La historia que voy a contarte, vida mía, es una de tantas vulgarísimas que tienen su génesis en el arroyo. Haz porque en el pabellón de tus oídos no caigan mis palabras como ecos de una charla más o menos lírica. Atiende:
I
Nació la heroína en una casa de los barrios bajos, colmena en que zumban sus penas y alegrías las más pobres abejas de la humanidad, gente artesana que vive en las estrecheces de los cuartuchos que fabricó la avaricia de los ricos… Ya ves que Ángeles —se llama así la protagonista— no nació en un palacio ni mucho menos. Tuvo por cuna la que sirvió a un sinnúmero de chicuelos que la precedieron en eso de despertar al mundo… Creció la rapaza: fue dueña de contados juguetes, dos o tres muñecas de trapo, cacharritos, cintas y cachivaches mercados en la feria, regalo unos de «manía» y otros de la madrina señá Rosa, mujer de rumbo y dueña de una afamada frutería… Caricias y mimos tuvo la chicuela, que en eso son pródigas las madres. «Papá» y los grandullones de los hermanos equilibraban las dulzuras con el amargor del trato suyo: pegaban con ella —la más ingeniosa de la casa— el mal genio adquirido en la taberna o en el taller… Aprendió la mocosa secretos del vivir que no son para dichos: la mayoría en el arroyo, el resto en el hogar: fueron sus maestros de picardía los ganapanes y granujillas del barrio… En la escuela no adquirió Ángeles conocimientos de monta: leer a trompicones, escribir garrapatos sin pizca de ortografía, hacer labores, y en materia geográfica saber que la tierra tiene la forma de una naranja y que España no está en Marruecos…, y pare usted de contar. Esto y una superficial idea de historia sagrada, y cata educada a una futura madre de familia.
II
Ángeles, vida mía, tuvo una emoción vivísima cierta tarde en que un chiquilicuatro de la vecindad, aprendiz de ebanista por más señas, le dijo (supongamos el diálogo):
—Chica, ¿sabes una cosa?
—¿Cuála?
—Que me gustas mucho.
—¿De veritas? (Así con sorna.)
—¡Ya lo creo, mujer! Eres la mar de guapa y paeces ya una presona formal.
—Y ¿a qué viene el decirme eso?…
—Pues ahí verás tú… (Pausa.) La verdá, yo tenía que decirte una cosa mu grande… Vamos, yo quería que tú… Eso.
—Pero ¿te has vuelto tartaja, hombre?…
—No…, no… Te vas a reír de mí, y lo que tengo que decirte es mu formal… ¡Por estas!… (Aquí un beso en el centro de los dos índices unidos en forma de cruz.)
—Habla.
—Ahí va…
Y el muchacho, rojo como la amapola y cual si la frase que iba a balbucir encerrase un mundo de angustia y afán amoroso, dijo acercándose aún más a la interlocutora y así, con los ojos que parecían acariciar a los que le interrogaban, no muy desdeñosamente:
—¿Quieres ser mi novia?…
Precedió una pausa. Ángeles quedose mirando de hito en hito al aprendiz. Reflejó en sus pupilas una alegría de satisfacción: coloreáronse sus mejillas. Cerraron sus labios de clavellina la pausa con un «Sí» que cayó en los oídos de Nicasio como eco de una nota dulcísima. ¡Por vez primera supuso el rapaz que el cielo y la tierra sonreíanle su dicha!…
III
No; no podían saber aquellos dos niños lo que significa y vale «amor», esa palabra tan eufónica, base de todas las heroicidades y extravíos de los humanos… Nicasio considerábase feliz, cada día más; emborrachábase de ilusiones y su Ángeles era la hada que constantemente canturreaba en torno suyo una canción sublime que él no sabía definir ni comprender. ¿Qué había de saber de estas sublimidades un aprendiz de ebanista?… Lo sentía, eso sí, allá en lo hondo del pecho… Ángeles, después de Dios, de la Virgen del Carmen y su madre la buena señá Paca, era lo que el rapaz más quería, y a veces sus amores todos los relegaba al olvido: el recuerdo de su novia apoderábase del cerebro suyo, no muy gastado en sentir ni discurrir efectos psíquicos, y el caballero de blusa padecía melancólicas somnolencias; su desconocimiento de las vicisitudes de la vida, su atroz ignorancia de lo divino y humano coadyuvaban como obreros diligentes a construir la más deliciosa de las fantasías… Andando el tiempo, cuando «saliese» de quintas, él, Nicasio, se casaría con Ángeles… Y ¡qué boda iban a hacer ellos, Dios santo!