País Relato - Autores

amaya felices

violeta

Mmmm, el día de los enamorados… Un día para sentirse especial, ¿no? Sería por eso que me había peinado con esmero mi larga melena rubia, colocándola sobre uno de mis hombros desnudos. Incluso había dejado de lado mis cómodos vaqueros y mis viejas botas. Eso sí, mis nuevos estilettos llevaban sendas agujas de acero escondidas en los tacones, pues una siempre tenía que sentirse segura.
Estaba en un restaurante y por unos momentos me permití soñar que no era más que una chica normal. Mis ojos azules, a juego con el ceñido vestido palabra de honor que llevaba, parecían invitar al joven que había al otro lado de la mesa a hundirse en ellos. Y vaya si a mí me apetecía que lo hiciera… A diferencia del resto de mis «ligues», este no superaba los cuarenta. De hecho, ni siquiera los veinte; apenas un par de años más de los que yo aparentaba. Y su alma era tan pura y cándida… ni siquiera estaba pensando en lo que me haría una vez que me desnudara. Sencillamente delicioso.
En fin, era San Valentín, una debería poder permitirse un extra, ¿no? Ya que no podía tener a Casio, este muchacho seguro que me permitiría olvidarlo durante un rato. Pero no… Si es que a veces era un asco tener principios.
―¿Te apetece otra copa? ―me ofreció.
Decliné su invitación. Llevábamos ya dos después de una cena copiosa regada con vino. No era cuestión de que se emborrachara.
―No, vamos, te acompaño a casa ―decidí.
―¿A la mía?
«Shhh, no pienses mal, que por una vez que soy buena chica…», me dije para mí, mentalmente.
―Sí, pero solo para asegurarme de que no te pasa nada por el camino.
―¿No debería ser al revés? ―me contestó algo sorprendido.
Me lo quedé mirando. Tenía unos rasgos muy dulces, como de un ángel del renacimiento cincelados en mármol. Además, era alto y fuerte; vamos, el típico chico deportista en el apogeo de la juventud. Y yo con el aspecto de una delicada y frágil florecilla, algo así como mi nombre indica. Pobre, qué poca idea tenía de que Internet no era el único sitio donde una chica podía mentir sobre su edad.
―Tienes razón ―le sonreí―, se me ocurre cada cosa…
―Vamos, Violeta, te acompaño yo a la tuya. Además, tus padres estarán esperándote preocupados.
¿Mis padres? Sí, claro. Tonta de mí, cómo no acordarme de ellos. Total, si tan solo tengo a uno ejecutado y a la otra asesinada desde que yo era un bebé.
Perseveré en eso de poner cara inocente, de imitar los gestos que tendría la adolescente que sin duda no era por mucho que mi cuerpo se hubiera quedado anclado en los dieciséis. Seguí sonriendo y asentí. Una pena, porque habría preferido ir a la suya ya que el camino a mi casa era más corto. En fin. A ver si había suerte.
Nos pusimos en pie, salimos del restaurante y comenzamos a caminar. Taconazos de aguja de doce centímetros y el chico ni se fijó en que yo no me cansaba y que si iba más despacio que él era porque quería alargar el paseo, no porque no fuera capaz de ir más rápido. Hombres…
―¿Qué te ocurre? ―me preguntó al cabo de un rato, al darse cuenta de que yo no dejaba de mirar a nuestro alrededor por el rabillo del ojo.
Estábamos en medio de uno de los callejones de mala muerte que desembocan en el lugar donde vivía. Era ahora o nunca.
―Nada, estoy un poco nerviosa. ―Me apreté un poco contra él, como si me diera miedo estar en la calle a esas horas.
Si yo no era más que una jovencita que vivía con sus padres, era creíble, ¿no?
―No tengas miedo, yo estoy aquí. ―Intentó besarme.
Bingo. La escena de la chica desvalida casi nunca fallaba.
De inmediato, me aferré a él abrazándolo mientras con el pie derecho le hacía un barrido para que perdiera el equilibrio. Rodamos por el suelo. Y no, no lo besé. Me habían contratado para acabar con los que pretendían matarlo, no para comer.
La bala peinó el espacio que había ocupado su cabeza. Lógico, había visto al tirador adelantarnos a esa velocidad sobrenatural de los chupasangres que los humanos solían ser incapaces de percibir. En fin, me felicité mentalmente por haberles dado tiempo de atacarnos y pasé a la acción: Saqué dos dagas, que llevaba enfundadas en los muslos, y me incorporé. En cuanto al muchacho, seguía en el suelo, demasiado atontado hasta para moverse.
