibujos geométricos? ¿Falda lápiz con camisa blanca y cazadora? ¿O este vestido negro de manga francesa poco escote y largura a la rodilla que se adapta a mi cuerpo como un guante? Sí, es lo mejor, con un buen tacón y media transparente, quedará perfecto».
Faltan quince minutos, descuelgas el abrigo verde y un pañuelo de seda de varios colores y te miras al espejo, el resultado te gusta y lo mejor de todo, eres tú, la imagen que ves es la que quieres dar.
La relación con Carlos, tu compañero en los últimos cinco años, ha terminado y el último mes has estado triste muy triste, pero hay que seguir adelante.
De momento has quedado con Lola, tu amiga de toda la vida, que, seguro, intentará presentarte a varios amigos suyos.
La vida sigue y has aprendido algo, ahora sabes lo que no quieres.