I - Éxodos
Enmudece la noche cuando las estrellas gritan sucesos que han ocurrido hace cientos de años, pero nosotros descubrimos sus destellos ahora. Las brisas que deambulan por la oscuridad, sueltas, arropan a los despistados y los guían a través de sus sendas misteriosas hasta llevarles a lugares que jamás se imaginaron, que jamás habían visitado y que jamás… existieron.
*
—¡Papá! ¿Falta mucho?
—No hijo… casi hemos llegado.
La madre miró al piadoso mentiroso y sonrió. Su amargo gesto de felicidad se había repetido muchas veces durante el viaje. Hacía ya días que el pequeño formulaba la misma pregunta, una y otra vez, y a cambio recibía la misma respuesta.
—¿Y estará la abuela? —preguntó el pequeño.
—Con una olla de puré de patatas y una bandeja de cordero asado —contestó la madre—. Como a ti te gusta.
El pequeño, conformándose, dejó de pensar en el largo camino recorrido. Sus tripas rugían desde hace tiempo, y la idea de comer carne con puré le sumió en un falso estado de felicidad. El carro en el que viajaban, medio podrido, apenas se sostenía de una pieza, mientras el traqueteo, los crujidos y el chirrido de la madera, les servían de música. El niño tiritaba y tatareaba al mismo tiempo que la sinfonía de su imaginaria orquesta. Y eso que nunca había asistido a un teatro.
Lo que dejaron atrás no era merecedor de nadie. Las casas quemadas, los perros apoderándose de las calles, el humo ahuyentando a los pájaros, la desesperación recorriendo los estrechos caminos y los soldados enfrentándose al pueblo que clamaba libertad. Al hundirse los ennegrecidos tejados, sonaban como llantos de niños consumidos por el viento; las ventanas crujían, precipitándose al suelo, las chimeneas se desladrillaban poco a poco y las barricadas en las calles y las callejuelas, acabaron convirtiéndose en ratoneras humanas y en trampas mortales, donde el ansia revolucionaria gorgojaba por doquier.
Quienes decidían alejarse de la ciudad, no sabían muy bien si estaban haciendo lo correcto o si actuaban como cobardes. La libertad reclamaba sacrificios de sangre, pero no todos estaban dispuestos a arriesgar la vida de sus esposas y sus hijos. Sentimientos de miedo y remordimientos emanaban durante el camino. Los que fueron abandonados, los que perdieron en algún momento y los que jamás serán recuperados. Sergi miraba a su hijo y se le partía el corazón. Puede que fuese mejor morir por la bala de un soldado que aquí, en medio de la nada, lentamente.
—Papá ¿falta mucho?
—No hijo mío. Sólo un poco más.
El frío aparecía y la noche lo hacía insoportable. No sobrevivirían a muchas noches como esta. Sergi lo sabía, y su esposa Raquel… también.
—Mejor paramos aquí a descansar —dijo el padre.
Raquel recogió ramitas y leña húmeda de los alrededores y las apiló en una orilla. Los castaños de fruto amargo que les rodeaban, temblaban a causa del viento, y las estancadas gotas de agua que reposaban sobre las hojas se deslizaban hasta crear ráfagas de lluvia artificial que empapaba a la familia. Mojarse significaba morirse de frío. Sergi bajó un poco de leña seca del carro y encendió una fogata al lado de la que su mujer había recogido, para secarla y poder quemarla también. Una manta marrón, atada por los extremos a las dos esquinas del carro, sujetada por dos palos, hacía de refugio improvisado, y el niño agarró la pesada marmita de hierro para colocarla cerca del fuego.
—¿Vas a hacer sopa, Mamá?
—Sí mi pequeño —contestó ella esbozando una forzada sonrisa.
Agua con raíces de cualquier planta y hierbajos variados. Esa era la sopa. Era fácil engañar al pequeño, pero no al hambre.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Raquel mientras servía el agua revuelta.
—No lo sé —contestó Sergi—. Seguiremos hasta que encontremos una solución.
Ella asintió resignada.
—No podemos ir a ninguna ciudad. No sabemos hasta dónde llega la revolución.
—Debimos quedarnos en París —susurró ella.
—Puede que tengas razón.
Cogiéndose de las manos intentaron calentarse. Alimentaron el fuego y se acurrucaron todos juntos. Ojala sobrevivamos esta noche —pensó Sergi—. Miró a su familia y rezó para poder verles a la mañana siguiente.
