País Relato

Autores

alberto fuguet

una gran ciudad

Mi madre me dice dos cosas: que, puesto que me voy a quedar, debería buscarme un departamento, y que estamos sin detergente.
Parto al hipermercado.
He recorrido la ciudad entera, me he juntado con tribus y bandas, círculos cerrados y grupos aparte, y nadie parece tener contacto con Lorenza Garcés.
Quizá no exista, se fue; quizá ya no está más. Quizá es mejor así. El pasado funciona mejor como pasado.
Entonces la veo.
A lo mejor es verdad eso que dicen: aquel que deja de buscar, encuentra. Y la encuentro. En el lugar menos indicado, pero la encuentro. Ahí está.
Está frente a mí.
La sigo, sigo su carro, distante, discreto, para que no se percate.
No se ve igual. Ya no tiene dieciocho. Anda con un buzo gris, suelto; el pelo tomado; anteojos (sin marcos gruesos). Saca cajas de leche Larga vida, colados, cereal para niños, cuchuflíes cubiertos de chocolate, alfajores, jugos de membrillo, de pera, de manzana.
Pasa por el pasillo de comida de perros, pero avanza rápido, no saca nada.
En la sección fideos se detiene en los tarros de salsa de tomate y extrae uno. En el pasillo refrigerado siento un escalofrío mientras la observo elegir de entre las docenas de yogurts aquellos que tienen trozos de papaya y cero por ciento grasa.
¿Le hablo? ¿Le digo algo? ¿Qué le digo?
Lorenza, ahora, está en el pasillo de los licores. Decido acercarme. Va hacia los vinos y saca uno; luego, coge dos cajas de vino blanco. Yo me quedo frente a los piscos. Ella se acerca y, sin pensarlo, sin dirimir, saca una botella de Capel. Yo, como si fuera un reflejo, la imito.
Me mira y sonríe. Luego se detiene y capta que me conoce. Que nos conocemos.
Tanto tiempo, me dice, suave.
Tanto tiempo.
¿Estás acá?
Claro.
Viviendo, digo. ¿O estás de paso?
Creo que me voy a quedar.
Los dos nos miramos y me siento muy nervioso, siento cómo la botella se desliza de mi mano por la transpiración. La dejo en el carro.
Te andaba buscando, le digo.
¿Sí?
Sí. Te vi en una foto.
¿A mí? Imposible.
Sí. En una revista, le explico. En la vida social.
No hago vida social. Ni siquiera tengo vida.
La miro y le creo.
¿Tú tienes perro?
No. Deberíamos pero, por ahora, no.
¿Y esa fiesta mandarina?
¿La fiesta qué?
¿El lanzamiento de un vodka? ¿Puede ser? Una fiesta que hicieron en el Parque Forestal.
A mí no me invitan a ninguna parte. Ojalá.
Lorenza mira el reloj.
Tengo que recoger a Tomás.
¿Tu...?
Hijo.
Me fijo que no tiene argolla.
¿Te puedo llamar?
Sí, claro, me dice.
Delicadamente deposita la botella sobre dos bolsas de sal marina.
Silencio. Pausa.
Así aprovecho de conocer a tu marido, le digo.
Genial, así me lo presentas.
Los dos nos reímos, yo más aliviado.
Cada tanto he pensado en ti, me dice. Raro que nos topemos en este lugar.
Tanto tiempo, le digo.
Tanto tiempo.
Te paso a buscar y vamos por ahí a alguna parte.
Puedes ir a mi casa y te preparo algo para comer.
Y me convidas un trago.
Ese lo preparas tú.
Absolutamente, le digo.
Lorenza me anota su número, se ríe tímida y se aleja.
Bueno verte, Santiago.
Bueno verte, Lorenza. Por fin.
Me quedo ahí, perplejo, frente a los whiskys. Saco mi billetera y extraigo la foto de la revista. La desdoblo con cuidado y la miro. En efecto, hay una chica al fondo de los arbustos. Pero no es ella. Se parece, eso sí. Se parece a Lorenza Garcés. A la Lorenza Garcés de mi recuerdo. A Lorenza a los diecisiete, no a la Lorenza real.
La observo a lo lejos, en la sección lácteos. Ella capta que la miro y me mira y sonríe.
Es bueno estar de vuelta, pienso. Esta puede ser una gran ciudad.