… Formaría época en los fastos de la calle… Para tales gollerías y lujos en el casorio, Nicasio trabajaría en el taller a destajo, y en vez de meterse como tantos otros a borrachín o a dilapidar los ahorros en vicios, ¡nada!, se compraría una hucha y céntimo a céntimo —cada céntimo representando una gota de sudor, muchas privaciones y mayor número de esperanzas— reuniría cuatro o cinco mil reales, ¡un fortunón para quien en su vida vio juntos cien duros!… Vivirían él y su Ángeles como unos señores; solitos, queriéndose muchísimo… Él prometíase no andar a la bribia, ni como señor Pedro, el oficial de la ebanistería, haríale el diablo ensayar la solfa en las espaldas de su mujer… Mucho cariño, algo de mimo y a vivir en santa paz, criando los hijos con el producto del trabajo… ¿Qué más puede apetecer un hombre sino pasar su existencia lo más feliz posible y copiar un día y otro, siempre igual y ajustándose a la tradición, la vida de la clase proletaria?…
¿Y Ángeles?… Sus sueños no era esos: gustábale sí alardear de su amorío; pero ¡ay! aquel Nicasio —un pedazo de pan— no era ni con mucho lo que ella ¡ambiciosa! creía merecerse… ¡Bonito porvenir el que la esperaba casándose con un «chico de oficio», que a lo que más podía aspirar era a ser oficial y cobrar a diario como máximum cinco o seis pesetas! Y esto después de muchos años, cuando Lucina convirtiese el perfilamiento señoril de Ángeles en contorno de comadre… Cuando una caterva de chicuelos propios la rodeasen… Pasar trabajos y fatigas, y luego ¿qué? Ser la señá Fulana, la vecina del corredor, la mujer del ebanista: he aquí todas las pragmáticas que en lo porvenir disfrutaría en su casorio con aquel pobre de «Nisio» —como ella le llamaba—, un buen hombre ¿quién lo duda?, pero que con su hombría de bien nunca realizaría los ambiciosos sueños de lujos, placeres y consideración social fantaseados por Ángeles desde el punto y hora en que pudo apreciar que las muchachas guapas pueden ser o no felicísimas según que elijan un pobre o un rico. Esto ya es un cálculo mercantil… Y cuando la mujer discurre en materia de contabilidad, su lógica irrefutable es axiomática.
IV
Ser bonita y no ir con arreos de lujo es para la sociedad ser bonita a medias: parece que la tela grosera y el empaque modesto retraen las miradas; en cambio, las que lucen trajes de rica estofa, alhajas e imperdibles, son contempladas con avidez ansiosa y un continuo moscardeo de elogios zumba agradablemente en su derredor… A las que no pueden lucir más que un rostro bonito ¡nada!, si acaso un brutal chicoleo de estudiantino o menestral… Además de esto, que modifica el exagerado amor propio de las hijas del pueblo, Madrid es una tentación perpetua, un peligro inminente para la que carece de fuerza de voluntad necesaria para mantenerse dentro de la esfera en que la encajó la suerte… ¡Cuántas veces, vida mía, tú y yo hemos podido observar a una joven de pañuelo o velo a la cabeza, parada delante de los escaparates de las tiendas de lujo, mirando con ojos codiciosos los muestrarios de pedrería, sedas y artículos impuestos por la moda!… Esas vitrinas semejan cajas de joyas malditas que Mefistófeles ofrece a cambio de su virtud a esas Margaritas anónimas, no tan inocentes ni amantes como la del inmortal poema de Goethe… Ángeles sentía atracciones y desvanecimientos al analizar lo que la caprichosa fantasía ofrece a los ricos… Presentía en todo aquello un Fausto, y el recuerdo de Nisio —el probrete Nisio— era en tales horas una protesta henchida de odio, algo de lo que murmuraría —a ser posible— una mariposa de irisadas alas si de pronto una fuerza misteriosa le arrancase aquellas bellas partes de su cuerpo y este quedase convertido en sombrío corselete de la átropos, la mariposa de «cabeza de muerto…» ¡Nunca tal profanación!… Ángeles no la consentiría: quería ser mariposa brillante, y a realzar su hermosura tendían todas sus aspiraciones… Por Nisio sentía lástima, porque el tal era un alma de Dios, pero su conmiseración no la llevaría a cometer la tontuna de casarse con él… ¡Bah! ¿Era acaso ella la única muchacha que por conveniencia propia enviaba enhoramala a su primer novio?…
V
