Aquel martes todo el mundo desayunó a la hora de la cena. Era el día en que la Tierra estaba más cerca del Sol y, al anochecer, todo el pueblo saldría a recoger rayos. Además, tras una fuerte tormenta solar, la cosecha se preveía la mejor de los últimos años.
Como cada día después de su café y sus tostadas, el ansia del reciente exfumador se le agitó dentro. Para intentar aplacarla, Herb se levantó de la mesa y comenzó a fregar mientras sus hijos terminaban el desayuno. Rachel, de dieciséis años, chateaba por el teléfono móvil. No había tocado sus tostadas integrales con mermelada light. David, de siete, tomaba, indiferente, unos cereales.
—Preparaos —dijo Herb desde el fregadero—. David, lávate los dientes y haz pis.
—Vale, Pa —dijo el niño.
El pequeño, que llevaba puesto su nuevo traje solar desde que se había levantado hacía un rato, fue del salón al baño dando saltos, cazando rayos imaginarios que solo él podía ver. Iba a ser su primera cosecha. Mientras secaba una taza, Herb se acercó a su hija:
—Venga, Rach. Prepárate.
—No quiero ir —dijo Rachel sin levantar la vista de la pantalla de su móvil—. Estoy gorda. Soy una foca. El traje viejo ya no me vale.
—No estás gorda, será… es que has crecido —balbuceó Herb, y añadió—: El traje habrá encogido al lavarlo.
Pero los trajes solares no encogían al lavarse.
—Puedes ponerte el de mamá. Ya eres tan alta como ella.
Por primera vez Rachel levantó la mirada de la pantalla de su móvil. Los dos se miraron y durante unos segundos nadie dijo nada.
—Ya veré qué me pongo —dijo Rachel.
Antes de salir, Herb reunió a sus hijos y les entregó las garrochas, instrumentos de apariencia a medio camino entre raqueta de tenis y paleta matamoscas que servían para atrapar los rayos que quedaban perdidos tras las tormentas solares. Por medio de un cable que salía del mango, las garrochas se enchufaban a pequeñas baterías de almacenamiento sujetas con velcro a la espalda de los trajes solares. Herb ayudó a sus hijos a conectarlas y les dijo:
—Recordad: después de la tormenta fuera hace mucho calor, si el refrigerador dejara de funcionar, me avisáis. Poneos los cascos y comprobad los comunicadores.
Los tres se pusieron los cascos, encendieron los refrigeradores aerotérmicos y accionaron los comunicadores. Clic, clic, clic. Envuelta en un tamiz metálico, la voz de Rachel sonó a través de los altavoces integrados:
—David se mea en la cama.
—¡Mentira! —La aguda voz del niño también resonó dentro de los cascos.
—Vale, vale… —los tranquilizó Herb—. Parece que esto funciona bien. Parece también que seguís siendo igual de pavos que siempre. ¿Me recibís?
—Alto y claro —dijo Rachel.
—Vamos a cosechar unos rayos de sol —concluyó Herb.
Y desde un mando a distancia desactivó el tintado automático de los cristales de la casa, que revelaron la frenética actividad del pueblo.
Mayores, medianos y pequeños, todos con sus trajes y sus cascos plateados, atestaban las calles. Como todas las noches de cosecha, el ayuntamiento había apagado toda luz artificial y había restringido la circulación de vehículos. Era noche sin luna pero algo que nadie acababa de ver, algo como un polvillo invisible suspendido en el aire, iluminaba fantasmagóricamente el pueblo. Herb, Rachel y David caminaban hacia el centro cuando un traje plateado les cortó el paso. Bajo la tela solar Herb adivinó la esbelta figura de Mindy, amiga de su hija. Las dos adolescentes comenzaron con su cháchara habitual. En los últimos meses Herb se había sorprendido varias veces pensando en la amiga de su hija como pensaba en mujeres bastante más mayores. Dentro de su traje, el hombre se sintió triste, viejo y feo. Deseó fumarse un cigarro de una sola calada y se odió por sentir lo que sentía.
—Papá, han quedado todas mis amigas en el parque. ¿Puedo ir a cosechar con ellas? ¿Puedo? ¿Puedo? ¿Puedo? —preguntó Rachel.
Aunque acceder significaba que su hija volvería a casa con pocos o ningún rayo Herb aceptó:
—Está bien pero antes de que amanezca te quiero en casa —dijo Herb dirigiéndose a Rachel con el índice levantado—. Y cada hora quiero que contactes conmigo.
Las chicas se fueron riendo y Herb se quedó con su dedo apuntando a ninguna parte.
Herb y David llegaron hasta el cartel que indicaba el límite del pueblo y siguieron andando. Lo único que oían era el cri cri de los grillos, el cras cras de sus botas sobre la gravilla caliente y el leve zuuummm de los refrigeradores aerotérmicos de sus trajes. Caminaban por un lado de la carretera cuando Herb paró y oteó alrededor. No había nadie cerca. Se agachó y le dijo a David:
—Mira. Un truco que me enseñó el abuelo.
Y sacó algo del bolsillo de su traje solar. Era un pequeño frasco de plástico con pulverizador. Herb se lo enseñó a su hijo.
