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amaya felices

ceribe

Uno
Mi querido esposo,
Sé que conoces parte de esto que voy a contarte, al igual que imagino que ya no te importa. Sin embargo, necesito estas líneas. Del mismo modo que te las he escrito una y otra vez a lo largo de la distancia y de los años, continúo sintiendo ese dolor que me impulsa a hablar contigo aunque sepa que nunca voy a mandarte esta carta.
Mi Adrián... te echo de menos.
Tú me conoces, sabes que yo nunca quise convertirme en líder y responsable de la colonia, ascender a causa de las muertes de mis superiores. Y mucho menos que nuestra nave generacional aterrizara en un planeta hostil donde cada día es una batalla.
Aquel día, cuando las dos naves hermanas llegaron a Ceribe, se desató el caos. Al poco de caer la noche, ellos nos atacaron. Cogidos por sorpresa, conseguimos sobrevivir con grandes bajas. Enseguida nos dimos cuenta de dos cosas: esos animales poseían algún tipo de inteligencia y no soportaban la luz de su propio sol.
Nuestra nave hermana Ares II había sufrido un ataque similar. El que todavía era el capitán al mando decidió abandonarlas, buscar refugio. Separados como estábamos por cientos de kilómetros y un océano, mantuvimos las comunicaciones con nuestros aliados y buscamos lugares elevados para hacernos fuertes. Nos establecimos en sendas montañas, a las cuales bautizamos con los nombres de nuestras naves. Con las colonizadoras abandonamos la mayor parte de nuestra tecnología. Tenemos lo que pudimos cargar en los vehículos deslizadores que no perdimos a lo largo de las batallas que libramos todas las noches hasta llegar a la cima de Ares I. Porque claro que mandamos expediciones posteriores a la nave para reabastecernos; pero las bestias montan guardia a su alrededor. Hay quien dice que tienen algo de inteligencia grupal, que saben que necesitamos las armas y los materiales que dejamos atrás. Es posible; o quizás tan solo sea que, como nos han diezmado cada vez que lo hemos intentado, han identificado a las colonizadoras como una fuente fácil de comida. Porque ese es otro de nuestros problemas: aquí hay muy pocos animales aparte de las bestias y se esconden muy bien. Por suerte, en los deslizadores cargamos nuestro propio ganado y semillas.
Ahora han pasado casi dos décadas, no podemos comunicarnos con la Tierra y no esperamos que vengan más refuerzos que aquellos que puedan haber escuchado nuestra última emisión de socorro. Pero llegarán demasiado tarde… Al fin y al cabo, han sido necesarias ocho generaciones para que nuestras naves nos trajeran a Ceribe. Así que, mi querido esposo, estamos solos.
Tenemos dos ciudades con sus campos de cultivo en lo alto de dos montañas, cercadas y con vigilancia.
Vivimos con los restos de nuestra civilización, aquellos que aún funcionan porque no necesitan recargas energéticas, junto con una tecnología casi olvidada que hemos aprendido a reproducir.
Nuestros dirigibles surcan los cielos para comerciar con nuestra ciudad hermana, conductos de vapor calientan nuestras casas, antenas de radio nos permiten hablar a largas distancias ahora que los comunicadores de los deslizadores se han quedado tan inútiles como estos mismos y, sobre todo, luchamos una guerra para sobrevivir en un planeta cuyos propietarios nos quieren fuera.
Mi querido esposo Adrián, ¿entiendes que necesite hablarte, contártelo, desahogarme?
Ante ellos llevo demasiados años mostrándome fuerte, siendo el tipo de líder inquebrantable que hace que su gente no se rinda. Necesito estos momentos, pensar en ti, imaginarme en tus brazos mientras intento recordar qué harías si fueras yo. Nuestros intentos de fabricar combustible para volver a las naves y a la Tierra han fracasado, así como los de conquistar más terreno. Estamos condenados y ya ni siquiera consigo recordar el color de tus ojos.
Ojalá no hubieras muerto.
Ojalá no me necesitaran y pudiera ir a reunirme contigo.
Pero sigue esperándome y, mientras llega ese día, pienso continuar llevándome conmigo a todas las alimañas que pueda.
Porque jamás les perdonaré que me dejaran sin un cuerpo al que enterrar.
Siempre tuya
Saerla.
Dos
La capitana Amya, del dirigible comercial Buena Suerte, navegaba hacia Ares II. La nave, un zepelín de más de cincuenta metros de largo, con forma ovalada y múltiples depósitos rígidos de gas, era el ave más grande que surcaba los cielos. Su cabina, pequeña en comparación con el resto del dirigible, tenía la capacidad justa para que sus tres tripulantes no se agobiaran demasiado en las dos largas semanas de viaje que había hasta su destino. Por supuesto, la mayor parte del espacio disponible estaba destinado a almacenar mercancías.
Amya se sentía a gusto volando. El sonido de las hélices situadas a ambos lados de las bodegas de carga la confortaba, le hablaba de que los seres humanos todavía tenían algo que decir en ese planeta. Cuando sus máquinas colapsaron al quedarse sin energía, la comandante pidió la ayuda de todos los colonos. Ella, que había sido una mecánica nacida en la última generación, fue quien dio con una solución para el problema del comercio con la ciudad hermana, diseñando un primer modelo de zepelín. Como no fueron capaces de separar el hidrógeno de la mezcla gaseosa de la atmósfera, tuvieron que conformarse con vapor de agua, el cual recirculaban a la caldera cuando se condensaba. Además, tuvieron que reforzar con finas placas de metal y con pinchos la estructura exterior de los depósitos del vapor, ya que la fauna aérea de Ceribe no era precisamente pacífica. Así que desmontaron las aleaciones ligeras de la carrocería de los aerodeslizadores para ello.
En esos momentos, con sus algo más de cuatro décadas de vida, Amya era feliz en el planeta de un modo que nunca soñó cuando era más joven y viajaba en la nave espacial. Porque ella era vital. Era la que había diseñado la caldera de vapor; así como dirigido al equipo que la fabricó. En esa caldera, que utilizaba parte del valioso metal que se habían llevado de la nave, se calentaba agua hasta obtener el vapor a presión que iba a los depósitos de gas. Sin hidrógeno ni helio, necesitaban la caldera para que el vapor no se enfriara y su temperatura les permitiera volar a la altura deseada. Además, también era necesaria para el sistema de pilotaje del zepelín, ya que parte de su vapor se desviaba por un par de gruesas tuberías. A través de ellas, iba a unas turbinas donde se expandía, hacía girar sus ejes y, así, le permitía a la capitana controlar el movimiento horizontal del dirigible gracias a esas hélices cuyo sonido se escuchaba desde la cabina.
La sensación de estar allí, mirando al cielo abierto y a las aves que habían aprendido a huir de ellos, era sencillamente embriagadora. Se sentía como una conquistadora del aire y precisamente por eso le habían encomendado esa misión. Porque su nave, con los últimos diseños que le había añadido, era la más rápida de Ares I; porque no dudaba en utilizar su cinturón de herramientas si había algún problema técnico y, sobre todo, porque los dos últimos dirigibles que habían ido a Ares II no habían vuelto y la ciudad hermana había cortado las comunicaciones. Considerando que las dos urbes solo se tenían la una a la otra, que eran los únicos seres humanos presentes en el planeta, el que les hubiera podido pasar algo era preocupante.
