Ikeda Kunaishoyu era el señor de la provincia de Inaba. Entre sus sirvientes había dos, Watanabe Yukiye y Kawai Matazayemon, que compartían una gran amistad y solían hacerse visitas frecuentemente. Un día, Yukiye estaba conversando con Matazayemon en casa de este último cuando, de repente, una espada llamó su atención.
—Dime, ¿cómo has conseguido esa espada? —le preguntó, sorprendido.
—Bueno, como sabes, cuando el señor Ikeda luchó en Nagakude junto a Tokugawa Ieyasu, mi padre formó parte de su ejército. Consiguió esa espada en la batalla de Nagakude.
—Mi padre también estuvo allí. Murió en la batalla y esa espada, que era una reliquia que había estado en nuestra familia muchas generaciones, se perdió en ese momento. Como tiene un gran valor para mí, me gustaría que, si no la aprecias especialmente, fueras tan amable de devolvérmela.
—Somos amigos, y no puedo menos que hacer lo que me pides. Por favor, cógela.
Yukide, agradecido, cogió la espada y, después de llevarla a casa, la guardó cuidadosamente.
A principios del año siguiente Matazayemon enfermó y murió. Yukiye, profundamente dolido por la muerte de su buen amigo y ansioso por devolverle el favor que le había hecho con el asunto de la espada de su padre, se comportó muy amablemente con el hijo del fallecido, un joven de veintidós años llamado Matagoro.
Aquel Matagoro era un joven mezquino que codiciaba la espada que su padre había entregado a Yukiye y que se quejaba públicamente a menudo de que este último nunca le había correspondido con ningún regalo; de este modo, la mala fama de hombre tacaño y ruin de Yukide llegó hasta la corte.
Pero Yukide tenía un hijo llamado Kazuma, de dieciséis años, que servía como paje en el castillo. Una noche, mientras conversaba con otro de los pajes, este le dijo:
—Matagoro está diciendo a todo el mundo que tu padre aceptó una valiosa espada del suyo, y que nunca le hizo ningún regalo a cambio. La gente está empezando a murmurar al respecto.
—Es cierto —contestó el chico—. El padre de Matagoro regaló esa espada a mi padre como prueba de su amistad y buena voluntad. Como consideró que sería un insulto enviar dinero a cambio, mi padre le devolvió el favor actuando a favor de Matagoro. Supongo que él hubiera preferido dinero.
Cuando Kazuma terminó su servicio, regresó a casa y fue a la habitación de su padre para contarle los rumores que se estaban extendiendo por el palacio y para suplicarle que enviara dinero a Matagoro como regalo.
—Eres demasiado joven para comprender lo que es correcto hacer en estos casos —le contestó Yukiye, después de reflexionar un poco—. El padre de Matagoro y yo éramos muy amigos; cuando generosamente me devolvió la espada de mis ancestros, pensé en recompensar su amabilidad tras su muerte ayudando a su hijo Matagoro. Lo más fácil sería poner fin a este asunto enviando dinero, pero prefiero devolver la espada antes que deber algo a ese chico tan grosero que no conoce las normas que regulan los tratos de los hombres decentes.
Yukiye, enfadado, llevó la espada a casa de Matagoro.
—He venido a tu casa esta noche sin otro propósito que devolverte la espada que tu padre me dio —dijo, y colocó la espada ante Matagoro.
—Espero que no me ofendas al devolverme un regalo que mi padre te hizo —le contestó el joven.
—Entre la gente de buena cuna —dijo Yukiye, riéndose con desdén—, se acostumbra a responder a los regalos con amabilidad, en primer lugar, y después con un regalo adecuado ofrecido por voluntad propia. Pero no tiene sentido hablarte de estas cosas a ti, que ignoras los principios básicos de la gente de bien. Te devuelvo la espada.
Mientras Yukiye amonestaba de este modo a Matagoro, este último se enfadó mucho y, como era un rufián, habría matado a Yukiye en el punto. Pero Yukiye, a pesar de ser viejo, era muy diestro con la espada, por lo que Matagoro decidió esperar hasta que pudiera atacarlo por la espalda. Sin sospechar nada, Yukiye se dispuso a regresar a casa y Matagoro, simulando que iba a acompañarlo hasta la puerta, se colocó detrás de él con la espada desenvainada y le hirió el hombro. El anciano se giró, desenvainó y se defendió pero, tras la grave herida que había recibido en el primer golpe, se desmayó por la pérdida de sangre y Matagoro lo asesinó.
