la reina de las tintas
De las mejores cosas que le podía decir su madre a Margarita, era que tenían que ir al Mercado Central o a Sepu o a la calle Alfonso, porque ya se encargaría ella de que se desviasen hasta la calle Torrenueva y visitasen su tienda favorita, una librería papelería con un nombre que le entusiasmaba «La reina de las tintas».
Tenía una fachada de madera con su nombre pintado y una decoración muy de la época: suelo de tarima, estanterías de madera tallada que llegaban hasta su alto techo y grandes mostradores con un cristal encima, por el que se veían los objetos a la venta que ponían en el primer cajón, generalmente los más pequeños, como lapiceros, gomas de borrar, sacapuntas, bolígrafos, tinteros…
Casi formando parte de la decoración, se percibía el olor característico de la tienda, un olor que la envolvía antes incluso de abrir la puerta y que conservaban los paquetes después de haber llegado a casa; era una mezcla de olor a madera, tinta, papel nuevo y edificio viejo y que a la niña la hacía sentirse tan a gusto como en casa.
En las estanterías se colocaban cuentos, libros para el cole, cartillas, cuadernos Rubio de escritura y matemáticas, plumieres de uno o dos pisos y lo último de lo último, unos estuches cerrados con cremallera que, con unas gomitas cosidas a cada lado, sujetaban lapiceros y pinturas. Ese sería el próximo regalo que se iba a pedir.
Las pinturas eran muy importantes porque la lección de cada día tenía que copiarla en un cuaderno y ponerle un rótulo con grandes letras coloreadas, y algún pequeño dibujo para adornar.
En un rincón más apartado estaban los globos terráqueos que, con un pequeño toque, giraban sobre sí mismos y hacían desfilar ante sus ojos todos esos países que ella pensaba visitar cuando fuera mayor. Ese regalo también se lo quería pedir, aunque ya sabía lo que le iba a decir su madre.
—Un día vas a pedir la tienda entera.
Y tenía razón, a Margarita no le hubiera importado nada tener esa tienda y pasar la vida vendiendo cultura e ilusión a otros niños.