―Buenas noches, yo que tú no volvía a disparar ―le dije al hombre del arma a la vez que me plantaba delante de mi cita y dejaba salir mis cuernos.
De golpe, en todo su esplendor demoníaco.
―¿Eres la medio súcubo que suele contratar el Consejo? ―me preguntó este, quien junto con otro vampiro más me miraba desde la poca claridad que daba la única farola del callejón―. No deberías haber aceptado este trabajo. No es tan fácil cazarnos cuando sabemos que existes.
―Jo, vaya ―protesté―. Y yo que pensaba que os ibais a alegrar de verme.
Quemé energía para esquivar otro par de balas. Con eso se me estaba acabando la última alma que había comido. Esperé que esto finalizara rápido, pues cuando me quedaba sin almas, adiós a mis poderes.
―Te tengo ―me susurró uno de ellos contra mi oreja.
El vampiro que había usado su velocidad para agarrarme por detrás, inmovilizándome los brazos con los suyos y pegándome contra su cuerpo. Hum… qué pena que los chupasangres no tuvieran un alma que entregarme tras el sexo porque lo que era este parecía tener un buen cuerpo.
―No la tienes ―dijo una voz a nuestras espaldas y noté cómo me soltaban.
Al quedar libre lancé mis cuchillos. El primero contra el vampiro que tenía en frente y el segundo, tras girarme, contra el corazón del que me había retenido. El cual, por cierto, era en esos momentos un cuerpo decapitado ya que Casio lo había matado sin tan siquiera rozarme con el acero de su sable.
Dos tiros, dos aciertos. A veces me encantaba mi trabajo.
―Siempre tan a tiempo, Casio ―me burlé, moviéndome hacia la derecha para quedarme frente al hombre que acababa de interrumpir mi jueguecito con los chupasangres. Sería aburrido…
Pero también era el ser que me volvía loca con tan solo arquear una ceja. Como ahora, que me acababa de salvar sin despeinarse. A veces odiaba lo sexy que podía llegar a ser un vampiro milenario y el muy bastardo lo sabía. Ya lo creo que lo sabía. Y, por cierto, por si aún no lo he comentado, Casio era también el que me había contratado.
―Llegas a tardar un poco más y no lo cuento ―le comenté como si nada, como quien comenta que va a llover mañana, cuando él y yo sabíamos que era la pura verdad.
¿Cuánta alma me quedaba de mi última comida? ¿Una décima parte? Con eso no tenía ni para empezar a defenderme de dos vampiros hechos y derechos como los dos cadáveres junto a los cuales nos encontrábamos.
―Vamos, querida ―dulcificó su voz―, yo jamás te fallaría. ―Miró con doble intención la vena que pulsaba en mi cuello.
De verdad que lo odiaba. Sus ojos, cuando se excitaba, se volvían rojos y en esos momentos estaban carmesíes como nunca.
―Entonces nos vemos mañana ―le contesté con una voz más enronquecida de lo que deseaba.
Mortificada por ser tan evidente, me giré y me fui. Bien lejos. Porque el chico de rasgos angelicales nos miraba aturdido y parecía a punto de decir algo. Y no, no quería llevármelo a casa como sustituto de Casio. Yo tenía conciencia y por eso mis comidas solían ser pederastas o delincuentes; nada que ver con apetitosos estudiantes.
―Ah ―añadí para el vampiro, mientras me alejaba taconeando calle abajo―. No olvides ingresar el dinero en mi cuenta.
Podría ser San Valentín, un día en el que todo el mundo buscaba el amor; pero no funcionaría. Casio era el único hombre al que yo podría entregarle mi corazón y lo que haría con él sería desangrarlo. De manera literal.
Vampiros…
«Otro día, Casio», pensé tras negarme a escuchar a esa parte de mí que quería volver y arrinconarlo contra la pared, besarlo hasta hacerle perder el sentido, «quizás cuando haya cumplido más de mil años y solo si me he vuelto tan loca como para haberme cansado de vivir».
Porque en esos momentos, mi próxima comida, fuera quien fuese, era el único ser que se iba a morir entre jadeos de placer.