Diagnóstico. Mascaba la palabra lentamente, con asco, sin atreverse a pronunciarla en voz alta por miedo a vomitar.
¿Qué significaban esas letras unidas y escritas en un simple papel? Nada. Únicamente la opinión de una sola persona sobre su futuro. Estaba segura de que podría buscar a otro de esos admirables doctores y le daría una palabra nueva, oculta entre esas malditas letras.
Apenas se había alejado unos pasos del centro médico. Caminaba despacio, ajena a todo lo que la rodeaba. La gran C, así, sin preámbulos ni palabras de consuelo, ni siquiera después. Tampoco es que las necesitase, supuso que eso, al menos, sí debía agradecérselo. Nada de paños calientes o gestos absurdos vacíos de sentido y sinceridad. Tan solo la gran C acompañada de una cifra formada de un solo número y ni siquiera cuantificable en años.
Se sentó en un banco y dejó que el sol le acariciase la piel. Si no se hubiese encontrado en mitad de una ciudad abarrotada de coches y humo, habría dejado que lo que la rodeaba atravesase su coraza para disfrutar del aire, del sonido de los pájaros…, pero como no sería así, se mantuvo sola en su aislamiento.
Dejó que su mano recorriese una de las tablas gastadas hasta encontrar un suave desnivel, una pequeña protuberancia. La acarició y rascó hasta conseguir convertirla en una fina astilla pintada de blanco. La observó atentamente mientras sacaba el móvil del bolso. No pensaba atender la llamada, pero odiaba la vibración constante acosándola, exigiéndole contestar. Miró brevemente la pantalla antes de silenciarlo; su madre. No se permitió pensar en ella, no sabía qué decirle, era de las que se tomaban muy en serio cualquier diagnóstico, sin importar de qué clase, incluso el de una vecina o una revista rosa serían suficiente para tenerlos en consideración.
La imagen de su abuela se presentó nítida ante ella. Había fallecido el año anterior. Fue un acontecimiento en su familia, aunque tuvo que reconocer que no cargado de pena y lágrimas. Nunca había sido una mujer cariñosa. Su mirada siempre era dura, recriminatoria, tan solo ligeramente más piadosa si se trataba de un niño. Siempre rodeada de frascos y vasos de cristal en los que guardaba sus pócimas y remedios. Esos que se suponía alejaban el mal de ojo de los suyos. Era la bruja de la familia, del viejo pueblo en realidad. Aunque nadie se atreviese a llamarla así en voz alta, todos acudían en busca de sus remedios. Cuando murió, pensó que cada vez la separaban menos barreras de la muerte. Aún le quedaba su madre y después le tocaría a ella. Al parecer se había equivocado y su madre se quedaría sola, rodeada de vacío.
Su niña… Su niña aún era muy pequeña para entender nada. Superaría la falta de una madre apática como ella. El cariño de su padre sería suficiente, ya lo era. Podía ver la sonrisa que iluminaba su pequeña carita redonda cuando iba a buscarla para llevársela el fin de semana. Por suerte, tuvo la afortunada idea de adelantar la recogida un día y no tendría que tenerla en brazos al volver a casa, con esa enorme C suspendida sobre su cabeza. No quería aquella letra sobre su pequeña.
Se levantó, guardó el pequeño trozo de madera en el bolsillo, sacó las llaves del coche y sintió un ligero pinchazo. Observó su mano con curiosidad. Allí estaba la astilla, clavada, sobresaliendo con arrogancia de su dedo índice. La sacó con cuidado y la devolvió al bolsillo. La voz de su abuela aprobó inmediatamente su decisión de no deshacerse de ella.
«No dejes tu sangre abandonada».
—Una ayuda, por favor…
La mujer la miraba desde el suelo, sentada ante un amplio repertorio de mantas raídas y viejas, con un recipiente de plástico a sus pies. Decidió que sí, que podía permitirse dejar unas monedas dentro. A fin de cuentas, no todos los días se recibía una gran C. Metió de nuevo la mano en el bolsillo y rebuscó hasta encontrar las dos monedas que sabía tenía en su interior. Se disponía a dejarlas caer cuando la mujer adelantó la mano para cogerlas y sintió el contacto de su piel rugosa y dura.
—¡Au!
Frunció el ceño ante el inesperado aullido. La mujer se miraba la mano donde una solitaria gota roja las contemplaba a ambas. Dos monedas manchadas de sangre en la palma de ella y una pequeña astilla en la suya.
—Um… Lo siento —musitó.
—Bah, es igual —respondió la mujer chupándose el dedo y evaluando el interés de las monedas. Decidió que era suficiente y sonrió, guardándolas entre los pliegues de su grueso y desgastado abrigo.
