Esto de toparme con la cara (con la cara, con los labios, con esos ojos, con el pelo, con el alma) de Lorenza Garcés lo tomo como un signo, una señal clarísima. Evidente. Obvia. Como en una película romántica.
¿Por qué no se hacen comedias románticas en América Latina? ¿Por qué todo es drama, melodrama, teleserie? ¿O comedia, pura y vulgar, criolla y fácil?
Esto de ver a Lorenza, después de tanto tiempo, es un designio del destino. Esto no es casual. ¿De qué otra manera entenderlo?
Vuelvo a la revista, intento leer un artículo sobre un rockero cool que odia los sellos discográficos y no desea vender, pero regreso a la agitada sección de Vida Social, a la foto, a Lorenza.
La foto fue tomada, sin duda, en el Parque Forestal. Se ve el museo. Es una fiesta donde hay mucha gente. En la foto, levemente movida (como se estila ahora), un grupo de chicas con pinta de actrices de TV abierta sonríen animadas. Detrás del inmenso árbol, al margen del tecno del DJ-de-turno, mis ojos hacen un zoom hasta detenerse en un detalle.
Al margen de la foto, entre los arbustos, iluminada por un foco, está Lorenza Garcés, paseando un perro (que no se ve), mirando —distraída— algo que está fuera de cuadro.
Rajo la hoja de la revista y me la guardo.
Lorenza Garcés.
No puedo creer que he vuelto a pensar en Lorenza Garcés.