La madre de Matagoro apareció, alertada por el ruido; cuando vio lo que había pasado, se asustó.
—¿Qué has hecho? Eres un asesino, y te condenarán a muerte. ¡Lo que has hecho es terrible!
—Lo he matado; ya no puedo hacer nada. Venga, madre, huyamos juntos de esta casa antes de que el asunto se sepa.
—Vete y busca la ayuda del hatamoto Abe Shirogoro, que es mi hijo adoptivo; yo te seguiré más tarde. Será mejor que le pidas protección y que permanezcas escondido.
De este modo, la anciana mujer convenció a su hijo de que escapara, y lo envió al castillo de Shirogoro.
Resultó que, en aquella época, los hatamoto se habían unido contra los poderosos daimios. Abe Shirogoro, con otros dos nobles llamados Kondo Noborinosuke y Midzuno Jiurozayemon, lideraba aquel grupo. Los hombres a su servicio eran normalmente delincuentes que no tenían otro modo de ganarse la vida y a los que recibía y trataba amablemente sin hacer preguntas sobre sus pasados. Por tanto, cuando el hijo de su madre adoptiva le pidió asilo, lo aceptó y le garantizó que lo protegería de cualquier peligro. Llamó a sus aliados y les presentó a Matagoro.
—Este hombre es un sirviente de Ikeda Kunaishoyu que ha asesinado a un hombre llamado Watanabe Yukiye debido a una rencilla personal. Ha acudido a mí para pedir protección; la madre de este hombre me crio y, aunque quizá me equivoque, lo protegeré. Si Ikeda Kunaishoyu me exige que se lo entregue, confío en que todos vosotros me ayudaréis a defenderlo.
—¡Lo haremos de buen grado! —contestó Kondo Noborinosuke—. Los daimios nos han tratado con desprecio durante demasiado tiempo. ¡Si Ikeda Kunaishoyu reclama a este hombre, le mostraremos el poder de los hatamoto!
El resto aplaudieron unánimemente esta determinación y se prepararon para una resistencia armada en el caso de que Kunaishoyu exigiera la entrega de Matagoro, que permaneció como invitado de honor en casa de Abe Shirogoro.
La noche avanzaba, y Yukiye no volvía a casa. Watanabe Kazuma empezó a inquietarse y, cuando fue a casa de Matagoro a buscarlo, descubrió con horror que había sido asesinado. Se abrazó a su cuerpo, llorando, y entonces se le ocurrió que aquello era, seguramente, obra de Matagoro. Entró furiosamente en la casa, decidido a matar al asesino de su padre. Pero Matagoro ya había huido y solo encontró a su madre, que estaba preparándose para seguir a su hijo hasta la casa de Abe Shirogoro. Kazuma ató a la mujer y buscó inútilmente a su hijo por toda la casa. A continuación llevó a la mujer ante los señores del clan y les presentó todas las pruebas que poseía de que Matagoro había sido el asesino de su padre. Cuando se informó al príncipe del asunto, este se enfadó mucho y ordenó que la anciana fuera encarcelada hasta que se descubriera el paradero de su hijo. Kazuma enterró a su padre con una solemne ceremonia, y tanto él como su viuda lloraron su pérdida.
La noticia de que la madre de Matagoro había sido encarcelada por el crimen de su hijo llegó pronto a oídos de los hombres de Abe Shirogoro, que inmediatamente planearon su rescate. Enviaron al castillo a un mensajero, que, cuando se presentó ante el consejero del príncipe, dijo:
—Hemos sabido que, a consecuencia del asesinato de Yukiye, se ha encarcelado a la madre de Matagoro. Shirogoro, nuestro señor, ha arrestado al criminal y está dispuesto a entregároslo. Pero la madre no ha cometido ningún crimen, así que le rogamos que la libere: es la madre adoptiva de nuestro señor, que está dispuesto a interceder para salvarle la vida. Si accede a ponerla en libertad, nosotros, por nuestra parte, entregaremos al asesino. Haremos el intercambio mañana.