Nunca experimentó Nisio mayor angustia que cuando hubo de presentársele hecha una fiera la madre de Ángeles, demandándole cuenta del sitio en que se encontraba su hija… El ebanista, al pronto, imaginó que su futura suegra había perdido el magín. ¿Preguntarle así y en tales modos el paradero de Ángeles?… ¡Virgen! ¿Y qué se creía aquella mujer?… Si Ángeles habíase despedido de él contadas horas hacía… Por más señas, después del «Adiós, hasta mañana» de rúbrica, la moza enfiló calle arriba del hogar paterno… Ahí todo lo que Nisio sabía… Reflejaba tal acento de verdad su narración, que la madre de Ángeles, asiendo de la blusa al jovenzuelo y zarandeándole, impulsada por aquella rabia sorda, desencadenada por todo su organismo, barboteó con palabras sibilantes, mientras que los ojos enrojecidos por un gran lloro flameaban:
—¡Lo que tú dices, Nisio, es el evangelio!… Mucha verdá, hijo mío… Tú eres demasiado güeno pa burlarte así de ese modo de una madre… Tú no sabes, rapaz, lo que yo sufro… Mi hombre quiere matarme; dice que yo tengo la culpa de que se haya marchao Ángeles… ¡Yo! ¡Calcula!… Y lloraba ya de pena, esperando que tú el día menos sabío con el aquel de la boda la desapartases de mi lao… ¡Yo tener la culpa!… ¡Yo!…
Y repetía la infeliz aquel «yo» desesperante, mientras que Nisio, pálido, las manos metidas en los bolsillos de la blusa, escuchaba todo tembloroso aquel discurso ilógico en la expresión, aquella protesta que tocaba en su alma a punta de lanza, rasgando cendales de ilusión y escapándose por entre sus jirones una a una con velocidad asombrosa el cúmulo de dichas encerradas… La madre evitó el borbotón de palabras con un sollozo, digno punto final del exordio de su charla… Luego, con más energía, hablando casi a gritos, gesticulando, sin importársele nada el sitio del arroyo que había escogido para sus confidencias, prosiguió:
—Ya, ya adivino Nisio lo que ha pasao… Mi Ángeles ¡gran bobo! no te quería a ti, ¿sabes?… ¡Ni te ha querido nunca!… ¿qué había de quererte?… Sus cariños los fingía en el barrio pa disimular, ¿oyes?… ¡La muy endina!… Yo, yo misma he creío que mi hija te tenía mucho afeto… Ahora, ahora que sé que tú iznoras too, recuerdo que muchas veces suspiraba por ir a casa de su madrina, ya sabes quién es, la que tié el puesto de fruta en la calle del Carmen: una tienda la mar de lujosa y en donde compra género la gente de campanillas… Se había aficionao mi Ángeles a ir muy pulida y lujosa, como si fuera hija de unos marqueses… ¡Ya tú ves… habiendo nacío en la pobreza nuestra, tales fantasías!… ¡Si te digo que en la frutería algún señorito la ha encalabrinao los cascos!, y… ¡Dios mío, a estas horas!… No, no debe ser… ¿Verdá tú que ella no será tan creminal pa con sus padres?… Nosotros que la hemos enseñao a ser mujer de bien como la que más… ¿No es eso, Nisio?… Tú nos conoces… ¡Virgen del Amparo, qué desgracia!… ¿Dónde estará esa muchacha?… ¿Qué habrá pasao?… ¡Nisio, Nisio, hijo mío! ¡Qué más hubiéramos querío los de la familia que tú te hubieras casao con «ella», que era de tu igual! Naide hubiere dicho ni palabra; pero, ahora, too el barrio la traerá en lenguas… ¡A mi hija!… ¡¡A mi Ángeles!!… ¡Infame!… ¡¡¡Mala hija!!!… ¡No sé cómo no me muero de vergüenza!… ¡Ay, Virgen mía del Carmen!…
Y la madre de Ángeles, febricitante, loca, caído el pañolejo que cubría sus canas, y estas azotadas por el aire, rompió a llorar en tanto el hipo de su desconsuelo entrecortaba los sollozos. Pálido, tembloroso, mudo, fija la vista en el suelo, Nisio acercose instintivamente la siniestra mano allí junto al corazón que, como un preso rabioso, golpeteaba las paredes de su estrechísima cárcel.
—Señá Patro, vamos a buscar a Ángeles —fue lo único que se le ocurrió decir a Nisio en medio de la estupidez moral en que le había sumido la noticia.
—¿Y dónde? —preguntó la madre refregándose los ojos con el reverso de la manga y mirando esperanzada al jovenzuelo.
—A la frutería.
Las únicas noticias que dio la madrina respecto de Ángeles fueron ineficaces… La frutera no sabía nada de nadie; únicamente habíase fijado en que desde hacía poco tiempo un señorón muy rico iba con asiduidad a la tienda y gustaba de charlotear con Ángeles.
Nada más.
Epílogo
De seguro, amada mía, que anhelas ya conocer el desenlace de esta historia… No te impacientes: ya toca a su fin.