—Ten cuidado, quizás los nocturnos han logrado superar sus defensas. No te acerques demasiado —le había pedido la comandante Saerla antes de partir.
Y ahora, cerca de su destino, Amya recordó sus palabras a la vez que deseaba que no fuera así, que todos estuvieran a salvo.
—Lucar, cierra las válvulas de las turbinas un 40% —le ordenó a través de la radio a uno de sus dos hombres, quien estaba en la sala de la caldera.
Con su catalejo y a través de la semiesfera que formaban las paredes transparentes de polímero de la cabina de mando, la mujer observaba en detalle a la cercana Ares II. El plástico era otro de los materiales que habían sacado de la colonizadora y que ella pidió para los dirigibles, pues le venía perfecto para esa pequeña estancia que coronaba la proa de su nave. Al mirar, la capitana se dio cuenta de que los muros de la ciudad parecían estar intactos; así como que había viviendas con la calefacción encendida, pues por algunas chimeneas se podía ver el humo saliendo a la atmósfera.
—No parecen haber sufrido ningún ataque —murmuró para sí—. Lucar, ciérralas un 80% —añadió en voz alta para disminuir más la velocidad pues no se fiaba.
Por eso mismo tenía al tercer tripulante de la nave, su hijo Danko, sentado delante de la ametralladora. Un dirigible tenía que defenderse de las aves con algo más que con pinchos. Y, aunque no habían usado el arma en años, la desconfianza que la había mantenido viva hasta entonces hizo que mandara a Danko a los controles. Ceribe era un lugar peligroso. Lucar no era su segundo marido por capricho, sino porque había perdido al primero, así como a dos hijas, en las interminables semanas que les costó fortificar Ares I. En eso, en que los nocturnos les debían muchas muertes, estaba del todo de acuerdo con su comandante.
—Ares II, aquí la Buena Suerte solicitando permiso de desembarco. —Utilizó la radio en cuanto estuvieron tan cerca que podía ver en detalle la estructura en parte metálica y en parte de madera que separaba a la colonia de los bosques donde moraba la fauna alienígena.
Como imaginaba, no obtuvo respuesta. Las indicaciones de la comandante habían sido claras: no entrar en riesgos innecesarios. Así que continuó mirando por su catalejo. No había ningún signo de ataque de los nocturnos y podía ver los cañones de la ciudad, diminutos por la distancia. Las ametralladoras todavía no, pues eran más pequeñas ya que eran armas traídas de las naves generacionales, no fabricadas con su nueva y más arcaica tecnología. Amya sabía muy bien que pronto, en unos diez minutos si continuaban a esa velocidad, entrarían dentro de su rango de acción. No había ningún motivo por el que sus hermanos pudieran haber atacado a los dos dirigibles que no habían vuelto; pero estaba claro que allí había pasado algo y no habían sido los nocturnos. Frunció el ceño y le pidió a su marido que cerrara aún más las válvulas que llevaban el vapor a las turbinas. Quería que redujera la velocidad de avance al mínimo, lo justo para que las corrientes de aire no arrastraran al zepelín a su antojo. A continuación, salió de la cabina; no sin antes quitarse su abrigo de cuero ya que allí a donde iba hacía mucho calor. Las gruesas hebillas metálicas de la prenda tintinearon al chocar contra la radio, ese armatoste metálico que ocupaba gran parte del panel donde estaban el timón y los mandos.
A través de una trampilla, Amya accedió a un tubo de poco más de medio metro de diámetro, con apoyos metálicos para manos y pies, por el que trepó hasta subir arriba del todo, a la cima del zepelín, a la torreta destinada a la ametralladora, las cuchillas boleadoras y las granadas. Justo donde estaba Danko.
Se trataba de un cubículo estrecho que olía a aceite lubricante. Su hijo estaba sentado a los mandos del arma. El motivo por el que la capitana había subido allí eran las paredes transparentes de la pequeña torreta y el hecho de que esta estuviera anclada sobre el globo. Esa altura le daba una posición privilegiada para mirar la tierra que se extendía ante ellos, dándole más alcance visual que el que tenía desde la cabina de mando. Perfecta para buscar rastros de algún otro dirigible caído.
—¿Todo bien? —le preguntó su hijo al verla.
—Permanece atento y no pierdas de vista el espacio que nos rodea. No tengo claro que la amenaza venga de Ares II.
—¿Las aves? —le preguntó extrañado—. Nunca las he visto atacar a una nave. Me contasteis que al principio lo hacían, de ahí que hayamos armado los dirigibles, pero nunca he visto ninguna.
Su madre le apoyó una mano en el hombro sin dejar por ello de escudriñar los árboles de debajo.
—Eso es porque eras muy niño cuando pasó —le contestó—. No te distraigas. Ya sabes que… ¡mierda! —Se interrumpió a sí misma y tocó el botón de la radio, que estaba colocada a la derecha de su hijo, para entablar comunicación con la sala de la caldera—. Lucar, estoy en la torreta. ¡Prepárate para dar media vuelta! Nos vamos a casa a toda velocidad.
—¿Qué ocurre? —le preguntaron este y Danko casi a la par.
—He visto uno de los dirigibles desaparecidos, en el suelo. Vámonos.
—Todavía no estamos dentro del rango de dos kilómetros —le contestó Lucar pero no la cuestionó. De inmediato comenzó a preparar la caldera para darle toda la potencia que necesitaría cuando volviera a la cabina de mando y maniobrara para dar media vuelta.
Amya había soltado el brazo de su hijo y ya estaba descendiendo tubo abajo. Con rapidez, notando una ocre sensación de miedo en la boca. El dirigible caído tenía un agujero en las chapas metálicas del globo que no podía causar ninguno de los leviatanes del cielo; pero sí la bala de un rifle de precisión. En su colonia no habían podido sacar ninguno de la nave generacional y sus hermanos les habían dicho que ellos tampoco. Pero si les hubieran mentido… La capitana llegó a la cabina, entró y no perdió tiempo en cerrar la escotilla. Se abalanzó sobre los mandos. Le gritó a Lucar que le diera toda la potencia de vapor que tuviera. Justo a tiempo. El zepelín comenzó a girar cuando se escuchó una pequeña explosión, una ruptura de la barrera del sonido. Sin embargo Amya había iniciado un giro en picado hacia los árboles, uno que les dio la aceleración extra que evitó que la bala les alcanzara. Por unos instantes, la mujer reconsideró remontar el vuelo pero sabía que ese francotirador seguiría disparándoles y que, si les daba, les derribaría. Así que continuó hacia abajo, para buscar la cobertura de la vegetación pese al peligro que ello entrañaba.
—Lucar, cierra del todo las válvulas que llevan vapor al globo. Acumula presión y temperatura. Prepárate para soltarla de golpe hacia el globo cuando yo te diga. —Pulsó el botón de la radio que le cambiaría la frecuencia y la comunicaría con su hijo—. Danko, lanza las granadas de humo.
Su hijo obedeció de inmediato llenando toda la zona de un espeso humo negro. Las granadas, con sus pequeños paracaídas, eran capaces de mantener la cobertura varios minutos.
Mientras tanto, Amya escuchó otra vez esa ruptura de la barrera del sonido. Manipuló la radio.
—Lucar, ¡ahora! —le gritó.