II - Revelaciones
—Mamá, Papá. ¡Despertad!
La pareja se levantó sobresaltada y buscó a su hijo que ya no estaba a su lado. La brasa, casi apagada, se entremezclaba con el polvillo de la ceniza blanca y apenas calentaba los endurecidos cuerpos de Raquel y Sergi, que no veían al pequeño Pierre por ninguna parte.
—¡Venid aquí! —gritó Pierre.
Su voz les tranquilizó, deshaciendo la momentánea pesadilla y haciéndoles olvidar el aire frío que calaba sus huesos.
—Te he dicho que no te alejes de nosotros —replicó el padre enfadado.
—Mira, mira.
Sergi recorrió con la mirada la extendida mano de su hijo hasta que por fin vislumbró lo que estaba señalando.
—¿Cómo es posible? —añadió la madre—. Ayer no vimos nada de eso.
Quedaron boquiabiertos, abrazándose y frotándose los ojos. Ante ellos se alzaba una impresionante ciudad que, por alguna extraña razón, no se habían percatado de su existencia durante la noche anterior. Las nubes que deambulaban perdidas por la humedecida superficie de la tierra, formaban una fina capa de niebla que otorgaba a la ciudad un halo de magia y misterio. Casi sobrenatural. Aparentemente, los estragos de la revolución no habían transitado por allí. El sólido muro de roca tallada que la rodeaba, no sólo parecía intocable sino que lo era; la base de granito negro volcánico soportaba el gran peso de la alisada superficie levantada con piedra blanca caliza, acabada con arcos de madera de roble macizo y ondulados lazos de hierro con terminaciones enredándose a su alrededor.
Los tres recogieron rápidamente sus escasas pertenencias, las subieron carro y se dirigieron hacia la ciudad.
—Seguramente tendrán comida —dijo Sergi.
—¿Y cómo la vamos a pagar? —preguntó Raquel.
—Si es necesario trabajaré todo el día por un trozo de pan. Tú no te preocupes por eso.
Dos grandes e imponentes portones se alzaban ante ellos como dos gigantes, vigilantes e impasibles. La madera carecía de imperfecciones. Su alisado era tan perfecto, que los rayos de sol, que aparecían tímidamente en el horizonte, rebotaban en su superficie creando la ilusión de que estaba hecha de plata; en la esquina derecha, una pequeña abertura servía para que el vigía pudiera controlar a los extraños, a los mercaderes, y a la gente de paso. Impenetrable.
Alguien abrió una esclusa sin ser visto, y la cerró rápidamente.
—¿Qué pasa? —dijo el padre asombrado.
Las puertas rugieron al abrirse, como si un león desperezado pretendiese llamar la atención de su manada. La neblina se removió y empezó a colarse dentro de la ciudad, creando la ilusión de un río que fluye rápidamente por el estrecho de una esclusa. La tierra bajo sus pies tembló, los cuervos de los alrededores crascitaron, sopló el viento y los estómagos de los tres se encogieron.
III – Advenimiento
Nadie vigilaba las puertas. Silencio. El olor a pastel de maíz y tortas de calabaza era lo primero que distinguieron. La casa de la derecha, construida de madera y piedra como las demás, era la primera en aparecer de entre la niebla. Aparentaba cerrada. Vacía. Las baldosas de piedra bajo sus pies, ligeramente agrietadas y rodeadas de césped grueso, algunas hormigas y lapas fosilizadas de mar, hacían brotar un sentimiento de abandono.
—¿Quién nos ha abierto? —preguntó Sergi.
El pequeño no se asustó. Miró a su alrededor e intentó distinguir las figuras de los edificios que permanecían escondidas tras el manto blanco. Casi encima de ellos, al lado de la puerta, una gran antorcha ardía con fuerza.
—¿Por qué no la vimos desde fuera? —preguntó de nuevo.
—Puede que la hayan encendido ahora —contestó Raquel.
—¿Pero quién?
El niño de diez años, de semblante melancólico y manitas pálidas como el blanco de la nieve, escrutó el horizonte con sus ojos marrones y ladeó la cabeza.
—¡Mira!
Con un giro de muñeca, brusco y veloz, soltó la mano de su madre y se dirigió hacia el interior de la niebla, hasta que desapareció.
—Pierre… ¡Vuelve ahora mismo! —gritó la madre.
