Mañana es mi primer día de colegio. En casa todos parecen contentos. Mamá me ha puesto una bata rosa que no me gusta nada. Dice que todas las niñas van a llevar una igual. Tiene unos cuadritos pequeños porque se van cruzando rayas blancas y rayas rosas. A mí no me gusta ese color. Y a ella tampoco. Siempre ha dicho que era un color para niñas cursis. Y ella no quiere que yo sea una niña cursi. Y ahora me pone esa bata. Dice que es obligatorio. No sé lo que significa «obligatorio».
Debe de ser que todavía hay muchas cosas que no entiendo.
Mañana Martina empieza el colegio. Qué mayor se ha hecho en poco tiempo. La bata rosa le queda preciosa.
Papá me mira orgulloso ante mi primer día de escuela. Mamá también, pero la he visto lloriquear en el cuarto de baño. Se ha dejado la puerta abierta y he visto cómo le caían unos lagrimones que ha intentado esconder cuando yo he entrado. Debe de ser que no le va a gustar dejarme en el colegio esta mañana.
Después de todo el verano con Martina, me cuesta dejarla en la escuela. Es una escuela nueva, en una ciudad nueva para ella. Ha dejado a sus amigos lejos. Como nosotros. Espero que se adapte a la ciudad antes y mejor que yo. Volver no es lo mismo que regresar.
Los niños llevan batas azules, y las niñas, rosas. Yo preferiría la de los chicos. Pero no va a poder ser. Algunas niñas han llorado cuando las han dejado sus madres. Otras, no. Yo he hecho un puchero y los ojos se me han mojado un poco. Pero mamá me ha dicho que no me preocupara, que allí dentro iba a estar muy bien, que me lo iba a pasar mejor que con ella. Y mejor que en la escuela infantil, que ya era muy mayor y que no debía llorar. Una de las niñas llevaba un kiki con un lazo muy grande de color rojo. Tiene una hermana un poco más alta que ella, con la cara llena de pecas. Ellas no lloraban. Se parecen mucho las dos a su madre, que lleva los ojos pintados como las brujas malas de los cuentos. Con la maestra hemos jugado y hemos aprendido una canción que llevaba todos nuestros nombres. La del lazo rojo se llama Vanesa, y la pecosa, Jessica. No me gustan.
Debe de ser porque se parecen a las hermanastras de Cenicienta. Yo no tengo hermanas. Ni siquiera hermanastras.
Martina va muy contenta al colegio. Ya está en primaria. Ha crecido mucho en los últimos meses. Tiene unas compañeras con las que habla a la salida y durante los recreos. Apenas mancha la bata. Las demás niñas salen de clase con la bata sucia, y ella no. Es muy ordenada y limpia.
Las niñas de clase se conocen todas de otros años. En el recreo me quedo en una esquina y las miro jugar. A veces juego con Luz y con Carmen, pero poco. A mí no me gusta saltar a la goma ni correr, y no sé de qué hablar con ellas. En ciase, la maestra nos ha preguntado qué hacíamos antes de empezar en este colegio, y yo he contado que antes vivía en otra ciudad que tenía mar y que era muy bonita. Las dos hermanas se han fijado en mi broche. Les he dicho que me lo compraron mis padres en otro país. Se han reído de mí.
Debe de ser que no les ha gustado.
Hoy Martina se ha querido poner en la bata el broche de los dos muñequitos que le compramos en Francia. Cuando lo vio en la tienda, enseguida dijo: «Mamá, cómprame ese broche. Me gusta mucho». Y se lo compramos. Y hoy se lo ha puesto. Yo le he dicho «Ten cuidado, al jugar se te puede caer». Pero ella ha dicho: «No, mamá, no se caerá, tendré cuidado. No te preocupes».
Vanesa y Jessica no quieren hablar conmigo. Están sentadas una a cada lado de mí. La maestra nos ha colocado así y no nos podemos cambiar. No paran de hablar entre ellas y de vez en cuando me tiran del pelo. Quieren que les dé mi broche, pero no se lo voy a dar. Hoy he visto que su madre hablaba con la mía en la puerta del colegio. No me gusta que lo haga.