No volvió a mirarla, guardó la astilla en el bolsillo y caminó hacia su coche dispuesta a volver a casa.
Cerró la puerta tras de sí, sin estar del todo segura de qué camino había elegido para volver. Condujo sin prestar atención, dejándose llevar por la familiaridad de la rutina.
Mientras observaba un cuento de tela de su pequeña abandonado en el pasillo, dejó que el silencio de la casa la rodease y se sorprendió al levantar la mano para tocarse la mejilla y recoger una gruesa lágrima. No había sido consciente de que estaba llorando, ¿en qué momento había empezado a hacerlo? Supuso que ni siquiera ella, tan dura y realista, fría y práctica, podía ignorar esa gran C que la acompañaba desde que había salido del médico. Iba a morir y sabía, además, que sería pronto. Tenía muchas cosas que hacer, debía prepararlo todo para que cuando llegase el momento nadie tuviese que decidir nada por ella.
El móvil vibró de nuevo en el bolsillo, esta vez lo cogería, ya sabía con quién tendría que hablar si decidía contestar y no era ninguna cobarde. No tenía sentido alargarlo.
—Hola, mamá —respondió con voz apagada.
—Hola, cariño. Te he llamado antes, ¿cómo estás? Hoy tenías médico, ¿verdad? ¿Qué te han dicho? Si es que no te cuidas, es normal que al final acabes cayendo enferma…
Desconectó por un momento, la voz de su madre podía hacerle eso, obligarla a ausentarse de la realidad. Era demasiado intensa, rápida, curiosa, llena de un miedo mal disimulado. Exactamente igual que su propietaria. La voz que escuchaba en ese momento y su poseedora, exigían una respuesta que en realidad no querían oír.
—Y bien. ¿Hija?
—Sí, estoy aquí.
—¿Y?
—¿Y?
—¿Qué te ha dicho el médico?
«Miente. No le digas nada, vamos a arreglarlo».
—¿Cómo?
«Que le mientas, niña. No seas tan simple que en mi familia no hay mujeres tontas. Ya me has entendido».
La voz de su abuela, clara y real, diciéndole qué debía hacer. ¿Sería una alucinación debido a la enfermedad? Tal vez… ¿estrés?
—¿Qué dices, hija?
—¿Qué? Nada, mamá. Nada —respondió—. Todo bien. Solo una leve anemia.
—Si es que te lo he dicho. Te lo digo todos los días. Tienes que cuidarte más. ¿Ya comes?
—Poco —reconoció a pesar de ser cierto solo a medias.
—Tienes que comer, cariño…
—Mamá, te tengo que dejar, estoy liada.
—¿Vas a hacer una hoguera de los deseos con la niña?
—¿Qué?
—Ay, hija, de verdad… Si tu abuela estuviese aquí ya te habría cantado las cuarenta. A veces parece mentira que seas de nuestra misma sangre.
Se separó del teléfono para mirarlo como si tuviese ante ella un mono verde vestido de payaso. ¿Aquella era su madre? ¿En qué parte de la conversación se había perdido? Y aún más importante, ¿de qué estaba hablando?, ¿acaso se estaba volviendo senil y tenía que ser justo ese el día en el que la enfermedad se diese a conocer?
—Hija, que si lo tienes todo preparado para la hoguera de esta noche.
—¿Qué hoguera, mamá? No sé de qué me estás hablando.
—Hoy es treinta y uno de octubre, hija. ¿De verdad se te había olvidado? ¿Ibas a dejar a mi nieta sin su hoguera de los deseos?
—Pues no me acordaba, pero vamos, que tu nieta no está en casa. Se fue ayer con su padre a pasar el fin de semana, así que no te preocupes.
—¿De verdad has dejado que se la lleve este fin de semana? ¿Acaso no te enseñamos nada? —El tono duro de su madre la llevó de vuelta a la realidad, haciendo que el resto de pensamientos se sumiesen en el silencio—. Eso no puede ser. Haz la hoguera sin ella.
—No me apetece salir, mamá. Ya no soy una cría. Quiero quedarme en casa a descansar y además, ¿eso no lo celebran solo los americanos? Y la hoguera, ¿no es en junio? Me parece que estás mezclando co…
—Cállate. Lo prepararás todo en casa, no hay necesidad de que salgas. De hecho, es preferible que lo hagas así.
—No voy a hacer nada —contestó—. No tengo ganas de tonterías, la verdad.
—Te he dicho que te calles. No puedo ir, si no lo haría yo misma, pero esta noche cada una hemos de ocuparnos de nuestra casa, de nuestros asuntos. Siempre ha sido así y así ha de continuar siendo.