Una especie de viento endemoniado se levantó y empezó a surcar el interior de la ciudad. No provenía del cielo, ni del norte; más bien parecía venir de todas partes y de ninguna. La sábana blanca que lo cubría todo empezó a espesarse y a condensarse hacia el suelo. Como un velo invisible o un telón teatral, los alrededores se despejaban desvelando el panorama. De las chimeneas salía un cálido humo y un olor a leña quemada que evocaba hogareños recuerdos; en las ventanas había macetas con flores rojas y amarillas que colgaban hasta tocar el suelo; la piedra de las paredes brillaba como si la hubieran pulido, el hierro formaba arcos sobre las ventanas, la madera sobresalía a modo de vigas cruzadas y bajo los techos de cerámica verde y escamas de mármol, nidos de golondrinas, periquitos y canarios aguardaban en silencio para orquestar inimaginables recitales.
—¿Qué lugar es este? —se preguntó Raquel.
Agarró con fuerza la mano de su marido y caminó hacia la poca niebla que quedaba en la dirección donde Pierre se había adentrado.
El silencio se partió como una rama seca. Los pájaros cantaron, una cabra que andaba suelta empezó a balar y cuatro perros aparecieron de repente con mirada asesina, dientes afilados y rugiendo como si la rabia les hubiera corroído las entrañas.
—¿Dónde está Pierre? —gritó desesperada la mujer—. ¿Dónde?
Sergi agarró a Raquel y la colocó tras él.
—No te muevas… todo saldrá bien.
IV – Sommeil
—Sin, Lars, Berta, Sulti… ¡Quietos!
Un sombrero de copa, largo y curvado hacia atrás, apareció en el fondo.
—¿Qué os tengo dicho? —gritó el propietario del sombrero que apenas se le distinguía—. No hay que ladrar a los invitados.
Los perros enmudecieron con la voz de su amo.
—Anda... a casa y sin rechistar ¡Vamos!
El hombre se iba acercando a la preocupada pareja y, al mismo tiempo, el fuerte ruido de las puertas de la entrada cerrándose sobresaltaron a Raquel. Sergi no sabía qué hacer. Intentaba pensar en su hijo perdido, en su mujer asustada y en la manera de salir de allí lo antes posible. ¿Cómo he podido cometer este error? —pensó—. Debíamos evitar las ciudades. La niebla casi había desaparecido, pero aun así, no lograban ver con claridad a la persona que se acercaba con paso firme y con el torso erguido.
—Pase lo que pase, no te separes de mí —susurró Sergi.
La figura ya se podía distinguir con claridad, aunque no con demasiados detalles.
—Dios mío ¡Es Pierre! —exclamó Raquel.
Junto al hombre del sombrero de copa, otra pequeña sombra caminaba cogida de su mano y al escuchar la voz de su madre, se soltó y salió corriendo hacia ella.
—¡Mira Mama! Me han dado pan y queso —dijo contento el pequeño.
Sus corazones ya no palpitaban con fuerza y las manos les dejaron de sudar. Raquel abrazó a Pierre, y Sergi por fin era capaz de distinguir con claridad al misterioso hombre que caminaba hacia ellos.
—¡Bienvenidos! —dijo sonriendo—. Me llamo Druin y soy el alcalde de esta pequeña y maravillosa ciudad.
Druin tenía un aspecto raro y extravagante. A primeras lo que más destacaba en él era su sombrero de copa negro con una cinta morada alrededor de su base, pero cuando se colocó frente a la familia con pose de aristócrata, el resto de sus peculiares adornos y ropajes desvelaron sus excéntricos gustos. La chaqueta marrón de cola doble, que le llegaba hasta la parte baja de sus muslos, no combinaba nada bien con su camisa de color rojo chillón; su chaleco negro con botones cuadrados de verde esmeralda, sus zapatos de color negro desgastado y sus pantalones anchos que sólo iban a juego con el calzado, desentonaban. Una cadena de reloj de bolsillo sobresalía por una ranura en su chaleco, y en cada dedo llevaba un anillo de oro, hasta en los pulgares. Bien afeitado y con un enorme lunar en la mejilla derecha. Sus labios eran tan finos como un folio de papel y sus ojos eran muy grandes y redondos, y los abría y cerraba con mucha frecuencia a causa de un tic nervioso.
Estiró el cuello hacia atrás, inspiró profundamente, se arregló los botones de su chaleco e hizo una reverencia.
—Bienvenidos a la ciudad de Sommeil. Siéntanse como en casa.