Mientras el zepelín cambiaba su trayectoria de picado elevándose otra vez por los aires y tomando rumbo hacia Ares I, la capitana sonrió al ver que la bala no les había alcanzado. Ni la siguiente. Si se trataba del modelo de rifle que ella imaginaba, en breve habrían superado su distancia de seguridad de 4 kilómetros y podrían volver a casa. Volvió a comunicarse con su hijo.
—Sigue soltando las granadas, Danko —le instruyó.
Las pequeñas explosiones dejaron de sonar al poco. Parecía que el enemigo había decidido dejar de desperdiciar munición tirando a ciegas. Amya amplió su sonrisa. No sabía qué había pasado allí pero su nave y esa caldera que ella misma había diseñado acababan de salvarles la vida.
—Aquí la capitana Amya del Buena Suerte. —Se comunicó por radio tras cambiar a la frecuencia de largo alcance—. Solicito hablar con la comandante Saerla. Ares II nos ha atacado.
Tres
Tras recibir el informe de la capitana Amya, Saerla se quedó unos segundos sin saber qué hacer. Por supuesto le dio las gracias, ordenó que volviera a casa lo antes posible y la mantuviera informada de cualquier novedad. Pero después… la ciudad hermana había atacado a sus dirigibles y eso no tenía sentido.
Desde el inicio, desde poco después del aterrizaje de las dos naves generacionales, el comandante de Ares II había colaborado con ellos. Se trataba de uno de los oficiales médicos de su colonizadora, que había ascendido al ser el mayor rango de los suyos que quedaba con vida. Y si algo podía decirse del comandante Darus, que había cursado sus estudios por vocación, era que entendía muy bien que toda vida humana era valiosa. Si antes del aterrizaje había tenido que encargarse de que nadie muriera en quirófano, ahora llevaba sobre los hombros la responsabilidad de los habitantes de toda una ciudad. Eso marcaba. En este caso, por las veces que lo había visto en persona, Saerla se había llevado la impresión de que era un hombre íntegro y que los años habían reforzado ese deseo de sobrevivir que sin duda ambos compartían. La mujer estaba segura de que él entendía perfectamente la importancia de ayudarse entre las dos colonias.
Por eso, precisamente por eso, no tenía sentido que ahora estuviera atacándoles. Había derribado dos de sus dirigibles y disparado al tercero con un arma que a saber cuánto tiempo llevaba ocultando que poseía. Saerla confiaba plenamente en Amya, en que esa información era verídica.
Así pues, aunque por unos instantes no había sabido qué hacer ―o quizás el problema fuera que lo sabía demasiado bien―, se resignó y volvió a intentar establecer contacto por radio.
―Aquí la comandante Saerla. Solicito hablar con el comandante Darus o con alguno de sus segundos. Cambio.
Nada.
No hubo respuesta. Repitió su mensaje una y otra vez sin obtener más que la estática de la frecuencia.
La mujer parpadeó manteniendo los ojos cerrados un par de segundos, en los cuales recordó las facciones del comandante tal y como las había visto la última vez, haría casi un año. Eran las de un hombre curtido por la edad y también por las preocupaciones propias del liderazgo, con las arrugas y líneas más profundas suavizadas por la sonrisa amable que solía asomar a su mirada cuando hablaba de su gente. No se lo imaginaba ni como un traidor ni como un asesino.
Siguió intentando contactar, aunque cada vez estaba más convencida de que no iba a obtener respuesta. Algo que también podía decir con certeza de Darus era que, cuando tomaba una decisión que creía correcta, no se permitía ni la más mínima duda. Si no quería dialogar, no había nada que hacer. Precisamente por eso se había quedado antes en blanco: porque se lo imaginaba, porque le asustaba cuál podía ser esa decisión y, sobre todo, porque sobre ella pendía la de ir a la guerra.
Se negó a aceptarlo. Si no podía hablar con él, tenía que haber alguien en Ares II que fuera más receptivo, que pudiera ayudarla a solucionar el problema sin derramar más sangre.
Cuatro
Casi había pasado una quincena. El Buena Suerte había surcado los cielos directo hacia Ares I. Entonces, en el amanecer del último día de vuelo, cuando los primeros rayos del sol iluminaron el horizonte, pudieron ver la flota enemiga a babor. Esta, recién salida de una capa de nubes, navegaba por delante de ellos y se dirigía a la cercana ciudad. Amya, sorprendida porque no se habían cruzado durante el viaje de ida, contactó con su base por radio para avisarles. No tenía ni idea de dónde habrían salido. O, al menos, no hasta que se dio cuenta de que esta podía no ser la primera vez que hubieran estado navegando de noche sin luces y, además, utilizando el terreno o la nubosidad para esconderse. Un buen plan, lástima para el enemigo que ella hubiera sido capaz de huir de su emboscada y de avisar a la comandante de lo ocurrido. Y, cómo no, de que su nave fuera la más rápida que surcaba los cielos.
Cinco
La alarma atronó en los edificios de la ciudad a través de los altavoces. La comandante, que estaba durmiendo en su habitación, abrió los ojos sobresaltada. Segundos después, se apresuró a bajar de la cama. Cubierta tan solo por una camisola de algodón, agarró sus botas que estaban al pie del somier y se calzó. No tenía tiempo para ponerse el uniforme pues se temía lo peor.
Con la economizada precisión de movimientos que la definía, abrió el armario, cogió el cinto con sus dos pistolas y se lo colocó a la cadera; la ancha pieza de cuero contrastó con la fina tela blanca. Estaba acabando de ajustar las correas cuando el chico, un mensajero, llamó a su puerta, aporreándola con los nudillos.
—Comandante, ¡despierte, por favor!
Saerla apartó la mano de las hebillas y le abrió con el ceño fruncido.
—¿Qué ocurre?, ¿son los nocturnos? —le preguntó.
Hacía mucho que las bestias de Ceribe no intentaban superar sus empalizadas.
—No. Dirigibles. Se acercan en actitud hostil y no contestan a las peticiones de radio.
La mujer abrió mucho los ojos.
—¿Ares II?
Desde que hacía casi quince días su mejor capitana le había dado las malas noticias, no había logrado contactar con ninguno de los comerciantes o amigos que tenía en la ciudad hermana. Confiaba en que tan solo les hubieran confiscado las radios. Se había negado a contestar a los ataques con más sangre, pero sí que había aceptado la posibilidad de que Darus decidiera asaltar y saquear Ares I.
—Sí, mi comandante.
La aludida soltó un juramento y le pidió al chico, el cual llevaba una pesada mochila a sus espaldas con una radio dentro, que le pasara el comunicador. Pulsó el botón negro que le permitiría hablar.
—Centro de control, aquí Saerla. Informen.
—Comandante, se acercan nueve aeronaves de Ares II, no aminoran su velocidad, no contestan y sus armas apuntan hacia nosotros. Cambio.
¿Nueve?
Durante unos instantes, la mujer se quedó extrañada. La flota comercial de ambas ciudades tenía idéntico tamaño: siete dirigibles. Esto le aclaraba por qué habían cortado todo contacto y derribado a los que habían ido allí en las últimas semanas.
—Manden a los niños y a los ancianos a las bodegas. Que todos los hombres ocupen sus puestos en la muralla y en nuestros zepelines. Cambio.