Debe de ser porque quizá le dice que no les gusto a sus hijas.
Hoy una madre me ha dicho que Martina es amiga de sus pequeñas. Que es una niña muy abierta y que les cuenta muchas cosas de cuando vivíamos fuera. Me gusta que haya hecho amigas tan pronto en su nuevo colegio.
Mi broche ha desaparecido. Me lo han quitado Vanesa y Jessica y luego lo han tirado al váter. Al menos eso es lo que han dicho. No me he atrevido a decir nada a la maestra. Ellas me han dicho que si digo algo llamarán a un tío suyo que es policía y que me hará cosas terribles. Me dan miedo. Tampoco se lo he dicho a mamá. A ella le he contado que lo he perdido mientras jugaba, que en el recreo entran luego los chicos mayores y que se habrá roto sin remedio. No quiero que se preocupe.
Debe de ser porque siempre está preocupada por mí, por la abuela, por todos.
Ya sabía yo que el broche acabaría mal. Las niñas no llevan broches al colegio, y Martina se ha empeñado en llevarlo todos los días. Y ahora ya no está. Ha salido sin él y con la cara compungida. Lo ha perdido en el recreo.
Cuando he llegado al colegio esta mañana, me he puesto a vomitar. En el pasillo de la clase, muy cerca de la mesa de la maestra. Todas las niñas se han reído de mí. La maestra ha tenido que llamar a la señora que limpia, y con unos papeles primero y con la fregona después, ha tenido que limpiar mi vomitona. Después, olía toda la clase fatal. «Por tu culpa», he oído varias veces. Otras niñas que se sientan al final también han venido y me han llamado «tonta». La señorita me ha dado permiso para ir al váter y lavarme la cara y la boca. He llorado.
Debe de ser que me ha sentado mal el desayuno, por eso he vomitado.
Hoy Martina ha vomitado en el colegio. Anoche vomitó mientras dormía. Ella no se dio cuenta de nada. Le cambiamos las sábanas y seguía dormida. Por la mañana no se acordaba de nada, así que no le hemos dicho nada. Pero luego me ha llamado la maestra y me ha contado lo que ha pasado. La tendré que llevar al médico.
Paso corriendo por el pasillo de mi casa. Desde el comedor hasta mi habitación, hay un pasillo largo y oscuro. Mamá deja la luz de la cocina encendida para que no me dé miedo, pero me da y corro.
Me parece que va a salir alguien de alguna de las habitaciones. Yo lo que quiero es llegar pronto a mi habitación y meterme en la cama. Allí pienso en cosas bonitas antes de dormirme. Me gusta pensar que estoy en un valle de colinas muy verdes, con un río muy abajo y que yo lo paso en un teleférico, como si sobrevolara todo el valle.
Debe de ser porque de más pequeña viví en un lugar así. Y porque allí no estaban ni Vanesa ni Jessica.
Martina ha vuelto a vomitar esta noche en la cama. Esta vez se ha dado cuenta. Ha llamado, pero cuando hemos acudido ya estaban las sábanas llenas de sus vómitos. Esta tarde la he llevado al médico. Dice que son terrores nocturnos. Le he contado que el otro día le pasó también en el colegio. Me ha dicho que la observe y que, si vuelve a pasar, la lleve de nuevo. ¿Que la observe?
Hoy he vuelto a vomitar en el colegio. Esta vez ha sido en la misma entrada, en el jardín. Mamá se acababa de ir. Ellas ya estaban dentro, en los columpios. Cuando han visto el revuelo, han venido, han dicho «qué asco, huele mal», y se han reído. Todos se han reído, hasta la maestra. Un rato después han cogido mi chaqueta de la percha y la han tirado al suelo. Me han ordenado que no dijera nada, que si lo hacía llamarían a su tío el policía. Luego, en el recreo, yo estaba con Luz y con Carmen, ellas han venido y me han empujado. Yo no les había hecho nada. Tampoco les había dicho nada, pero ellas han venido y me han empujado.