—Pero ¿qué tonterías estás diciendo? Yo nunca he hecho nada de eso…
—Porque lo hacíamos tu abuela y yo; ahora que ella no está, tendrás que ser tú la que ocupe su lugar. Hay mucho que hacer y veo que no estás preparada.
—¿Preparada para qué?
—Para alejar los malos deseos y maldiciones de nuestra casa. De los nuestros. Es esencial que esta noche te ocupes de que tu hija esté segura un año más. Creo que yo podré hacerme cargo del resto de la familia…
—Mamá, no sé de qué…
—Cállate. Por una vez, mantén esa boca tuya cerrada, escucha lo que te voy a decir y lo escribes en un papel.
—Pero ¿qué coño?
—Lo primero es sanarte —la cortó su madre—. Después, te ocuparás de que a mi nieta no le ocurra nada malo los próximos trescientos sesenta y cinco días. ¿Me has entendido?
—Sí… —contestó mientras cogía un lápiz del bote que tenía junto al ordenador. En cuanto su madre comenzó, empezó a escribir cada una de sus palabras. Para ella nada de aquello tenía ningún sentido, pero algo en su interior le decía que debía hacerlo.
—¿Lo tienes todo?
—Sí, ¿quieres que te lo repita?
—No hace falta que vuelvas a escribirlo, no tiene que estar en un papel especial o escrito con nada en concreto, tan solo tendrás que meterlo dentro del fuego. Con eso será suficiente. En cuanto a tu anemia, solo tienes que escribir lo que quieras que desaparezca y manchar el papel con tu sangre. Después, échalo al fuego junto al conjuro. ¿Has entendido?
—Sí.
—¿Segura?
—Que sí, mamá. No soy una niña. Te he entendido.
—Bien. No te olvides de manchar el papel con un poco de sangre. No hace falta que te cortes media mano, unas gotas bastarán. Solo puedes deshacerte de una cosa, así que, si hay algo más gordo que no me has contado, usa esta noche para librarte de ello.
—Yo…
—No quiero saberlo, hija. Solo hazlo.
—Sí…
—Mañana por la mañana te haré una visita, hace mucho tiempo que no nos vemos y vivimos como quien dice en la misma calle. —Y así, su madre había vuelto a ser la de siempre.
—¿Mamá?
—¿Sí?
—¿Sirve para cualquier cosa?
—¿Cómo?
—Lo del papel, ¿sirve para cualquier cosa?
—Sí —respondió su madre cortante, molesta por el cambio de tema, como si ya se hubiese dicho todo al respecto.
—Vale, yo…
—Mañana nos vemos, hija. Que pases buena noche. —Y colgó y la dejó con la palabra en la boca, sin saber qué hacer a continuación.
—Veamos… —dijo revolviendo entre los papeles que tenía sobre el escritorio—. Este servirá.
Dejó un arrugado folio blanco junto al post-it que había usado para apuntar el conjuro de su familia y fue a la cocina en busca de un mechero y del recipiente adecuado para encender un pequeño fuego. A pesar de lo extraño que era todo, en ningún momento se planteó no hacerlo. Las palabras de su madre le habían hecho acordarse de algunas de las conversaciones que había tenido con su abuela, la mayoría cuando apenas era una niña. Debería continuar con su legado, de la misma manera que ella se había encargado de mantenerlo vivo cuando llegó el momento.
El día dio paso al ocaso y por fin se sintió lista para llevar a cabo su misión. Había pensado mucho durante todas esas horas. Si tan importante era para su madre, tendría que haberle dicho que aquel sería su primer y último año, que tendría que ocuparse ella sola de proteger a toda la familia.
«Ya es suficiente». De nuevo la voz de su abuela, haciéndola sentir pequeña. «El año que viene continuarás aquí, tu madre ya te ha explicado qué hacer».
—¡Esto es absurdo! —gritó a la soledad de la habitación—. ¿De verdad espero que quemar un puto papel sea suficiente para acabar con un cáncer?
«No, claro que no. Necesitas hacer más. Necesitas entregárselo a otro».
—¿Qué? —Se estaba volviendo loca, pero no le importaba. Si había alguna manera de mantenerse viva un año más, de estar al lado de su pequeña, de vivir, lo haría—. ¿Qué es lo que tengo que hacer, abuela?
«Necesitas la sangre de otra persona».
—Pero no tengo…
«De nuevo hablas cuando deberías permanecer callada. Piensa. Claro que la tienes, aquí mismo».
—¡La mendiga! —exclamó corriendo hacia la chaqueta colgada del perchero—. ¡Aquí está! Y ahora, ¿qué he de hacer?