—Sí, mi comandante. Los zepelines ya han despegado y los soldados que no estaban de guardia están de camino. Cambio.
—Voy para allí. Fin.
Mientras le devolvía la radio al muchacho, sintió alivio; pues ella no se había quedado de brazos cruzados esperando respuestas: había hecho que excavaran las bodegas para ampliarlas, así como duplicado las guardias en los muros y llevado munición extra a las torretas.
No quería la guerra; pero si se la traían a sus puertas se defenderían.
Tras hablar con Amya le había dado mil y una vueltas y el único motivo por el que sus hermanos podrían querer atacarles era la supervivencia: Ceribe era duro. Necesitaban los pocos recursos que habían llevado consigo desde las colonizadoras. Darus debía de haber decidido expandirse a costa de robárselos. Además, estaban las unidades médicas. Una tecnología necesaria para curar enfermedades y alargar la vida podía ser el motor que impulsara a un dirigente a volverse contra sus propios aliados.
Saerla jamás lo haría pero lo entendía. Quizás, si su esposo hubiera sido herido en vez de muerto, ella se lo habría planteado.
La comandante, sin mostrar sus emociones, agarró la gabardina que colgaba en una percha cerca de la puerta y se la puso. Las costuras del cuero le rasparon en los hombros a través de la fina tela de su camisón. Después, se apresuró a salir de su cuarto y el muchacho la siguió.
Nada más pisar la calle, sintió un fuerte golpe de viento en el costado. En Ceribe las tormentas eran muy frecuentes y solían venir precedidas de ráfagas de aire cada vez más veloces. Se subió entonces las solapas de su abrigo y miró al cielo. Vio los dirigibles enemigos, sus siluetas destacando contra la luminosidad rojiza del amanecer. Estaban a la derecha del sol, cerca de unos nubarrones oscuros. Por suerte, aunque ya casi los tenían encima, todavía no habían sobrevolado las murallas y sus propias aeronaves se dirigían a su encuentro. Mientras caminaba, los contendientes entraron dentro del rango de ataque de sus armas y comenzaron los disparos. El ruido de las ametralladoras y de los cañones que defendían Ares I, tanto desde la muralla como desde el aire, llegó con claridad a sus oídos. Le hizo un gesto al chico para que la siguiera y corrió hacia la empalizada que rodeaba la ciudad y sus campos adyacentes de cultivo. Esta era su primera línea de defensa y, excepto por unas cuantas torretas interiores, también la única de la que disponían.
Antes de que Saerla y el radio llegaran a su destino, los zepelines aliados lograron derribar a dos de los hostiles al caro coste de uno de las suyos. La comandante, al ver cómo su dirigible abandonaba los cielos en un picado, masculló algo entre dientes y aceleró aún más su carrera. Puede que gracias a los conocimientos de la capitana Amya sus zepelines fueran mejores, pero estaban en inferioridad numérica y no podían permitirse el lujo de perder ninguna aeronave. Poco después, las enemigas restantes alcanzaron y superaron la muralla, volando por encima del rango de sus armas; entonces, comenzaron a atacar la ciudad, dejando caer bombas a su paso. Por su parte, Saerla y el chico, mientras avanzaban se centraron en evitarlas. Por suerte, las calles y las viviendas estaban desiertas. Y una vez que hubieron llegado a la empalizada y subido por una escala hasta alcanzar el estrecho pasillo elevado que discurría paralelo a esta, la comandante miró al frente; el fuerte viento hizo que sus cabellos le golpearan el rostro. Los apartó. Más allá de la muralla, de más de dos metros de altura y hecha de troncos y piezas sueltas de metal, no había nada excepto un foso con estacas y el medio kilómetro de tierra despejada que le habían ganado al bosque. Esa era la zona donde la montaña apenas era escarpada y, por tanto, la más susceptible de sufrir un asalto. Por el lado opuesto el muro se erigía sobre un precipicio de rocas. La comandante dejó escapar el aire de su respiración que había estado reteniendo pues, aunque imaginaba que el ataque era solo aéreo, había querido cerciorarse.
A continuación se giró, dando la espalda a los árboles. Lo que vio le hizo fruncir el ceño.
El cielo, cada vez más iluminado por la naciente mañana, estaba surcado por los siete dirigibles enemigos. Estos sobrevolaban la ciudad lejos de la empalizada y de sus armas. Tan solo tres de sus propias naves les combatían y, mientras las contemplaba, una de ellas cayó. Se derrumbó sobre las calles, llevándose consigo parte del muro de un edificio. De los dos zepelines que la habían derribado, uno estaba demasiado dañado para continuar volando y tomó tierra. Solo uno. Frustrada por cómo estaba transcurriendo la batalla, Saerla vio a uno de sus capitanes no demasiado lejos y echó a correr por el estrecho pasillo hasta alcanzarlo.
—Capitán Scott, confírmeme: ¿solo nos quedan dos dirigibles operativos?
—Así es, mi comandante. —Se cuadró al verla.
—¿Y el de la capitana Amya?
—A punto de llegar, mi comandante.
Saerla relajó visiblemente la tensión de sus hombros al escucharlo.
—¿Habéis usado las tenazas?
—No, mi comandante. No se acercan lo suficiente.
—Pues habrá que hacer que se acerquen.
Las tenazas eran una de las armas que habían desarrollado para defenderse de la fauna nativa. Se trataba de un brazo extensible de varios metros de longitud equipado con unas pinzas que agarraban con fuerza a su presa y la atraían a los muros. Había sido necesario dado que, al principio, las aves más grandes atacaban a la colonia. Estas eran bastante resistentes y, cuando eran heridas, arrasaban varios edificios hasta caer muertas. De allí las tenazas, que las sujetaban y retenían de una manera segura hasta que, una vez sin vida, podían ser utilizadas como alimento. Además, como las torretas de las murallas no tenían tanto alcance como para derribar a las que sobrevolaban las zonas más interiores de esa área de varios cientos de kilómetros cuadrados que era Ares I, acabaron por llevar rifles a las torres del ayuntamiento y a las granjas de ganadería. Sin embargo, por lo que ahora podía ver Saerla de la batalla que estaba desarrollándose ante ella, no iban a ganar si no lograban atraer a los dirigibles enemigos a las murallas.
Justo entonces Scott le gritó que mirara hacia detrás, hacia los bosques. Por encima de ellos, sobrevolándolos, se acercaba un dirigible. Saerla le pidió el catalejo al capitán y, mientras lo utilizaba, sonrió. Se trataba de Amya, su mejor mecánico y capitana. Seguro que ella podría ayudarla. Mas su sonrisa no duró mucho porque también vio movimiento entre las copas de los árboles. Con rapidez, mientras un latido demasiado fuerte parecía quedarse sostenido en su pecho, apuntó hacia la línea de troncos que se erigía en la linde del terreno talado. No se movía nada. Volvió a mirar esas copas más lejanas, cuya umbría les proporcionaba cobertura de la luz solar. Sí. Allí estaban. Todavía tardarían unos minutos en llegar pero parecía que Ceribe había decidido que una pelea entre sus invasores alienígenas era el momento perfecto para acabar con ellos.
—Maldita sea —masculló para sí.
Le devolvió el catalejo al capitán.
—Trae a todos los hombres que puedas a esta zona de las murallas. Prepara el fuego. Nos atacan los nocturnos.