El consejero repitió este mensaje al príncipe que, complacido por que iba a poder proporcionar a Kazuma su venganza, aceptó la propuesta inmediatamente. El mensajero regresó triunfal ante el éxito del plan. Al día siguiente, el señor ordenó que un siervo llamado Sasawo Danyemon llevara a la madre de Matagoro hasta la residencia de los hatamoto.
—Se me ha ordenado que os entregue a la madre de Matagoro y, a cambio, estoy autorizado para recibir a su hijo —dijo Sasawo cuando llegó a la puerta de la residencia de Shirogoro.
—Te lo entregaremos inmediatamente pero, como madre e hijo no volverán a verse, te suplicamos que seas tan amable de esperar un poco.
Dicho esto, los sirvientes de Shirogoro condujeron a la anciana al interior de la casa de su señor y Sasawo Danyemon se quedó esperando fuera hasta que se impacientó y se atrevió a meter prisa a la gente del interior.
—Te damos las gracias —le contestaron, burlándose de él—. Has sido muy amable al traernos a la madre pero, como el hijo no va a poder irse contigo, será mejor que regreses a casa tan rápido como te sea posible. Sentimos haberte causado tantas molestias.
Cuando Danyemon descubrió que no solo lo habían engañado para que entregara a la anciana sino que se habían reído de él, enfureció y pensó en entrar a las bravas y llevarse a Matagoro y a su madre por la fuerza. Pero, al echar un vistazo al patio, vio que estaba lleno de hombres armados. No quería morir luchando una batalla que estaba pérdida de antemano, pero al mismo tiempo creía que presentarse ante su señor después de haber sido engañado de aquel modo sería una humillación. Por lo tanto, Sasawo Danyemon fue al lugar donde estaban enterrados sus ancestros y se suicidó frente a sus tumbas.
Cuando el señor se enteró de cómo había sido tratado su mensajero enfureció y, después de reunir a sus consejeros, decidió que, a pesar de su enfermedad, reuniría a sus vasallos y atacaría a Abe Shirogoro. El resto de daimios, cuando se enteraron del asunto, se unieron a su causa, decididos a castigar a los hatamoto por su insolencia. Los hatamoto, por su parte, reunieron a todos sus efectivos para resistir a los daimios.
Se levantó un gran revuelo en Edo, y el alborotado estado de la ciudad causó una gran preocupación en el gobierno, que se reunió para decidir cómo podrían restaurar la paz. Como los hatamoto estaban bajo las órdenes del shogun, no sería difícil someterlos; lo complicado sería contener a los poderosos daimios. Sin embargo, uno de los gorojin, llamado Matsudaira Idzu no Kami, un hombre de gran inteligencia, dio con un plan apropiado.
Había un médico al servicio del shogun, Nakarai Tsusen, que solía frecuentar el castillo del señor Kunaishoyu y que, durante algún tiempo, había estado tratando su enfermedad. Idzu no Kami concertó una reunión secreta con este médico en sus aposentos.
—Escucha, Tsusen —le dijo en susurros—. Has recibido grandes favores del shogun. El gobierno está pasando por un grave apuro: ¿estás dispuesto a arriesgar lealmente tu vida por su bien?
—Ah, mi señor —le contestó—. Mis antepasados han disfrutado de sus propiedades durante generaciones gracias al shogun. Estoy dispuesto a dar mi vida por el señor esta misma noche, como haría cualquier vasallo leal.
—Bien, entonces te lo contaré todo. Los daimios y los hatamoto tienen una rencilla debido al asunto de Matagoro, y últimamente parece que pretenden llegar a las armas. Si no sofocamos el tumulto, el país se verá afectado y los granjeros y aldeanos pasarán grandes penurias. Los hatamoto serán fácilmente sometidos, pero no será fácil pacificar a los daimios. Si estás dispuesto a arriesgar tu vida en una estratagema que se me ha ocurrido, la paz volverá a la región, pero el precio de tu lealtad será tu muerte.
—Estoy dispuesto a sacrificar mi vida en esta misión.
—Este es mi plan. Has estado tratando la enfermedad del señor Kunaishoyu. Mañana debes ir a verlo y suministrarle un veneno. Si conseguimos matarlo, los tumultos cesarán. Este es el servicio que te pido.