«Envuelve la astilla con vuestra sangre en el papel. Con eso será suficiente».
—Ya está. Pero…, ¿y después?
La voz de su abuela permaneció en silencio. No tenía sentido que contestase una pregunta cuya respuesta conocían ambas.
Intentó pensar, dudar sobre la decisión que ya había tomado en apenas un minuto. Se dijo que lo había hecho, que había meditado sobre ello en profundidad, que era algo difícil y que no sería humano no sentirse en una encrucijada. Pero nada de eso era cierto. No había existido ninguna duda ni nada sobre lo que meditar, porque su sangre había decidido mucho antes de que fingiese dejarse guiar por unos principios que, en ese momento, no tenía. Claro que iba a cambiar su escaso tiempo de vida por el de aquella mujer indigente. No había ninguna duda sobrevolando sobre su cabeza, ni un alma dolida y escandalizada por lo que estaba a punto de hacer. Sí, dejaría que esa gran C pasase a formar parte del nombre de esa mujer a la que no conocía. No había ningún impedimento moral que amenazase con atormentarle los futuros años robados que tenía ahora por delante. Iba a dejar, a forzar, que otra mujer muriese en su lugar y pensaba disfrutar de su vida junto a su hija sin pensar en ella ni un segundo más de lo necesario.
Observó arder el papel en silencio, convertirse en cenizas junto a la astilla y esas palabras mágicas y desconocidas que sabía le habían cambiado la vida. No ocurrió nada especial. No hubo grandes llamaradas de colores vivos y chispeantes, no hubo sonidos fantasmales ni objetos cayendo de las estanterías o ventanas que se cerrasen sin motivo. Nada. Solo un breve y súbito arranque de fuego naranja y humo blanco llenando la cocina y dispersándose después por el resto de la casa.
—Y ahora, ¿qué? —Su voz, seca y áspera, ocupó el lugar que el humo había dejado libre—. Dime, abuela, ¿qué tengo que hacer ahora?
Silencio.
—Ya, supongo que nada. O tal vez sí y tengo que averiguarlo yo sola, ¿no? Eso es muy de tu estilo, ahora que lo pienso.
Silencio.
—Para empezar, creo que me iré a la cama. Estoy cansada, acabo de superar un cáncer, ¿no? Es agotador —dijo con ironía.
«Respeta a los muertos. Tu madre no te enseñó a comportarte así».
—¿Ah, no? —replicó con una sonrisa cansada—. ¿Y qué sabes tú de lo que me ha enseñado mi madre?
«Porque antes la enseñé yo a ella y sé que eso lo hice bien».
Silencio de nuevo. Por parte de ambas.
«Volverás a ver a esa mujer. Verás la muerte en sus ojos y te quedarás con parte de su sufrimiento…».
—No pienso hacer eso.
«Lo harás. Y lo repetirás con cada nuevo conjuro», continuó haciendo caso omiso de las palabras de su nieta. «Su muerte y sufrimiento se volverá brea negra en tu alma y cuando esté llena, me acompañarás en un castigo eterno. La sangre se cobra sus deudas».
Permaneció en silencio, valorando una réplica; al fin y al cabo, nadie le había avisado de las consecuencias. Pero no lo hizo, porque la decisión ni siquiera había sido tal, no hubo nada que pensar o valorar. Arrebataría esa y cualquier otra vida en cualquier momento. Aceptaría su castigo. Una visión repentina le arrancó el aire y la obligó a sentarse. No había fuego ni demonios de largos cuernos. Pero sí almas sufriendo, agonizando en silencio, casi invisibles, devoradas por el dolor y el miedo. Eso era lo que la esperaba, no necesitaba ninguna explicación, estaba segura de que era uno de los regalos de su abuela, que desde algún lugar la observaba y esperaba su reacción. ¿Qué haría su nieta en el futuro? ¿Se arrepentiría de su decisión y dejaría que el próximo año la enfermedad siguiese su curso?
—Continuar —declaró con la voz firme, sin asomo de duda.
Esperó una reacción. Nada, solo silencio y oscuridad.
—Al fin y al cabo —continuó con una promesa de sonrisa en los labios—, puedo ser inmortal, ¿no? Solo he de desearlo cada treinta y uno de octubre y así será. No existirá ningún remordimiento llenando mi alma.
Se sentía triunfante. Aquellas imágenes inquietantes apenas habían conseguido afectarla. Si lo que buscaba quien fuese que se las hubiese mostrado era asustarla, desde luego no lo había conseguido. ¿Qué había de temer de un castigo que no llegaría nunca?
«Puede que sí seas una estúpida. Dime, querida nieta: ¿por qué te hablo desde el infierno?».