Y como si sus palabras fueran un heraldo de lo inevitable, los fuertes vientos acabaron de arrastrar las nubes sobre sus cabezas, oscureciéndolo todo.
Saerla le ordenó al muchacho, quien continuaba a su lado, que contactara por radio con la capitana Amya y le pidiera que pasara al canal tres, pues quería hablar con ella en una frecuencia privada. Mientras el chico seguía sus instrucciones, la comandante observó cómo cada vez caían más casas destruidas por las bombas y el fuego enemigo. No dejó de mirar al frente mientras agarraba el comunicador y lo llevaba hacia su boca.
—Aquí Saerla.
—A la orden, mi comandante —le contestó la otra mujer.
—Llegáis justo a tiempo. Necesito que me hagáis de cebo. ¿Tienes esas cuchillas que diseñaste?
—¿Las que me llevé para probar? Las aves no se acercan así que las probamos contra unos árboles. Funcionan bien —le informó Amya con el asomo de una sonrisa en sus labios.
Incluso en momentos como ese le brillaban los ojos cuando hablaba de sus inventos; o quizás en este caso fuera que estaba imaginando esas cuchillas desgarrando los depósitos de gas de los zepelines enemigos.
—Perfecto. Vamos a por ellos. Haz todo el daño que puedas. Que te vean peligrosa y te marquen como objetivo y, entonces, huye a las murallas. Los pillaremos con las tenazas.
La sonrisa de Amya se amplió. Esa arma también era obra suya.
—A sus órdenes, mi comandante.
—Fin —acabó la conversación Saerla.
La mujer siguió al Buena Suerte con la mirada; acababa de sobrevolar la empalizada. Las cosas estaban muy mal pero no pensaba dejar que mataran a su gente. No mientras tuvieran alguna posibilidad y la llegada de Amya les abría varias.
En su pecho, por primera vez desde que había visto la magnitud del ataque, se instaló la esperanza.
Seis
—Lucar, dame un 70% más de potencia: ¡es el momento de acelerar! Y prepárate para cargar a tope la caldera cuando yo te lo diga —le pidió Amya desde la cabina de mando.
—Son tres dirigibles enemigos y tenemos a uno detrás que nos puede cortar la retirada —observó su marido.
Él derribaría primero al de sus espaldas pero confiaba en su capitana. Sabía que ella no arriesgaría sus vidas en vano.
—Lo sé. Pero la comandante quiere que se enfaden y yo voy a dárselo —le contestó mientras maniobraba los mandos para ir directa hacia los tres zepelines. La adrenalina y la perspectiva de cambiar el curso de la batalla impregnaron sus palabras de cierto matiz salvaje.
A sus pies, la ciudad era un caos de madera y piedra que salían despedidas por las explosiones de las bombas las cuales, de una en una, se iban deslizando desde las bodegas de los enemigos hacia el suelo, con sus largas mechas encendidas.
—Danko, lanza las primeras cuchillas, ¡ya! —acabó su frase con urgencia, sabiendo que el momento preciso era ahora.
Su hijo, que estaba esperando su orden, movió la palanca que accionaba el resorte que eyectaba las cuchillas. Estas, un juego de varios discos con bordes cortantes fabricados con chapas de metal de los deslizadores, comenzaron a girar a toda velocidad mientras la cadena que las unía se desplegaba.
En pocos segundos, antes de que la nave enemiga pudiera reaccionar, una de ellas impactó contra su casco de madera, cortándolo hasta quedarse atascada dentro. Entonces, la cadena metálica que la unía al otro disco se tensó de golpe e hizo que este se dirigiera con rapidez hacia el mismo casco, clavándose con fuerza. Otra de las cuchillas hizo lo mismo en otro de los dirigibles, en su globo, pero no logró perforar la chapa de metal que lo protegía y, la tercera, falló el tiro y acabó perdiéndose en la distancia.
—Una pena que no pusiera metralla dentro… —masculló Amya para sí pues la había incluido en el diseño inicial pero después desechó al no ser necesaria para enfrentarse a los leviatanes.
—Bien hecho, hijo —le felicitó elevando la voz—. Tira el siguiente juego y carga más.
De inmediato, una tanda de tres cuchillas salió disparada desde la torreta donde Danko se encontraba. Esta vez tuvo más suerte. Una de ellas impactó de lleno contra el globo de uno de los zepelines, perforando la placa de metal y, cuando la segunda cuchilla fue directa hacia la primera, chocó contra ella percutiéndola más adentro, haciéndola atravesar del todo el escudo y clavarse en el globo, el cual comenzó a perder presión en un súbito estallido. Como se trataba del mismo modelo que usaba Amya, con varios compartimentos estancos para el gas, ese agujero solo le quitaría un poco de altura; sin embargo, el gas presurizado que salía de la fuga provocó que el dirigible quedara fuera de control, se dirigiera hacia la derecha a toda velocidad y chocara contra uno de sus dos compañeros. Las dos enormes moles se balancearon por unos instantes en el aire, como si bailaran una danza cuyos pasos solo conocieran ellas, para acabar separándose en medio del crujido de sus tablas y la pérdida de las ametralladoras de sus bodegas, las cuales fueron arrancadas de sus soportes y cayeron junto con estos a la ciudad cercana. Además, en el choque, todas las bombas que tenían colocadas en los conductos y listas para ser encendidas y lanzadas se deslizaron de golpe por la rampa de salida, empujadas por el súbito desequilibrio de las naves. Una vez los dos colosos aéreos se hubieron separado, el dañado fue recuperando poco a poco el control, evitando de milagro estrellarse contra una de las torretas del ayuntamiento, la cual le disparó todas las ráfagas de ametralladora que pudo, agujereando su casco, arrancando trozos de madera y tornillos de unión, llegando incluso a perforar uno de los conductos de vapor. Entonces, el zepelín se dirigió hacia los campos. Buscaba aterrizar en un lugar donde a sus compañeros les fuera sencillo rescatarle.
Pero estos no estaban por la labor de ayudarle sino más bien de vengarle. Las otras dos naves, dañadas, así como la que estaba a la retaguardia de Amya, se dirigieron hacia esta, furiosas, disparando con sus ametralladoras hacia el globo del dirigible. Sus placas de metal, por el momento, lograron parar el impacto de las balas.
—Lucar, válvulas abiertas al 100%, ¡lo necesito todo!
El aludido se estremeció al notar la tensión en la voz de su capitana. Sabía que era el momento donde se la jugaban. Si la nave de detrás lograba cortarles la retirada, no llegarían a las murallas y todo habría sido un sacrificio vano. Además, vio que los restantes zepelines enemigos, dos en total, viraban para dirigirse también a por ellos. Tenía que reconocer que, la parte de enfadarlos, estaba saliendo a pedir de boca.
Amya viró el timón. Su rostro denotaba tanto concentración como un placer salvaje por estar dándolo todo. De inmediato, el dirigible se dirigió hacia arriba, en esa curva ascendente que la capitana había comenzado a trazar mientras iba a por los enemigos y su hijo disparaba. Al girar, la bodega de carga recibió de lleno los disparos de las ametralladoras, los cuales la dejaron destrozada. La otra nave, la que iba a por ellos desde atrás, apuntó tanto al globo como a la torreta en la cual estaba Danko. Las chapas metálicas absorbieron las primeras balas y, por suerte, las que iban a por el chico fallaron, excepto una ráfaga que impactó y resquebrajó la capa de polímero más externa pero fue parada por la fina capa de malla metálica que había entre las láminas de plástico.
