Cuando llegué ayer por la mañana a la oficina, me enteré de su muerte. García había estado delicado durante los últimos meses, especialmente desde el jueves pasado en que el médico del Seguro le dio de baja para el trabajo. Algo de nervios, era lo que decían. Algo de nervios. Lo cierto es que García se suicidó al atardecer, después de dejar una nota explicando su decisión, porque no podía hacer nada para salvar a la Humanidad. En verdad resultaba poco explicativo: nadie ha exigido nunca a un empleado de seguros que salve a la Humanidad.
En las primeras horas de la noche del día 9 (estamos en febrero de 1971), la televisión se había ocupado, en directo, del “Apolo 14”. Shepard, Mitchell y Rossa regresaban por fin a la tierra, trayendo trozos de rocas lunares, después de nueve días fuera del planeta. Hora de amerizaje, las 22,05. La cápsula cayó en el Océano Pacífico, exactamente en el punto previsto. Desde allí marcharían a Houston para someterse a la tradicional cuarentena. Había terminado la aventura que los medios de comunicación se empeñaban en demostrar que no lo era, que se trataba de algo tan seguro, tan preparado, tan matemático, como un repetido experimento científico de laboratorio; una operación casi mecánica y archiconocida.
Mientras los hombres del “Apolo 14” se ponían a salvo, 62 personas perdían la vida en Los Ángeles, a consecuencia de un terremoto; en Alemania, a 80 kilómetros de Múnich, un accidente ferroviario segaba la existencia de otras 36; en Irlanda del Norte continuaba la escalada del terror; en Chile se producía un atentado terrorista; Hamosh, ingeniero norteamericano colaborador del proyecto “Manhattan” del que salió la primera bomba atómica, lanzada sobre Hiroshima en agosto de 1945, se colgaba de un árbol… Todo esto y muchas noticias más, del Vietnam, de escaramuzas sionistas, etc., cuidadosamente recortadas de la Prensa diaria, estaba en los bolsillos del suicida.
En el entierro de García alguien pudo recordar a Funes, pero no se le recordó, al menos en voz alta. Alguien pudo comentar que la enfermedad, el desequilibrio para ser más exacto, de García, estaba íntimamente ligado a la aparición de Funes en la oficina de seguros. ¿Quién era Funes? ¿De dónde venía Funes? ¿Por qué había estado tan poco tiempo en la oficina, despidiéndose a los tres meses apenas, siendo como era, un empleado competentísimo?
Entre las extravagancias que roían la atormentada mente de Garcia, de las que sólo hablaba cuando se tomaba un par de copas de más, cosa a la que no estaba acostumbrado, ya que era un hombre ejemplar, un marido ejemplar y un padre ejemplar que se desvivía continuamente por los suyos; tanto, tanto, que su mujer, entre el desconsuelo propio de las circunstancias, contó lo difícil que le resultaba obligarle a que se comprara un traje, por ejemplo, porque todo lo quería destinar a ella y a su hijo, especialmente al hijo, por el que sentía una pasión desbordada, sobresalía su idea de que el Cosmos estaba formado por una serie de masas encadenadas: pequeñas partículas que encerraban a su vez a otras pequeñas partículas que eran al tiempo universos enteros, disminuyendo de tamaño hasta el infinito más insospechado, por un extremo, y por el otro encerradas en otras partículas que eran grandes universos también, encerrados a su vez en otros grandes universos, y así hasta el infinito del gigantismo: macrocosmos y microcosmos en una estructura encadenada sin límite posible.
Cuando empezó en eso, desapareció Funes. Ya era tarde. Funes pertenecía a una extraña raza adaptada a través de millones de años a las condiciones humanas en el sentido que nosotros entendemos la Humanidad. Funes podía hablar de la guerra de Troya, de las civilizaciones preincaicas y de la Era de los Glaciares con una exactitud que enloquecería a los más expertos. No lo hacía. Su raza se había adaptado a las condiciones humanas. Nacían y morían como los hombres, respondían a los mismos cielos vitales, pero en realidad, él y los suyos, permanecían en este tiempo terrestre, para ellos un simple juego de décimas de segundo, a través de sucesivas reencarnaciones. Su capacidad de transmitir la inteligencia sólo con el contacto visual, e incluso por simpatía, era tal que procuraba no permanecer mucho tiempo con las mismas personas. Pero García resultó demasiado predispuesto, demasiado buen receptor. Cuando se dio cuenta ya era tarde y el empleado de Seguros empezó a visionar confusamente experiencias que no podía entender.
La pasión de García por su hijo se tornó en auténtico terror. Le veía lanzando una piedra contra un espejo, y la piedra estallaba con la violencia de una poderosa bomba de hidrógeno que asolaba al Cosmos. Huía del hijo. Se comportaba como un enajenado. Creía que la piedra que arrojaba contra ex espejo era todo un complicado mundo, todo un universo completo destrozado por una mano gigantesca, incontenible.
Tal vez Funes podía haber puesto remedio y salvado a García, pero estaba tan preocupado por ser humano, por permanecer entre los hombres, que lograba olvidarse de lo que era: una imagen desglosada y múltiplemente repetida que existía al mismo tiempo en otros lugares, tal como existían los Sephard, Mitchell y Rossa, los García, sólo que sin saberlo. En un lugar idéntico a este se editaban los mismos diarios, que a su vez eran idénticos a los que se editaban en otro y otro. Todo dentro de la cadena intuida por García. Imágenes y hechos separados tan sólo por el tiempo relativo e inaprensible que podía convertir siglos en segundos según transcurrieran en un Cosmos de dimensiones ínfimas o máximas a la vista y apreciación de quien los dominara todos.
Esta es la idea que atormentó a García. Lo medito ahora desde un banco del parque, al volver del entierro. Alzo los ojos y me encuentro con Miguelito, el hijo de mi compañero visionario. Le han traído al parque para alejarlo de la casa del duelo, de las visitas, de los llantos, de la tristeza inconsolable. Entonces me recorre el cuerpo un escalofrío de muerte, jamás experimentado. Grito como un poseso que lo detengan, que le quiten a Miguelito la piedra que ha cogido del suelo y lanza al pequeño estanque de la fuente. Todo inútil. La piedra llega al agua, y en algún mundo se produce un Diluvio Universal, mientras el Universo inmediatamente superior de la cadena otro niño se agacha a recoger una piedra igual que lanzará a otro estanque igual. La piedra de nuestro universo, seguramente, o acaso no. Eso se sabrá dentro de dos horas, de diez días, o de millones de años; los tres segundos más o menos que el otro Miguelito tarde en lanzar el guijarro y éste en llegar al estanque.