V – Secretos
Poco a poco la gente acudía a recibir a los recién llegados. De las casas sacaron manteles y botellas de vino, de la panadería hogazas de pan y zumo de moras amarillas, el tabernero trajo leña para encender fuego y asar carne, y la mujer del alcalde sacó confituras de higos secos espolvoreados con semillas de anís verde estrellado. La familia se sintió acogida.
—Comed y bebed de lo que queráis. Vuestro viaje ha llegado a su fin —anunció el Alcalde.
—No tenemos con qué pagaros —mencionó el hombre con timidez.
—Aquí nos ayudamos entre todos ¿o es que nunca habéis oído hablar de nosotros?
La mujer del extravagante hombre le propinó un codazo y señaló con la barbilla al pequeño.
—¿Tú crees? —le preguntó.
Cogió un bote de cristal tapado con cera de abeja y se lo acercó a Pierre.
—Rompe la cera y coge un higo —le dijo.
—¿De veras puedo? —preguntó el pequeño impaciente.
—Pues claro que puedes. Anda, ya verás cómo te gusta; mi mujer es la mejor cocinera del mundo —contestó el alcalde.
Pierre pasó el dedo índice por la superficie de la cera y sintió como se arrugaba y le acariciaba la yema, tocó los bordes del frasco y observó su contenido. Los higos flotaban en un jarabe de azúcar meloso, esperando a ser atrapados por él, y devorados. ¿No sé a qué estoy esperando? —pensó—. Apretó con fuerza y agrietó el borde del tapón, retiró los pedazos y liberó el olor del pegajoso dulce, y antes de meterse el dedo en la boca, se lo empapó de delicioso jarabe. ¡Mmmmmmmmm! —exclamó.
—Te lo puedes llevar, pero no te lo comas todo de una vez, o te dolerá la barriga ¿De acuerdo? —dijo el alcalde.
El pequeño asintió y miró a sus padres. Ellos sonrieron y le permitieron mezclarse con la gente que se divertía en aquel ambiente festivo.
—Hay una casa vacía al final de esta calle —dijo el alcalde y señaló la dirección a seguir—. Si queréis podéis ocuparla. No es gran cosa, pero…
—Es más que suficiente —interrumpió Sergi—. Con eso y todo el trabajo que me queráis dar, estaremos mejor que bien.
El alcalde alargó su brazo y tocó el hombro del padre emocionado.
—En este momento…
—Es hora de celebrar vuestra llegada —le interrumpió la mujer del alcalde mirándole de reojo.
—Eso, eso. Comed y bebed; ya nos ocuparemos del resto más tarde.
Raquel y Sergi agacharon la cabeza agradecidos y se entremezclaron con el resto de habitantes. Algunos les abrazaban, otros les estrechaban la mano, unos les invitaban a beber y el resto les sonreía. Extraño, pero agradable. Tras las penurias sufridas no pudieron resistirse al encanto de la ciudad y decidieron relajarse y disfrutar.
—No está bien —musitó la mujer del alcalde.
—¿Por qué? Este es su lugar.
—Sabes muy bien a qué me refiero.
—Sí… lo sé.
—Pues no pierdas el tiempo. ¿Ya no recuerdas lo que sucedió la última vez?
—Sí… lo recuerdo —contestó el alcalde—.
VI – Amalia
Los penetrantes ojos azules de Amalia, observaban a Pierre. Cada movimiento, cada gesto era meticulosamente estudiado por la niña de su misma edad. Con el pelo largo y rizado de color miel de azahar, la mejillas rosadas como melocotones maduros, el cuello largo y fino, la barbilla corta y los labios carnosos como los de una mujer adulta, la niña estaba recubierta de un halo de alegría reprimida, y provocaba una extraña sensación de ausencia. Pierre sentía su mirada.
—¿Por qué no sales de tu escondite? —preguntó.
La niña se ocultó tras una alpaca de paja y respiró con ansiedad.
—Te he visto —gritó Pierre.
Se rascó su morena cabellera, heredada de su padre, se frotó sus ojos negros, igualitos que los de su madre, y su delgada cara le otorgaba un aire de seriedad y disciplina, muy extraña para su edad.
—Te he dicho que salgas —cambió su tono de voz.
—¿Por qué? —contestó la niña.
—Porque no debes espiarme.
—¿Por qué?
—Porque no me gusta.
La niña salió tímidamente de su escondite.