De inmediato, Amya acabó de girar el timón y terminó su viraje, haciendo que la nave volara hacia las murallas y pasara por la izquierda de aquella que antes había estado a su retaguardia, sobrepasándola. El dirigible enemigo tuvo que virar bruscamente para no chocar contra sus aliados. Estos dos fueron a toda velocidad tras Amya, así como el par de naves que se habían acercado desde la distancia. Pero las murallas estaban cada vez más cerca y, en cuanto ambos zepelines estuvieron al alcance de las tenazas, sendos brazos mecánicos se desplegaron. Eran gigantescos. Agarraron a un dirigible por el casco y al otro por el globo, abollando su chapa y perforando las cámaras de vapor al cerrarse. A continuación, se retrajeron en un súbito movimiento y los estamparon con eficiencia contra unas plataformas con estacas afiladas y recubiertas de resina endurecida, las cuales estaban anexas a las bases de las tenazas.
Amya, cuya nave ya estaba al otro lado de las murallas, asintió al verlo. Esos brazos, con su sistema de muelles, vapor y engranajes, eran también obra suya. Un pequeño invento del que los de Ares II no habían tenido noticia.
—Bien hecho, capitana —la alabó Saerla por radio, eufórica por éxito de la maniobra—. Media vuelta y a por ellos —le indicó.
En medio de otra de esas sonrisas salvajes que a Lucar le hacían estremecerse cuando las veía, Amya dio las órdenes para virar y volver a encarar la batalla.
Siete
Los zepelines defensores, con la moral alta por la caída de las aeronaves enemigas, estaban recuperando terreno y perseguían a los dos últimos dirigibles que iban a por el Buena Suerte. De las tres aeronaves iniciales que peleaban contra Amya, dos habían sido presa de las tenazas y la tercera, la que había estado a la retaguardia, había tenido tiempo de girar y alejarse. Quedaban entonces tres naves en cada bando más las defensas de la empalizada. Pero antes de que pudieran comenzar a paladear el alivio de la supervivencia, las nubes oscuras de tormenta acabaron de cubrir el cielo y, con ellas, llegaron los nocturnos.
Como el ejército de bestias que eran ―letales, grandes, rápidas, fuertes y organizadas―, los nocturnos salieron de entre los árboles y galoparon hacia las murallas, con las afiladas garras retráctiles todavía escondidas en sus fundas de carne. Tanto Saerla como los soldados de los muros miraron hacia esos escasos centenares de metros despejados, donde el rubí y el negro de las escamas que cubrían a los nocturnos refulgían en la escasa claridad que brindaban las nubes. Y un temor, el miedo ancestral a la oscuridad, a lo desconocido, a los ojos rojos que acechan y a las garras que se clavan en la carne y la desgarran, recorrió a los defensores. Un temor que se desvaneció ante la voz firme y decidida de la mujer que los comandaba. Porque incluso en un planeta donde la fauna poseía un alto grado de inteligencia y era despiadada, el ser humano tenía recursos para luchar.
—Aquí Saerla —les dijo; aunque no había colono que no reconociera su voz—. Llegan los nocturnos pero estamos preparados. No nos mataron entonces y no lo harán ahora. Os prometo que de aquí no nos iremos hasta que no lleguen a buscarnos de la madre Tierra. Pensad en vuestras familias y no desfallezcáis. ¡Podemos con ellos! Así que girad las ametralladoras hacia las bestias, que los hombres les lancen el aceite ardiendo y las flechas de fuego. Dejad las tenazas contra los dirigibles y, capitanes de zepelines, sois tres contra tres: ¡a por ellos! Ares I no va a caer hoy mientras quede alguien vivo para defender sus murallas.
Estalló el caos. Si es que este no reinaba ya en la ciudad socavada por el humo, la metralla y las bombas. En los cielos, Amya y los demás dirigibles acorralaron a los enemigos en el centro, ya que estos habían aprendido y evitaban las murallas. En las empalizadas, las primeras bestias, las de mayor tamaño, impulsaban gruesos troncos rodando por delante de ellas, los cuales caían contra las estacas de la primera línea de defensa, el foso, y las doblaban. Los soldados concentraron contra estas criaturas el fuego de las ametralladoras. Sin embargo, a causa de su coraza natural de escamas, consiguieron pocas bajas. Unas cuantas cayeron, sí, y acabaron empaladas. Algo que a sus compañeras no parecía importarles, pues las utilizaban para correr y saltar sobre ellas. Era como si, al ver que las dos colonias alienígenas e invasoras combatían entre sí, los nocturnos hubieran decidido que era el momento de revindicar lo suyo, de un ataque masivo como nunca antes se había visto.
Los defensores, sin amedrentarse gracias a los altavoces que amplificaban las palabras de apoyo de su comandante, les echaban aceite en llamas; sin embargo, este resbalaba inocuo por sus escamas, solo les dañaba si acertaba en los ojos o en los belfos. Cuando llegaron a la empalizada, las bestias saltaron impulsadas por la carrera y clavaron sus garras en esta. Sus compañeras las usaron de apoyo para saltar más alto. Pese a las ametralladoras y al fuego, los humanos acabaron luchando cuerpo a cuerpo con ellas. Saerla ordenó que las tenazas fueran a por los nocturnos.
El impacto psicológico de los grandes brazos mecánicos agarrando a las bestias, aplastándolas pese a su armadura y luego lanzándolas contra sus propias filas con una fuerza capaz de derribar a varias por el suelo, empezó a hacer mella.
Sin embargo, la lucha estaba muy igualada y en el cuerpo a cuerpo los colonos tenían las de perder.
Ocho
―Amya, aquí Saerla. ¿Cómo vais? Cambio.
La capitana, desde la cabina de mando de su zepelín, agarró el comunicador para contestarle:
―Aquí Saerla. Casi los tenemos. Quedan dos. Cambio.
―Necesito tus discos contra las fieras. Vuelve a las murallas lo antes posible. Fin.
No era tan sencillo. Entendía la orden, que ella volviera porque era la que tenía el arma experimental. Sin embargo, los tres dirigibles enemigos se estaban comportando de manera extraña. Uno de ellos incluso había virado con brusquedad unos minutos antes para interceptar una ráfaga de balas de la torreta del ayuntamiento que iba dirigida a otra de las naves. Danko, por supuesto, había aprovechado para disparar con todo a ese zepelín, acabando de perforar las placas que protegían sus depósitos de vapor. Sus dos aliados habían hecho lo mismo, lanzándose a por el enemigo que estaba tocado. Era básico: concentrar el fuego en un mismo objetivo. Sin embargo, las dos naves enemigas restantes no habían intentado defenderlo; en vez de eso, se habían separado e iban hacia la muralla.
Amya, de inmediato, le había pedido más velocidad a Lucar y había comenzado a maniobrar para ir tras ellos.
―Danko, ametralladora mientras no peligren los edificios ―le había indicado.
Si las naves enemigas seguían volando por encima, no habría problema.