Tsusen aceptó y, al día siguiente, cuando fue a ver a Kunaishoyu, llevó consigo un medicamento venenoso. Para que el señor no sospechara se tomó la mitad él mismo, y Kunaishoyu se bebió el resto. Tsusen, al verlo, se marchó rápidamente, y estaba volviendo a casa en su litera cuando comenzó a agonizar. Murió vomitando sangre.
El señor Kunaishoyu murió del mismo modo, con mucho dolor, y debido a la confusión que siguió a su muerte y a las ceremonias funerarias, la trifulca con los hatamoto fue postergada.
Mientras tanto, Idzu no Kami reunió a los tres líderes de los hatamoto.
—Las confabulaciones que habéis llevado a cabo y vuestra traicionera conducta, tan impropia de un hatamoto, han enfurecido tanto al shogun que ha ordenado que seáis confinados en un templo y que todo vuestro patrimonio pase a vuestros herederos —les dijo.
En consecuencia, los tres hatamoto, después de ser severamente reprendidos, se recluyeron en el templo Kanyeiki. El resto de hatamotos, asustado por este ejemplo, se dispersaron en paz. En cuanto a los daimios, cuando después de la muerte del señor Kunaishoyu se dispersaron los hatamoto, no tuvieron enemigo con el que luchar. De este modo se sofocó el tumulto y la paz fue restaurada.
Matagoro había perdido a su benefactor, así que se refugió junto a su madre bajo la protección de un anciano llamado Sakurai Jiuzayemon. Este hombre era un famoso maestro lancero, y disfrutaba tanto de riqueza como de honor. Después de asignarle treinta ronin como guardaespaldas, todos hombres valientes y diestros en combate, huyeron en dirección a un lugar lejano llamado Sagara.
Durante todo este tiempo, Watanabe Kazuma había estado dándole vueltas a la muerte de su padre, pensando en cómo debía vengarse. Cuando el señor Kunaishoyu murió de repente, fue el joven príncipe quien lo sucedió y, de este modo, Kazuma consiguió permiso para ir a buscar al enemigo de su padre. La hermana mayor de Kazuma se había casado con un hombre llamado Araki Matayemon, que en aquel momento era considerado el samurái más diestro de Japón. Como Kazuma solo tenía dieciséis años, Matayemon, que era yerno del hombre asesinado, decidió acompañar al muchacho como tutor y ayudarlo a buscar a Matagoro. Dos de los siervos de Matayemon, Ishidome Busuke e Ikezoye Magohachi, decidieron seguir a su señor. Cuando le comunicaron su decisión, Araki les dio las gracias pero rechazó la oferta, diciendo que estaba a punto de embarcarse en una venganza en la que su vida estaría continuamente en peligro y que, ya que lamentaría mucho que alguno de los dos fuera herido en una misión así, debía pedirles que desistieran.
—Señor, no sea cruel con nosotros —le respondieron—. Durante todos estos años no hemos recibido de su parte más que amabilidad y favores; ahora que va a buscar a ese asesino, deseamos acompañarle y, si es necesario, arriesgar la vida para ayudarle. Además, hemos oído que Matagoro va acompañado por treinta y seis hombres. Por muy valientemente que luche, la superioridad numérica del enemigo lo pone en peligro. Sin embargo, si insiste en rechazar nuestro ofrecimiento, hemos decidido que no tendremos más opción que suicidarnos aquí mismo.
Cuando Matayemon y Kazuma escucharon estas palabras, se sorprendieron ante su lealtad y valentía y se sintieron conmovidos.
—Vuestra amabilidad, valientes compañeros, no tiene precedentes —les dijo entonces Matayemon—. Bueno, acepto vuestra ayuda con gratitud.
Los dos hombres, habiendo conseguido lo que querían, siguieron alegremente a su señor y los cuatro comenzaron juntos su viaje para buscar a Matagoro, cuyo paradero desconocían.
Mientras tanto, Matagoro había conseguido llegar hasta Osaka junto al anciano Sakurai Jiuzayemon y su treintena de ronin. Pero, a pesar de su gran número, viajaban con gran discreción. La razón era que el hermano menor del anciano, Sakurai Jinsuke, un maestro en el arte de la espada, se había batido en duelo una vez con Matayemon, el cuñado de Kazuma, y había sido humillantemente derrotado. Por esto, el grupo tenía bastante miedo a Matayemon y viajaba con gran cautela. Cuando llegaron a Osaka, pararon en una posada del distrito de Ikutama para esconderse de Kazuma y Matayemon.
