las advertencias
El instructivo parecía sencillo. Ese tipo de productos eran prácticos. Cuando midieron el espacio y desempacaron las cortinas de plástico, Jacinta pudo imaginar a varios hombres discutiendo los acabados, el sistema adecuado para facilitar y disminuir el esfuerzo, trabajando para darle una solución al artículo que ella y su esposo Roberto habían comprado en el supermercado. Tantas mentes concentradas en crear un acordeón, una correa y un seguro por el que cada vez que se abriera y cerrara el mecanismo aquella cuerda soportara la tensión.
Todavía los cables salían de los techos como raíces de legumbres, algunos con focos recién enroscados. Los escusados, sin tapas, parecían observar a Roberto mientras orinaba de pie. Los huecos donde se embonaban las tapas eran ojos incómodos que le recordaban todos los detalles que faltaban antes de ver lista su casa. Cubre-interruptores a prueba de niños, esquineros que suavizaban los peligrosos ángulos de las mesas, seguros en los cajones y toda sustancia potencialmente dañina en la repisa más alta eran instrumentos de prevención para garantizar un espacio seguro a la curiosidad de cualquier niño. Por lo demás, la casa estaba casi vacía.
Cuando por fin las persianas estuvieron instaladas y comprobaron que el pegamento resistía un par de tirones firmes, Jacinta decidió que era tiempo de calentar la comida. Sacó toppers con tapas de colores y los puso uno por uno en el horno de microondas. Luego cargó al niño y lo comenzó a amamantar. En sus brazos, éste tiraba de su largo collar, las amatistas parecían llamar su atención. Mientras alimentaba a su hijo, escuchó un golpe en el vidrio de la recámara. Fue directo a ver lo que pasaba. Al entrar, observó que la ventana del fondo tenía una extraña grieta que dividía toda la pieza de vidrio en dos. Nada estaba roto, pero tampoco había rastros de la causa. Pensó en los vecinos incómodos que jugaban a diario en la calle, pero una piedra habría dejado la marca del impacto y aquello era sólo una rajada casi vertical por donde se colaba un brillo preciso. De repente, el niño dejó de mamar y chilló. Jacinta sintió un hilo fino que recorría su seno. Bajó la mirada y la boca del niño estaba cubierta de sangre. Se olvidó de la ventana cuarteada y fue rápido a limpiarse. Con la llaga abierta tuvo que desempacar varias cajas antes de encontrar lo necesario.
Estaba cansada. Dejó al niño en el piso mientras se sentaba para limpiarse la herida y recordó a su madre advirtiéndole que su hijo era muy grande como para recibir leche materna. Le incomodaba esa invasión a su familia. “Se te van a caer los pechos si sigues así, tú no entiendes”. Casi la escuchó. Roberto se apareció y la vio curándose sola en el piso. Trató de ayudar pero Jacinta lo detuvo para pedirle que viera al niño. Así lo hizo y fue a buscarlo. Entró a la recámara donde un pequeño cuerpo de espaldas, tostándose por el sol que entraba por las persianas recién instaladas, se erguía inmóvil. Dejó de respirar ahogando un grito. Un pequeño zapato estaba al lado, tan pasivo como el cuerpo de su hijo. Las cuerdas de las persianas sujetaban al niño del cuello, soportando su peso.
* * *
Tres semanas después del funeral Jacinta regresó al mundo. Supo que todo debía continuar y los pendientes de aquella casa recién comprada habían permanecido en pausa demasiado tiempo. No cabía duda de que estaba tensa y rígida. Su principal insatisfacción era hacia sí misma. El dolor nunca se iría y la distanciaba de Roberto cada vez más. Sus duelos eran diferentes, uno más silencioso y tranquilo que el otro, pero marcaban un espacio blanco y vacío entre los dos. Habían llorado mucho, quizá demasiado y la vida ahora tenía un perfume de soledad inexpresable.
Fue a la cocina donde encontró una bolsa grande de basura cubierta de polvo blanco. Nadie se había ocupado de moverla, ni siquiera de cerrarla. Algo hizo que decidiera asomarse a ella.