—¿Cómo te llamas?
—Amalia.
—¿Te apetece jugar conmigo?
—Vale —musitó.
La vergüenza desapareció al instante. Juntos recorrieron las calles, tiraron piedras en el pozo que estaba rodeado de hiedra y flores de campanas rosas, molestaron al panadero y recibieron dos bollos rellenos de manzana como castigo, persiguieron una libélula azul y treparon hasta el tejado de la iglesia.
¡Hermoso!
La vista resultaba ser indescriptible. Las calles se entremezclaban con las casas, creando una enredadera de piedra y chimeneas; los habitantes parecían hormigas que transportan granos de trigo y frutos de castaño por todas partes, sin ningún orden aparente. Al fondo, el alcalde instruía a Sergi en sus nuevas labores; cortar leña, ayudar a cargar los carros, limpiar la explanada y cualquier otra cosa que le mandasen. Cerca de la explanada se levantaban dos torres que miraban hacia el exterior. Como agujas de pico fino y cuerpo dorado, imponían su presencia tanto a los que vivían dentro de las murallas, como a los que se acercaban por fuera. Majestuosas. El disimulado brillo del sol reverberaba en su superficie e iluminaba gran parte de la ciudad. Deslumbrante.
—Aquí seré muy feliz —afirmó Pierre.
En el rostro de la niña se dibujó una sonrisa triste.
—Es hora de bajarnos —dijo ella.
Un grupo de mujeres, que paseaban cerca de ahí, se detuvieron durante un momento. Susurraron, gesticularon, miraron con disimulada malicia e indiferencia, y cuando acabaron de contar sus cosas siguieron su camino mirando de reojo.
Pierre era muy joven para percatarse de dichas miradas. En realidad, era demasiado joven para entender cualquier cosa. El mundo parecía comportarse de una forma muy extraña, el viento no soplaba como siempre, nadie recogía las hojas de los almendros que curiosamente nunca estorbaban, los sonidos se mezclaban entre sí y formaban armónicas melodías. No se percibían estímulos externos. No había sobresaltos. No predominaban las leyes del tiempo.
VII – Magia
—¿Cuándo te irás? —preguntó Amalia.
—Nunca —contestó Pierre.
—Eso no es verdad.
—Pero si a mí me gusta estar aquí.
La niña calló.
—¿Por qué no me enseñas algo nuevo? —dijo él.
—Sígueme.
Ambos empezaron a correr cogidos de la mano. Las baldosas del suelo parecían hechas de corcho blando y las paredes de esponjoso algodón. Pierre observaba su alrededor y no distinguía si estaba corriendo en un sueño o si lo que veía era real. Aunque corría, era capaz de ver detalles que ni parado hubiera logrado fijarse en ellos. En una de las esquinas de la casa del lechero, una gran viga curva recorría la base, cruzaba la mediana de la estructura, sobresalía por el lado contrario y acababa en la esquina opuesta del tejado, donde una cigüeña había colocado su gran nido. De pronto, doce semillas de diente de león, que flotaban en el aire, se posaron en la parte inferior de la viga y desaparecieron bajo una diminuta grieta en la baldosa del suelo. Casi instantáneamente, doce frágiles brotes rebasaron la superficie y se alzaron hasta apoyarse sobre la madera curvada. Era mágico. Los brotes envolvieron la viga y empezaron a crear trenzas alrededor de ella, y a extender sus ramas multiplicándose y a blandir las centenas de hojas que crecían casi instantáneamente a un ritmo sincronizado. Cuando por fin todo estaba cubierto hasta alcanzar el nido de la cigüeña, aparecieron los primeros capullos. Pierre no entendía lo que sucedía. Casi como un milagro, nacieron las primeras flores blancas con forma de burbuja algodonada, de un blanco perfecto y un tacto aterciopelado e, instantáneamente, una silenciosa explosión de cálidas emociones hicieron que las semillas del diente de león se desprendiesen a la vez y envolvieron la casa y los alrededores, como si un dulce invierno hubiera llegado de repente y sus copos de nieve se estuvieran deslizando no sólo hacia el suelo, sino hacia todas direcciones.
—¡Ohhhhh!
El niño se quedó anonadado.
—Espera que conozcas a Luís —dijo Amalia.
—¿Quién es Luís?
—El leñador de la ciudad. Sabe hacer unos trucos fantásticos.
