la desconocida
En todos los entierros hay un desconocido, alguien de aire grave en quién nadie se fija demasiado, que no es de la familia y permanece todo el tiempo con las manos atrás. (Carlos Castán).
En ese pequeño cementerio de Nairobi (y era pequeño porque solo era para colonos blancos) también había una mujer observando la ceremonia con recogimiento y serenidad, pero no estaba en el grupo de asistentes, si no detrás de la pequeña valla de madera que separaba el recinto de la calle de tierra. A principios del siglo XX no se permitía la entrada a los negros.
A pesar de su alta figura, propia de los Masai, de su elegancia natural y su gran turbante pasaba desapercibida para el grupo de conocidos y curiosos que fue a despedir a James, tan solo su íntimo amigo Robert se fijo en ella. La había visto meses atrás cuando, a la vuelta de una cacería, fue a su casa a visitarlo.
Entonces se enteró de que había contraído la malaria, verdadero azote para la población de ese país, y comprobó con cuanta dedicación y ternura lo había cuidado hasta el final.
No había sido solo su criada, fue su compañera, amiga y amante durante años de tal manera que en otra época y en otro continente, en este momento ella sería su viuda, pero aquella sociedad hipócrita no podía reconocer que las razas no separan a las personas que se aman.
Cuando los restos de su amigo reposaban para siempre en tierra africana, Robert salió, y saludándola con una ligerísima inclinación de cabeza, quiso agradecerle todo lo que había hecho por James y comprobó en aquella mirada de brillantes ojos negros, la profunda tristeza, la dignidad y la resignación de aquella mujer que, estaba seguro, había hecho feliz a su amigo.