Entonces la dañada, la que había perdido el control debido a los depósitos de vapor perforados, a su súbita descompresión a través de múltiples agujeros de bala, había chocado de lleno contra la torre del ayuntamiento. Madera contra madera, metal y plástico, como una bola de demolición de la antigua Tierra. La estructura del zepelín se había hecho pedazos a la vez que se incrustaba en la torre y la destrozaba. El soldado que estaba allí, disparando la ametralladora, no tuvo tiempo de ponerse a cubierto y acabó con las piernas aplastadas por su propia arma e inconsciente por la viga que le golpeó la cabeza. El entramado que protegía al globo había acabado de reventarse y trozos de armadura metálica con pinchos habían salido disparados a presión en todas las direcciones. Los dos dirigibles aliados que estaban cerca recibieron varios impactos. Uno fue dañado en sus compartimentos de gas y tuvo que aterrizar para evitar estrellarse.
Fue entonces cuando la comandante le pidió ayuda contra las bestias. La capitana iría en cuanto pudiera, por supuesto; pero antes tenía que derribar esa nave.
Amya le ordenó al otro zepelín que la ayudara. Le resultaba sencillo ponerse en la mente de sus enemigos, quienes se habrían dado cuenta de que habían perdido y estarían buscando un modo de huir. En un principio, había sido fácil acorralarlos contra la torre porque ellos no sabían en qué parte de las murallas podría haber más brazos mecánicos. Considerando que eran una defensa contra los nocturnos, lo normal sería que supusieran que cubrían todo el perímetro. Ahora, no les quedaba más remedio que jugársela para salir de allí. Y si era tan importante que huyeran, seguramente uno de sus líderes estaba en la nave a la que habían protegido. No llevaba ningún distintivo, pero la capitana tenía la corazonada de que allí dentro había alguien a quien Saerla querría.
Por eso su zepelín estaba yendo a toda velocidad contra los enemigos y su aliado, siguiendo sus instrucciones, estaba ganando altura a la vez que se separaba por un flanco. El motivo era sencillo: si los enemigos querían escapar, la manera más rápida de hacerlo era mantener la altura y destinar todo el vapor que producía la caldera a las turbinas para ganar velocidad. Sin embargo, para evitar a las tenazas tendrían que elevarse antes de llegar a la muralla. La nave que Amya sospechaba que llevaba a su líder sería la que primero ganaría altura mientras que la otra la cubriría. El punto de las murallas que habían elegido para salir era uno que, situado entre el precipicio de rocas y el bosque, no tenía demasiados defensores. Como Amya les perseguía en línea recta, imaginaba que ellos confiarían en quitársela de encima cuando de repente destinaran el vapor para los compartimentos de su globo, ganando así altura. Por eso la capitana le había pedido ayuda al otro zepelín: para que cuando eso ocurriera los interceptara. Por supuesto, el enemigo tenía que estar viendo su trayectoria. Estaba deseando ver cómo respondía. Por ahora las balas fallaban o rebotaban contra sus placas, no logrando causar ningún daño serio. Aunque pasaban a distancia de tiro desde los tejados, no había allí ningún tirador apostado, pues todos estaban ayudando en las murallas. Las naves de Ares II no contestaban al fuego. Considerando que la munición pesaba y que también habían cargado bombas, seguramente se habrían quedado sin balas. En cuanto a Danko, tampoco tenía demasiadas. Estaba concentrando sus ráfagas en una zona concreta del globo enemigo, intentando perforar el metal que lo protegía.
El tiempo pasaba y cada vez estaban más cerca de los muros que limitaban la ciudad y tan solo una de las dos naves enemigas estaba comenzando a elevarse. Si la otra no empezaba pronto, no solo no iba a poder esquivar las tenazas sino que iba a estrellarse contra la muralla. ¿Por qué no subía?
Entonces la capitana lo supo. Fue una dura certeza que se instaló en la boca de su estómago y que tuvo que contener para no perderse en el horror de lo que pretendían. Porque una cosa era asaltar una ciudad para saquearla y otra estrellar a tus subordinados contra su muralla para que las bestias hicieran el trabajo sucio y acabaran con toda vida humana. Esas dos naves, bombarderas, debían de tener todavía cargas explosivas en su bodega. Si una chocaba… Si chocaba una, gran parte del muro saltaría por los aires y Ares I sería incapaz de contener a la marea de bestias.
No dudó.
―Danko, hay que derribar la nave de la izquierda como sea. Le quedan bombas y va a estrellarse.
Al tiempo que lo decía, podía ver cómo la otra nave comenzaba a elevar la parte delantera de su globo, para ponerse en diagonal. Su hijo cambió el objetivo y apuntó a la bodega de carga. Si lograba hacer que estallara lejos de los muros, dañaría la ciudad pero sus defensas seguirían intactas. Dejó de escatimar la poca munición que le quedaba.
―Amya, aquí Saerla. Tienes que venir, te necesitamos. Cambio ―le llegó la transmisión y la ignoró.
Lo que tenía delante era más urgente.
Algunas de las balas de las ráfagas que estaba disparando Danko se clavaron en la gruesa madera reforzada de la bodega de carga, sin conseguir atravesarla. No iban a lograrlo. Entonces, ante su mirada incrédula, la nave perdió velocidad y comenzó a ganar altura. ¿Qué era eso? ¿Habían cerrado las válvulas que iban a las turbinas? ¿Desviado el vapor al circuito del globo? No tenía sentido. Parecía que hubieran cambiado de idea, o se hubieran arrepentido. Entonces le llegó una transmisión entrante en la frecuencia que ellos utilizaban.
—Aquí el capitán de la nave Leviatán de Ares II. No disparen. Nos rendimos. No puedo obedecer mis órdenes. Renuncio a mi cargo y nos rendimos. Repito, no disparen. Nos rendimos. Cambio.
—Puesto de la muralla sur, aquí la capitana Amya. Apunten las tenazas al globo de la nave de vuestra izquierda. Es importante que la detengan. Cambio.
—Recibido. Cambio y fin.
Los segundos pasaron a cámara lenta. La supuesta nave kamikaze fue ganando altura a vez que bajaba su velocidad. Por poco, pero logró pasar por encima del muro. Al mismo tiempo el otro zepelín enemigo, al darse cuenta de lo que ocurría, dejó de buscar el plano inclinado que lo habría expuesto menos a la onda expansiva de la explosión e intentó ganar la mayor altura posible. No lo logró. Las tenazas lo agarraron por el globo cuando se acercaba a la muralla, abollando la chapa y perforando sus cámaras. La otra nave sobrevoló los muros y dio media vuelta. No iba a aterrizar en medio de la marea de bestias. Por ello, lo hizo dentro de la ciudad, en los campos.
Mientras se disculpaba con Saerla por el retraso y le informaba de que ya estaba en camino, vio cómo los soldados asaltaban la nave que las tenazas habían estampado contra los pinchos. Minutos después, mientras ayudaba con las cuchillas en la zona donde peor llevaban el ataque de las bestias, le llegó una comunicación del puesto en la muralla. Como había imaginado, el que había dado la orden al Leviatán había sido su comandante en persona. Lo esperaba, pero no por ello era menos triste o decepcionante. Sin embargo, estaba en plena batalla; no podía distraerse. Se centró. Necesitaban sobrevivir a ese funesto día.