Ambos corrían entusiasmados sin cansarse. No jadeaban ni sentían la fricción de las articulaciones. Volaban. Amalia miraba a Pierre y sonreía. Aunque su corazón, no latía como el de los demás.
VIII – El gigante
—“Cuando era pequeñito, me subí a un arbolito y no sé cómo lo hice y me caí” —cantaba el leñador—. “Me rompí el brazo izquierdo, me arañe la espalda entera y por poco un ojito yo perdí”.
—Hola, grandullón —dijo Amalia.
—Hola, pequeñaja —contestó el leñador estando de espaldas.
—¿Nos puedes hacer un truco?
—¿A ti y a quién más? —preguntó y se giró.
Al ver a Pierre se asustó. Su afable y bobalicona voz se transformó en gruesa y protestona.
—¿Qué hace él aquí?
—Juega conmigo. Andaaaaaaa… haznos un truco.
Dejó el hacha para sentarse sobre el mutilado tronco del patio trasero de su casa y suspiró. Era un hombre de extraordinarias dimensiones. Es un gigante del bosque —solía decir Amalia—. Tenía una nariz apepinada, unos labios gruesos y arqueados en el centro, y unos ojos pequeños y bizcos. Su larga cabellera le llegaba hasta los codos, y su gorro de piel de vaca con orejeras era un complemento que sólo se quitaba para dormir.
—No sé si a los demás le va a gustar esto —dijo el leñador con voz bobalicona de nuevo.
—Nadie te verá —insistió la niña.
Y accedió.
Rebuscó entre sus cabellos y encontró una cana. Con los dedos índice y pulgar, la recorrió a lo largo hasta llegar al cuero cabelludo y, con un fuerte y repentino tirón, la arrancó. Rebuscó en el suelo y recogió una hoja del árbol en el que estaba trabajando; la dobló varias veces hasta reducirla al tamaño de una alubia, la apretó con fuerza para que no se desdoblase y la posó en la palma de su mano. Comenzó a darle vueltas alrededor de la hoja, hasta que su punta acabó enganchándose en la uña de su meñique. Lentamente, el fino y blanquecino cabello se enredaba, se alargaba aún más y se reblandecía con el contacto. Igual que una araña teje su red con maestría y paciencia, el leñador tejía una especie de capullo de seda.
—¡Listo!
Con un gesto le pidió a Pierre que juntase las dos manos para colocar el capullo dentro. El pequeño se acercó sin pronunciar ni una sola palabra y obedeció con reticente curiosidad. Cuando el grandullón deposito el objeto en las manos de Pierre, cerró los ojos, pronunció unas palabras e invitó a que Amalia pusiera las suyas sobre las de su amigo, dejando únicamente un pequeño hueco por donde poder soplar.
—¡Ahora! —dijo el leñador sonriendo.
Los dos niños soplaron con suavidad y de entre los dedos, una suave estela de polvillo blanco brillante se escapó.
—¡Algo está moviéndose! —dijo emocionado Pierre.
—Jajaja. ¿A que es mágico? —contestó la niña.
Entonces abrieron las manos y una mariposa con alas de hojas verdes y antenas de ramas pequeñas blandió su cuerpecillo por primera vez. Parecía sonreír, aunque en realidad carecía de cualquier expresión.
—Ahora debéis dejarla volar —añadió el grandullón.
Y así lo hicieron.
Pierre permaneció con la boca abierta, mirando como la mariposa se elevaba por encima de las casas, luego de los árboles y finalmente desaparecía tras el luminoso destello de las torres de aguja.
—¿A que te ha gustado? —preguntó Amalia.
—¿Cómo lo has hecho?
El leñador se levantó, reacio a contestar, y con tono serio replicó.
—Ahora tenéis que iros.
Un rayo surcó los cielos y cayó sobre la sobrenatural mariposa, convirtiéndola en ceniza. La que he liado —pensó el leñador—. Una espesa capa de niebla descendió rápidamente y cubrió toda la ciudad hasta que apenas se podía ver algo. Sólo el gigante bobalicón era visible.
Amalia agarró a Pierre de la mano.
—No te asustes.
El gigante se echó las manos a la cabeza y no dejaba de repetir la misma frase: “¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?” De pronto, su cara palideció y de sus mejillas, su nariz y sus cejas empezaron a crecer hierbajos y setas.
El alcalde apareció corriendo y cogió a Pierre del brazo, girándolo hacia él.