Debe de ser que no les gusta mi chaqueta amarilla.
Martina ha vuelto a vomitar en el colegio. El médico le ha hecho pruebas, análisis de sangre incluido. No parece que tenga nada ahí dentro. Entonces, ¿por qué lo hace? Siempre parece contenta. Cuando va y cuando viene.
Hay un gran árbol de flores amarillas cerca del colegio. Pasamos por allí todas las mañanas, y también al regresar a casa. A veces, alguna flor se ha caído y me agacho a cogerla. No huele, pero me gusta. Son como rosas diminutas que forman ramilletes. Estoy deseando pasar por allí para verlas. Aunque después tenga que entrar en el colegio. Lo mejor es por la tarde, cuando paso de vuelta a casa. A veces mamá me lleva a jugar al parque. Otras veces vamos a buscar a papá al trabajo. Y otras entramos en la pastelería a comprar algún dulce relleno de crema. Son los que más me gustan.
Debe de ser porque se parecen a los que hacía mi abuela cuando no le dolían las manos.
Hemos entrado en la pastelería a comprar unas brevas de esas que le gustan a Martina. Se ha comido la más grande mientras llegábamos a casa. Luego ha cenado verdura y pescado. Le ha sentado todo bien. De momento.
He guardado un ramillete de flores amarillas entre las páginas de uno de mis libros. Se han chafado, han perdido toda su forma redondeada, pero no me ha importado. Ahora las tendré ahí para siempre. Y cuando quiera, las podré ver, sin necesidad de tener que pasar por el gran árbol de al lado del colegio. He puesto el libro junto a la cama, en la mesilla. Antes de dormir, he estado leyendo un rato, así he tenido excusa para estar con la luz encendida. Antes la abuela dormía en la misma habitación que yo, en una cama supletoria. Ya no.
Debe de ser porque, como dice mamá, ya soy mayor.
Estos días Martina no ha vuelto a vomitar, ni en el colegio ni en casa. Come lo mismo que antes. La abuela vigila su sueño cada noche, cuando apaga la luz. Entra silenciosa en su habitación y se sienta en la silla que hay junto a su cama. Se queda allí hasta que nota la respiración acompasada de Martina.
Vanesa y Jessica no vienen al colegio estos días. Están en no sé qué pueblo visitando a un abuelo que está enfermo. Eso ha dicho la maestra con cara de pena. Yo estoy muy contenta. Espero que tarde en morirse hasta final de curso. Así a lo mejor ya no vuelven a clase. A lo mejor se quedan a vivir en el pueblo para siempre. Ojalá nunca regresen. El árbol de las flores amarillas está resplandeciente. Cada día hay más flores. Es como una explosión, como si el sol estallara en pequeñas estrellas blandas y llenas de pétalos. Cubre casi todo el jardín. Sale por encima de la tapia hacia la calle. En esa esquina en la que yo lo miro cuatro veces cada día. Hoy he vuelto a coger flores de las que se caen. Muchas. He hecho un ramo que mamá ha puesto en uno de esos vasos pequeñitos que le regalaron cuando se casó. Lo he colocado en mi mesilla y me he dormido mirándolo. O al menos ha sido lo último que he visto antes de dormir. He soñado con un gran jardín amarillo lleno de gatos blancos que bebían leche.
Debe de ser por las flores.
La abuela sigue observando el sueño de Martina. Duerme mejor que nunca. Está muy contenta, más que nunca. Este sol de primavera le hace mucho bien.