Cinco o seis años transcurrieron sin tener Nisio noticias de Ángeles, y en este plazo… ¿a qué pintarte un héroe novelesco ni a qué mentir románticamente, si el héroe y la novela son realidades que a diario se ofrecen a nuestra vista?… Nisio, sin olvidar aquel primer amor —la página más hermosa en el prosaico libro de su existencia—, llegó a sentir enamoricamientos hacia otra muchachita llamada Rosario (que bien será ofrecértela, si no tan hermosa de cuerpo, más bella de alma que su predecesora en los amores de Nisio).
Ello es —y así ocurre en este mundo sublunar para descontentamiento de los que andan a caza de sublimes martirios e idealidades— que cierto sábado en que el cielo ofrecíase tan risueño como el afán amoroso de Nisio, este y Rosario escucharon la famosa epístola.
Días después, los padres de la novia, que padecían monomanía por eso de organizar bullangas y huelgas campestres, idearon merendar en unión de sus hijos, allá en el vivero a la sombra de un corpulento arbusto en cuyo tronco los cortaplumas de unos cuantos novios melancólicos grabaron en la corteza iniciales, nombres y fechas que pregonasen su íntima ventura (para el resto de los mortales risible e indiferente).
A corta distancia de donde se encontraban Nisio, su mujer, sus suegros y una docena más de convidados, hallábase otro corro, de gente principal si no mentían sus galas y aristocrático perfil: formaban este grupo cuatro señoras jóvenes y otros tantos caballeros que reían y bromeaban lindamente.
No ocurrió cosa mayor en ambas jiras: ya cerca del anochecer levantaron el campo los del corro de Nisio, lanzando al aire cánticos y retazos de conversación alegre y maleante.
Y bueno será, vida mía, que aquí yo, sin ser mago o adivino, sino valiéndome de los privilegios concedidos a quien narra historias, novelas o cuentos, te haga notar que en aquella tarde bulliciosa vibró una nota sombría, en la que nadie (a no ser quien hubo de sufrir su eco) paró mientes: uno de tantos dramas inadvertidos que se desarrollan en torno nuestro… La protagonista de este lo fue Ángeles.
Tu intuición femenil habrá ya adivinado la triste odisea que por el ambicioso afán de lujo y regalo hubo de recorrer Ángeles, una de aquellas cortesanas que en el corro de los señoritos divertía a estos fingiendo divertirse.
Al ver a Nisio sintió quebrársele el hilillo de su ficticia alegría, enmudecieron sus labios, púsose pálida, tembló, y antes que advirtieran los demás el cambio, pidió como gracia a su dueño que la libertase de estar en aquel sitio, porque se sentía indispuesta.
Pocos minutos más tarde Ángeles, a solas en su gabinetito, digno de una reina —y ella lo era de la voluptuosidad— lloraba amargamente. El origen del lloro estaba en la escena de plácida ventura que la casualidad puso ante sus ojos en el vivero aquella tarde… Nisio, loco de contento como un marido felicísimo: su mujer sonriendo su dicha, saboreándola, por así decirlo, y enorgulleciéndose de que los demás convidados coreasen alegremente aquel placer suyo tan sencillo como legítimo… ¡Ah, Ángeles podría haberlo experimentado!… ¡Maldito afán de lucimiento! ¡Malditos lujos de joyas y galas así conquistados!… ¡Malditos vestidos y cintajos que al ceñirse al cuerpo, ¡hermoso esclavo!, parecen trocarse en irrompibles cadenas que merman el propio albedrío!… ¿Y para qué el lujo y para qué el lucimiento?… Para revolverse muerta de hastío en una jaula de oro, que si en un principio deslumbra y atrae, luego sus barrotes imposibilitan el considerarse libre… Nada de corazón, nada de sentimiento puede tener la esclava tan espléndidamente recluida para que pregone la liberalidad de su señor.
—¡Ah, Dios mío! —debió pensar Ángeles, cuando calmada del paroxismo de dolor y remordimiento sintiese la nostalgia del bien perdido, si pobre en la forma, rico en el fondo de afectos y ternuras—: ¿y para servir de vilipendio deshonré el nombre de mis padres, fui perjura y soñé que a las mujeres les bastaba ir lujosas para que el mundo entero las rinda pleitesía?… ¡Qué locuras ambicionamos las pobres!… Luego, cuando se conquistan, como yo he conquistado, tales lujos, notamos ya tarde que la consideración social se obtiene por la educación, el pudor y el rango… ¡Precisamente lo que nosotras no poseemos!…
Concluí la historia, amada mía. Haz tú el comentario que gustes… Para relatos parecidos a este, únicamente la mujer sabe resumir su fin moral en una frase…