—¿Has visto que truco tan bonito? Ahora no te preocupes por nada y vete con tus padres que te están esperando. Por favor Amalia vete tú también con él.
Los niños se calmaron y desaparecieron callejeando por la niebla.
—Ya te dije que nos traería problemas —dijo la mujer del alcalde que apareció de la nada.
—No metas cizaña. Sé muy bien lo que tengo que hacer.
—Pues hazlo ya.
IX – Huye
Los niños deambulaban por las calles de la ciudad sin ningún rumbo aparente. Pierre no sabía muy bien hacia dónde tenía que dirigirse, y Amalia no quería que él llegase a casa de sus padres. Tengo que esconderle —pensó angustiada—. No puedo dejarles que le echen de aquí. Giraron hacia la derecha, luego hacia la izquierda, y de nuevo hacia la derecha. Subieron cuatro escalones, casi tropiezan con la rueda de un carro y se apostaron en la pared oriental del muro.
—¿Por qué nos escondemos? —preguntó Pierre jadeando.
—Tú sígueme y no mires hacia atrás.
Cuando estuvieron a punto de emprender de nuevo la marcha, el lechero, un hombre de avanzada edad, les abordó e intentó detenerles.
—Déjate de juegos Amalia. Sabes que debe marcharse.
Con la mirada cansada y las cejas despobladas, el languidecido hombre alargó sus escuálidos brazos y enganchó a la niña.
—¡Déjala en paz! —gritó Pierre y se tiró a separarles.
El anciano se echó hacia atrás y apretó los puños. ¡No lo entiendes! —gritó—. Este no es tu sitio. De su recién afeitada cara empezó a brotar una especie de masa verde viscosa, alargándose como una barba de cuarenta años; de sus orejas también. Eran algas. Sus zapatos se empaparon, su chaqueta se llenó de lapas de agua dulce y caracolas, su rostro se perdió ente la vegetación y un olor a pescado podrido flotó por el ambiente.
—¿Qué te pasa? —dijo Pierre asustado.
—Este no es tu sitio… debes marcharte ¡Ya! —gritó el hombre.
Amalia cogió a Pierre de la mano y le tiró con fuerza.
—No le hagas caso. Corre y no pares hasta que yo te lo diga.
Los pies le pesaban y le costaba respirar. Las paredes del muro perdían su brillo, se rasgaban, tornándose más ásperas. De entre las grietas, innumerables margaritas luchaban por salir a la superficie y tras respirar el aire nublado, sus pétalos blancos se desprendían de su amarillento cuerpo y, mucho antes de tocar el suelo, acababan marchitándose y se tornaban moradas. Y volvían a aparecer, y volvían a marchitarse, y un extraño olor a flores y hierba podrida invadía las fosas nasales de Pierre. Las aves observaban desde sus nidos impasibles; como si ya hubieran vivido este acontecimiento las suficientes veces, como para no asustarse ni preocuparse lo más mínimo. Retorcían su cuello, se acurrucaban junto a sus crías para protegerlas y esperaban.
—¡No te pares, no te pares! —gritaba la niña.
Pierre quería escapar de aquello. Árboles brotaban sobre los tejados de las casas, ríos emanaban desde sus ventanas, los animales que aparecían repentinamente cambiaban de formas y colores; se difuminaban, desaparecían y volvían a aparecer en otra parte y con otro aspecto. Diferente… muerto…
X – Revelaciones
—¡No quiero morir! —gritó Pierre desesperado—. ¡Por favor, no me hagáis daño!
Lloraba.
—¡Mama! ¡Papa! ¡Socorro!
La niebla empezó a dar vueltas como un remolino gigante. El suelo crujía y la ciudad temblaba. Lentamente, todo comenzó a levitar como si estuviera flotando en una nube de algodón blanca y esponjosa.
—Acércate Pierre.
La voz de la madre del niño lo calmó. Se acurrucó entre sus brazos y su corazón empezó a palpitar con suavidad; se sintió seguro. Su padre también apareció y le acarició la cabeza, le pellizcó la mejilla derecha y le limpió los ojos llenos de lágrimas.
—No te preocupes hijo mío, todo irá bien —dijo el padre con tono apacible.
Pierre les miró.
—¿Por qué estáis tan blancos? —preguntó el pequeño.
El cálido color rosado de la piel había desaparecido y en su lugar, un blanco azulado les cubría. Ninguno de los dos era capaz de llorar porque sus lágrimas se congelaban tras sus ojos. El frío bosque les había atrapado.