Los monstruos han regresado. El abuelo se ha muerto. Casi me he echado a llorar cuando las he visto. La maestra se ha creído que mis ojos se mojaban de tristeza por la muerte del abuelo, y se ha sonreído. Ha debido de pensar que por fin ya éramos amigas y que sentía la pena de Vanesa y de Jessica. No es verdad. Ojalá se murieran ellas también. Ojalá se hubieran muerto ya y estuvieran enterradas con el abuelo, en una tumba de esas de los pueblos, con tierra. Con tierra muy mojada que se convirtiera en barro y se aplastara contra las caras, las pecas y los lazos de Vanesa y de Jessica.
Debo de pensar esto porque soy muy mala. A veces mamá me dice que soy muy mala.
Hoy Martina ha salido del colegio con mala cara. Su nota en el examen de Conocimiento del Medio ha sido más baja de lo que se esperaba. Ayer estuvo estudiando toda la tarde. Se exige mucho esta criatura, y en vez de sacar un 9 como siempre, solo ha sacado un 7. Le he dicho que no se preocupe, pero su cara no ha cambiado. Hemos jugado un rato en el parque y luego hemos ido a la pastelería. No se ha terminado la breva de crema.
He soñado mucho esta noche. No me podía dormir. Tardé en apagar la luz porque tenía miedo. Luego entró la abuela. Ella cree que no me doy cuenta, pero sé que últimamente se queda conmigo todas las noches hasta que me duermo. Creo que la he engañado, me he hecho la dormida pronto y me ha creído. He intentado pensar en las flores, y en mamá, y en el rato que hemos estado jugando en el parque. Pero no podía dormir. Por fin lo he conseguido. Pero enseguida he empezado a soñar: es un sueño que me viene muchas veces. Muchas. Estoy en medio de una plaza muy grande, se parece un poco a la plaza del barrio, pero no es igual. Es redonda y cerrada. Hay muchas puertas de diferentes tamaños. Muy pequeñas todas. En el centro de la plaza, en vez de haber una fuente o una estatua, como en todas, en mi sueño hay un gran pastel de carne triturada. Gigantesco, al menos veinte veces más alto que yo, y ocupa casi toda la plaza. Me lo tengo que comer todo entero. Alguien coge una cuchara y me obliga a comer. Una cucharada, y luego otra, y después otra. Yo quiero correr, y apenas puedo. Quiero entrar por alguna de las puertas de la plaza y escaparme: algunas están cerradas, otras son demasiado pequeñas y no quepo. Me atasco en la mitad, y alguien me tira de las piernas hacia la plaza. Me vuelven a dar aquello para comer. En ese momento me despierto y vomito. Me duele la garganta de vomitar, y el estómago, y las tripas. No me gusta vomitar. Es horroroso. Mi boca huele mal, y toda yo, y la cama, y toda la habitación. Toda la casa debe de oler mal por mi culpa.
Siempre que regresa esa pesadilla pasa lo mismo. Esta noche también: he manchado las sábanas, las dos. Olía fatal. Se ha levantado mamá, y ha llamado a la abuela. Papá madruga mucho todas las mañanas y procuran no despertarlo con mis pesadillas. Han cambiado las sábanas, mi pijama, me han lavado. Me he vuelto a meter en la cama y me he dormido enseguida. No recuerdo lo que he soñado después.
Debe de ser que he dormido muy profundamente.
Ya le he dicho a Martina que no debe preocuparse tanto por su nota de Conocimiento del Medio. Ya sacará sobresaliente la próxima vez. Se lo he contado al médico. Me ha confirmado lo que ya sospechaba yo: que la niña es muy responsable, muy autoexigente, y que si saca una nota por debajo de lo que ella sabe que son sus posibilidades, la rechaza, se pone muy nerviosa, y los nervios le juegan esas malas pasadas. Por eso vomita. Me ha recetado un jarabe.