Nueve
Saerla, tras ordenarle a Amya que volviera para lanzar sus discos contra las fieras, soltó el comunicador de la radio. Con su abrigo de cuero, que le servía de poco frente a las afiladas garras enemigas, abandonó el parapeto de una ametralladora en el que se había refugiado, agarró una pica y saltó al cercano y estrecho pasillo donde comenzó a pelear junto a sus hombres. Los fusiles de poco servían ahora contra los nocturnos; si intentaban golpearles con ellos no lograban nada a causa del gran peso de las bestias. Por eso, hacía años que habían diseñado unas picas con dos puntas en uno de sus extremos, de tal manera que, si les paraban una, la otra entraba en la carne metiéndose entre dos escamas. Además, estaban hechas de una aleación que hacía que la pica aguantara sin romperse cuando la criatura intentaba liberarse.
Durante unos interminables minutos, Saerla y sus hombres vendieron caras sus vidas. Cada vez caían más de los suyos frente a las bestias, muchas de las cuales comenzaron a sobrepasarlos y a saltar al otro lado de los muros, buscando a supervivientes entre los escombros. Sin embargo, las tenazas, las cuchillas de Amya y las bombas de los otros dos zepelines que les quedaban operativos tras vencer a los atacantes aéreos, acabaron por volver las tornas al lado de los colonos. Consiguieron parar la marea de bestias hasta que estas, al verse diezmadas, de repente dieron media vuelta y desaparecieron hacia el bosque como si fueran una sola mente; o quizás como si estuvieran conectadas de algún modo con sus líderes y estos hubieran ordenado la retirada. Las nubes todavía cubrían los cielos.
Saerla se apartó de la cara unos mechones apelmazados en sudor y sangre. Se apoyó sobre su pica y miró al frente. Los nocturnos huían tan rápido como habían llegado. El foso estaba roto y lleno de troncos y animales caídos. Trozos arrancados de carne y escamas alfombraban el suelo allí donde sus bombas habían detonado. La tristeza la invadió: podían vencer a las bestias pero ellas siempre volvían.
Entonces se dio la vuelta y miró hacia su ciudad: Montones de edificios destruidos por las explosiones, calles desiertas y bloqueadas por escombros... Los campos de cultivo y las ganaderías eran de lo poco que quedaba intacto. Incluso el ayuntamiento se había derrumbado.
Una gota salada se escapó, rodó por su mejilla y Saerla la dejó bajar. No le importaba que su gente la viera. Llevaba demasiados años haciéndose la fuerte y estaba cansada; además hoy era un día de pérdidas. Varias lágrimas más acompañaron a la primera. Uno de los soldados que había luchado a su lado se atrevió a colocar una mano en su hombro, brindándole su apoyo. La comandante no la apartó, ni le reprendió. En vez de eso continuó con su llanto silencioso por todas las vidas humanas que se habían perdido. Lloraba incluso por las naves y los recursos, pues los necesitaban para sobrevivir contra los nocturnos y los habían derrochado en una vana pelea entre hermanos.
Entonces la sombra de un zepelín cayó sobre ella. Dos soldados se apresuraron a anclar las cuerdas de amarre y, pocos minutos después, Amya estaba en frente suyo, feliz.
—Comandante, tengo un regalo para usted: El comandante de Ares II. Lo hemos encontrado en una de las naves derribadas y está deseando confesarlo todo. Estoy segura de que con la motivación adecuada nos rendirá su ciudad y sus recursos.
—Gracias, Amya. —Se obligó a sonreírle.
—Comandante —le dijo la capitana al notar su tono—, no esté triste. Hemos ganado. Como usted dijo, hoy no hemos caído. Y no se preocupe, que he mandado a Danko a los sótanos y están todos a salvo. Ahora solo tenemos que asegurarnos de que esto no se repita.
—Volverán —se refirió a las bestias.
—Puede, pero tardarán años. ¿No lo ve, comandante? Este ha sido el ataque más masivo de los nocturnos y no han podido con nosotros. Los hemos diezmado. Antes nunca habían huido así. Quizás hasta acabemos por poder hacer un lugar seguro de este maldito planeta.
De repente Saerla comenzó a sonreír de verdad. Fue como si las nubes cerradas del cielo se abrieran de golpe para ella. Porque, enfrascada en el drama de la lucha interna, de ser humano contra ser humano, no se había dado cuenta de lo que significaba la gran batalla que le acababan de ganar al enemigo.
—Tienes razón, Amya… Te prometo una cosa, en cuanto arreglemos los desperfectos de las murallas y reconstruyamos, habrá que declarar unos cuantos días festivos.
—¿No lo oye?
Saerla miró hacia donde le señalaba la capitana. La gente estaba saliendo de los sótanos y gritaban su nombre. Los hombres a su alrededor se unieron a los vítores. La comandante se ruborizó. Tenían razón. Hoy habían demostrado algo importante, tanto a sí mismos como al planeta. Ahora tan solo le quedaba tender una mano amiga a la ciudad hermana, cambiar al comandante al cargo y demostrarles que la paz entre ellos era el único modo que pensaba aceptar si iba a continuar peleando por algo más que la mera supervivencia.
Diez
Mi querido esposo,
Hoy es diferente, hoy tengo buenas noticias, hoy si pudiera iría a buscarte para llevarte este correo aunque fuera a las mismas puertas del jodido infierno. Porque por fin tengo un motivo para animar a mi gente, para decirles que podemos hacerlo. Porque este es el día en el que comienzo a creérmelo.
Hemos sobrevivido a una batalla contra los nocturnos y nuestros hermanos. Ha sido duro. Me ha recordado esa primera batalla contra las bestias, donde vencimos a duras penas y tú y yo nos besamos y abrazamos, felices de continuar vivos.
(Cómo te echo de menos, mi Adrian…)
Nuestra gente es fuerte. Se enfrenta a la muerte de sus hombres y mujeres con una entereza que no teníamos cuando llegamos. Puede que la ilusión de colonizar un mundo nuevo se desvaneciera cuando sufrimos los primeros ataques; pero esta noche me he dado cuenta de algo más: podemos vencerlos. Tal y como domamos a los leviatanes aéreos podremos con las bestias nocturnas.
No me malinterpretes, no me siento orgullosa de haber tenido que pelear contra Darus. O de haberlo ejecutado junto con los tres oficiales que lo respaldaban. Como imagino que él estaría haciendo de haber logrado su objetivo, yo también cargaré con el peso de mis decisiones.
Solo es que por difícil que me pareciera, hemos sobrevivido. Las bestias nos han atacado en el peor momento posible y les hemos ganado. Por eso tengo fe. Por primera vez desde que te perdí tengo fe. Quizás ya no sea cuestión de mantener esta colonia con vida hasta que vengan a rescatarnos de la Tierra, a la vez que pienso que es imposible que continuemos vivos durante ocho generaciones. Mi querido Adrián… hoy voy a imaginar que tus ojos eran verdes, para perderme en ellos mientras te escribo, porque por fin creo en un mañana. ¿Sabes? A lo mejor, dentro de varios siglos, cuando lleguen se encontrarán con una tierra próspera y completamente colonizada.
Hasta entonces, mi querido esposo, hasta el día en el que dejen de necesitarme y pase el testigo a otro nuevo líder (el hijo de Amya promete), seguiré mandando nocturnos al infierno, para que acompañen con sus cuerpos a tu muerte.
Siempre tuya,
Saerla.