—Hemos hablado con Druin y sabemos lo que ocurre. Te queremos mucho, pero debes irte de la ciudad —dijo su madre.
—¡No quiero irme! —lloraba.
La niebla no se despejaba, y aun así, los habitantes de la ciudad se veían con claridad. El leñador con las setas y los hierbajos en la cara, el anciano con la barba de algas, el panadero y su mujer con el rostro y el cuerpo blanco igual que sus padres, e incluso Amalia había cambiado. Su pelo ondeaba al ritmo de una corriente submarina invisible y sus ojos habían perdido el brillo inicial, transformándose en un par de bolas completamente blancas e inexpresivas.
—Lo siento Pierre —le dijo la niña—. Yo quería tenerte aquí, conmigo. Pero no es posible.
—¿Pero qué os pasa? —preguntó Pierre más calmado.
—Yo me ahogue en el lago de este bosque.
—Y yo me caí de un árbol y nadie me encontró —dijo el leñador.
—Yo intenté salvar a mi nieta y el lago también se quedó conmigo —añadió el viejo con la barba de algas.
Uno a uno, los habitantes mostraron sus respetos al joven y le contaron parte de sus historias, desahogando sus pesadas almas. Pierre escuchaba con paciencia y tranquilidad, sin soltar de la mano a sus padres.
—Y nosotros somos muy felices hijo mío.
El padre se agachó y le abrazó con fuerza.
—Conseguimos salvarte. Este no es tu lugar.
Pierre asintió e intentó no llorar.
—¿Entonces no os volveré a ver?
—Algún día —interrumpió la madre—. Pero ahora debes marcharte ¿de acuerdo?
Pierre les abrazó a ambos con todas sus fuerzas y cerró los ojos. Cada vez la niebla se movía con más fuerza hasta que las casas, los muros, las torres y la gente desaparecieron en ella.
—¡Os quiero mucho!
XI – Volveré
—¡Rápido! Trae unas mantas. Aquí hay un niño y aún está vivo.
El fraile Jomel estaba presenciando un milagro. De la fogata sólo quedaban las imperceptibles chispas de un último trozo de leña que estaba a punto de consumirse. Aun así, el hombre lo distinguió desde lejos como si estuviera recibiendo señales desde una gran torre brillante. Cuando se acercó, el niño estaba envuelto por los cuerpos de sus padres. Con sus brazos lo acurrucaron y lo protegieron del frío, creando una especie de capullo como en el que descansan las mariposas cuando son crisálidas.
—Dame las mantas ¡deprisa! Enciende un fuego y calienta un poco de sopa.
—Voy, hermano —contestó el fraile Philip.
Apartó con dificultad los inertes cuerpos de los padres de Pierre y abrazó al niño con las mantas para calentarlo con su cuerpo.
—Aguanta, pequeño.
De repente, el helor de los cuerpos muertos se disolvió, convirtiéndose en diminutos copos de nieve que se esparcieron por el ambiente. Lentamente, el blanco diáfano flotó por el aire y envolvió al fraile. No era frío, sino más bien cálido.
—Es un milagro —musitó.
Y el niño abrió los ojos.
—¿Ya no estoy en la ciudad?
El fraile se quedó sin palabras. Sonrió y acarició la cabeza de Pierre.
—No, te has marchado. Pero no debes preocuparte; algún día, cuando ya seas mayor y hayas tenido hijos y nietos, regresaras a esa ciudad y les contarás a tus padres todo lo que has vivido.
—¿No se irán?
—Estoy seguro de que te estarán esperando —añadió el fraile.
Pierre miró a sus padres y sonrió.
—No os vayáis lejos, ¿vale? Cuando vuelva traeré puré de patatas y cordero asado como el que hace la abuela.
El buen fraile le acarició la cabeza y le dio un beso en la frente.
—Ahora come un poco de pan hasta que la sopa esté caliente.
El niño asintió y se llevó un trozo a la boca. Enseguida se percató de que no era igual de dulce, ni olía de la misma forma que el pan de la ciudad, pero no le importó. Sabía que llegado el momento, regresaría con sus padres y volvería a jugar con Amalia, y volvería a disfrutar de los trucos del leñador, pero hoy no. El alcalde ya le estaba preparando una casa para el día de su regreso, y él sabía que en ese momento sería bienvenido y no tendría que volver a marcharse… jamás.