Estos también llegaron a Osaka y removieron cielo y tierra buscando a Matagoro. Una tarde, casi al anochecer, mientras Matayemon caminaba por el distrito donde estaba escondido su enemigo, vio a un hombre bien vestido entrando a una casa de comidas y pidiendo treinta y seis raciones de soba. Al fijarse mejor, descubrió que el hombre era el sirviente de Sakurai Jiuzayemon, así que se escondió en un lugar oscuro para vigilarlo.
—Mi señor, Sakurai Jiuzayemon, partirá hacia Sagara mañana por la mañana para agradecer a los dioses su recuperación de una enfermedad que ha sufrido, así que tengo mucha prisa —dijo el tipo.
Dicho esto, el siervo se marchó apresuradamente y Matayemon entró en la casa de comidas. Pidió soba y, mientras comía, hizo algunas preguntas sobre el hombre que acababa de llevarse un pedido tan grande. El dueño de la tienda le respondió que era el sirviente de un grupo de treinta y seis hombres que estaban quedándose en cierta posada. Entonces, Matayemon, que ya había descubierto todo lo que quería saber, volvió a casa y se lo contó a Kazuma, que se alegró mucho ante la perspectiva de llevar a cabo su venganza a la mañana siguiente. Aquella misma noche, Matayemon envió a uno de sus dos leales siervos a espiar a la posada para que descubriera a qué hora partiría Matagoro por la mañana. El siervo descubrió, a través de uno de los trabajadores de la posada, que el grupo comenzaría su viaje hacia Sagara al alba, y que se detendrían en Ise para rezar en la ermita de Tersho Daijin.
Matayemon hizo todos los preparativos necesarios y salió antes del amanecer con Kazuma y sus dos vasallos. Antes de llegar a Uyeno, en la provincia de Iga, la ciudad fortificada del daimio Todo Idzumi no Kami, había un páramo amplio y poco concurrido llamado Kagiya no tsuji. Este fue el lugar en el que decidieron atacar al enemigo. Cuando llegaron a aquel punto, Matayemon entró en una casa de té que había junto a la carretera y escribió una nota para el daimio de la ciudad fortificada en la que le pedía permiso para consumar la venganza allí. A continuación, se dirigió a Kazuma.
—Cuando nos encontremos con Matagoro y comience la pelea, ocúpate de matar al asesino de tu padre; atácalo a él y solo a él, y yo mantendré a distancia a sus ronin. —Entonces se dirigió a sus dos sirvientes—. En cuanto a vosotros, manteneos cerca de Kazuma. Si los ronin intentan rescatar a Matagoro, deberéis evitarlo y auxiliar a Kazuma.
Y después de aclarar la labor de cada hombre con gran detalle, esperaron la llegada del enemigo. Mientras estaban descansando en la casa de té, llegó un representante del castillo y preguntó por Matayemon.
—Tengo el honor de ser el alcaide de la ciudad fortificada de Todo Idzumi no Kami. Mi señor, tras conocer vuestra intención de matar a vuestro enemigo dentro de su ciudadela, os da su consentimiento; y, como prueba de su admiración por vuestra lealtad y valor os envía un destacamento de cien soldados para proteger este lugar. De este modo, si alguno de los treinta y seis hombres intenta escapar, podéis estar tranquilos: huir será imposible.
Después de que Matayemon y Kazuma le hubieran dado las gracias por la generosidad del señor, el alcaide se marchó. Al final, el séquito del enemigo apareció a lo lejos. Primero iba Sakurai Jiuzayemon y su hermano menor, Jinsuke; los seguía Kawai Matagoro y Takenouchi Gentan. Estos cuatro hombres, que eran los más importantes del grupo de ronin, cabalgaban sobre caballos de carga, y el resto iba a pie.
Mientras se acercaban, Kazuma, que estaba impaciente por vengar a su padre, dio un paso adelante y gritó:
—Aquí estoy yo, Kazuma, hijo de Yukiye, a quien tú, Matagoro, asesinaste traicioneramente. Estoy decidido a vengar la muerte de mi padre. Ven, pues, y lucha conmigo. Veremos cuál de los dos es el mejor.