—Es un viejo bote de perfume. Lo he rellenado de agua. Ahora vas a ver…
Herb apretó el gatillo y roció el aire. Flis flis…
Un arcoíris titilante apareció de la nada.
—¡Uaaláaa! —dijo David.
El arcoíris parecía estar vivo, oscilaba y sus colores cambiaban. El niño estiró la mano y, con su pequeño guante plateado, tocó el arcoíris, que reaccionó como el agua de un lago cuando le tiran una pierda. Al poco, el arcoíris se desvaneció.
—Tenemos que ir hacia donde más brille el arcoíris —dijo Herb—, así encontraremos los mejores rayos. Toma, tú ve echando el agua. Pero poquito a poco, que no se gaste.
Herb le pasó el frasco y el pequeño fue caminando delante. Flis flis flis. Espirales multicolor aparecían y desaparecían, culebreando delante de sus ojos, brillando con diferentes intensidades. Padre e hijo siguieron los colores, que los llevaron hasta la entrada de un invernadero. Dentro, destellos sin orden alguno brillaban entre altas plantas de maíz. Herb se agachó, cogió a David, lo subió a sus hombros y entraron.
—Yo desde aquí no puedo ver. Echa agua hacia allá, David —le dijo señalando la otra punta del invernadero.
David pulverizó el aire. Flis flis. Una explosión muda de fractales multicolor los envolvió. Brillaba con furia. Los colores latían.
—Aquí tiene que haber un gran rayo —dijo el padre—, parece de los buenos. Estará atrapado, rebotando entre las plantas y las paredes del invernadero.
Herb bajó al niño de sus hombros y ambos avanzaron, apartando los grandes tallos de maíz.
—Pa. ¿Qué es ese ruido? —preguntó el niño.
Herb no distinguía nada, el refrigerador de su viejo traje solar trabajaba al máximo y el ruido del ventilador tapaba cualquier sonido. Herb lo apagó y pudo escuchar el ruido al que se refería su hijo. Era un pop pop pop pop leve y continuo. Siguieron caminando. Herb comenzó a sudar. Gotitas de condensación aparecieron en la pantalla de su casco. ¡Pop pop pop pop! El ruido iba subiendo in crescendo.
—¡Papá! ¡Detrás de ti! —gritó el niño.
Herb se giró y entre los tallos de maíz apareció el rayo, que lo golpeó en el pecho, lo empezó a arrastrar entre los maíces. Sintió los tallos de las plantas partirse contra sus costillas. Dentro de su casco, el olor a la tela solar chamuscada y el humo lo llenaron todo.
El rayo entró en su cuerpo y, durante los pocos segundos que tardó en salir a través de la batería de su traje, Herb sintió la cera derretirse dentro de sus oídos, sintió sudar cada poro de su piel, sintió sus células morir y ser sustituidas por otras nuevas. Oyó el ruido ensordecedor que hacen el pelo y las uñas al crecer. En una espiral de vértigo, tomó conciencia de empezar a existir, formado, al principio, por dos células. Volvió a vivir dentro de su madre, nació, creció, volvió a vivir su vida y vivió todas las vidas que no había vivido. Conoció todas las ciudades del mundo. Viajó fuera del planeta. Hizo el amor con cientos de mujeres, hombres e incluso con robots. Fue padre de mil niños y niñas. Tomó drogas que no sabía ni que existían, bebió hasta morir, fue jardinero, granjero, peluquero, político, astronauta, mafioso. Murió con los pies atrapados en un bloque de cemento ahogado en el río Hudson. Se quedó paralítico al saltar en paracaídas. Se ahogó con un hueso de pollo. Murió devorado por tiburones haciendo surf en las costas de Australia. Murió con seis años jugando al escondite dentro en un frigorífico. Murió viejo, murió joven. Murió mil muertes estúpidas, fruto de la casualidad. Una y otra vez, Herb se precipitó dentro de sí mismo, conociendo todas las posibilidades que el universo ofrecía, hasta que la voz de su hijo le hizo volver en sí:
—¡Pa! ¡Lo he cogido!
Herb se quitó el casco, lleno de humo y hollín. Tosió. Se descubrió semienterrado en un montículo de palomitas de maíz y se incorporó. Tenía una fuerte quemadura en el pecho y su traje había quedado inservible. Su garrocha y la batería de almacenamiento no habían soportado el rayo, estaban carbonizadas. David se le acercó:
—Vaya pinta que tienes, Pa.
Herb comprobó la batería del traje de su hijo. La luz verde de carga máxima parpadeaba. El niño sonreía dentro de su casco. Herb respiró hondo.
—Parece que la temperatura ha bajado mucho, puedes quitarte el casco —dijo al niño.
—¿Y ahora, qué? —preguntó David.
—Iremos al Ayuntamiento a registrar y entregar tu rayo. Era muy muy grande, nos darán un montón de dinero y… igual hasta te dan un premio.
—¿Y después?
Una leve náusea le bailó en la garganta. El pelo de la nuca se le erizó. Tardó un poco en responder:
—Iremos a casa. ¿Te apetece ver una película?
—Vale —contestó el niño.
Padre e hijo llenaron sus cascos de palomitas de maíz, como si fueran dos grandes cuencos y empezaron el camino de vuelta hacia el pueblo.