Hoy he vuelto a vomitar en clase. Por supuesto, todas se han reído de mí. La maestra empieza a estar harta. Cuando he llegado a clase, ellas no estaban. Me he puesto muy contenta. Al rato han llegado. Han entrado con su madre, que nos ha explicado que han tenido que ir al funeral por el abuelo, y que por eso llegaban tarde. La madre me ha mirado con sus ojos de bruja mala. En el recreo, Vanesa me ha pedido que le diera el anillo que llevo siempre, ha dicho que si no se lo daba, me lo quitaría a la fuerza. Es el que me regalaron cuando nací y que el joyero ha ido alargando conforme yo iba creciendo. Le he dicho que si lo hacía se lo contaría a la maestra y a mi madre. Entonces Jessica me ha dicho que si se lo decía a alguien me pegarían ellas, y luego vendría su tío el policía y también me pegaría. Me han dicho que soy una enchufada, que las maestras me ponen buenas notas porque son amigas de mi madre, y que ya era hora de que sacara una nota mala. Ha sido entonces cuando he vomitado en el recreo. Ha venido la maestra y ha echado tierra encima de lo que ha salido de mi cuerpo. Me ha preguntado qué me pasa. Me he puesto a llorar y le he mentido: le he echado la culpa a las notas. Me ha dicho que no debo preocuparme tanto, que seguro que el próximo examen lo haré mejor. Por supuesto, no le he mencionado el anillo.
Debe de ser porque tengo miedo. Mucho miedo.
Otra vez. Otra vez. Otra vez. El médico dice que sería mejor que no fuera al colegio durante una temporada, al menos por las mañanas, que es cuando le ocurren estas cosas. Ha escrito un papel para la directora en el que explica todo: que la niña es muy perfeccionista, que soma tiza todos los problemas, que ha cambiado de ciudad, de centro escolar, y que le está costando mucho tiempo adaptarse. Que, por tanto, el colegio le supone un problema que, paradójicamente, provoca una bajada en su rendimiento escolar. Y que considera necesario que deje de acudir a las clases de la mañana durante un tiempo.
Ahora resulta que no me dejan ir al colegio por las mañanas. ¿Y cómo voy a aprender? Dicen que vomito porque saco notas bajas. ¡Qué sabrán ellos! Por las mañanas estaré en casa y haré las tareas que la maestra me mande. ¿Y por la tarde? Por la tarde tengo que volver, y allí están ellas, riéndose de mí, porque no puedo ir al colegio. Porque han conseguido ponerme enferma. Sin necesidad de que su tío el policía me haya pegado. Me he quitado el anillo para ir a clase. No quiero que me lo ro ben. Tampoco me he puesto los pendientes. Cuando mamá me ha preguntado por qué no lo llevaba, le he dicho que me aprieta otra vez. Mamá ha sonreído.
Debe de ser porque se cree que estoy creciendo muy deprisa.
Hoy hemos recibido una carta del colegio. Al principio he creído que era por algo relativo al comportamiento de Martina. Pero no. El colegio «amenaza ruina», según ellos. Han pedido subvenciones para restaurarlo, pero no han conseguido lo suficiente. Van a tener que demolerlo. Me da mucha pena. Yo fui a ese colegio de niña. Por eso quería, al regresar a la ciudad, que Martina fuera allí. Fui tan feliz allí… Y ella también, a pesar de que estos días con las malas notas lo ha pasado mal. Y a pesar de sus nervios, de su estómago. Ella siempre va contenta. Es una pena que tiren el colegio. Habrá que buscar otro para el curso siguíente. Ya nada será igual.
He oído en el colegio que lo van a tirar, que hay peligro de que se derrumbe. Ojalá se cayera encima de Vanesa y de Jessica y las aplastara, y sus lazos aparecieran rotos entre los escombros. ¿Será verdad que ya no existirá este colegio el curso que viene? ¿Podré ir a otra escuela en la que no estén ellas? Viven en otro barrio, así que le pediré a mamá que me matricule en el colegio que hay al lado de casa. Seguro que ellas no van a venir hasta esta parte de la ciudad.
Creo que esta noche no voy a soñar con esas puertas por las que no puedo escaparme.
Martina ha vuelto a vomitar. No se ha despertado mientras le hemos cambiado las sábanas.
Y esta mañana no se acordaba de nada.