Y, antes de que los ronin se hubieran recuperado de su sorpresa, Matayemon dijo:
—Yo, Araki Matayemon, yerno de Yukiye, he venido a ayudar a Kazuma en su venganza. Ganemos o perdamos, lucharemos.
Cuando los treinta y seis hombres oyeron el nombre de Matayemon se asustaron mucho, pero Sakurai Jiuzayemon les ordenó que se pusieran en guardia y saltó de su caballo. Matayemon corrió hacia él con la espada desenvainada y lo cortó desde el hombro hasta el pecho. Jiuzayemon cayó muerto. Sakurai Jinsuke, tras ver a su hermano morir ante sus ojos, se puso furioso y lanzó una flecha a Matayemon, que hábilmente cortó el proyectil en dos con su daga mientras aún volaba. Jinsuke, asombrado, lanzó su arco a un lado y atacó a Matayemon que, con la espada en la mano derecha y la daga en la izquierda, luchó con desesperación. El resto de ronin intentó rescatar a Jinsuke y, en la refriega, Kazuma, que estaba ocupado con Matagoro, se separó de Matayemon. Busuke y Magohachi, los dos siervos de Araki que, siguiendo las órdenes de su señor, ya habían matado a cinco ronin que habían intentado atacar a Kazuma, cayeron gravemente heridos. Mientras tanto, Matayemon, que había acabado con siete de los ronin y que cada vez luchaba más ferozmente, abatió a tres más, y el resto no se atrevieron a acercarse a él. En aquel momento apareció Kano Tozayemon, un siervo del señor de la ciudad fortificada y viejo amigo de Matayemon que, tras escuchar que este estaba a punto de vengar a su suegro, había cogido su lanza y había acudido a ayudarlo.
—Matayemon, he venido a ofrecerte mi ayuda en cuanto me he enterado de la peligrosa aventura en la que te has embarcado.
Matayemon se alegró mucho y luchó con renovado vigor. Entonces, uno de los ronin llamado Takenouchi Gentan, un hombre muy valiente, dejó a sus compañeros luchando con Matayemon y fue en ayuda de Matagoro, que estaba siendo superado por Kazuma. Busuke le plantó cara, y como resultado cayó. Su compañero Magohachi, al verlo morir, se inquietó. ¿Qué excusa le pondría a Matayemon si Kazuma sufría algún daño? Así que, a pesar de que estaba gravemente herido, él también se enfrentó a Takenouchi Gentan. Entonces, el hombre que había venido de la ciudad fortificada para ayudar a Matayemon, gritó:
—Mira, Matayemon, tu seguidor, que está luchando contra Gentan, está en grave peligro. Ve en su rescate y protege a Kazuma; ¡yo me ocuparé del resto!
—Muchísimas gracias. Iré y protegeré a Kazuma.
De este modo, Matayemon fue a ayudar a Kazuma mientras Tozayemon y los soldados del castillo mantenían a raya a los ronin restantes que, cansados tras su pelea con Matayemon, no podían hacer más esfuerzos. Kazuma estaba aún luchando con Matagoro, y el resultado del enfrentamiento era incierto. Takenouchi Gentan, que había intentado rescatar a Matagoro, estaba combatiendo con Magohachi que, debilitado por sus heridas y cegado por la sangre que bajaba sobre sus ojos desde un corte en la frente, se había dado ya por muerto.
—Alégrate, Magohachi —gritó Matayemon, acercándose—. Soy yo, Matayemon, que he venido en tu ayuda. Estás gravemente herido; ponte a salvo y descansa.
Entonces Magohachi, que hasta entonces se había mantenido en pie por su preocupación por la seguridad de Kazuma, se desplomó por la pérdida de sangre. Matayemon derrotó y mató a Gentan, pero ni siquiera entonces, aunque había recibido dos heridas, estaba cansado.
—¡Ánimo, Kazuma! —dijo, acercándose al chico—. Todos los ronin han muerto y solo queda Matagoro, el asesino de tu padre. ¡Lucha y vence!
El joven, enardecido, redobló sus esfuerzos. Matagoro, por otra parte, se acobardó y cayó. De este modo, la venganza de Kazuma se cumplió.
Los dos leales vasallos, que habían muerto honorablemente, fueron enterrados en una solemne ceremonia, y Kazuma llevó la cabeza de Matagoro hasta la tumba de su padre.
Así termina la historia de la venganza de Kazuma.